
Mis pasos resonaban sobre la madera al atravesar el puente cubierto. Iba tan rápido como las piernas me permitían. El frío azotaba a aquellas horas de la mañana y mis pies, anegados por la lluvia incesante, empeoraban la situación. Tenía que llevar la noticia al palacio. La información que atesoraba era de vital importancia, pues acabaría con años de amargura.
El hijo del boticario había encontrado la fórmula. Se dejó la máquina agitadora encendida toda la noche, y gracias a ese descuido, Rodolphe Lindt acababa de dar con la receta definitiva que permitiría que todo el mundo disfrutara de la sensación del chocolate fundiéndose en la boca.
Lídia Castro Navàs







