
Corría la primavera de 1742 cuando algo increíble sucedió en el laboratorio de Antálcidas, el último gran alquimista. Yo lo presencié todo: el maestro se pasó la noche experimentando con una fórmula para convertir las plumas en oro. Y no solo lo consiguió, sino que además, pudo demostrarlo: puso en una balanza una pluma y en la otra una bolsa con su creación. Resultó que el oro era más liviano que la pluma, de la que solo usó las barbas.
Antálcidas se haría rico y yo debería buscar otra forma de cubrirme, estaba seguro de que perdería todas mis plumas.
Esta es mi propuesta para Escribir Jugando de abril, un microrrelato de 100 palabras (sin contar el título), basado en el desafío. Descúbrelo.
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Lídia Castro Navàs










