Marvin

Sakura (4)

Sonaban las campanas de la iglesia marcando mis pasos hacia la casa de los Ludwig. Hacía más de un siglo que estaba deshabitada y no conseguían venderla a causa de la maldición que se decía que pesaba sobre ella. 

Era mi primer caso desde que saliera de la facultad y empezara a trabajar en esa agencia de investigadores de lo paranormal. Mi jefe me había confiado el caso en solitario y yo no podía estar más entregada, pues resultaba que la maldición de los Ludwig era sobradamente conocida en todo el condado; eso me hacía ser consciente de la importante tarea que se me había asignado. 

Cuando sonó la última campanada anunciando las nueve de la mañana, llegué frente a la verja de la propiedad. Fruncí el ceño al dirigir mi mirada dentro y ver el aspecto lúgubre y dejado de los alrededores.

«¿Cómo quieren venderla en este estado?», me pregunté perpleja.

Empujé la verja y un chirrido acompañó su apertura. Las enredaderas habían anidado en las bisagras y me dificultaron la entrada, pero con un poco más de fuerza de lo habitual pude con ella. 

Mientras me acercaba a la puerta principal del edificio, intuía el sendero de piedra del suelo que había sido invadido por las malas hierbas; la dejadez del lugar me dejó atónita, una vez más. Toqué al timbre y resonó en el caserón con un eco propio de una catedral. 

La puerta se entreabrió y una voz desde el interior me invitó a pasar. Era Marvin, con quien había hablado por teléfono. Su familia estuvo al servicio de los Ludwig antes de su desaparición. Él mismo me afirmó que tenía pruebas de lo que les había pasado. 

Nos sentamos en la mesa de lo que parecía un salón con paredes desconchadas, telarañas en los rincones y ventanas llenas de polvo. Las sillas, que estaban cubiertas por sábanas blancas, eran mullidas y con respaldo alto. Aunque no pude apoyar la espalda pues la tensión del momento me lo impidió.

Marvin era la persona viva más cercana a los Ludwig, o la que yo había podido encontrar. Al hablar con él por teléfono me había asegurado que conocía todo lo ocurrido por un diario que su abuela había escrito mientras servía en casa de los Ludwig. En él dejó relatados muchos secretos de la familia. 

Nos habíamos citado en la casa, pues quería aprovechar la ocasión para visitar el lugar de los hechos y a la vez conocer el contenido de ese diario. 

Cuando ya estábamos sentados, me ofreció un café en un vaso de papel de usar y tirar que había comprado de camino. Le agradecí el detalle, aunque yo no bebía café. Por educación no lo rechacé, pero lo dejé enfriar sin siquiera probarlo. 

Saqué mi móvil y encendí la grabadora de voz, pero él me frenó. No quería que nada de lo que dijese saliera a la luz. Le comenté que no era periodista, pero que como investigadora, tarde o temprano, lo que iba a descubrir se sabría. 

Entonces se abalanzó sobre mí sin mediar palabra y me rodeó el cuello con sus manos. La presión que ejerció me dejó sin respiración y empecé a verlo todo borroso. No supe reaccionar, me cogió por sorpresa. 

Caí muerta, asfixiada.

Lo que pude ver a continuación, cuando mi alma se separó de mi cuerpo, fue lo que me reveló la verdad. Allí estaban los espíritus de toda la familia Ludwig; ellos me explicaron, ante mi perpleja mirada, lo que les había pasado.  

Marvin me había mentido, ni siquiera se llamaba así, se trataba de John Chapman y era el exmilitar que estaba a cargo de la casa de los Ludwig. Arrastró mi cuerpo inerte hasta el sótano y allí lo arrojó a un foso. Luego lo cubrió de tierra y, finalmente, volvió a colocar los maderos que formaban parte del suelo. 

John no era una persona corriente, sino que se trataba de un demonio inmortal. Pero la familia no lo supo a tiempo. Igual que yo. Después de luchar en varias guerras y cansado de la vida de trincheras, se retiró de los campos de batalla y decidió probar suerte con una vida mundana. Entró a servir en casa de los Ludwig; al principio, todo fue bien, pero pronto empezó a echar de menos la sangre y la destrucción. El odio que atesoraba en su corazón iba creciendo día a día, hasta que no pudo frenarlo más y decidió matarlos a todos. Incluso a su mujer y a su propio hijo de tan solo cuatro años. Se deshizo de los cuerpos en la caldera de la casa y luego se marchó sin ser visto. 

He aquí el secreto de la maldición de los Ludwig, que desaparecieron de un día para otro sin dejar rastro. Ahora ya conocía el enigma, pero jamás podría contárselo a nadie. De hecho, mi desaparición al hacerme cargo del caso, acrecentó todavía más el misterio sin resolver. Y así seguiría por los siglos de los siglos. 

Lídia Castro Navàs

 Si quieres escuchar este relato de la voz de Javier Matesanz, puedes hacerlo en su podcast «Páginas oscuras»:

Y el Optimvs mensi es para…

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Ayer os hacía eco de todas las creaciones presentadas al reto de Escribir Jugando del mes de agosto. Y ha sido realmente difícil escoger, pues cada una tiene algo que la hace especial. De hecho, he estado dudando entre tres (dos micros y una poesía) hasta el último momento… Como solo podía escoger una, quiero hacer dos menciones especiales para las creaciones que se quedaron a las puertas:

  1. Para el micro “En los Andes” de Julie Sopetrán. Los que conocéis a Julie sabréis que es una poetisa envidiable, pero participó en el reto con un micro que, como me dijo, había sido el primero que hacía y lo hizo realmente bien.
  2. Para el micro “I want to believe… and you?” por Whatgoesaround. Nuestro compañero «musiquero» mezcló a la perfección dos mitologías antiguas con la ciencia ficción para crear un micro muy original y que me encantó.

Antes de continuar quiero agradecer a todas las personas que participaron, por su tiempo, sus ganas y su ilusión.

Como decía Simone de Beauvoir: «Escribir es un oficio que se aprende escribiendo», así que ¡GRACIAS y no dejéis de escribir!

Ha llegado el momento de desvelar el Optimvs mensi del mes de agosto y es para…

Drumroll

…por atreverse con un formato que no es el habitual, por su potente mensaje, por esa fuerza que transmiten sus palabras en versos encadenadas y, además, por captar mi atención desde el primer momento: «Apocalipsis» por Luna Paniagua

APOCALIPSIS

Herida en sus entrañas llora Gaia
de sangre y savia, ácidas lágrimas
se funden en un río
encrespado, implacable, atronador,
mortal.
Sobre él se balancean los verdugos
apretados en un puente colgante.
Ya no existen fronteras, colores ni linajes,
ya da igual quién se es y a quién se ama;
porque ya no hay amor.
¡Ahora lloráis, malditos egoístas!
Suplicáis un perdón inmerecido.
Fue vuestra estupidez
la que inclinó a su lado la balanza
y arrasasteis con todo a vuestro paso.
El destino está escrito, no hay salida.
Caeréis. Moriréis.
Es la venganza de la Madre Tierra.

Luna Paniagua

Aquí tienes tu galardón, puedes lucirlo en tu blog a modo de widget si lo deseas y enlazar esta entrada para que todo el mundo vea tu creación galardonada 🙂

laurel agosto

Os espero muy pronto en el reto: Escribir Jugando 🙂

 

Lídia Castro Navàs

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Escribir Jugando (Julio)

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Si no te acuerdas de las bases del reto puedes leerlas AQUÍ.


Reto – Julio

  • Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
  • En tu creación debe aparecer el objeto del dado: un espejo.

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Reto opcional: 

  • Que el contexto sea el «Templo de la luna«.

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Mi propuesta:

La maldición del espejo

Hacía años que algunas de las novicias aparecían muertas en el foso del Templo de la Luna. Sus aguas verdes eran habitadas por una serpiente gigante, supuesta guardiana de las sacerdotisas que allí moraban. Se sospechaba que se trataba de una maldición: «la maldición del espejo«. Todas esas jóvenes habían tenido contacto con un espejo muy antiguo; resultó que al mirarse en él, no veían su reflejo, sino que se les revelaba la peor de las apocalipsis. Todas ellas, víctimas de una locura transitoria, se lanzaban al vacío para evitar ese aciago final y acababan por hacerlo realidad (98 palabras).

Te toca, ¿juegas?

 

Lídia Castro Navàs

Reunidas

—¿Estamos todas? —pregunté—. Bienvenidas a la reunión previa a la Navidad. Único punto del orden del día: votación para cambiar las incandescentes por leds.

Un murmullo rompió el silencio.

—Calma, luces —interrumpí—. Nos fundimos, nos cuesta llevar el ritmo de la intermitencia y no somos de exterior; es el momento de dejar el sitio a las nuevas generaciones.

Las contrarias a la jubilación anticipada no se calmaron, y es que las luces de Navidad disfrutan brillando una vez al año.

Lídia.