
Era una noche sin luna cuando la joven se sintió atraída por la charca que había cerca de su casa. Una punzada en el hombro izquierdo, justo donde se tatuó el trisquel, la despertó de un sueño inquieto; la calcedonia, que siempre tenía bajo su almohada, se había roto. Al llegar al agua se metió hasta la cintura sin pensarlo. El croar de una rana fue lo único que escuchó antes de ver que sus piernas quedaban rígidas, también sus brazos y finalmente toda ella acabó convertida en un árbol del que caían unas hermosas jacarandas.
Esta es mi propuesta para Escribir Jugando de julio, un microrrelato de 96 palabras (sin contar el título), basado en el desafío. Descúbrelo.
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Lídia Castro Navàs











