Condena

Foto propia. Praga, 2016

Se dice que soplaba un fuerte y frío viento cuando el Dios del trueno se presentó en casa de los gemelos. Fue la madre quien abrió la puerta y al verlo supo que nada podría hacer por calmar su ira. No esperó invitación para pasar y se dirigió raudo hacia donde descansaban los dos jóvenes. Los cogió sin esfuerzo y desapareció con ellos. De nada sirvió el desconsuelo de esa madre. Los dioses siempre cumplían sus amenazas. Los chicos cargarían en su conciencia todo el dolor causado por la guerra que habían provocado. Y así fue, los convirtió en columnas y sobre sus hombros cargó el peso de todo un edificio. Condenados a una eternidad de dolor de espalda.

Lídia Castro Navàs

Una noche en el establo

En plena noche alguien irrumpió en el establo:

−¿Quiénes son esos? ¿Fugitivos?

−No lo sé, pero como se entere el amo…

Eran un hombre y una mujer embarazada.

−¡Oh, Dios! ¿Qué le pasa a esa mujer?

−A tenor de sus dolores diría que está pariendo.

−¡Ay, madre mía! No quiero mirar que si veo sangre me mareo.

El niño recién nacido iluminó la estancia con su sola presencia y un sinfín de gentes diversas no paraban de llegar con presentes. “Es el salvador”, decían.

−¿Pero a qué viene tanto revuelo?

−No tengo ni idea, amigo asno, pero pon la mejor de tus sonrisas porque creo que vamos a pasar a la historia.

¡FELICES FIESTAS! 🐮 🎄 🌟

Lídia Castro Navàs

Aprendiz de mago

Este año mi padre se ha empeñado en enseñarme el oficio. Dice que algún día heredaré el negocio familiar y tengo que conocer todos los aspectos para controlarlo.

A finales de año esto es un hervidero. Sacos y más sacos llenos de cartas que se agolpan por todas partes. Los pajes reales nos las van trayendo. Miles de cartas, tal vez millones. Procedentes de todos los rincones del planeta. Le acabo de proponer sustituir tanto papel por correo electrónico, pero no me ha querido escuchar. Dice que no todo el mundo tiene acceso a internet y, además, qué sería de los pajes y de sus familias, se quedarían sin trabajo.

En fin, nada de cambios en el sistema de pedidos. Por cierto, cada carta viene con un sinfín de peticiones. Según mi padre, cada vez es más difícil satisfacer las exigencias de los clientes. El tema de los juguetes y la tecnología está resuelto, nuestros contactos en Oriente nos proporcionan los mejores precios (no siempre la mejor calidad, pero ese es otro tema).

Lo complicado es cuando te piden cosas como que se acaben los exámenes o que vuelva su perro de entre los muertos. Es comprensible el error. Nos llamamos “magos” pero en realidad no realizamos esa clase de magia. Otra de mis propuestas es un cambio de nombre del negocio, para no crear falsas expectativas. Pero mi padre se ha negado en rotundo.

“No voy a cambiar un nombre que ha funcionado durante siglos”, me ha dicho furioso.

Creo que se ha arrepentido de llevarme con él al trabajo y a media mañana me ha mandado otra vez a la escuela. Me ha dicho que voy a tener que estudiar para ganarme la vida porque no me ve futuro en el negocio familiar.

Lídia Castro Navàs

Malos tiempos 

Foto propia. Praga, 2016

Salí de casa corriendo. En una pequeña maleta de cartón metí mis pocas pertenencias. Hacía un par de días que había escuchado rumores. Y la noche anterior hubo registros y detenciones. Siempre seguían el mismo procedimiento: irrumpían en plena noche, te interrogaban y, al final, después de amenazas y golpes, acababas admitiendo cualquier cosa. 

La primera vez pude huir gracias a la valentía de mi madre, que dijo que estaba sola y mantuvo su mentira a pesar de los golpes. Escuché sus gritos y sollozos. Pero, cobarde, me fui sin ser visto. Yo solo era un niño de once años y un secreto mortal aguardaba en mi corazón. Había pasado ya un tiempo y había sobrevivido, pero los que decían salvaguardar la pureza de la raza estaban intensificando sus métodos y ampliando sus fronteras.

Malos tiempos para ser diferente. Muy malos tiempos para sentirse mujer en un cuerpo de hombre.

Lídia Castro Navàs

La señal del farol

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Foto cedida por Yolanda del blog Ratón de biblioteca

Escondida detrás de un matorral cercano al monasterio esperaba la señal. Era de noche y el frío invernal arreciaba a esas horas. Desde donde estaba veía perfectamente el farol. Su luz impertérrita se apagaría de un momento a otro y esa sería la señal que aguardaba con impaciencia.

Debíamos esperar a la clandestinidad de la noche para establecer nuestros encuentros, cada vez más frecuentes. En apenas unos minutos, disfrutaría del dulce sabor de la lujuria.

De repente, el farol se apagó, dejando a oscuras la puerta de acceso a la cocina. Corrí hacia allí para coger las cesta que sostenía la Hermana María, con los bizcochos, galletas y sobaos más pecaminosos del mundo. ¡Me merecía ir al infierno!

@lidiacastro79

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HISTORIA DETRÁS DE ESTE POST:

Mi compañera bloggera, Yolanda, me contactó un día diciéndome que había encontrado una foto que le recordó a mí y me la compartió para ver si me inspiraba. Y tengo que darle las gracias porque tenía razón, me ha inspirado. ¡Gracias, Yolanda! Y espero que te guste el micro.

En urgencias

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Font: pixabay

En Nochebuena un señor irrumpió en urgencias con dolor de pecho. Le aparté la barba blanca para auscultarlo y su prominente barriga me hizo presagiar una desgracia. Podría tratarse de un infarto. Aunque dudé cuando empezó a decir que unos renos mágicos le esperaban fuera, que tenía mucho trabajo aquella noche y que había consumido demasiado chocolate. Lo derivé a psiquiatría, pero desapareció.

@lidiacastro79

 

Entrada para participar en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac

 

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Husmeando en la cocina 

Foto propia. Torino, 2016

Me encantaba colarme en la cocina mientras ella preparaba los postres. El dulce aroma embriagador del lugar cautivaba mis sentidos y me guiaba hasta allí. Encima del mostrador metálico se agolpaban un sinfín de cosas: ingredientes (harina, huevos, azúcar, vainas de vainilla, canela en rama…), recipientes (boles de cristal de diferentes tamaños, vasos medidores, jarras…) y utensilios variados (manga pastelera, rodillo de madera, lenguas de gato…).

Aprendía muchísimo observando sus gráciles movimientos. Era capaz de controlar varios procesos a la vez: removía la leche que estaba a fuego lento aromatizada con cáscara de limón y canela, batía las claras a punto de nieve, calentaba el horno a la temperatura óptima… Su sincronización era magistral. 

Siempre me quedaba con las ganas de ayudarla, al final me acaba echando de allí.

−¡Fuera! −me dijo haciendo un gesto con la mano−. ¡Juaaaan, se ha vuelto a colar el gato! 

 Lídia Castro Navàs