Cuando desperté estaba en un zulo oscuro y húmedo, me sentía aturdida y había perdido la noción del tiempo. No llevaba mi ropa, sino una bata de hospital. Me sorprendió un fuerte dolor en el costado derecho y me llevé la mano de forma instintiva hacia allí. Palpé, con gran temor, una cicatriz reciente, burdamente cosida. Un terror irracional se apoderó de mí y el inconsciente me llevó de nuevo.
Lídia Castro Navàs