Desvelada 

Se había desvelado, como todas las noches, y estaba paseando por el claustro con la única compañía de un hermoso amanecer. El frío viento matinal le rozó su pálido rostro y se estremeció. Se abrazó a sí misma arropándose con el manto de lana que cubría su camisón. Estaba nerviosa, por eso le costaba conciliar el sueño. No tenía elección, debía casarse con un hombre que le causaba repulsión porque así lo había decidido su padre.

Lídia Castro Navàs

Descifrando la vida

Foto propia. Torino, 2016

Era una persona decidida, inquieta y activa, de esas que cuando acaban de comprar un aparato tecnológico, lo usan sin leer las instrucciones. No le gustaban nada esos libritos endemoniados, llenos de minúsculas letras en los que nunca encontraba el idioma que buscaba… ¡los odiaba! Pero justo en ese momento, la vida la había puesto en una encrucijada y deseaba tener un manual para saber qué hacer a continuación.

Lídia Castro Navàs

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El gris y yo

Mis días eran grises, igual que el cielo nublado que me cubría siempre. Nunca había visto el sol. Bueno, lo había visto en imágenes y en vídeo, pero nunca lo había sentido sobre mi piel. La enfermedad tópica que me diagnosticaron al nacer me lo impedía. No podía siquiera admirarlo untada con protector, ni bajo capas y capas de ropa. Siempre quedaba un resquicio por donde se colaba y me producía unas laceraciones que se extendían más allá de la zona expuesta. Con los años me había acostumbrado. ¡Incluso vivía en una ciudad donde se veía muy poco el sol! Pero me había convertido en una persona gris.

Lídia Castro Navàs

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La despedida

Se había prometido a sí misma no llorar, pero llegado el momento, la necesidad irrefrenable de sacar el peso que llevaba en su pecho fue más fuerte que su promesa. Se quedó unos instantes en el patio, iluminada tan solo por la luz de un farol. A través de sus lágrimas admiró la ennegrecida piedra de las paredes, los desgastados escalones, esa columna salomónica que dividía dos arcos de medio punto… Recordando, con nostalgia, cada instante vivido allí. Inspiró hondo, se secó las lágrimas con su pañuelo bordado y salió a la calle con la cabeza bien erguida. No sabía lo que le depararía el destino, pero algo en su interior le decía que sería bueno.

Lídia Castro Navàs

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Ironías

Se dice que las noches de luna llena aparece ahí, en la vieja iglesia abandonada. No hay muchos que la hayan visto, solo unos pocos. Dicen que en su presencia hace frío pero que no sientes nada, como si todas las emociones se desvanecieran. Su luz los atrae de forma irremediable y ya sabemos los efectos que tiene sobre los varones jóvenes… Pierden el juicio.

¿Qué irónico que el manicomio donde están ahora encerrados se encuentre a tan solo unos pasos detrás de la iglesia, verdad?

Lídia Castro Navàs

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Las guardias frente al mar

Foto propia. Plymouth, 2016

Ningún pirata se atrevía siquiera a acercarse a los límites de la ciudad. Hacer largas guardias en una costa tan bien protegida era algo anodino, pero también tenía sus ventajas: me permitía admirar muchos amaneceres, observar las diferentes tonalidades del cielo y perderme en la cambiante forma de las nubes mientras pensaba en ti.

Lídia Castro Navàs

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Desde mi celda

Los gritos de la sala de torturas llegaban hasta mi celda y me hacían estremecer. Solo habían pasado unas horas desde mi captura. Alguien desconfió de mí y me creyó capaz de atentar contra la corona. Había sido un error llevar esa daga debajo de mi vestido a la recepción real.

¡No pretendía matar a ningún miembro de la realeza, era para protegerme! Para protegerme de él

Lídia Castro Navàs

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La casa de los olmos

Foto propia. Plymouth, 2016

Paseando por la ciudad acabé frente a la casa de los olmos. Estaba a la venta y sus puertas se encontraban abiertas. Quise curiosear. Se decía que algo horrible había sucedido en ese lugar. Yo desconocía la historia, pero en cuanto crucé el umbral, una desagradable sensación erizó el vello de mi nuca.

Lídia Castro Navàs

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Planificando un allanamiento

Foto propia. Plymouth, 2016

La idea de colarme por esa ventana entreabierta era muy tentadora. De esa manera, podría ver de cerca cómo viven los humanos. Quizá tengan comida de esa tan deliciosa que suelen tirar en la calle. Incluso puede que les guste y me adopten como a esos gatos o perros que tienen a veces. Ya no tendría que buscar sobras de pescado enganchado en las redes del puerto.

Lídia Castro Navàs

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Confesiones

Esa mañana me había ido a confesar. Llevaba varios días sin poder dormir. Los mismos pensamientos volvían a mi cabeza, una y otra vez, sin poder evitarlos.

¿Cómo podía ser pecado algo que me hacía sentir tan bien? Era una contradicción. No sé cómo me atrevía siquiera a dudar de las normas, pero es que no lo comprendía. ¿Quién era yo para poner en entredicho siglos de enseñanzas?

Lídia Castro Navàs

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