
Padme era una joven de piel de chocolate que entrenaba todos los días para ser la mejor guardiana de la luz de toda la galaxia. Los senderos de la lucha empezaban a no ser desconocidos para ella, aunque se dejaba llevar por el miedo cuando aparecía en su campo energético el recuerdo de su anterior entrenador: Milo.
Milo era un fabuloso guardián de facciones duras y músculos marcados; tenía un gran atractivo para las chicas aprendices como ella. Pero todo lo que parecía bueno en él, lo tenía de malvado.
Un año antes, Milo había seducido a una jovencita proveniente de las llanuras del norte: Cara. Pelirroja y muy blanca de piel, con la que Padme había conectado desde su llegada a la academia. Cuando empezó a tontear con el entrenador, Padme envidió a Cara más de lo que su instrucción le permitía, pero no intervino. Poco después la chica desapareció dejando una carta de despedida donde decía que Milo le había roto el corazón. Pero Padme no tardó en descubrir que había sido un montaje, pues Milo la había matado en un ataque de celos. Ella destapó el asunto y el entrenador fue expulsado de la academia y condenado al ostracismo, pero antes de irse lanzó una amenaza sobre Padme. Desde entonces, la chica no podía conciliar el sueño ni seguir con la instrucción de forma habitual, aunque se esforzaba por recuperar la normalidad.
***
Llovía a cántaros cuando la joven salió hacia el templo bien temprano. Todavía no había amanecido, pero era la hora de la meditación con el sensei Chan, quien le enseñaba a controlar sus emociones. Cuando llegó, la puerta del sacro lugar estaba entreabierta y dentro un reguero de sangre la condujo hasta el cuerpo sin vida del sensei, que reposaba sobre las duras losas de piedra del suelo. A su lado había un paraguas, que camuflaba una katana en su interior y que había sido el arma con la que habían arrebatado su vida. En cuanto Padme vio la empuñadura de la katana, con cuero trenzado de forma especial, supo que era de Milo y que faltaba una, pues siempre iba armado con dos katanas mellizas.
Sintió el miedo recorrer su espinazo y en un rápido reflejo desenvainó el puñal que llevaba en la cintura. Un fuerte impacto por la espalda y la calidez de su propia sangre saliendo a borbotones la sorprendió. Milo la había atravesado con la segunda katana sin que ella tuviera tiempo de reaccionar. Padme cayó de rodillas llevándose las manos al abdomen.
Milo dibujó una sonrisa en su rostro viéndose triunfador al cumplir su amenaza, pero en un movimiento inesperado y veloz, Padme se puso en pie, giró sobre sí misma y le clavó el puñal a Milo en el cuello, justo en la yugular. Los dos se desplomaron en el suelo al unísono, mezclando su sangre con la del monje.
El último pensamiento de Padme fue que, aunque ya no sería una guardiana, había vengado a su amiga antes de morir y que el monstruo de Milo ya no volvería a matar a nadie más.
Lídia Castro Navàs
