
Rufus era un potro de granja. De bien pequeño le enseñaron a llevar arneses y a tirar de aperos más pesados que su propio cuerpo. El pelaje blanco, con el que vino al mundo, pronto se tornó marrón por el polvo, y el brillo de sus ojos solo se encendía cuando el cielo adquiría la tonalidad del lapislázuli y veía a las luciérnagas pulular por la ciénaga. Entonces se imaginaba que lucía un precioso cuerno postizo y, en vez de alforjas, unas mantas bordadas cubrían su lomo. Su sueño era ser artista, pero no sabía cómo alcanzarlo.
Esta es mi propuesta para Escribir Jugando de abril, un microrrelato de 97 palabras (sin contar el título), basado en el desafío. Descúbrelo.
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Lídia Castro Navàs










