Saber perder

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—¿Vamos hasta la orilla?

—Vale, vamos. ¡A ver quién llega antes!

—¡He ganado! —grita de júbilo—. ¡Llegué primera!

—No estoy muy segura. ¿Volvemos a intentarlo?

—Venga.

—¡Volví a ganar!

—No, no ahora sí que no, juraría que yo llegué antes.

—No vuelvo a competir contigo, eres una ola que no sabe perder.

 

Lídia Castro Navàs

El mar

Vivir al lado del mar es un privilegio conocido solo por unos pocos. Me encanta estar ahí todo el día: tumbada en la arena, disfrutando de los rayos del sol, concentrarme en el vaivén del agua, escuchar ese rumor que me hace adormecer, notar la caricia de la arena sobre mí… Lo que peor llevo son los pies; sobre todo esos con callos, durezas o uñas largas. Me arañan al pasar y me entra un repelús… ¡Y es que ser pasarela de playa tiene sus inconvenientes!

Foto propia. Tarragona, 2017

Lídia Castro Navàs

En la playa

Es de noche y una joven camina descalza por una playa. Lleva un vaporoso vestido negro y el pelo, algo despeinado por la brisa que sopla casi imperceptible, le cubre el rostro. En sus manos aguanta una bengala encendida y baila de forma relajada. Su danza no se debe al efecto del alcohol, ni de ninguna droga psicotrópica, es algo mucho más sencillo… se siente feliz por primera vez desde hace tiempo. Y su forma de expresarlo es bailando consigo misma. Lo único que rompe con la oscuridad son las centellas que desprende el fósforo y la luz apagada que proyecta una hoguera lejana, donde un grupo de personas charlan animosamente. Por detrás, solo hay una inmensa negrura. Aunque en realidad, tras ese telón negro, hay miles de estrellas brillando en el firmamento. Pero nadie las ve. Lo único perceptible es el rumor del agua del mar en su vaivén incansable, que acompaña a la chica del vestido negro en su baile hipnótico.

Lídia Castro Navàs