Madrid 2: arte universal, calles mojadas y piernas cansadas

Y, de nuevo, las bandas sonoras ocupaban mis sentidos. Y, otra vez, las gotas de lluvia volvían a correr horizontales por el cristal. Estábamos de vuelta, pero en esta ocasión sí que podíamos hablar (¡Lo que era un alivio!).

Nos pusimos a repasar todo lo que habíamos hecho en esos días. Con nuestro particular Cuaderno de Bitácora en mano (que en realidad era un archivo de drive que había creado hacía apenas una semana para ir apuntando todo lo que queríamos ver y hacer en Madrid), esbozamos una sonrisa satisfechas al comprobar que, no solo habíamos hecho todo lo previsto, sino que además habíamos tenido tiempo para descubiertas de última hora totalmente improvisadas.

Acabábamos de comprarnos un souvenir: mi prima, un imán muy original (hecho en Barcelona, por cierto. Juas, juas). Y yo, un poco menos tradicional, un anillo con una amatista (y es que tengo un anillo de cada sitio donde he estado. Lo he convertido en una tradición curiosa).

Pero no serían solo esos objetos lo que nos llevaríamos con nosotras. Las experiencias vividas serían las que llenarían nuestros recuerdos para siempre…

Muchas anécdotas nos abordaron en ese preciso momento y empezamos a reír (sí, seguro que todo el mundo nos miraba, pero ¿¡qué nos importaba?! “Un día sin risas, es un día perdido”). Y es que resulta que solo llegar a Madrid, cuando salíamos de la estación, casi me caigo al pisar mal una cinta transportadora de esas (por suerte, nadie se percató… Bueno, solo mi prima, que se había quedado rezagada y casi inmortaliza el momento. ¡Solo hubiera faltado eso!).

Juro que en ese momento pensé que había empezado con mal pie… ¡Pero solo sirvió para generar endorfinas ‘por un tubo’ cada vez que nos acordábamos!

Nuestro hostal se encontraba muy cerca de la plaza del sol, en una callejuela sucia pero con cierto glamour algo rancio (Lo que los hípsters calificarían como kitsch). Llena de bares, lo que la convertía en un lugar con bastante movimiento nocturno.

Descargamos maletas y nos dispusimos a empezar por el Parque del Retiro. El día estaba gris y llovía de forma intermitente. Paraguas y fotos. Mala combinación. Pero eso no frenó nuestro entusiasmo. De camino al Retiro nos topamos con el palacio y la fuente de la Cibeles rodeada de banderas (Me la imaginaba más grande y menos ‘española’, dado que se trata de una diosa frigia equivalente a la Gea griega). Foto.

Foto propia. Madrid, 2016

Un poco más adelante estaba la puerta de Alcalá (mírala, mírala, mírala, míralaaaa… Imposible no cantarlo). Foto selfi para el face.

Foto propia. Madrid, 2016

Llegada a la puerta del Retiro. Emocionadísima al ver una frikada: un símbolo gigante de Batman esperándome para una foto (Yo saltando y mi prima ‘partiéndose’ y seguramente más gente que había por allí, también).

Foto propia. Madrid, 2016

De lo que más nos acordábamos, de nuestra visita al extenso parque (a parte de la lluvia y el consecuente barro) era el precioso Palacio de Cristal. En cuanto pude entrar y observar los altos techos y amplias paredes acristaladas, me transporté a un tiempo pasado, de vestidos largos, moños altos y sombrillas a juego (Muy hermoso. Sin querer me vinieron a la cabeza aquellos cuadros modernistas de Ramon Casas…).

Foto propia. Madrid, 2016

Después de comer (unos noodles picantes en un Thai), al Prado. La emoción empezó en las taquillas. Entrada gratis para docentes (¡Cómo mola ser profeee!).

La visita al Prado es mi mejor recuerdo. Un subidón tras otro, cada vez que doblaba una esquina y descubría obras muy admiradas y estudiadas en mi paso por la universidad (Rendición de Breda, La fragua de Vulcano, Las hilanderas, El rapto de Proserpina, Las tres gracias, El juicio de Paris, Saturno devorando a un hijo…). Como no se podían hacer fotografías (nos lo recordaban continuamente al grito de: “¡Nooo fotooos!”), no paré de hacer tweets para saciar mis ganas de compartir la emoción que sentía con el resto del mundo.

Foto propia. Madrid, 2016

Al salir del museo nos sorprendió el solecito. Había dejado de llover. Subidón de nuevo. Pusimos dirección a la fuente de Neptuno, no sin antes hacer una foto al edificio de la Real Academia de la Lengua Española (¡Qué haría yo sin el diccionario de la RAE!). La fuente dedicada al dios del mar también me resultó pequeña y muy poco accesible, dado que, al igual que la Cibeles, es una rotonda.

Sucesión de semáforos. Escuchamos a diferentes personas decirse “¡verdeeees!” cuando se podía pasar. Nos pareció muy gracioso, así que hasta llegar de nuevo al hostal, no paramos de decirlo y reír como locas (más endorfinas…). Pero estábamos taaaaaan cansadas, que hicimos una parada a medio camino para merendar en un sitio muy chulo. Silloncitos. Un smoothie y un chocolate. Enchufe para cargar los móviles y wifi gratis (¡Bieeen!).

Paseo por la calle Preciados hasta la plaza Callao, para echar unas fotos al conocido cartel de neón de Schweppes (Muy… luminoso. De ese momento solo podíamos acordarnos del frío intenso y del cansancio).

Después de descubrir un restaurante orgánico, donde me comí una veggi burger de garbanzos y espinacas con mostaza artesana (¡¡Deliciosa!!), nos fuimos a dormir prontito (¡Estábamos ‘rotas’!).

Primer día… ¡superado!

Lídia Castro Navàs

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Madrid 1: Coche en silencio y bandas sonoras

El madrugón no me importó en absoluto, de hecho solo tuve que levantarme un poco antes de lo habitual. Hice mis ejercicios y desayuné plácidamente. A continuación desperté a mi prima y empezó una carrera de obstáculos de treinta minutos en que nos chocábamos por el pasillo como si se tratara del metro de Barcelona un lunes en hora punta.

En mi mente bailaban frenéticamente un sinfín de tareas que no podía olvidar: “Hacer la cama, cepillarme los dientes, coger la basura orgánica (estaba llena y no era buena idea dejarla tres días criando nuevos seres), poner todas las plantas en el comedor y dejar una persiana subida para que no murieran en mi ausencia, revisar el neceser y la maleta antes de poner el candado, comprobar que llevaba la llave del candado… Volver a cerciorarme, dos veces más, de que la dichosa mini llave del candado seguía en mi monedero…”

Los pensamientos de mi prima no podía leerlos, pero sí podía escucharla farfullando mientras se vestía y arreglaba:

−Me tenías que haber despertado antes, yo necesito más tiempo… ¡Oh, dios! Me he olvidado el cable de la cámara en mi casa ¡No me lo puedo creer! No podré pasar las fotos −dijo de forma atropellada.

−Pues ya lo harás al volver… −dije sin dejar de repasar mi lista mental.

Pasados esos minutos de agobio, el resto fue bien. La llegada a la estación, sin incidentes. Muy grande y muy bonita, sí. ¿Pero no la podían poner un poquito más lejos del centro de la ciudad? Ahora entendía el nombre (“Estació del camp”). ¡Claaaaro, era por su localización. En el campo!

Foto propia. Tarragona, 2016

Una vez ya acomodadas en el caro y veloz tren nos dimos cuenta de que, dada la hora, no se nos permitía hablar. “Coche en silencio” se podía leer en cada rincón. Pues vaya, con lo que me gusta a mí hablar… Por suerte, un amable señor repartió auriculares. Pero pasaba de usar el spoty y gastar datos, los necesitaría para buscar ubicaciones con el maps. Así que lo enchufé en el asiento. Habían varios canales musicales de diferentes estilos. Seleccioné uno de bandas sonoras y empezó a sonar la de Eduardo Manostijeras y pensé “Esta me va a gustar…”. Mi prima se decantó por una película que acababan de poner. Era sobre piratas. Pero solo comenzar, empezó a reír (lo del silencio se esfumó con la primera carcajada). Yo creía que se reía porque era cómica, pero resultó que era tan sumamente mala que le entraba la risa tonta.

(Rocky) Me sentí motivada a escribir, así que, sin más me puse a ello.

“Próxima parada: Lleida”

−¿En serio? Jolín, qué rápido…

(Memorias de África) Seguí escribiendo y mi prima, viendo la película, que dejaba a todos los filmes de serie B con opciones para los Oscar.

(Lo imposible) Empecé a pensar… “Tendré que crear una etiqueta para clasificar los relatos basados en viajes en mi blog. O, tal vez, debería iniciar una nueva sección. ¿O quizás debería crear otro blog?”

(Tiburón) ¡Me asaltaron un montón de dudas de repente! Al tiempo, mi prima había dejado la película de lado y observaba el paisaje por la ventana. Una gran llanura cubierta de niebla que se sucedía a gran velocidad. Muy inspirador, sí.

(Entrevista con el vampiro) “¡Ay, mola!”. Subidón. No pude reprimir la imagen de Axel Rose (de Guns and Roses) con su largo pelo dorado y su pañuelo en la frente.

“Próxima parada: Zaragoza”

−Vaya, lo de la alta velocidad iba en serio…

(La lista de Schindler) Bajón. Mi inspiración se detuvo en seco… Los cómodos y anchos asientos ya no me parecían ni tan cómodos, ni tan anchos… Como pude, me desentumecí, sin estirarme en exceso. Hay que guardar la compostura en público.

(Parque Jurásico). Ya era una hora decente, así que decidí avisar a los de casa que estábamos bien y en camino. Foto selfi para acompañar un “Buenos días” y unos emoticonos sonrientes lanzando besitos.

(El regreso de la momia) Mi prima había empezado a hacer fotos y vídeos por la ventanilla.

−Quiero aprovechar la alta velocidad para conseguir una ráfaga y hacer un vídeo para el insta −me dijo emocionada.

−¡Ah guay!… −dije sin más. Cada loca con su tema…

(Gladiator) Definitivamente mi musa me había abandonado. Me limité a escuchar la música y a pensar en… ¿bombones?

(Piratas del caribe) Subidón de nuevo. La temperatura en el exterior iba bajando exponencialmente al aumento de mi emoción.

“Próxima estación: Guadalajara”

−Guadalajaraaaa, guadalajaraaaa… −caturreé.

(El silencio de los corderos) Mi prima ya había hecho su vídeo y lo había colgado. Muy chulo, sí. Y la canción que lo acompañaba es la que escucho cuando voy andando al trabajo. Me marca el ritmo.

(Platoon) Llueve y las gotas corren en horizontal por el cristal. Curioso efecto.

“Próxima parada: Madrid Atocha”

−¡Uy, pues ya estamos!

Lídia Castro Navàs

Lee Madrid 2

En un día primaveral

Me encontraba dormitando dentro del acogedor tronco del árbol que me daba cobijo. Se trataba de un roble robusto y viejo. Más vetusto que mi propia y longeva existencia. Era mi hogar desde hacía tanto, que ya no podía acordarme de la primera vez que lo habité. Nos cuidábamos y protegíamos mutuamente. Como dríade, me deleitaba con esa función que me había tocado asumir y ya no podía imaginar mi vida realizando otra tarea que no fuera esa. Mi historia en particular no era merecedora de mención, pero, en cambio, las memorias de mis antepasadas eran dignas de llenar las crónicas más célebres. Algunas de mis antecesoras vivieron en el Jardín de las Hespérides, y una de ellas era la encargada de proteger y cuidar del manzano de frutos dorados. Me enorgullecía enormemente poder afirmar que mi existencia estaba ligada a aquella dríade en particular.

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Dríade, Evelyn de Morgan

Y volvía a sonar la música a lo lejos. Ese tipo de música animada que hace que los pies se muevan solos y el corazón dé saltos de alegría. La melodía interrumpió mis pensamientos. Poco a poco, se fue aproximando y haciéndose cada vez más audible. Salí del tronco lentamente, desperezándome, para ver a qué se debía tanta algarabía; aunque ya imaginaba quién podía ser…

Era Apolo, que se acercaba con su séquito de ninfas danzarinas revoloteando a su alrededor. Apolo siempre hacía honor a su cargo como dios de la música y de la belleza y de forma constante iba acompañado de ambas.

Iban danzando y en sus manos sostenían copas que contenían un elixir de tonalidad borgoña. Se trataba de vino que Dionisos repartía entre sus más allegados y que tenía unos efectos desinhibidores en cualquiera que se lo llevaba a la boca. Los vaporosos vestidos de las ninfas se mantenían como suspendidos en el aire al compás de sus gráciles movimientos. Y sus risas, contagiosas en desmesura, me obligaron a unirme a su júbilo de forma irremediable.

Entre el séquito que acompañaba al dios había muy buenas amigas mías, ninfas como yo, aunque con ocupaciones muy diversas. Algunas habitaban en fuentes de agua dulce, donde procuraban que los sedientos caminantes saciaran su sed. Otras residían en las montañas y grutas cerca del mar, lugares que custodiaban con complacencia, a la espera de poder refugiar a algún marinero extraviado. También solían acompañar a Apolo las nueve hermanas musas, ninfas de la inspiración. Cada una de ellas infundía la motivación necesaria a artistas en muy diversos ámbitos como la poesía, el teatro, la pintura o la historia.

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Hylas y las ninfas, John William Waterhouse

Todas ellas descuidaban por un tiempo sus labores para poder disfrutar de la compañía del dios y dejar fluir todos sus sentidos a través de la danza y la música. Esa mañana soleada de abril me uní a ellas. La primavera empezaba a despuntar y el bosque se estaba llenando de vida. En los nidos, que se sostenían en las copas de algunos árboles, ya asomaban los picos de hambrientos polluelos que reclamaban alimento. Los capullos comenzaban a abrirse y a llenar de colores y perfume las zonas bajas gracias a la influencia de Flora, la diosa de las flores. Incluso se podían intuir los preciados frutos que pronto llenarían las ramas de los árboles frutales.

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Flora y los céfiros, John William Waterhouse

Me dejé fluir por el ritmo de la música y por el cálido tacto del sol sobre mi blanquecina piel. Saboree el delicioso aroma de la ambrosía que llenaba mi copa dorada y dancé como si no existiera un mañana…

@lidiacastro79

En el callejón

Las pruebas

Dormía profundamente cuando mi móvil empezó a vibrar encima de la mesilla de noche. Un nuevo cadáver había sido encontrado. No me dieron más datos, pues ya sabían que no me gustaba hacerme ideas preconcebidas. Prefería basarme únicamente en la información que me proporcionaban las pruebas. Estas nunca mienten.

La escena del crimen era un callejón sin salida, pestilente y húmedo, en el otro extremo de la ciudad. Cuando traspasé el cordón policial, pude ver que al fondo había un muro, no muy alto, de ladrillos rojizos a la vista. “Un buen sitio por donde huir y no ser visto”, pensé. A mano derecha había un grupo de contenedores grandes y metálicos, llenos de sacos de basura negros. Algunos estaban destripados, seguramente por algún gato callejero en busca de alimento. A mano izquierda se amontonaban unas cajas de cartón dispuestas a modo de refugio. Era obvio que allí había malvivido alguien hasta hacía poco.

Justo en medio, entre los contenedores y los cartones, se encontraba el cuerpo retorcido de un joven. No tendría más de treinta años, de estatura media, aunque se le veía bastante escuálido. Pelo moreno desaliñado, barba de unas cuantas semanas y unos tatuajes tribales le asomaban por el cuello de su camisa de cuadros. Completaban su atuendo unos vaqueros raídos y una botas de ante marrón desgastadas.

La policía, que había analizado el escenario antes de mi llegada, encontró un cuchillo de cocina, con una hoja de unos quince cm, con restos de sangre. No sabía si se trataba del arma del crimen, pues a simple vista, no se podía observar ninguna herida o marca en el cuerpo del chico, aunque eso lo comprobaría enseguida en el laboratorio forense.

Una vez con el cuerpo del difunto reposando encima de la mesa metálica, pude observar con detenimiento cada recoveco. En un bolsillo de su pantalón había unas cuantas monedas, una caja de cerillas usada y algo más que llamó mi atención: un trozo de papel, delicadamente doblado, pero sin nada escrito. ¿Por qué guardaría con tanto mimo un pedazo de papel en blanco?

Cuando el cadáver ya estaba desnudo, comprobé que debajo de sus uñas había restos de tejido, así que tomé una muestra para saber la procedencia. Seguí con el examen superficial del cuerpo y encontré una erupción tópica en la cara interna del brazo derecho. ¿Sería fruto de una alergia? ¿una picadura? ¿una intoxicación? No lo sabía con certeza. Tendría que esperar a los resultados del frotis que mandaría a toxicología.

Finalmente, después de analizar el contenido de su estómago, pude obtener otra prueba: un hueso aún no disuelto. Lo mandé a la antropóloga forense para que determinara a qué especie animal pertenecía.

En total disponía de cuatro pruebas:

1- Sangre, procedente del cuchillo.

2- Un papel, aparentemente, en blanco.

3- Tejido, encontrado debajo de sus uñas.

4- Resto óseo, que estaba entre el contenido de su estómago.

Sin olvidar la erupción del brazo, de origen desconocido, que podía también tener relación con la muerte.

Necesitaba encontrar el nexo común entre todas las pruebas. Eso me permitiría resolver el crimen. Pero… ¿por dónde debía empezar?

Los resultados

Estaba desesperado e impaciente por obtener los resultados de las pruebas y la desazón llenaba mis horas. No podía aguantar tal exasperación, así que me dirigí al laboratorio para ver cómo avanzaban las investigaciones.

Sobre el cuchillo, ya habíamos descartado que fuera el arma del crimen, puesto que en el cadáver no había incisión alguna. Aun así, lo hice analizar. El Dr. Philips, el hematólogo, me informó que en el análisis de la muestra, había observado células sanguíneas nucleadas, cosa que evidenciaba que la sangre no era humana.

“Interesante dato”, pensé. Dejé de lado el cuchillo, pues de momento no veía una relación directa con la muerte.

La muestra de tejido que extraje de debajo de las uñas de la víctima estaba en poder de la históloga, la Dra. Franklin. Mujer de carácter fuerte pero de gran corazón. Ella me explicó que había comparado la muestra con su base de datos y podía asegurar que era tejido epitelial cutáneo de tipo humano.

—Así que, piel humana  —musité.

—Sí, pero coincide con la muestra procedente de la erupción cutánea del difunto.

—O sea, que podemos descartar que perteneciera al presunto asesino.

—Así es. Seguramente la víctima se rascó la erupción con tal fuerza, que la piel se le desprendió, quedándose bajo sus uñas.

Con esa información, se desvanecía la hipótesis de que la víctima se defendiera de un hipotético ataque violento.

La siguiente prueba me llevó a ver a la antropóloga forense, la Dra. Brennan. Una persona especial. Rara, más bien. De profundos ojos verdes y una mirada felina que hacía que te sintieras intimidado en su presencia. Ella había comprobado el tamaño y la forma del hueso encontrado entre el contenido del estómago del difunto. Afirmó, con aquella seguridad que la caracteriza, que el hueso pertenecía a un pequeño mamífero roedor.

—¿Un conejo? —pregunté.

—Le mandé la muestra a la Dra. Franklin y confirmó que las células del hueso coincidían con los de una cola de ratón -dijo ella sin levantar la mirada del microscopio.

— ¡¿Un ratón?! Puaj. —Sentí una arcada.

Aún me quedaba el papel aparentemente en blanco. Lo había enviado al departamento químico, quienes estaban muy habituados a descubrir la presencia de mensajes ocultos hechos con tinta invisible. El departamento en cuestión estaba dirigido por dos hermanos gemelos un poco excéntricos. Las malas lenguas decían que los vapores que inhalaban al realizar sus pruebas les perturban el entendimiento.

Los Drs. Smoke realizaron dos pruebas al papel: en la primera, lo rociaron con hidróxido sódico, en busca de algún rastro de fenolftaleína. Pero los resultados fueron negativos. En segundo lugar, creyendo que la víctima había podido escribir algo usando zumo de limón, aplicaron calor al papel, con lo que apareció un mensaje: “Tengo mucha hambre. Estoy harto de los ratones. No me encuentro bien».

Ante aquella misiva tuve una corazonada. Pedí que buscaran en el difunto restos de alguna sustancia tóxica. Mientras, yo mismo fui de nuevo a la escena del crimen. Quería ver si encontraba una cosa. Y, efectivamente, entre los dos contenedores hallé una bolsita de plástico que contenía unas bolitas de color rosado. ¡Lo tenía!

Horas después volví al laboratorio. Con satisfacción pude comprobar que en el organismo del difunto se hallaron restos de rodenticidas anticoagulantes, warfarina y bromadiolona. Que coincidían con las sustancias que componían el matarratas que yo mismo había encontrado en el callejón.

Todo sugería que el difunto, ante la posibilidad de morir por inanición, optó por consumir ratones que encontraba fácilmente en el callejón. La mala fortuna hizo que comiera un ejemplar que había consumido matarratas previamente, con lo que se envenenó a sí mismo. Resultaba que, al final, no había sido un asesinato, sino una muerte accidental.

¡Otro caso resuelto gracias al análisis de las pruebas!

Lídia Castro Navàs

Per què el 8 de març?

El proper dia 8 de març es commemora el 39è Dia internacional de la dona. Molta gent veu cartells o articles de la jornada penjats a la xarxa, assisteix a xerrades, conferències i tallers, veu o participa de concentracions i manifestacions al carrer, però desconeix d’on prové l’elecció d’aquesta data. Si ets una d’aquestes persones, aquí en tens la resposta molt resumida:

8 març 1

Diuen algunes fonts, que l’incendi no fou fortuït, sinó que el propietari de la fàbrica el va provocar en un intent de fer sortir per la força a les dones que es manifestaven (desgraciadament, se li’n va anar de les mans).

Molt hem avançat i evolucionat des d’aquell fatídic dia 8 de març de 1857 però la societat actual creu que la igualtat de gènere és real perquè políticament s’han posat per escrit moltes lleis que així ho demostren, però realment algú pot garantir que aquesta igualtat sigui efectiva? De veritat creieu que les lleis poden canviar l’inconscient col·lectiu del ciutadans i ciutadanes acostumats a una situació d’injustícia que tenen normalitzada?

Les injustícies instaurades des de fa molt de temps, acaben essent normalitzades. “Tota la vida ha sigut així”. “Sempre s’ha fet d’aquesta manera”. “Això és normal”… Qui no ha sentit afirmacions com aquestes per justificar situacions injustes?

Malauradament, encara tenim molt camí per recórrer:

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És per això que, el proper dia 8 de març, quan sentiu a algú dir que se celebra «tal o qual», rectifiqueu-la i digueu-li: «Res a celebrar, molt per reivindicar!»

@lidiacastro79

En la soledad del laboratorio

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Foto: Pixabay (editada)

El ambiente en el laboratorio estaba bastante cargado, como solía ser habitual. El personal que se ocupaba de la limpieza del edificio anexo a la facultad de ciencias tenía vetada la entrada en él, pues las investigaciones eran demasiado importantes para los estudiantes que se jugaban la nota del final de proyecto. Y, además, eran realmente caras, como para arriesgarse a perderlo todo por un descuido desafortunado.

Las partículas de polvo suspendidas en el aire eran fácilmente visibles gracias a los rayos del sol que se colaban por los porticones entreabiertos de las ventanas. Hacía un día espectacular ahí fuera: el sol resplandecía y el canto de las golondrinas acompañaban esa idílica jornada de domingo. Pero yo, como siempre, prefería enfundarme mi bata blanca y encerrarme en aquel espacio solitario para avanzar mi investigación.

Mis compañeras de residencia debían de estar ya en la piscina del campus, disfrutando del calor recién estrenado. Las podía imaginar sin problemas: tumbadas en sus coloridas toallas, luciendo sus minúsculos bikinis, ante la mirada ávida de los estudiantes de primer año. Pero a mí no me atraía formar parte de ese anodino espectáculo. Ya habían intentado, en balde, convencerme de tomarme el día libre y acompañarlas. Pero había declinado hábilmente su invitación, alegando que llevaba un retraso considerable en la investigación y me apremiaba la fecha límite de la beca que me habían concedido.

En realidad, no llevaba ningún retraso, la investigación iba según el calendario previsto, pero es que realmente no me apetecía tener que salir y socializar con los demás miembros de mi especie. Prefería la compañía de los hongos, que crecían a buen ritmo dentro de las translúcidas cajas petri. Mis callados microorganismos apreciaban el silencio y la calma tanto como yo. No siempre podíamos gozar del silencio a causa del ruido exterior, que se colaba por cualquier resquicio.

Para acallar ese ruido intruso, optaba por la música clásica (bien alta). Pero nada de auriculares, ya lo intenté una vez y llevar el cable colgando por encima de la bata no es muy adecuado; una vez, a punto estuve de tumbar dos probetas con él. Así que, prefería escuchar la música directamente del móvil; y, aunque el sonido no era el óptimo, cubría cualquier ruido ajeno.

Mi investigación se basaba en el estudio y análisis de la diversidad micótica de las islas oceánicas. Disponía de seis meses para tal estudio y ya había consumido cinco de ellos. Me dispuse a observar en el microscopio las nuevas muestras, mientras de fondo disfrutaba del Canon en D de Pachelbel, una de mis melodías preferidas.

Sentada en el alto taburete iba apuntando los resultados en mi bloc de notas, sin levantar la vista del visor. Un estruendo a mi espalda me asustó. Solté el bolígrafo y me levanté. A simple vista no podía verse nada fuera de lugar. El sonido había procedido de uno de los armarios refrigerados donde guardaba las muestras. Mee acerqué con recelo y abrí la puerta con cautela.

Estiré de la palanca que accionaba el mecanismo de la puerta y di un respingo hacia atrás al ver que una de las muestras había multiplicado su tamaño y había roto el recipiente de cristal que lo contenía. El crecimiento anormal de ese organismo era algo insólito. Incluso se había adherido a las paredes del armario y parecía que se estaba alimentando del resto de las muestras. ¡Era inaudito! ¿Estaría frente a una nueva especie sin clasificar?

Lídia Castro Navàs

Entre la luz y la oscuridad

Ante mí se abría un vertiginoso abismo. El aire olía a azufre y mi rostro empezó a arder en el momento en que me incliné para mirar hacia abajo. Mis pies temblorosos se encontraban peligrosamente cerca del filo. Y una sensación de ingravidez me sobrevino súbitamente.

Había llegado hasta allí, con mis errantes pasos, siguiendo una brillante luz. Atraída por su intensidad. Pero esa luz se había desvanecido.

Entonces una lágrima se hizo paso a través de mi mejilla y allanó el camino al resto, que venían tras ella, pues acababa de comprender que tal luz no existía, había sido solo una ilusión, un anhelo creado por mi volátil imaginación, mi ingenuo corazón y mi alma recién recompuesta.

Y, de repente, una niebla espesa lo empezó a cubrir todo. Hasta que ya nada podía verse más allá. El silencio acompañaba a ese fenómeno y solo era interrumpido por algún solitario pájaro migratorio en su largo camino hacia el sur. Estaba rodeada de una inmensa nada.

Y en ese instante me percaté de la vulnerable situación en la que en realidad me encontraba. La ropa ya no envolvía mi cuerpo y llevaba los brazos en posición de ofrenda. En una mano sostenía mi corazón latente y sangrante. En la otra, mi esencia, mi luz.

¿Dónde estaba mi coraza? ¿Esa coraza que solía llevar y me protegía? No recordaba el momento en que había decidido quitármela y quedar expuesta. Había sido un grave error, sin duda.

Eché un trago de mi amarga saliva y di un paso atrás, tambaleándome, insegura, intentando no caer. Pero caí. No era la primera vez. Ya había caído antes. Desde el suelo la perspectiva de las cosas cambia. Eso me ayudó a levantarme de nuevo, aunque el escozor de las heridas que cubrían mi cuerpo desnudo, me recordaban la caída. Y me la recordarían por un tiempo porque lo que toca el alma, cuesta de olvidar.

Lídia Castro Navàs

La hora de la comida

No recuerdo mi nacimiento ni mis primeros años de vida, ni siquiera sé si tengo padres o aparecí de la nada. Es como si mi memoria solo tuviera recuerdos recientes, aunque conservo algunos conocimientos que no sé exactamente de dónde provienen.

Desperté un día con un hambre voraz. Mi cuerpo, aunque ligero, estaba rígido, agarrotado y me costaba caminar, mis músculos no reaccionaban a los impulsos de mi cerebro, era como si fueran víctimas de una atrofia degenerativa, lo que hacía que mis pasos fueran errantes. Mi piel grisácea estaba fría, seca y se podían apreciar sin problemas unas venas moradas, casi negras, a través de ella.

Me encontraba en lo más profundo de una cueva. Una especie de gruta cercana a una playa, pues se podía escuchar el rumor del agua del mar. Me acerqué a la salida, guiada por la luz, pero a medida que la claridad se hacía más evidente tuve que parar, mis ojos no aguantaban tal fulgor. Estaba desorientada y no recordaba cómo había llegado hasta allí. Solo sabía que tenía hambre y quería comer. Lo que fuera. Empecé a escudriñar el suelo a mi alrededor en busca de algo que llevarme a la boca. En los rincones había algunos restos de vegetación mustia y vi correr una cucaracha. Sin pensármelo dos veces, me abalancé sobre ella y la devoré ávidamente. Pero ese minúsculo bocado no sació mi hambre, de hecho sentí que mi cuerpo requería de otro alimento. Tendría que descubrirlo.

Con la luz crepuscular pude aventurarme al exterior de esa cueva. Todo parecía estar en calma y no podía ver a nadie más. Pude fijarme que había otras cuevas, como en la que yo había despertado, situadas a lado y lado. El mar se encontraba a lo lejos, pasado un acantilado, a unos ochenta metros de caída libre.

Toda la extensión de la playa estaba vallada, con alambre de espino en lo alto. Por detrás de las vallas, en todo el perímetro, había un profundo foso y, más allá, un murete con unas pantallas de cristal, u otro material translúcido, a modo de protecciones. ¿Qué era ese lugar? ¿Y para qué tanta seguridad? ¿De qué teníamos que protegernos?

Empecé a caminar por la arena que recubría un terreno irregular, cosa que dificultó aún más mis burdos pasos. Y entonces, pude ver un grupo de personas. Mi boca, como paralizada en una mueca de asco, quiso alzarse para mostrar una sonrisa, pero mi expresión apenas cambió. Me acerqué al grupo sintiendo alegría en mi interior, pero sin poder mostrarla y vi que su aspecto y movimientos se asemejaban a los míos. Fui a hablar para dirigirme a ellos y solo fui capaz de emitir unos ininteligibles gruñidos. Ni yo misma pude entenderme.

Y entonces, empezaron a aparecer más personas, al otro lado de las vallas, por detrás del muro con pantallas protectoras. Pero no eran como nosotros. Caminaban sin dificultad y sus pieles eran tersas y luminosas. Había familias con niños y grupos de adolescentes. Llevaban cámaras de fotos colgadas del cuello, bolsas de palomitas y algunos niños sostenían globos de colores.

De repente, se oyó un sonido de cadenas y piezas metálicas que alertó al grupo que estaba conmigo. Tan deprisa como pudieron, se dirigieron hasta una compuerta por donde se deslizaron unos grandes recipientes llenos con una masa amarillenta.

Solo podía escuchar, los gruñidos de un lado y las ovaciones de otro. Mis nuevos compañeros empezaron a ingerir esa masa gelatinosa con desmesura, ayudándose de las manos y golpeándose los unos a los otros con los codos como animales salvajes. Me acerqué un poco más y un instinto irrefrenable me hizo perder control. Sin darme cuenta me había unido al festín.

Las personas congregadas al otro lado del muro, nos observaban con mucha atención, nos señalaban con el dedo índice y nos echaban fotos sin parar. No entendía qué es lo que pasaba, pero yo solo podía prestar atención a los recipientes con ese delicioso y pegajoso alimento. ¿Acaso formaba parte de un espectáculo enfermizo? No lo sabía. Seguía sin comprender nada en absoluto. Hasta que los recipientes quedaron vacíos y nuestras ansias disminuyeron notablemente. Mis acompañantes se dirigieron a sus cuevas lentamente, tambaleándose, con la mirada perdida. Y yo, que era nueva y no quería quedar mal, no hice más que imitarlos.

Aparecieron dos operarios, al otro lado de la valla, iban vestidos con monos y gorras a juego. Empezaron a dispersar a las personas de tez perfecta al grito de: Es todo por hoy, la hora de la comida ha terminado. Pueden pasar por taquilla a recoger su descuento para el pase de mañana. Gracias por visitar Port Zombie Aventura.

Lídia Castro Navàs

Como a una igual

Tuve la mala suerte de nacer mujer en una época no muy amable para las personas de mi sexo. La que me dio a luz era tendera de día y prostituta de noche. Mi llegada a este mundo oscuro fue más una carga que una bendición y eso condicionó toda mi infancia. Los primeros recuerdos que tengo son del suelo embarrado y húmedo de la plaza donde mi madre vendía hortalizas. Piernas y pies, algunos con zapatos, otros sin. Ropas desgarradas, bajos sucios… Eso era lo único que mi vista alcanzaba a ver, desde el suelo donde me pasaba horas sentada.

Mientras fui pequeña aprendí rápido a sobrevivir en la sociedad hostil en la que me tocó vivir. Mi madre repetía constantemente: “¡los hombres tienen la vida más fácil y los que mejor viven son los marineros!”. Esas palabras se convirtieron en un mantra para mí. Llegué anhelar haber nacido chico y me odiaba a mí misma por el sexo con el que la naturaleza me había dotado.

Una madrugada de finales de invierno, cuando yo contaba con 8 años, mi madre no volvió de su ronda nocturna por el puerto en busca de clientes. La encontraron muerta entre las redes de los pescadores, con restos de pescado putrefactos enganchados en el pelo.

Fue entonces cuando supe que tendría que buscarme la vida para no correr con la misma suerte que ella. Y en ese momento decidí hacerme pasar por un chico y enrolarme en un barco. Mi cuerpo escuálido, mis facciones rudas y mis formas rectas, me facilitaron la tarea. Más adelante ya pensaría en cómo iba a disimular los cambios físicos evidentes de la edad.

En el puerto siempre había patrones de barco buscando jóvenes a quien enseñar el oficio y me fue fácil acceder a uno. La vida en alta mar era más dura de lo que había imaginado pero no me faltaban comida y cobijo. El barco donde trabajaba limpiando la cubierta, cubría una de las rutas más transitadas y a la vez más peligrosas del momento. Trajinábamos mercancías provenientes de oriente, tales como: especias, sedas, perfumes… Y lo descargábamos en los principales y más importantes puertos del viejo mundo.

La peligrosidad de tal tarea residía en que los piratas estaban siempre al acecho. Y fue en uno de esos intentos de abordaje para conseguir botín, que acabé capturada. Al principio creí que sería vendida, al mejor postor, en algún mercado de esclavos. Pero resultó que mi condición física, pequeña y flexible, les era útil en los abordajes. Mientras ellos se encargaban de la faena bruta, yo pasaba desapercibida y podía colarme allí donde se guardaban los cofres con las monedas de oro. Pronto desarrollé una gran habilidad para abrir candados y cerraduras. Eso me convirtió en un elemento imprescindible en mi nueva tripulación.

Mi vida entre esos piratas se convirtió en lo más parecido a tener una familia.

Pasaron los años y las vendas que oprimían mi busto ya no disimulaban mi pecho desarrollado. Las camisas de algodón sin botones que usaba, eran más holgadas para esconder mis curvas. Aunque cada vez me resultaba más difícil hacerme pasar por macho. Hasta que un fatídico día, en que una resaca de ron me dejó semiinconsciente durante buena parte de la mañana, y descuidé mis tareas habituales, el capitán me hizo llamar cuando aún estaba vistiéndome. Fue uno de mis compañeros de tripulación, con quien compartía edad y risas, quien me halló sin camisa mientras me apretaba las vendas del pecho.

La expresión de su cara era una mezcla de asombro y terror a partes iguales. Por un instante, me quedé inmóvil y muda. Acto seguido intenté pedirle que me guardara el secreto, pero no hizo falta. Relajó el rostro, bajó la mirada y me hizo un gesto con la mano para indicar que podía estar tranquila, al tiempo que abandonaba la estancia.

Cuando subí, toda la tripulación estaba reunida en la cubierta. El capitán, de pie tras el timón, mantenía un posado serio. Mi cuerpo se estremeció al sentir todas las miradas puestas en mí.  Pero cuando el capitán empezó a hablar, todos mis miedos se desvanecieron. Hacía tiempo que mi secreto ya no era tal, todos conocían mi condición desde el día en que me raptaron. Pero mi entrega y predisposición enternecieron sus negros corazones y decidieron hacer la vista gorda. El capitán reconoció, que tarde o temprano tendría que hacer frente a esa situación y tomar decisiones duras. En un principio pensó en usar mis habilidades y después abandonarme a mi suerte. Pero llegado el momento, había cambiado de opinión. Me había convertido en “uno” más y ya no imaginaban el barco sin mi presencia. Por eso, dado que se había descubierto por fin el secreto, se habían reunido todos para decirme, que no tendría que fingir nunca más. Ellos me aceptaban tal y como era y se habían comprometido a seguir tratándome como el primer día, como a una igual.

Lídia Castro Navàs

Adéu Vila-seca

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Vista aèria de Vila-seca

Més de 15 anys han passat d’ençà vaig venir per primer cop a visitar-te. Buscava un lloc on viure i em considero molt ‘de poble’, per això vaig triar-te. Tot i la teva extensió actual, encara conserves aquell ambient de pagesia i senzillesa. Només arribar em vas fer sentir molt acollida, sobretot per la teva gent, els vila-secans i vila-secanes de tota la vida, els que et saluden pel carrer mirant-te als ulls o els botiguers i botigueres qui, després de dos cops, ja es dirigeixen a tu pel nom.

Trobaré a faltar les passejades entre els teus carrers i les teves places. El teu casc antic s’havia convertit en la meva llar, tan ple d’història que em feia emocionar. El fet de viure al costat de la cooperativa d’estil noucentista i amb vistes al castell dels Comtes de Sicart era un gran luxe per a una historiadora sensible com jo.

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Castell de Vila-seca

Mai oblidaré les teves festes i tradicions, algunes de les quals no serien possible si no fos per l’esperit emprenedor dels teus veïns i veïnes associats (o no) i pel recolzament del teu Ajuntament, on persones del poble treballen per al poble, amb comprensió i proximitat (com ha de ser).

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Església de Vila-seca

Només volia acomiadar-me de tu, Vila-seca, ara que ja no viuré entre les teves entranyes, i dir-te que sempre restaràs en un lloc especial dins del meu cor, juntament amb el munt de records que conservaré de tu en la meva memòria.

Gràcies i adéu Vila-seca!

@lidiacastro79