
Llevaban sus vestimentas habituales, excepto por la corona de madreselva con la que ella decoró su pelo. Debajo de ese árbol, y con el sonido de una lira como único testigo, se juraron amor eterno. Lo que no sabían es que esa unión sagrada conectó sus almas para siempre. Siglos después, en sus respectivas encarnaciones, seguían buscándose sin saberlo. En alguna vida se habían encontrado y se sintieron atraídos, pero existían inconvenientes (edad, condición, distancia…). Hasta que no fueran capaces de recordar conscientemente esa conexión, no podrían volver a unirse.
Esta es mi propuesta para Escribir jugando de noviembre, un microrrelato de 90 palabras (sin contar el título), basado en el desafío. Descúbrelo.
¡Te invito a participar!
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Lídia Castro Navàs

















