¿Dónde estás?

Foto propia. Torino, 2016

−¿Por qué me has abandonado? −grité a los cuatro vientos.

Me pareció verla por los jardines colindantes al castillo, así que me fui tras ella. Salí por la puerta de la cocina que daba a las cuadras. Me escabullí entre todo el personal ocupado en sus quehaceres matutinos y nadie se percató de mi marcha. Recorrí el camino de tierra que separa el edificio principal, de los jardines; crucé la gran explanada cubierta de hierba y estampada de amarillas y diminutas flores; atravesé unos espesos arbustos hasta llegar a la fuente, pero no pude dar con ella.

−¿Dónde te has metido, inspiración?

Lídia Castro Navàs

Esperando la sentencia 

Me encontraba encerrada en lo alto de la torre, aguardando mi aciago destino. La sentencia se haría efectiva al atardecer, cuando el sol se hubiera escondido tras el horizonte y sus cálidos rayos dejaran de iluminar hasta los rincones más oscuros de mi alma.

Las primeras nieves del invierno habían empezado a caer y amenazaban con derribar los tejados de paja de las chozas más humildes. El frío se dejaba notar con intensidad y el abrigo que llevaba no era capaz de calmar mis incesantes escalofríos. Ya no sabía si eran a causa de la baja temperatura o por mi alma inquieta que presagiaba la llegada de la Parca.

Alguien gritó desde la calle y me sonsacó de mis pensamientos: «¡Bruja!». Me volví a estremecer…

Lídia Castro Navàs

Frente a la ventana

La enfermedad rara que padecía, la mantenía alejada de la calle, de la gente, de la vida… Se pasaba los días sentada en una butaca frente a la ventana admirando lo que acontecía unos metros más allá. Tan cerca de ella y a la vez tan lejos de su alcance. Y entonces pensaba qué haría si pudiera salir: iría siempre con una sonrisa en la boca, se detendría a mirar el cambio de coloración de las hojas de los árboles, tocaría la textura de los materiales de las diferentes fachadas, tendría una palabra amable para todo aquel que cruzara una mirada con ella y daría gracias por poder disfrutar de esa ansiada libertad. ¿Por qué no lo hacían los viandantes que ella observaba? 

Lídia Castro Navàs

 

De piedra

Foto propia. Barcelona, 2016

¿Por qué no me puedo mover? Pero ¿qué ha pasado? Me siento rígido como una piedra ¡Oh, Dios! Me voy a precipitar. ¡Ah, no! Estoy clavado en la fachada. ¿Cómo me he convertido en una gárgola? Yo era un frutero pacífico, lo recuerdo: mi frutería con la mejor fruta de proximidad, mis clientes habituales, los del barrio de toda la vida, mi adorable familia… ¿Qué ha pasado con todo eso? Tendrá algo que ver ese sueño en que se me aparecía Dios, me encomendaba una misión y yo aceptaba sin saber… ¿o no fue un sueño?

Lídia Castro Navàs

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Las vueltas de la vida

Foto propia. Torino, 2016

La vida da muchas vueltas, como las ruedas de una bicicleta. Esa tarde la ciudad estaba inusualmente tranquila, el sol de otoño era aún cálido y pasear en bici era una buena manera de despejar mi mente embotada. Y funcionó. Los pensamientos que me preocupaban se desvanecieron y la energía rellenó todos mis músculos. En cuestión de minutos me sentía genial, hasta que me arroyó el camión. Topó conmigo de frente. No pude esquivarlo. Ahí, se acabó todo.

Lídia Castro Navàs

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Descifrando la vida

Foto propia. Torino, 2016

Era una persona decidida, inquieta y activa, de esas que cuando acaban de comprar un aparato tecnológico, lo usan sin leer las instrucciones. No le gustaban nada esos libritos endemoniados, llenos de minúsculas letras en los que nunca encontraba el idioma que buscaba… ¡los odiaba! Pero justo en ese momento, la vida la había puesto en una encrucijada y deseaba tener un manual para saber qué hacer a continuación.

Lídia Castro Navàs

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El gris y yo

Mis días eran grises, igual que el cielo nublado que me cubría siempre. Nunca había visto el sol. Bueno, lo había visto en imágenes y en vídeo, pero nunca lo había sentido sobre mi piel. La enfermedad tópica que me diagnosticaron al nacer me lo impedía. No podía siquiera admirarlo untada con protector, ni bajo capas y capas de ropa. Siempre quedaba un resquicio por donde se colaba y me producía unas laceraciones que se extendían más allá de la zona expuesta. Con los años me había acostumbrado. ¡Incluso vivía en una ciudad donde se veía muy poco el sol! Pero me había convertido en una persona gris.

Lídia Castro Navàs

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La despedida

Se había prometido a sí misma no llorar, pero llegado el momento, la necesidad irrefrenable de sacar el peso que llevaba en su pecho fue más fuerte que su promesa. Se quedó unos instantes en el patio, iluminada tan solo por la luz de un farol. A través de sus lágrimas admiró la ennegrecida piedra de las paredes, los desgastados escalones, esa columna salomónica que dividía dos arcos de medio punto… Recordando, con nostalgia, cada instante vivido allí. Inspiró hondo, se secó las lágrimas con su pañuelo bordado y salió a la calle con la cabeza bien erguida. No sabía lo que le depararía el destino, pero algo en su interior le decía que sería bueno.

Lídia Castro Navàs

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Ironías

Se dice que las noches de luna llena aparece ahí, en la vieja iglesia abandonada. No hay muchos que la hayan visto, solo unos pocos. Dicen que en su presencia hace frío pero que no sientes nada, como si todas las emociones se desvanecieran. Su luz los atrae de forma irremediable y ya sabemos los efectos que tiene sobre los varones jóvenes… Pierden el juicio.

¿Qué irónico que el manicomio donde están ahora encerrados se encuentre a tan solo unos pasos detrás de la iglesia, verdad?

Lídia Castro Navàs

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Las guardias frente al mar

Foto propia. Plymouth, 2016

Ningún pirata se atrevía siquiera a acercarse a los límites de la ciudad. Hacer largas guardias en una costa tan bien protegida era algo anodino, pero también tenía sus ventajas: me permitía admirar muchos amaneceres, observar las diferentes tonalidades del cielo y perderme en la cambiante forma de las nubes mientras pensaba en ti.

Lídia Castro Navàs

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