Lucha emocional 

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Estábamos sentados frente a frente; él se mantenía impávido, frío, indiferente… mientras, yo lloraba a mares y sollozaba al tiempo que mi alma se desgarraba implorando su comprensión. No entendía por qué me hacía eso, por qué tenía que pasar por todo aquello, por qué no me quería…

Después de incontables horas de lucha contra mis propias emociones, logré subir mi libro a la plataforma de Kindle sin que el archivo se desconfigurara. Y es que tengo que admitir, que hay máquinas que no me quieren.


Microrrelato que se basa en mi primera experiencia maquetando y usando el KDP.

 

Lídia Castro Navàs

 

 

El chico

Foto propia. Tarragona, 2017

El chico desapareció sin dejar rastro: ni una pista, ni una prueba, ni un cuerpo… ¡Nada! Recorrimos toda la línea de costa en su búsqueda pero resultó infructuosa.

Años después supimos que nuestro error fue buscar en tierra. El chico no desapareció, sino que se convirtió en velero para poderse fundir con el mar.

Lídia Castro Navàs

Ella

Foto propia

No hay un corazón tan puro,

en un pecho más hinchado de orgullo.

Ella siempre está, incluso cuando huyo,

para ayudarme en un momento duro.

Nunca baja la guardia,

ni siquiera cuando la luz me alcanza.

Y vigila mi retaguardia,

mostrando su implacable templanza.

¡Mil gracias a la que me dio a luz y sigue iluminando mi camino!

T’ESTIMO MAMA

Lídia.

El oráculo

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Fuente: Pixabay

Me daba igual que el oráculo hubiera predicho que fracasaría, la misión era de vital importancia. Además, él siempre estaba a mi lado, protegiéndome y le debía eso. Así que, iría al castillo, me enfrentaría al ogro y liberaría a mi compañero.

— ¡María, deja la consola y vente a comer! ¡A la mesaaaaa!

Pues el oráculo tenía razón. No estaría mi madre compinchada con él, ¡¿no?!

 

@lidiacastro79

Esta entrada es para participar en el «Reto 5 líneas» del bloc de Adella Brac.

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El albaricoquero de mi abuela 

Foto propia. Flix, 2017

Un gran árbol se levanta en medio de una pequeña huerta. Es un majestuoso ejemplar de copa chata y ramas largas que cuelgan como las de un Sauce llorón. Ese es el albaricoquero de mi abuela. Mi padre lo plantó para ella pues le gustaba mucho su fruta. Y aunque el árbol creció fuerte, nunca dio ni un solo albaricoque.

Hasta una primavera en que sus ramas se llenaron de flores que se convertirían en dulces frutos. Fue la primavera en que mi abuela nos dejó. Nunca llegó a saborearlos. Desde entonces, cada nuevo florecer me recuerda a ella.

Lídia Castro Navàs

El secreto de la aldea

Me desperté en el bosque. Mi ropa estaba por completo ajada y me costó un buen rato recuperar la movilidad de mis articulaciones. La humedad de la noche lo estaba cubriendo todo y amenazaba por calar mi cuerpo entumecido, pero al contrario de lo que pudiera parecer, no sentía frío. Intenté ponerme en pie con mucha dificultad pero no fui capaz de alzarme. Mis piernas no respondían como de costumbre, así que después de múltiples intentos fallidos, decidí gatear.

 La oscuridad era total en la espesura del bosque, pero a pesar de eso, podía ver bastante bien. Supongo que mi vista se había acostumbrado a la negrura. Pero dudaba hacia dónde dirigirme. Por desgracia, estaba en una zona desconocida del bosque, no sabía cómo había llegado hasta allí, ni cuánto tiempo había transcurrido desde mi último recuerdo:

Era mediodía, mi madre me había mandado a por leña para la lumbre, pero me entretuve recogiendo unas bayas, tan dulces que hubiera sido un pecado dejarlas en la zarza.

 ¿Me habrían sentado mal las bayas? Mi abuela siempre me advertía de lo peligroso de consumir alimentos desconocidos en el bosque, como setas y otros hongos, pero había comido esas bayas otras veces, estaba seguro de ello, así que descarté esa idea.  

 Continué gateando sin rumbo. Me dolía la espalda una barbaridad. Intenté guiarme con las estrellas, tal y como mi padre me había enseñado en mi niñez, pero la espesura de los árboles me impedía ver bien el cielo. Necesitaba encontrar un claro para ubicarme y decidir mi dirección. Me costaba mirar hacia arriba, mi cuello me resultaba ajeno. Tenía una sensación cada vez más extraña.

 En ese momento, otro recuerdo me golpeó como un mazo en la cabeza. Recordaba haber visto un resplandor a lo lejos, que llegaba hasta mí a ras de suelo. Era una luz brillante y dorada, pero no procedía del sol, que estaba en su cénit a esa hora. Eso me desconcertó a la par que llamó mi atención. Quise averiguar de dónde venía y qué provocaba esa misteriosa luz. Pero a partir de ahí… no recordaba más.

 Seguí gateando con temor y me percaté de que mi olfato estaba muy sensible, era capaz de percibir cualquier olor que antes ignoraba: la tierra mojada, el rastro que unos ciervos habían dejado a su paso, el plumaje de un búho que dormitaba en su escondite. ¿Cómo era capaz de captar todo eso? Entonces, algo llamó mi atención. Un par de jabalís, haciendo gala de sus hábitos nocturnos, pastaban con tranquilidad. Otras veces había visto cochinos salvajes y sabía que podían ser peligrosos, pues no dudaban en hacer frente a los humanos e incluso habían matado a los perros de un cazador de mi aldea. Pero en cuanto cruzaron sus miradas con la mía, se fueron despavoridos. Eso sí que fue raro.

 Después de un largo trayecto sin rumbo, algo me pareció familiar. Eran las zarzas donde había recogido las bayas. Detrás de unos matorrales cercanos, vislumbré el destello de las antorchas de mi aldea. Me sentí aliviado.

 Vi a Samuel, el propietario del molino, haciendo guardia en lo alto de la improvisada almena que habíamos construido desde los últimos acontecimientos. Una bestia salvaje amenazaba a la población. Se decía que era un oso, pero no lo sabíamos con seguridad, pues nadie lo había visto nunca. Solo encontrábamos el rastro de muerte que dejaba a su paso. Había acabado con la vida de algunas ovejas y cabras. Su última víctima, un anciano que se vio sorprendido por la espalda, tal y como atestiguaban las marcas en su espinazo.

 La verdad es que había tenido suerte en mi odisea nocturna por el bosque. Seguro que mi madre estaría aterrada con mi desaparición.

 Cuando estuve a una distancia cercana a la almena quise avisar a Samuel de mi llegada. Pero de mi boca no salió nada inteligible, solo gruñidos. Unos gruñidos que atrajeron su mirada espantada hacia mí. Al instante, dio la voz de alarma. Empezó a tocar la campana de aviso con una fuerza inusitada.

 Todos los vecinos fueron apareciendo armados con hoces, horcas y antorchas. Entre ellos estaba mi padre. Sin mediar palabra, se abalanzaron hacia a mí y me atacaron cruelmente. Sentí tal perplejidad que ni siquiera intenté defenderme.

 Justo antes de exhalar mi último aliento de vida, se me reveló, como una epifanía, lo acontecido en el bosque en las horas previas:

 Había seguido la extraña luz dorada hasta toparme con una bestia salvaje: mitad oso, mitad humana, que había intentado matarme. Pero en el contacto de nuestros cuerpos, durante el forcejeo, mi alma, que se aferraba a la vida con la fuerza de un huracán, se había intercambiado por el alma de aquel monstruo que consiguió arrebatarme la vida. Recordaba perfectamente haber observado mi cuerpo inerte y mutilado tirado en el suelo. Entonces, impactado por encontrarme atrapado en el cuerpo de un ser monstruoso, me desvanecí.

Supongo que mi mente había olvidado esa parte del suceso, en un intento de protegerme, pero no pudo evitar mi fatídico final. 

Lídia Castro.

Si quieres escuchar este relato de la voz de Javier Matesanz, puedes hacerlo en su podcast «Páginas oscuras»:

Mi gran hazaña

Allí estaba yo, sintiendo la ingravidez y a punto de pasar por un aro gigante. Me encontraba rodeada de un silencio sepulcral. Todo el mundo estaba expectante a mis movimientos, conteniendo la respiración. Me sentía como una estrella brillando con luz propia, orgullosa de intentar una hazaña única.

Y así es como conseguí adentrarme por el anillo de Saturno por primera vez en la historia de una sonda espacial.

Lídia Castro Navàs

Hoy se cumplen veinte años del lanzamiento de la sonda Cassini para explorar la órbita de Saturno

Phlox salvaje 

Imagen sacada de la red.

Nací una noche de abril cerca de un frondoso bosque. En el cielo brillaban una multitud de estrellas que acompañaban a la luna en su máxima plenitud. La aureola rosada que envolvía el astro nocturno me otorgó el color. Pero no fue hasta el alba, con las primeras gotas de rocío sobre mis pétalos, cuando mi belleza fue visible en todo su esplendor.

Lídia Castro Navàs