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Acerca de Lídia Castro Navàs

Te espero en Mi Blog, espacio de mis historias y otros devaneos

Bajo el sol de Luxor

Me desperté con la llamada a la oración. El sabah se había convertido en mi despertador personal. Aunque ininteligible para una occidental como yo, el murmullo de la pregaria resultaba mucho más agradable y exótico que el pitido insulso de cualquier despertador a pilas. 

Desde mi llegada a Luxor, hacía ya un mes y medio, aún no me había acostumbrado a las diferencias culturales, bien patentes en el día a día y en la forma de hacer de los egipcios, tan cercanos y a la vez tan enigmáticos. 

***

El día empezaba cargado de energía y la influencia de Ra —dios solar— sobre el Valle de las Reinas se hacía casi insoportable ya desde primera hora de la mañana. Finales de octubre en Egipto no se parecía en nada al otoño que yo recordaba de mi tierra natal: ni rastro por el suelo de las hojas secas y marrones que los árboles habían despojado de sus cuerpos; tampoco esos melancólicos días grises y lluviosos —la verdad es que no me gusta la lluvia, pero cuando hace tiempo que no la ves, la echas de menos—. Y sin todo lo anterior, no hay ninguna gana de disfrutar de un chocolate caliente o de una buena lectura debajo de una manta. 

Siempre el mismo calor seco y sofocante. Había tardado en acostumbrarme a respirar en ese ambiente, aunque ahora mi respiración fuera más superficial y mis fosas nasales necesitaran de frecuentes lavados para eliminar el polvo. 

Me encontraba dentro de la tienda de telas amarillentas, que ondeaban al ritmo de una brisa perpetua, que incansable soplaba en el desierto día tras día —de ahí mis fosas nasales resecas—. El sombrero salacot, regalo de mis amigos antes de partir en la expedición, reposaba encima de algunos planos y mapas desordenados, a modo de pisapapeles improvisado. Con todo, lo había usado para resguardarme del sol y evitar así las quemaduras en mi delicado y blanco rostro. Con él puesto, me sentía como una verdadera exploradora en busca de aventuras. Me hacía sentir una auténtica arqueóloga, mucho más que ese diploma que colgaba en la pared de mi casa y que tanto me había costado conseguir. 

No podía evitar que se me dibujara una sonrisa al pensar en esa sensación que no me había abandonado desde que me encontraba en tierras africanas. Y es que toda mi vida había girado en torno a mi pasión por la egiptología y, después de los años de estudio e investigación, por fin podía ver mi sueño realizado: formar parte de una auténtico equipo de arqueología.

Los avances en las excavaciones eran esperanzadores, aunque aún no habíamos dado con lo que andábamos buscando: la tumba de la reina Nefertiti, madrastra de Tutankhamon y esposa de Amenofis IV, el faraón que convirtió la religión egipcia en monoteísta, con Atón como único dios. Incluso se hizo cambiar el nombre por Akhenaton (amado de Atón).

Después de la metedura de pata de un colega británico tras afirmar erróneamente que había encontrado su momia, teníamos la obligación, casi moral, de andar con pies de plomo, pues no queríamos ganarnos la enemistad del Ministro de antigüedades de Egipto, el célebre y distinguido egiptólogo Zahi Hawass. 

***

Habíamos hecho un descanso para comer algo rápido, ligero. Abusi estaba preparando el té en esa tetera oscurecida por las llamas del fogón portátil cuando recordé que, al principio de llegar, me costaba entender por qué los egipcios preferían más el té negro que un refresco bajo ese sol de justicia. Ahora era yo la que no podía esperar el momento para tomármelo. Theo estaba a mi lado, era mi compañero de fatigas, de origen griego y con quien estaba forjando una entrañable amistad. 

Abusi se acercó con la tetera y nos llenó los vasos. Fue justo con el primer sorbo, amargo y  muy caliente, cuando escuchamos el grito, precedido de un derrumbe de piedras y una espiral de polvo que se alzó marcando el lugar como si fuera una fogata. Theo y yo corrimos hacia allí sin pensarlo dos veces. 

Madu, uno de los geólogos nativos, estaba haciendo la prospección del terreno que íbamos a empezar a excavar, pero la tierra lo tragó sin poder hacer nada por evitarlo. Lo primero que hicimos fue socorrerlo, quitar el máximo de escombro posible para que pudiera salir de allí donde la tierra se había hundido, pero cuál fue nuestra sorpresa al ver que no se trataba de una cavidad natural del subsuelo, sino una entrada tallada en la roca.

Por accidente, como todo (o casi todo) en la historia de la humanidad, había encontrado una nueva cámara funeraria. La expectación era máxima, pues creíamos haber dado finalmente con la tumba de Nefertiti. Aunque lo que encontramos fue algo mucho más inquietante. Era una cámara funeraria, sí, pero…

Al acceder a la celda, el polvo suspendido en el ambiente y la insuficiente luz no nos permitía ver bien lo que teníamos ante nuestros ojos. La linterna de Theo fue la primera en encenderse y a continuación el haz de luz de la mía se le unió. Las paredes estaban totalmente cubiertas con escrituras jeroglíficas y dibujos policromados. En el centro de la pequeña estancia reposaba el sarcófago de piedra más grande que había visto nunca, como si en vez de uno albergara dos difuntos, uno al lado del otro —¿Un matrimonio? No era para nada habitual, lo normal era enterrarse por separado, por eso existían el Valle de los Reyes y de las Reinas; estaban cerca, pero no revueltos— ; la tapa estaba ligeramente corrida y el interior, vacío. Era algo usual encontrar tumbas saqueadas, pero en esta lo único que faltaba eran las momias de los difuntos, pues el ajuar completo, con objetos cotidianos y múltiples joyas, aguardaba en un rincón cubierto por una capa blanquecina. 

Me dirigí a la pared donde aparecía, dentro de una cápsula, el nombre de uno de los difuntos: Yasu. Otra cápsula al lado rezaba: Marya. No los conocía; al menos, no pertenecían a la línea sucesoria de ningún faraón de la dinastía XVIII —la de Nefertiti—. Una imagen suya estaba tallada en bajorrelieve justo al lado del texto que aún no había podido descifrar. Estaban representados a la manera egipcia, aunque sus rasgos eran cauásicos. Él tenía la piel clara, el pelo liso que le llegaba a los hombros y una barba fina. Vestía una sencilla túnica blanca y unas sandalias… Al observar su calzado mi mente se detuvo de inmediato. ¿Podrían ser esas sandalias de estilo romano?

Levanté la mirada de nuevo al rostro de ese hombre. Alrededor de su cabeza había una aureola, que a primera vista había asociado con el dios Ra, pero no era un disco solar sobre su cabeza, más bien sobresalía por detrás. En su mano derecha sostenía una copa, que bien podía ser un cáliz, y parecía entregársela a la mujer. Un momento. Leí de nuevo el nombre; Yasu era una variación de Jesús en copto y Marya era María. Estaba atónita. ¿Podía ser? ¿Podía estar delante del mismísimo Jesús de Natzaret y de María Magdalena? Y si lo eran… ¿Qué significaba esta tumba dedicada a ellos? Sin cuerpos, con un ajuar lleno de objetos… 

Miré a Theo, que estaba haciendo el recuento del ajuar. Cuando nuestras miradas se cruzaron le señalé el cáliz de la pared y él con cara de asombro levantó uno, de las mismas características. 

***

Al día siguiente encontramos el campamento de la expedición desmantelado. Las tiendas recogidas y todos los documentos, diarios de la excavación y planos de las estratificaciones no estaban; incluso no había ni rastro de mi salacot, tampoco de las cajas con los diferentes fragmentos por registrar ni de los objetos que habíamos recuperado del ajuar. De hecho, la entrada a la nueva cámara había desaparecido, rellenada con arena del desierto, como si nunca hubiera estado ahí. 

Unos agentes del gobierno egipcio nos entregaron una carta en la que ponía que nuestro permiso de excavación había finalizado, junto con nuestro visado. Nos instaban a abandonar el país en el menor tiempo posible. 

Antes de la rúbrica del Ministro de antigüedades, había unas palabras en las que lamentaban que nuestras investigaciones no hubieran sido fructíferas, pero nos agradecían el interés, la dedicación y el trabajo realizado en pos del patrimonio del antiguo Egipto. 

Lídia Castro Navàs

Tara Blanca

¿Sabías que en el budismo existen budas femeninos? En realidad son aspectos del buda de la Compasión o Avalokitesvara, llamados Taras. Hay un total de 21 Taras, cada una de un color distinto y la más importante es la Tara verde, de quien ya te hablé hace un tiempo (te dejaré el link del vídeo en la descripción). Hoy te voy a hablar de la segunda más importante, la tara blanca.

¿Quieres saber más de ella? Pues ven y te lo cuento.

Más vídeos en Mitologías.

¿Te interesa la mitología?

Aquí encontrarás libros relacionados con ella que te pueden gustar.

Lídia Castro Navàs

Cita #147

Descubre quién fue Susana Chávez.

Si quieres leer otras citas como esta, no dejes de visitar la sección «Citas de mujeres», con este gesto quiero honrar la memoria de las mujeres invisibilizadas y olvidadas.

Lídia Castro Navàs

El mineral de Odín

Se desató una tempestad en altamar como nunca la había vivido. El miedo empezó a anidar en mí entre los estruendosos truenos y la negrura que, de repente, había cubierto el cielo del mediodía. El capitán, que se llamaba como el rey de los dioses vikingos, salió a la cubierta armado solo con un mineral; lo levantó al cielo y miró a través de él sin perder el equilibrio. Después pidió un cambio de rumbo. Al poco salimos de la tormenta. 

Luego supe que el mineral de Odín le permitía ver el sol incluso a través de las nubes.


Esta es mi propuesta para Escribir Jugando de enero, un microrrelato de 99 palabras (sin contar el título), basado en el desafío. Descúbrelo.

¡Te invito a participar!

Puedes consultar las bases aquí:

¿Te interesan los juegos de mesa que te ayuden a mejorar tu escritura? 

Te aconsejo unos cuantos. Echa un vistazo en el siguiente enlace:

Lídia Castro Navàs

Escribir Jugando. Enero ’25

Antes de participar consulta las bases y los retos anteriores.


Enero

  1. Crea un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la carta.
  2. En tu creación debe aparecer el mineral: Piedra sol.

Carta: Gods and Titans.

Opcional:

Que aparezca en la historia algo relacionado con esta flor de Bach: Aspen

Esencia floral que trabaja el miedo a lo desconocido. Son personas que sienten o experimentan: angustia, sonambulismo, pesadillas, pensamientos apocalípticos, escalofríos, insomnio, tensión en los ojos, nerviosismo, etc. El miedo puede darse tanto de noche como de día. 

Personas muy sensibles y sensitivas que captan los ambientes densos o cargados. Es importante que hagan caso a su intuición para alejarse de esos ambientes que las incomodan. 

Los que ya me conocéis sabéis que soy terapeuta floral y me encantan las flores, pues nos ayudan a gestionar nuestras emociones (¡Y, además, son preciosas!). Así que he decidido incluirlas en algunos desafíos.


¿Te interesan los juegos de mesa que te ayuden a mejorar tu escritura? 

Te aconsejo unos cuantos. Echa un vistazo en el siguiente enlace:

Lo mejor del 2024

Como cada diciembre, me gusta hacer una síntesis de cómo ha ido la actividad anual en el blog.

El resumen en cifras de este 2024, contando el número de entradas publicadas, los likes obtenidos y los comentarios recibidos, es el siguiente:

Siempre muestro una selección de los posts más valorados, pero este año lo he hecho diferente, he escogido a título personal un TOP 5 de las entradas que mejor representan lo que ha supuesto este 2024 para mí.

Empezaba el año 2024 muy oscuro y triste; en enero murió mi padre y así te compartí lo que sentía: Cuando llorar no basta.

Entre los microrrelatos que he escrito para el desafío Escribir Jugando escojo el del mes de marzo que muestra bien mi momento vital de cambios: Confiar en el proceso.

Entre los vídeos de mi canal Mitologías he elegido el último que grabé en mi antiguo piso antes de mudarme en junio: Ganímides.

Entre las citas me quedo con la de la autora Octavia E. Butler porque su mensaje habla de esas transformaciones que sufrimos en la vida y nos recuerda algo importante para hacerles frente.

Lo que me ha hecho más feliz este año ha sido hablarte de Melodía ancestral, ya fuera de proyecto intuición, la publicación, entrevistas, presentaciones… todo lo que tuviera que ver con ella.

Para terminar este resumen solo me queda decir GRACIAS; gracias por estar ahí, al otro lado de la pantalla, leyendo, comentando, participando en mis desafíos, comprando mis novelas… Este gran GRACIAS es para ti y para todas aquellas personas que se han acercado hasta esta casa:

Deseo que el 2025 venga cargado de inspiración y ganas de seguir creando.

Lídia Castro Navàs.

Tela

Foto propia. Flix, 2018

Tejida en escarcha,
entre ramas de vid.
El sol tras la niebla espera.

Más poesías como haikus, haibuns y otras poesías libres AQUÍ.

Lídia Castro Navàs.

Emotiva presentación

Hay un dicho que reza que nadie es profeta en su tierra y tengo que decir que, desde que publico mis libros, nunca había hecho una presentación en mi pueblo natal. Sí que las había hecho en otras ciudades en las que he vivido o trabajado, pero nunca en Flix.

Ahora ya puedo afirmar que, no solo he hecho una presentación allí, sino que ha sido una de las más emotivas que recuerdo.

Quiero agradecer al ayuntamiento, a Laia, la concejala de cultura, y a Montse, la bibliotecaria municipal, por las gestiones para que el acto fuera posible. También a todos los vecinos y vecinas que se acercaron a escucharme.

Me acompañó durante el evento Albert Guiu, profesor de lengua, escritor y vecino mío, quien hizo un análisis de la novela que me cautivó. Desde aquí le agradezco el laborioso trabajo que conllevó su intervención.

Luego me tocó el turno de hablar y me centré en explicar el proceso creativo que me llevó a escribir Melodía ancestral; todo el recorrido hasta la publicación del libro, tratando temas como la ilustración a cargo de Andrea Obregón, la maquetación de la novela o la importancia de la música en la historia.

Las magníficas fotografías del evento las hizo JM Franch gracias también por su presencia:

Lídia Castro Navàs.

Megara

Siguiendo con las peticiones que pedí en mi instagram hoy voy hablarte de Megara. 

¿Sabías que en época griega las mujeres podían ser usadas como moneda de cambio o para pagar recompensas por una labor? Ese fue el caso de Megara, quien fue entregada a un famoso héroe por su propio padre como muestra de agradecimiento por salvar su reino. 

¿Quieres saber más sobre su breve y trágica historia? Pues ven y te la cuento. 

Más vídeos en Mitologías.

¿Te interesa la mitología?

Aquí encontrarás libros relacionados con ella que te pueden gustar.

Lídia Castro Navàs

En el infierno

Miro el reloj, son algo más de las tres de la madrugada y las bombas siguen cayendo. El silbido ensordecedor que producen los proyectiles en su caída libre se introduce en mi mente con la facilidad con que una piedra rompe un delicado cristal.

De las paredes de roca recientemente excavada cuelgan luces improvisadas. No son más que bombillas que parpadean continuamente y se apagan cada vez que hay un nuevo impacto. La oscuridad solo dura unos segundos; unos segundos que se hacen eternos en esa frágil espera.

El refugio antiaéreo está lleno de gente asustada y eso se traduce en un silencio sepulcral. Nadie dice nada, solo se pueden intuir las respiraciones contenidas y algún que otro gemido, casi imperceptible, que se escapa de forma involuntaria. Ni siquiera las criaturas lloran, como si se les hubiera olvidado hacerlo, como si de repente fueran personas adultas respetando esa mudez tensa con renuncia estoica. Solo hay una cosa que rompe el silencio: las sirenas. Ellas anuncian, incansables, que el peligro llega desde el cielo y que nadie está a salvo.

En este reducido espacio nos hacinamos todos: hombres y mujeres; ancianos y niños. Aquí todos somos iguales; el miedo… el miedo a morir nos iguala; la muerte nos iguala y nos recuerda que nadie es mejor que nadie. Y ese mismo miedo se refleja de distintas formas en los rostros de las personas que me rodean y con quien comparto la respiración contenida, como si el oxígeno de la estancia fuera un bien preciado a punto de agotarse.

Mis manos, sucias y temblorosas, sostienen la cámara con el temor de quien lleva una bomba a punto de estallar. Aunque la acreditación de corresponsal cuelga por encima de mi chaleco bien visible, mostrando el porqué de mi presencia allí, no sé de dónde sacar las fuerzas para levantar mi Canon e inmortalizar este momento.

Los años de experiencia en varios conflictos bélicos distintos no me ayudan a afrontar esta situación por muy similar a las otras que sea. Mi empatía, a veces tan útil y necesaria, se convierte en lo que ahora me impide tener la mente fría.

Inhalo profundo; todo lo profundo que me permite el pecho encogido, y suelto un bufido, que suena más alto de lo que me gustaría admitir, y con el aire dejo ir también mis miedos, mis frustraciones y la desesperanza que anida en muchos de los corazones presentes. Una desesperanza que tiñe de negro el futuro de la humanidad como sociedad. Una sociedad que vive, pero que no sabe convivir. Mucho tenemos que aprender todavía… Y por eso debo continuar con mi labor, para dar a conocer al mundo entero la injusticia, el dolor y el desamparo de los más débiles e inocentes. Me aferro a ese sentimiento mientras alzo mi cámara y así poder seguir un día más en el mismísimo infierno.

Lídia Castro Navàs