En bicicleta 

Foto propia. Suiza, 2017

Le encantaba ir en bicicleta, le sentaba fenomenal. Despejaba su mente y desentumecía su cuerpo. Como cada mañana de sábado iba a visitar a su abuela. Todo el mundo sabía cuánto la quería y mimaba. En la cestita de su bici llevaba unas croquetas caseras especialmente preparadas para ella. Les había dado forma usando dos cucharas, como su madre le había enseñado. Lo que nadie sospechaba era que las croquetas estaban hechas de ojos humanos que ella había arrancado con esas mismas cucharas. Sus víctimas, simples mortales que se habían atrevido a mirarla más de la cuenta.

Lídia Castro Navàs

En el palacio 

Mi nacimiento en el palacio pasó bastante desapercibido, pues no era la primogénita y ni siquiera tenía derecho al trono. Pero mi infancia transcurrió feliz: me encantaba corretear por los jardines, me sentía libre en plena naturaleza; esconderme en la cocina, donde siempre encontraba algo que picar; curiosear por las distintas habitaciones, hasta que las sirvientas me echaban a gritos, pues no toleraban mi presencia. 

Era algo de lo que mi madre siempre me había advertido: “Los humanos no nos soportan, hija, aunque seamos ratas de palacio.”

Lídia Castro Navàs 

El informe 

Estaba sentada en el jardín, donde me refugiaba siempre que las tinieblas amenazaban con llevarme. No pude evitar caer en las redes de mis propios recuerdos que, recurrentes, volvían para perturbarme. 

Las primeras imágenes aparecían nítidas en mi mente, pero poco a poco, se iban difuminando y enturbiando hasta desaparecer.

En mi mano sostenía el informe maltrecho. Ya no podía leerlo, pero conocía perfectamente su contenido. Era la sentencia de mi oscuridad eterna… era la confirmación de mi ceguera irreversible. 

Lídia Castro Navàs

La imaginación viaja en metro

Se abrieron las puertas correderas y entré en el vagón que ya iba lleno. El ambiente estaba algo cargado, pero agradecí la calidez interior a esa hora de la mañana. ¡Premio! Había un asiento vacío. Me senté y saqué el libro de mi bolso. Me resultaba muy tedioso el trayecto y todas esas personas con la mirada puesta en sus móviles… Decidí sumergirme en la lectura y rápidamente el metro se convirtió en mi montura y yo en un caballero que se iba a enfrentar a las más temibles huestes enemigas para salvaguardar la integridad de mi nación.

Lídia Castro Navàs

Entrada con la que participé en el 2º certamen de microrrelatos que organiza el metro de Málaga. Más información.

El inquilino perfecto 

Ya por fin me había instalado. Había sido costoso encontrar el sitio ideal, pero ahora tenía todo lo que necesitaba y me sentía sentía seguro, cómodo y calentito. Yo siempre me había considerado el inquilino perfecto: sin pareja, discreto, silencioso… por eso me extrañó cuando mi casero empezó a amargarme la vida. 

Primero, fue el agua fría, ¡¿quién aguanta el agua fría en invierno?! Después, fue el olor a alcanfor y trementina. Era tan fuerte y desagradable que no se podía ni respirar. No tardó en aparecer la humedad excesiva y el sudor. Eso sí que puede conmigo. Al final, tuve que marcharme.

¡En cuanto los humanos sienten que tienen un virus viviendo en sus cuerpos hacen cualquier cosa para echarlo!

Lídia Castro Navàs

Un flechazo 

Nunca sabes cómo ni cuándo actuará Cupido en tu vida. Pero así lo recuerdo yo:  

Primero, fue su robustez lo que me atrajo. Con él me sentía segura y protegida. Su estilo era algo particular, una mezcla de elegancia y sencillez, que no dejaba indiferente. Después, su voz me cautivó por completo, era cálida y acogedora. Hablar con él no era como hablar con una máquina. Y, por último, el brillo que desprendía su carrocería metalizada me hipnotizó. 

Por eso siempre digo que cuando fui a comprar mi coche, ¡fue un flechazo! 

Lídia Castro Navàs

Perturbando la paz

Foto propia. La Garrotxa, 2018

Fuimos muy felices en esa casa. Había pertenecido a mi familia durante varias generaciones. Vivíamos muy tranquilos, lejos de los ruidos de la gran ciudad. En paz. No podíamos ser más dichosos.

Hasta que todo eso cambió…

Primero fue el perro, empezó a comportarse de forma extraña. Siempre con la mirada perdida, escudriñando la nada y sus ladridos dirigidos a ninguna parte. Después, mi hija pequeña, no conciliaba el sueño y decía oír susurros. Finalmente, todos fuimos conscientes de su presencia.

Sus ruidos perturbaban nuestro silencio y la paz desapareció de nuestras vidas. Tuvimos que mudarnos, ya que se había instalado en nuestra casa y estaba dispuesto a no dejarnos tranquilos.

¡Estos vivos no tienen ningún respeto por nosotros, los espíritus!

Lídia Castro Navàs