
Solo tenía que cruzar el acantilado con Perseo, su caballo blanco, usando el puente de arcoíris y llegar hasta el bosque Esmeralda. Allí no podrían alcanzarlo los gigantes.
Igual que Don Quijote, su mente recreaba esa fantasía; sus gigantes no eran molinos de viento, pero daba igual, vivía con el temor de ser acechado por criaturas oscuras. Ni siquiera la runa algiz podía protegerlo de un mal que no estaba fuera, sino dentro de él.
Esta es mi propuesta para Escribir Jugando de febrero, un microrrelato de 75 palabras (sin contar el título), basado en el desafío. Descúbrelo.
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Lídia Castro Navàs










