Invitación

labo

Los golpes en la puerta vuelven a sonar, el señor Elliot ahora está seguro de ello. Se levanta con dificultad, deja el plato con los restos del asado en la mesa del comedor y se dirige a la puerta junto a Labo, su fiel perro. Cuando la abre, su expresión cambia y queda petrificado, como la figura que tiene enfrente. Aunque esta no levanta más de un metro del suelo, su aspecto grotesco y espeluznante, hace que Labo gima y corra a esconderse bajo la cama. 

—Buenas noches, ¿es usted el señor Elliot?

—Sí, soy yo, ¿quién lo pregunta? 

—Disculpe, soy Le-Duc y le traigo una invitación de Notre Dame.

—¿Notre Dame? ¿La catedral?

—Sí, la misma. El señor Cuasimodo le invita a usted y a su perro a pasar la Navidad allí. 

—Pero…

—Cada año por estas fechas, el señor escoge a personas anónimas y que van a pasar las fiestas solas, para invitarlas y así regalarles su compañía. 

—Vaya… 

—Él sabe muy bien lo que es estar solo y da gracias al cielo por tenernos a nosotras, las gárgolas, para no sentirse así. Y quiere compartirlo con alguien en estos días tan especiales. 

—¡Pues qué sorpresa!

Ante la inesperada invitación, el señor Elliot no se lo piensa dos veces; su difunta esposa siempre quiso visitar París, no iba a desaprovechar esa oportunidad. Prepara un equipaje de mano, ata a Labo con su correa y coge la bailarina de porcelana; «Algún presente tendré que hacerle al generoso Cuasimodo», piensa para sí. Le da la mano a la gárgola que lo espera en la entrada y, después de un chasquido, desaparecen dejando un rastro de humo. Sin duda, estas serán unas Navidades inolvidables para el señor Elliot.


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu.

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Lídia Castro Navàs

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Cumpleaños al pasado

Mi primer hijo cumplía 5 años y toda la familia se empecinó en que lo mejor era ir a un centro de esos donde hay grandes construcciones de gomaespuma, redes protectoras y piscinas de bolas de colores. 

Yo odiaba esos sitios por la masificación y el ruido que se formaba al coincidir varios cumpleaños a la vez, pero ¿cómo negarse? 

Acabé por sucumbir a tal martirio. 

El día esperado, y después de que los niños devoraran cual jauría toda la merienda con un único ingrediente en común: el azúcar, se dispusieron a zambullirse en los juegos de esa selva acolchada. En un momento dado, mi hijo desapareció víctima de una avalancha de enanos salvajes en la piscina de bolas. Como cualquier padre haría, intenté parecer despistado y hacer caso omiso a las advertencias de mi suegra que me impelían a meterme en esa trampa mortal en busca de mi primogénito. 

Al final, volví a sucumbir, dejando patente mi falta de personalidad y carácter impávido. Sostuve la respiración antes de sumergirme en esa pestilente alberca llena de renacuajos, pero pisé algo de forma redondeada. ¿Qué sería? ¿Una bola, quizás? ¡Había miles! ¿Qué podía ser sino? Mi equilibrio se perdió hasta llegar al firme suelo donde me propiné un golpe seco. Perdí la visión no antes de ver que había sido una manzana lo que había pisado. 

De repente, los gritos malévolos de niños fuera de sí, me hicieron recuperar el sentido. Cuando abrí los ojos, el polvoriento terreno sobre el que me encontraba brillaba por los rayos del sol que lo bañaban. ¿Dónde estaba? Parecía el patio de mi antiguo colegio. 

Vi a un chico tirado no muy lejos de mí, se levantaba con dificultad y se acercaba a las gafas de pasta marrón que estaban tiradas más allá; se las puso y miró alrededor, colocándose de cara a mí. Lo observé y me llamó la atención su atuendo: iba vestido con un chaleco de color mostaza sobre una camisa a cuadros y un pantalón de pana beige. Me vinieron a la memoria unas fotos de mí mismo allá por el año ‘83, cuando cursaba sexto curso de la EGB.

¡Era yo! Mi yo del pasado. Me acordé de que en esos años me solían gastar “bromas” en el recreo que siempre terminaban conmigo en el suelo y mis gafas irrompibles lejos de mí. 

A mi alrededor no había nada de plástico, todo era tierra, piedra y metal oxidado. Estaba claro, o bien estaba en una alucinación a causa de la caída de hacía un momento, o bien el golpe me había trasladado de forma mágica a mi pasado. No lo sabía con certeza y tampoco sabía cuándo iba a despertar de ese “sueño”, pero si realmente se me daba una segunda oportunidad de encauzar mi vida, no la iba a desaprovechar. 

Me hice con un papel y un lápiz de unas niñas con trenzas que no me sacaron el ojo de encima entre risas y apunté lo siguiente: “No celebrar jamás una fiesta de cumpleaños en un chiquipark” y “Hacer un curso de defensa personal y autoestima”.

De nuevo, todo a mi alrededor se difuminó hasta desaparecer. 

Volví a mi realidad y vi que se acercaba una figura: era mi suegra, que me ofrecía un mojito con una sombrillita y me sonreía. Yo estaba reclinado sobre una tumbona de rayas mirando a las transparentes aguas de un mar sereno; más allá, la música sonaba mientras unos niños bailaban y construían castillos en la fina y blanca arena de esa paradisíaca playa. Acepté la bebida y le devolví la sonrisa.

No sabía cómo, pero ¡había funcionado!  


Esta es mi propuesta para el Va de reto, desafío literario del blog de JascNet.

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Lídia Castro Navàs

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Marvin

Sakura (4)

Sonaban las campanas de la iglesia marcando mis pasos hacia la casa de los Ludwig. Hacía más de un siglo que estaba deshabitada y no conseguían venderla a causa de la maldición que se decía que pesaba sobre ella. 

Era mi primer caso desde que saliera de la facultad y empezara a trabajar en esa agencia de investigadores de lo paranormal. Mi jefe me había confiado el caso en solitario y yo no podía estar más entregada, pues resultaba que la maldición de los Ludwig era sobradamente conocida en todo el condado; eso me hacía ser consciente de la importante tarea que se me había asignado. 

Cuando sonó la última campanada anunciando las nueve de la mañana, llegué frente a la verja de la propiedad. Fruncí el ceño al dirigir mi mirada dentro y ver el aspecto lúgubre y dejado de los alrededores.

«¿Cómo quieren venderla en este estado?», me pregunté perpleja.

Empujé la verja y un chirrido acompañó su apertura. Las enredaderas habían anidado en las bisagras y me dificultaron la entrada, pero con un poco más de fuerza de lo habitual pude con ella. 

Mientras me acercaba a la puerta principal del edificio, intuía el sendero de piedra del suelo que había sido invadido por las malas hierbas; la dejadez del lugar me dejó atónita, una vez más. Toqué al timbre y resonó en el caserón con un eco propio de una catedral. 

La puerta se entreabrió y una voz desde el interior me invitó a pasar. Era Marvin, con quien había hablado por teléfono. Su familia estuvo al servicio de los Ludwig antes de su desaparición. Él mismo me afirmó que tenía pruebas de lo que les había pasado. 

Nos sentamos en la mesa de lo que parecía un salón con paredes desconchadas, telarañas en los rincones y ventanas llenas de polvo. Las sillas, que estaban cubiertas por sábanas blancas, eran mullidas y con respaldo alto. Aunque no pude apoyar la espalda pues la tensión del momento me lo impidió.

Marvin era la persona viva más cercana a los Ludwig, o la que yo había podido encontrar. Al hablar con él por teléfono me había asegurado que conocía todo lo ocurrido por un diario que su abuela había escrito mientras servía en casa de los Ludwig. En él dejó relatados muchos secretos de la familia. 

Nos habíamos citado en la casa, pues quería aprovechar la ocasión para visitar el lugar de los hechos y a la vez conocer el contenido de ese diario. 

Cuando ya estábamos sentados, me ofreció un café en un vaso de papel de usar y tirar que había comprado de camino. Le agradecí el detalle, aunque yo no bebía café. Por educación no lo rechacé, pero lo dejé enfriar sin siquiera probarlo. 

Saqué mi móvil y encendí la grabadora de voz, pero él me frenó. No quería que nada de lo que dijese saliera a la luz. Le comenté que no era periodista, pero que como investigadora, tarde o temprano, lo que iba a descubrir se sabría. 

Entonces se abalanzó sobre mí sin mediar palabra y me rodeó el cuello con sus manos. La presión que ejerció me dejó sin respiración y empecé a verlo todo borroso. No supe reaccionar, me cogió por sorpresa. 

Caí muerta, asfixiada.

Lo que pude ver a continuación, cuando mi alma se separó de mi cuerpo, fue lo que me reveló la verdad. Allí estaban los espíritus de toda la familia Ludwig; ellos me explicaron, ante mi perpleja mirada, lo que les había pasado.  

Marvin me había mentido, ni siquiera se llamaba así, se trataba de John Chapman y era el exmilitar que estaba a cargo de la casa de los Ludwig. Arrastró mi cuerpo inerte hasta el sótano y allí lo arrojó a un foso. Luego lo cubrió de tierra y, finalmente, volvió a colocar los maderos que formaban parte del suelo. 

John no era una persona corriente, sino que se trataba de un demonio inmortal. Pero la familia no lo supo a tiempo. Igual que yo. Después de luchar en varias guerras y cansado de la vida de trincheras, se retiró de los campos de batalla y decidió probar suerte con una vida mundana. Entró a servir en casa de los Ludwig; al principio, todo fue bien, pero pronto empezó a echar de menos la sangre y la destrucción. El odio que atesoraba en su corazón iba creciendo día a día, hasta que no pudo frenarlo más y decidió matarlos a todos. Incluso a su mujer y a su propio hijo de tan solo cuatro años. Se deshizo de los cuerpos en la caldera de la casa y luego se marchó sin ser visto. 

He aquí el secreto de la maldición de los Ludwig, que desaparecieron de un día para otro sin dejar rastro. Ahora ya conocía el enigma, pero jamás podría contárselo a nadie. De hecho, mi desaparición al hacerme cargo del caso, acrecentó todavía más el misterio sin resolver. Y así seguiría por los siglos de los siglos. 

Lídia Castro Navàs

 Si quieres escuchar este relato de la voz de Javier Matesanz, puedes hacerlo en su podcast «Páginas oscuras»:

Escapar

La compañera y amiga Sadire, además del reto literario de su blog, también tiene otros desafíos en sus rrss. Hoy os presento «Arte que inspira», un reto que promueve en instagram, aunque yo me he atrevido a traerlo aquí.

La obra de arte que ha escogido para esta ocasión me encanta (I ❤ prerrafaelitas), por eso decidí participar, y dada la cercanía de Halloween, he escogido una temática un poco tétrica para la historia.

Os dejo enlace a su reto en instagram y a continuación mi relato:

la dama shallot

La dama Shalott. John William Waterhouse, 1888

ESCAPAR

Me costaba respirar; ni siquiera las bocanadas de aire que tragaba saciaban mi falta de oxígeno. El pecho se me había encogido…

La barca avanzaba a paso lento, demasiado lento para mis ganas de alejarme de allí cuanto antes. En mi huida precipitada me había llevado unas velas y el edredón que bordó mi abuela; este colgaba por un lateral y se iba empapando, al igual que la manga de mi vestido, pero no era consciente de ello. Mi mente estaba ocupada con las últimas imágenes que mi retina había captado: sangre, encapuchados y crucifijos. Los sollozos de la chica quedaban apagados por la mordaza que llevaba en la boca, pero su simple recuerdo me estremecía. La cruz de madera en la que estaba atada se mantenía en un inestable equilibrio mientras uno de los encapuchados le infería cortes con una daga sobre su piel desnuda. La sangre goteaba y manchaba el suelo; había salpicaduras aquí y allá. La escena era terrible…

Pude escapar al escabullirme entre los gruesos cortinajes que escondieron mi presencia. Nadie se percató. Mi testimonio quedaría velado por el terror y el miedo que sentía en ese momento. Esa no era una sociedad de estudios religiosos, como me habían hecho creer; eran una secta, una secta maligna que había puesto los ojos en mí. Solo esperaba escapar lo suficientemente lejos para no ser su próxima víctima. 

Lídia Castro Navàs

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La archicofradía de la antimateria

Sakura (3)

La noche por fin había caído en el bosque retorcido de Gryfino, donde los troncos de los árboles se retorcían en terroríficas figuras que hacían aun más temible la oscuridad. Me hallaba en la puerta de su escondite, la cabaña de la bruja Morelia, la responsable de desestabilizar nuestro mundo.

El capataz de mi archicofradía me había expuesto mi misión de forma clara: debía robar las partículas de positrón que Morelia había conseguido del rayo cósmico que atravesó nuestra galaxia hacía un milenio. No podíamos permitir que una simple hechicera pusiera en peligro nuestro mundo conocido al experimentar con la antimateria. 

Pensé en mis hermanos y, después de comprobar que la bruja no se encontraba cerca, me escabullí por la ventana entreabierta de su choza y me puse a buscar las partículas. Mientras husmeaba entre sus tratados, libros de conjuros y botes de contenido dudoso, se encendió una luz. ¡Era Jarek! Un hermano que había pertenecido a mi archicofradía, pero había desaparecido misteriosamente. 

―¡Hermano, estás vivo! ―me acerqué rápido hacia él―. ¿Te retiene la bruja?

―No, estás equivocado ―me frenó con su mano―. Todos los hermanos están equivocados. He sido testigo, la he visto… he visto la unión entre la materia y la antimateria y no ocurre nada de lo que nos han hecho creer, hermano. 

―¿Qué dices? ¡Sabes que experimentar con la antimateria puede hacernos desaparecer a todos!

―No, si controlas la cantidad de las dos para que exista un equilibrio, y lo que sucede es que se abre una puerta, un portal a otro mundo paralelo más evolucionado, donde nada de lo que conocemos tiene importancia, ni siquiera nuestros cuerpos tienen cabida en ese nuevo mundo: solo nuestra energía. La libertad y poder que se sienten son inigualables. 

―Me das miedo, Jarek. ¿Qué te han hecho?

―Nadie me ha hecho nada. Tuve la suerte de coincidir con Morelia y fue ella quien compartió ese conocimiento conmigo. Al principio, no la creí, claro. Pero luego accedí a comprobarlo por mí mismo y es… maravilloso. La archicofradía solo intenta convencernos de que la antimateria es el demonio, pero no es así. Nos evitan evolucionar, mantenernos atados a este mundo que involuciona. 

―Yo… es que… no sé si puedo creerte…

―Puedo mostrártelo, ¿quieres? ―me dijo ofreciéndome su mano―. ¿Confías en mí?

Mil pensamientos me asaltaban. Ni siquiera le contesté. Cogí la mano que me estaba ofreciendo y todo lo que conocía desapareció ante mí, se convirtió en historia.

Lídia Castro Navàs

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Clarividencia

Antes de empezar a hablar, ya señalaba con sus deditos el final de un pasillo vacío o una habitación a oscuras. Su gesto se endurecía y con la mirada te rogaba que le prestaras atención, pero nunca había nada. 

Cuando pudo verbalizarlo, creí que era un juego, un inocente juego de niños…

Tardé un poco en darme cuenta de que no era ningún entretenimiento para ella, sino un don… una maldición. 

Aún recuerdo esa vez que lucía su vestido preferido, estampado con gatitos negros; debían ser las ocho de la tarde y el sol empezaba ya a descender hacia el horizonte; su luz rozaba el suelo y deslumbraba si la mirabas directamente. Salió corriendo al jardín entre sollozos. En su lucha por llamar mi atención, la coleta se le deshizo y la dotó de un aspecto de locura transitoria. Me asusté. 

La seguí hasta allí, temerosa. Me paré justo a sus espaldas y observé lo que parecía una preciosa puesta de sol. Nada frente a mí me decía el porqué de su estado. 

Al momento, se calmó y apaciguaron los espasmos, aunque seguía apretando sus pequeños puños. En su mano izquierda asomaba una piedra. Creí que la iba a lanzar entre sus susurros ininteligibles, pero, en vez de eso, la alzó hacia la luz y recitó unas palabras en un idioma que sonaba a extinto. 

Pronto una luz oscura, que estaba confundida entre las luces y las sombras del paisaje que yo misma tenía frente a mí, se dirigió a la piedra; no era una piedra común, era un cuarzo rosa que su abuela le había regalado después de visitar la feria del condado. 

La luz oscura penetró en el mineral y un destello de luz la hizo desaparecer. 

Luego, el agarre de sus manitas se soltaron, dejaron de apretar sus propios dedos y sus hombros cayeron, como si un gran peso se hubiera liberado de ellos.

—Ya no hará más daño a nadie — dijo sin siquiera girarse. 

Los vellos de la nuca se me erizaron. Jamás volví a dudar de sus “juegos”.

 

Lídia Castro Navàs

Erupción

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Todo sucedió en Findom, un pueblecito del este de Inglaterra. Esa noche, sus casas de piedra rodeadas de vegetación temblaron y despertaron a sus inquilinos: un volcán había erupcionado en una lejana isla de Nueva Zelanda, pero su vibración había llegado a través del océano hasta ese recóndito lugar a orillas del mar del  Norte.

Pero hubo otro suceso que quedaría marcado en la memoria de todos los lugareños: Marian, una joven adolescente, desapareció de su habitación; el único rastro que dejó la chica fue su cama deshecha y unas gotas de agua en el suelo que conducían hasta la puerta de su hogar. Sus padres, desesperados ante su ausencia, pidieron ayuda y todo el pueblo salió a buscarla esa misma noche. Recorrieron acres y acres de bosque espeso, pero nada encontraron. Repitieron las batidas todos los días durante meses hasta que las esperanzas de encontrarla se fueron diluyendo como el azúcar en un té caliente…

Han pasado treinta años desde aquel suceso. Los padres de Marian, ya ancianos,aún piensan en ella cuando recorren los bosques y prados de su región; ya no la buscan, pero sigue presente la esperanza en sus corazones, pues ¿cómo unos padres pueden olvidar a una hija?

Lo que todavía hoy desconocen es que su hija era la diosa del agua, camuflada entre los humanos, y esa noche fue requerida para apaciguar al ardiente volcán. Su intervención salvó a millones de personas, pues frenó, no solo su erupción, sino la explosión que se fraguaba en su núcleo y que iba a provocar una reacción en cadena que hubiera acabado con una parte del planeta. Ella dio la vida por todas esas personas, pero jamás nadie lo sabrá.


Esta es mi participación en el Desafío literario En-cadena del blog de Jessica Galera Andreu.

Lídia Castro Navàs

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Misión: salvar a los niños

Éramos los guardianes del futuro para acabar con una lacra: los colonos que con su magia negra provocaban la muerte de muchos niños inocentes.

Cáncer. Así es como lo llamaban en el pasado de la historia de la Tierra. Siglos después sabíamos que su causa no era médica, sino mágica. Había que acabar con ellos en el futuro y así salvaríamos a los niños en el pasado.

Nos dirigimos en busca del jefe de los colonos insurrectos. La misión era nueva y la emoción ante lo desconocido corría rauda por nuestras venas. Nuestro objetivo estaba claro: acabar con el jefe alienígena que había provocado esos infanticidios.

Esta vez nos desplazamos, en una escuadra de tres, a un planeta que antaño fue amigo y próspero, pero que en ese momento se encontraba abandonado y en ruinas. Los edificios habían sido reducidos a meros amasijos de hierros suspendidos sobre un océano agitado; y convertidos en el escondite perfecto de esos miserables invocadores de demonios.

—Escoged vuestras mejores armas —aconsejé a mis compañeros—, vamos a necesitar todo lo que esté a nuestro alcance para hacerles frente.

—Sí —respondió raudo uno de ellos—, la mejor opción es la munición eléctrica, pues acaba con sus escudos mágicos rápidamente.

Llegamos a un puente metálico que unía nuestra plataforma con aquella donde se hallaban los enemigos. El puente, aunque maltrecho, aún era practicable. Accedimos al interior del bloque a través de una grieta, situada en una pared de brillantes colores, que daba paso a una plaza, rodeada de escaleras, edificios con balcones y jardineras rebosantes todavía de vegetación. Allí se congregaban una multitud de enemigos que protegían la única puerta que se mantenía cerrada con runas. Mientras nuestro androide nos ayudaba en la apertura de esa puerta, nosotros lo defendimos, eliminando a tantos enemigos como nos fue posible. Los caballeros de las hordas contrarias contaban con un escudo mágico que recubría sus cuerpos y los hacía más resistentes a las balas; por suerte, el elemento eléctrico de nuestra munición funcionó de forma eficaz para eliminar esos escudos, tal y como había recomendado mi segundo de a bordo.

Una vez abierta la puerta, accedimos rápidamente al interior, aunque no hallamos tregua en nuestra lucha, pues dos caballeros más flanqueaban a un ogro escupidor de rayos fulminantes. No nos bastó con usar toda nuestra munición pesada, sino que tuvimos que hacer uso también de nuestras granadas de mano, pozos de poder y escudos pantalla para hacerles frente. Cuando acabamos con ellos, no sin lamentar algún incidente, pudimos seguir hasta llegar a la zona donde dos magas estaban protegiendo un orbe de luz. Nuestra prioridad era conseguir ese orbe para acabar con la vida de dos aulladores letales que estaban protegidos por magia oscura. El tercer miembro de mi escuadra, un cazador con la habilidad de acechador nocturno, consiguió ese orbe sin problemas al hacer uso de una granada que lo hacía invisible durante unos segundos; tiempo suficiente para acabar con la vida de esos dos aulladores que nos impedían el paso.

Descendimos por el hueco de un edificio en ruinas hasta llegar a una zona que había sido por completo transformada por los enemigos: grandes cantidades de tierra y residuos de origen desconocido se amontonaban en las esquinas; y entre tanta maleza, unos cristales, del violeta más brillante que había visto jamás, lucían desperdigados aquí y allá.

—¿Qué son esos cristales? —pregunté inquieta.

—Son obra de rituales de magia oscura —respondió mi androide—. Contienen la luz de guardianes sacrificados.

—¡¿Qué?! —exclamé aterrada.

Mis dos compañeros se mantuvieron en silencio, no sin expresar su disgusto a través de sus rostros desencajados.

—Además, usan su luz para bloquear las puertas, así que no hay otro remedio, hay que destruirlos. La orden fue clara: para poder continuar debíamos romper esos cristales que contenían la luz de otros guardianes como nosotros. Eran urnas contenedoras de la esencia que antaño fueran vidas humanas. Decidí no pensar en eso en el momento en que destrocé el primero de esos cristales con ayuda de mi fusil automático. Por el camino tuvimos que destruir muchos más: decenas, tal vez centenares; preferí no contarlos.

Llegamos a un patio abierto con dos zonas a distintos niveles y separadas por una larga escalinata. Otros dos ogros escupidores de rayos nos esperaban, uno en cada zona, con una horda de enemigos que nos dificultaban el avance. Era preciso acabar con todos ellos con paciencia si queríamos acceder al edificio al que nos dirigíamos sin causar baja. En las paredes blancas centelleaban rótulos luminosos que antes servían de carteles publicitarios; ahora su uso se reducía a ser el foco que daba luz a una batalla encarnizada que tenía lugar entre nosotros y los devoradores de almas. Usando toda nuestra munición pesada conseguimos hacerles frente y acceder a nuestro destino: un nuevo edificio. Descendimos por unos pasadizos, hasta el extremo oscuros, solo iluminados por las brillantes cabezas de escoria explosiva que iban emergiendo de las mismas entrañas de la tierra. Tuvimos que matarlos antes de que nos alcanzaran; bastaba que uno de esos explosionara, a modo de kamikaze alienígena, cerca de nosotros y la muerte estaba asegurada.

Finalmente, llegamos a una caverna donde se encontraba el creador de toda aquella magia negra que había causado la muerte de tantos niños: un aullador enorme; el padre de todos los aulladores nos daba la bienvenida girando sin parar y enviándonos sus disparos violetas capaces de evaporarnos de un solo roce. Hasta dos oleadas de enemigos debimos sortear para conseguir que ese aullador recibiera algo de daño por nuestra parte. Y, después de vencer a dos ogros más y a una maga, el maldito engendro, ya casi a punto de sucumbir, se protegió por una aureola en lo alto de una plataforma flanqueada por otras dos magas con escudos. De nuevo, tuvimos que hacer uso de un orbe que, cogido con cautela por uno de nosotros, mientras los demás despistábamos al aullador y a las magas, fue depositado con premura en la base de la plataforma donde se había resguardado el destructor. La explosión del orbe provocó que el aullador bajara muy dañado de esa plataforma y se posicionara en el centro de la gruta, a muy buena distancia para usar nuestras habilidades personales. Primero, fue mi compañero el cazador, que con su arco de vacío, inmovilizó al enemigo; cosa que aproveché para lanzarle mi tormenta eléctrica, que acabó finalmente con él. El aullador se precipitó al suelo destrozado e inerte, junto con sus secuaces, que se desvanecieron evaporados en el mismo momento.

Con su muerte, no solo habíamos liberado la luz de muchos guardianes sacrificados en vano, sino que por fin habíamos eliminado esa lacra llamada cáncer de la Tierra. No pudimos devolver la vida a los niños que la habían perdido, pero con nuestra victoria garantizábamos que ningún otro niño volviera a sufrir cáncer.

Lídia Castro Navàs


Relato basado en el asalto «Savathun» del videojuego Destiny 2.

El nacimiento de una guardiana

— ¡Guardiana, despierta!

Me encontraba semiinconsciente sobre un suelo duro y árido. Una voz metálica me hizo volver en mí. No podía levantar los párpados, el fulgor de la luz del sol no me lo permitía. Con los ojos medio cerrados pude atisbar que me encontraba rodeada de coches abandonados. Esos automóviles hacía ya mucho tiempo que permanecían fuera de circulación. Sus chapas estaban oxidadas, las lunas habían desaparecido y sus interiores sin entrañas, eran pasto de las malas hierbas. Todo ello les otorgaba un aspecto fantasmal.

Más allá del cementerio de chatarra se podía ver lo que parecían los límites amurallados de una gran ciudad. Los edificios y muros cercanos estaban en ruinas, pero era fácil intuir que antaño había sido una importante metrópolis. En el suelo solo había tierra y la única vegetación existente eran unos cuantos matojos rodantes, típicos de una zona desértica donde no llueve desde hace largo tiempo. Aún con los ojos casi cerrados, empecé a tomar conciencia de mi cuerpo y a mover las manos para recuperar la flexibilidad de mis articulaciones.

— ¡Guardiana, despierta! Aquí no estamos a salvo.

Y de nuevo volví a escuchar la voz metálica. Esta vez, intenté reconocer con la mirada de dónde provenía. Estaba cerca, pero no era capaz de ver ninguna figura que la acompañase. Abrí los ojos por completo y un extraño objeto volador, del tamaño de un pomelo y con cuatro aristas, orbitaba alrededor de mi cabeza. Emitía una brillante luz desde el centro de su exoesqueleto mecánico. ¿Era eso lo que me hablaba?

— ¡Levanta, guardiana! Tenemos que buscar refugio —dijo con impaciencia.

— Pero… ¿Qué eres? ¿Dónde estoy? —Estaba desconcertada.

— Las preguntas luego, ahora levántate y corre. Los caídos nos vigilan.

¿Había dicho caídos? ¿Y qué se suponía que era eso? Dada su diligencia al hablar, le hice caso y no quise discutir, no me sentía en plenas facultades para ello. Me levanté con dificultad y empecé a moverme siguiendo a esa cosa en dirección a la muralla en ruinas. A lo lejos, oí unos gruñidos y dos siluetas se dibujaron de repente en el horizonte a mi izquierda. Eran dos seres aparentemente humanos en la forma, pero con rasgos propios de insectos mutantes. Uno de ellos tenía cuatro brazos y la cabeza en forma de mantis religiosa, con varios ojos laterales y unas antenas a modo de cornamenta. Sus vestiduras eran propias de combate, con armaduras y capas que colgaban de su espalda. Uno de ellos, el de mayor tamaño y altura, levantó dos de sus cuatro brazos en alto mientras que con los otros dos nos señalaba. ¿Era un arma eso que blandía entre sus manos? De pronto, una energía desconocida me hizo correr con más premura. Sin duda, era la adrenalina generada por el miedo lo que impulsó mis piernas.

Una vez a buen recaudo en el interior de la muralla, el objeto volador empezó a hablar:

— Soy tu espectro —dijo sin más.

— ¿Mi qué? —Necesitaba más información.

— Has sido elegida como guardiana de la luz. A partir de ahora seré tu guía en la lucha contra la oscuridad que se cierne sobre el sistema solar.

No sabía qué decir. Estaba atónita, así que dejé que continuara.

— Te llevaré ante el Orador, él aclarará tus dudas. Pero necesitamos una nave para salir a la órbita. Coge esta arma y dispara a todo lo que veas moverse. Sígueme —dijo para terminar.

Una vez más hice lo que me pedía sin rechistar. Supongo que el estar en peligro no me permitía pensar demasiado. El espectro me guio con su luz por unos túneles muy oscuros que parecían alcantarillas. Corríamos por encima de unas estructuras metálicas a modo de pasarelas. Yo sostenía entre mis manos el arma. Se trataba de un fusil de explorador, rígido, pesado y con un cargador bastante limitado. Aún no conocía el alcance de este, pero debería apuntar bien si no quería quedarme sin munición a las primeras de cambio.

— Apunta a la cabeza —dijo como si estuviera escuchando mis pensamientos.

— De acuerdo —respondí con decisión. Estaba preparada para enfrentarme a mi destino.

Lídia Castro Navàs


Relato basado en el inicio del videojuego Destiny.

El secreto de la aldea

Me desperté en el bosque. Mi ropa estaba por completo ajada y me costó un buen rato recuperar la movilidad de mis articulaciones. La humedad de la noche lo estaba cubriendo todo y amenazaba por calar mi cuerpo entumecido, pero al contrario de lo que pudiera parecer, no sentía frío. Intenté ponerme en pie con mucha dificultad pero no fui capaz de alzarme. Mis piernas no respondían como de costumbre, así que después de múltiples intentos fallidos, decidí gatear.

 La oscuridad era total en la espesura del bosque, pero a pesar de eso, podía ver bastante bien. Supongo que mi vista se había acostumbrado a la negrura. Pero dudaba hacia dónde dirigirme. Por desgracia, estaba en una zona desconocida del bosque, no sabía cómo había llegado hasta allí, ni cuánto tiempo había transcurrido desde mi último recuerdo:

Era mediodía, mi madre me había mandado a por leña para la lumbre, pero me entretuve recogiendo unas bayas, tan dulces que hubiera sido un pecado dejarlas en la zarza.

 ¿Me habrían sentado mal las bayas? Mi abuela siempre me advertía de lo peligroso de consumir alimentos desconocidos en el bosque, como setas y otros hongos, pero había comido esas bayas otras veces, estaba seguro de ello, así que descarté esa idea.  

 Continué gateando sin rumbo. Me dolía la espalda una barbaridad. Intenté guiarme con las estrellas, tal y como mi padre me había enseñado en mi niñez, pero la espesura de los árboles me impedía ver bien el cielo. Necesitaba encontrar un claro para ubicarme y decidir mi dirección. Me costaba mirar hacia arriba, mi cuello me resultaba ajeno. Tenía una sensación cada vez más extraña.

 En ese momento, otro recuerdo me golpeó como un mazo en la cabeza. Recordaba haber visto un resplandor a lo lejos, que llegaba hasta mí a ras de suelo. Era una luz brillante y dorada, pero no procedía del sol, que estaba en su cénit a esa hora. Eso me desconcertó a la par que llamó mi atención. Quise averiguar de dónde venía y qué provocaba esa misteriosa luz. Pero a partir de ahí… no recordaba más.

 Seguí gateando con temor y me percaté de que mi olfato estaba muy sensible, era capaz de percibir cualquier olor que antes ignoraba: la tierra mojada, el rastro que unos ciervos habían dejado a su paso, el plumaje de un búho que dormitaba en su escondite. ¿Cómo era capaz de captar todo eso? Entonces, algo llamó mi atención. Un par de jabalís, haciendo gala de sus hábitos nocturnos, pastaban con tranquilidad. Otras veces había visto cochinos salvajes y sabía que podían ser peligrosos, pues no dudaban en hacer frente a los humanos e incluso habían matado a los perros de un cazador de mi aldea. Pero en cuanto cruzaron sus miradas con la mía, se fueron despavoridos. Eso sí que fue raro.

 Después de un largo trayecto sin rumbo, algo me pareció familiar. Eran las zarzas donde había recogido las bayas. Detrás de unos matorrales cercanos, vislumbré el destello de las antorchas de mi aldea. Me sentí aliviado.

 Vi a Samuel, el propietario del molino, haciendo guardia en lo alto de la improvisada almena que habíamos construido desde los últimos acontecimientos. Una bestia salvaje amenazaba a la población. Se decía que era un oso, pero no lo sabíamos con seguridad, pues nadie lo había visto nunca. Solo encontrábamos el rastro de muerte que dejaba a su paso. Había acabado con la vida de algunas ovejas y cabras. Su última víctima, un anciano que se vio sorprendido por la espalda, tal y como atestiguaban las marcas en su espinazo.

 La verdad es que había tenido suerte en mi odisea nocturna por el bosque. Seguro que mi madre estaría aterrada con mi desaparición.

 Cuando estuve a una distancia cercana a la almena quise avisar a Samuel de mi llegada. Pero de mi boca no salió nada inteligible, solo gruñidos. Unos gruñidos que atrajeron su mirada espantada hacia mí. Al instante, dio la voz de alarma. Empezó a tocar la campana de aviso con una fuerza inusitada.

 Todos los vecinos fueron apareciendo armados con hoces, horcas y antorchas. Entre ellos estaba mi padre. Sin mediar palabra, se abalanzaron hacia a mí y me atacaron cruelmente. Sentí tal perplejidad que ni siquiera intenté defenderme.

 Justo antes de exhalar mi último aliento de vida, se me reveló, como una epifanía, lo acontecido en el bosque en las horas previas:

 Había seguido la extraña luz dorada hasta toparme con una bestia salvaje: mitad oso, mitad humana, que había intentado matarme. Pero en el contacto de nuestros cuerpos, durante el forcejeo, mi alma, que se aferraba a la vida con la fuerza de un huracán, se había intercambiado por el alma de aquel monstruo que consiguió arrebatarme la vida. Recordaba perfectamente haber observado mi cuerpo inerte y mutilado tirado en el suelo. Entonces, impactado por encontrarme atrapado en el cuerpo de un ser monstruoso, me desvanecí.

Supongo que mi mente había olvidado esa parte del suceso, en un intento de protegerme, pero no pudo evitar mi fatídico final. 

Lídia Castro.

Si quieres escuchar este relato de la voz de Javier Matesanz, puedes hacerlo en su podcast «Páginas oscuras»: