
El edificio dedicado a Dios ya estaba terminado. Cada piedra, cada gárgola, cada arco ojival y cada ventana polilobulada había sido construida con mis propias manos. Lo que nadie sabía es que había hecho un trato con el mismísimo diablo, quien, a cambio de la construcción de la iglesia, me había exigido poseer el alma del primer ser que traspasara el umbral del sacro lugar. Pero fui más listo que el diablo e hice entrar a un lobo en la iglesia antes que yo; así salvé mi alma.
Lídia Castro Navàs

