
Salí de casa corriendo. En una pequeña maleta de cartón metí mis pocas pertenencias. Hacía un par de días que había escuchado rumores. Y la noche anterior hubo registros y detenciones. Siempre seguían el mismo procedimiento: irrumpían en plena noche, te interrogaban y, al final, después de amenazas y golpes, acababas admitiendo cualquier cosa.
La primera vez pude huir gracias a la valentía de mi madre, que dijo que estaba sola y mantuvo su mentira a pesar de los golpes. Escuché sus gritos y sollozos. Pero, cobarde, me fui sin ser visto. Yo solo era un niño de once años y un secreto mortal aguardaba en mi corazón. Había pasado ya un tiempo y había sobrevivido, pero los que decían salvaguardar la pureza de la raza estaban intensificando sus métodos y ampliando sus fronteras.
Malos tiempos para ser diferente. Muy malos tiempos para sentirse mujer en un cuerpo de hombre.
Lídia Castro Navàs