
En 1989 su corazón se paró.
Llevaba un marcapasos desde hacía un tiempo, pero eso solo retrasó lo inevitable: su corazón estaba enfermo. No encontraron un donante adecuado para hacerle el trasplante y probaron algo nuevo: un reloj. Su padre, que había sido relojero en Suiza, ayudó en la intervención, que fue un éxito total. La chica del corazón de reloj viviría muchos años, pero tendría que cultivar la paciencia, pues las manecillas, hechas de turmalina negra, siempre acababan por adelantarse un poco.
Esta es mi propuesta para Escribir Jugando de diciembre, un microrrelato de 83 palabras (sin contar el título), basado en el desafío. Descúbrelo.
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Lídia Castro Navàs















