Esperando la sentencia 

Me encontraba encerrada en lo alto de la torre, aguardando mi aciago destino. La sentencia se haría efectiva al atardecer, cuando el sol se hubiera escondido tras el horizonte y sus cálidos rayos dejaran de iluminar hasta los rincones más oscuros de mi alma.

Las primeras nieves del invierno habían empezado a caer y amenazaban con derribar los tejados de paja de las chozas más humildes. El frío se dejaba notar con intensidad y el abrigo que llevaba no era capaz de calmar mis incesantes escalofríos. Ya no sabía si eran a causa de la baja temperatura o por mi alma inquieta que presagiaba la llegada de la Parca.

Alguien gritó desde la calle y me sonsacó de mis pensamientos: «¡Bruja!». Me volví a estremecer…

Lídia Castro Navàs