La fórmula 

Foto propia. Suiza, 2017

Mis pasos resonaban sobre la madera al atravesar el puente cubierto. Iba tan rápido como las piernas me permitían. El frío azotaba a aquellas horas de la mañana y mis pies, anegados por la lluvia incesante, empeoraban la situación. Tenía que llevar la noticia al palacio. La información que atesoraba era de vital importancia, pues acabaría con años de amargura.

El hijo del boticario había encontrado la fórmula. Se dejó la máquina agitadora encendida toda la noche, y gracias a ese descuido, Rodolphe Lindt acababa de dar con la receta definitiva que permitiría que todo el mundo disfrutara de la sensación del chocolate fundiéndose en la boca.

Lídia Castro Navàs

El postigo

Foto propia. Torino, 2016

El espléndido día de sol y calor me hacía envidiar un largo paseo por las más de cien hectáreas ajardinadas. No me permitían salir del palacio, pero me conformaba con admirar los jardines desde mi privilegiada posición. Mis funciones eran claras: dejar pasar el fresco, impedir la entrada del sol directo y evitar las miradas indiscretas, excepto la mía; los humanos no saben cómo de curiosos podemos llegar a ser los postigos. 

Lídia Castro Navàs

Desde la fortaleza

Los inviernos desde la atalaya de la fortaleza eran largos y duros, pero mi tarea de vigía me hacía sentir importante. Toda la ciudad se hallaba a mis pies, servil e indefensa; mientras yo, altiva y robusta, disfrutaba oteando el horizonte en busca de enemigos. Y es que ese es el principal objetivo de una torre de defensa como yo.

Lídia Castro Navàs

Clonc, clonc, zas

“Clonc, clonc, zas”

El sol empieza a asomarse por el horizonte dando inicio a un nuevo día.

“Clonc, clonc, zas”

Sus rayos tiñen de rojo los campos dormidos.

“Clonc, clonc, zas”

El silencio de la noche ya olvidada, deja paso al piar de los pájaros, el relinchar de los caballos y los golpes en los postigos que van abriéndose.

“Clonc, clonc, zas”

La brisa que acompaña al alba va amainando y se intercambia por ese calor acuciante del mes de julio.

“Clonc, clonc, zas”

Y yo sigo con mi labor: cortar leña. Aunque no lo haría sin la ayuda de unas manos fuertes que me impulsan sobre los maderos.

“Clonc, clonc, zas”

Firmado: una hacha

Foto propia. Vila-seca, 2017

Lídia Castro Navàs

Especies

Foto Propia. Flix, 2017

En cuanto me vio, posó sus dos ojos amarillos en mí. Su pelaje gris destacaba sobre la tierra árida donde estaba agachada, pero mantenía todos los músculos en tensión; como si fuese a saltar al menor descuido. Su expresión amenazante me hizo retroceder un par de pasos, mi olfato me decía que sus intenciones no eran buenas y que mi presencia le disgustaba tanto como a mí, la suya. Me habían enseñado a mostrar los dientes y a correr detrás de los de su especie, pero hacía tanto calor que no me apetecía una carrera. Además, yo soy un perro tranquilo y pacífico, más bien perezoso diría mi dueña.

Lídia Castro Navàs

Con los cinco sentidos

Foto propia. Vila-seca, 2017

Timbales, flautines y dulzainas sonaban sin cesar. El aroma de la leña quemada procedente de las tabernas se olía en el ambiente. En los tenderos, el tacto de la seda atraía las manos más curiosas. Las gentes abarrotaban las calles empedradas, bebiendo, riendo y danzando. Era día de feria en la ciudad; y la feria no solo se vive, sino que se siente. 

Lídia Castro Navàs

Entre las brumas

En ese bosque fue donde la encontraron entre las brumas de la noche. Estaba en el suelo, cubierta por hojas muertas y ramas secas. Ahí la abandonaron, a la merced de la lluvia y del viento. Aún seguía emanando luz, así fue como la vieron. Y es que la esperanza se olvida, pero jamás se llega a perder del todo.

Lídia Castro Navàs

Arcos

Arcos infinitos en una sinfonía de claroscuros,

que paralelos transcurren en piedra ennegrecida.

Lídia.

Inconsciente 

Cuando desperté estaba en un zulo oscuro y húmedo, me sentía aturdida y había perdido la noción del tiempo. No llevaba mi ropa, sino una bata de hospital. Me sorprendió un fuerte dolor en el costado derecho y me llevé la mano de forma instintiva hacia allí. Palpé, con gran temor, una cicatriz reciente, burdamente cosida. Un terror irracional se apoderó de mí y el inconsciente me llevó de nuevo.

Lídia Castro Navàs

En las puertas del templo 

Foto propia. Roma, 2008

Siempre la veo en las puertas del templo. Raras veces entra durante la liturgia, pero allí está. Es como si una fuerza invisible la atrajera hasta ese lugar. Se queda durante todo el día, aunque desaparece cuando cae la noche. Tampoco se presenta los días nublados y me siento triste cuando eso ocurre. Me encanta poder mirarla, desprende energía y calidez. 

¡Y es que la luz tiene un efecto muy positivo en mí!

Lídia Castro Navàs