Muerte y destrucción 

El relincho de los caballos, el golpe de sus cascos al trotar, los gritos de los soldados de uno y otro bando, el chocar de sus espadas… todo ello era perceptible desde donde yo me encontraba. Incluso era capaz de captar el sudor y la sangre que corría por los torsos de los que luchaban de forma salvaje.

Estaba harta de ver tanta muerte y destrucción así que decidí apagar la tele e ir a pasear.

Lídia Castro Navàs

El mar

Vivir al lado del mar es un privilegio conocido solo por unos pocos. Me encanta estar ahí todo el día: tumbada en la arena, disfrutando de los rayos del sol, concentrarme en el vaivén del agua, escuchar ese rumor que me hace adormecer, notar la caricia de la arena sobre mí… Lo que peor llevo son los pies; sobre todo esos con callos, durezas o uñas largas. Me arañan al pasar y me entra un repelús… ¡Y es que ser pasarela de playa tiene sus inconvenientes!

Foto propia. Tarragona, 2017

Lídia Castro Navàs

Lucha emocional 

Photo by Kat Smith on Pexels.com

Estábamos sentados frente a frente; él se mantenía impávido, frío, indiferente… mientras, yo lloraba a mares y sollozaba al tiempo que mi alma se desgarraba implorando su comprensión. No entendía por qué me hacía eso, por qué tenía que pasar por todo aquello, por qué no me quería…

Después de incontables horas de lucha contra mis propias emociones, logré subir mi libro a la plataforma de Kindle sin que el archivo se desconfigurara. Y es que tengo que admitir, que hay máquinas que no me quieren.


Microrrelato que se basa en mi primera experiencia maquetando y usando el KDP.

 

Lídia Castro Navàs

 

 

El chico

Foto propia. Tarragona, 2017

El chico desapareció sin dejar rastro: ni una pista, ni una prueba, ni un cuerpo… ¡Nada! Recorrimos toda la línea de costa en su búsqueda pero resultó infructuosa.

Años después supimos que nuestro error fue buscar en tierra. El chico no desapareció, sino que se convirtió en velero para poderse fundir con el mar.

Lídia Castro Navàs

El oráculo

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Fuente: Pixabay

Me daba igual que el oráculo hubiera predicho que fracasaría, la misión era de vital importancia. Además, él siempre estaba a mi lado, protegiéndome y le debía eso. Así que, iría al castillo, me enfrentaría al ogro y liberaría a mi compañero.

— ¡María, deja la consola y vente a comer! ¡A la mesaaaaa!

Pues el oráculo tenía razón. No estaría mi madre compinchada con él, ¡¿no?!

 

@lidiacastro79

Esta entrada es para participar en el «Reto 5 líneas» del bloc de Adella Brac.

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El albaricoquero de mi abuela 

Foto propia. Flix, 2017

Un gran árbol se levanta en medio de una pequeña huerta. Es un majestuoso ejemplar de copa chata y ramas largas que cuelgan como las de un Sauce llorón. Ese es el albaricoquero de mi abuela. Mi padre lo plantó para ella pues le gustaba mucho su fruta. Y aunque el árbol creció fuerte, nunca dio ni un solo albaricoque.

Hasta una primavera en que sus ramas se llenaron de flores que se convertirían en dulces frutos. Fue la primavera en que mi abuela nos dejó. Nunca llegó a saborearlos. Desde entonces, cada nuevo florecer me recuerda a ella.

Lídia Castro Navàs

Mi gran hazaña

Allí estaba yo, sintiendo la ingravidez y a punto de pasar por un aro gigante. Me encontraba rodeada de un silencio sepulcral. Todo el mundo estaba expectante a mis movimientos, conteniendo la respiración. Me sentía como una estrella brillando con luz propia, orgullosa de intentar una hazaña única.

Y así es como conseguí adentrarme por el anillo de Saturno por primera vez en la historia de una sonda espacial.

Lídia Castro Navàs

Hoy se cumplen veinte años del lanzamiento de la sonda Cassini para explorar la órbita de Saturno

Phlox salvaje 

Imagen sacada de la red.

Nací una noche de abril cerca de un frondoso bosque. En el cielo brillaban una multitud de estrellas que acompañaban a la luna en su máxima plenitud. La aureola rosada que envolvía el astro nocturno me otorgó el color. Pero no fue hasta el alba, con las primeras gotas de rocío sobre mis pétalos, cuando mi belleza fue visible en todo su esplendor.

Lídia Castro Navàs