
Había vivido muchas vidas y, en todas, aprendió a escribir. Lo había hecho sobre múltiples soportes: tablillas de arcilla como mercader en Babilonia, paredes de caliza como escriba en Tebas, mármol como escultor en Carrara, pergamino como fraile en Cluny y ahora papel en lo alto de su torre, donde atesoraba volúmenes cosidos a gruesas tapas de cuero encontrados en sus viajes, traídos desde allende el mar. En esta vida iba a descubrir algo que revolucionaría la historia: una suerte de microorganismo que puede alterar su aspecto y guardar un secreto que no debe ser leído: la tinta orgánica cambiante.
Esta es mi propuesta para Escribir jugando de agosto, un microrrelato de 100 palabras (sin contar el título), basado en el desafío. Descúbrelo.
¡Te invito a participar!
Puedes consultar las bases aquí:
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Lídia Castro Navàs

















