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Acerca de Lídia Castro Navàs

Te espero en Mi Blog, espacio de mis historias y otros devaneos

Pensamientos de un maniquí 

Foto propia. Barcelona, 2016

Las personas son seres muy complejos. Cada día veo a mucha gente pasar por delante de mí. Los que más, se dirigen a sus trabajos, con prisas. En sus caras se pueden intuir un sinfín de emociones contenidas: enojo, miedo, preocupación… En menos ocasiones, también percibo alegría, ilusión, satisfacción… Siempre me pregunto cuál será su historia. La historia que todo el mundo lleva consigo. Seguro que son más interesantes que la mía: estoy en la calle durante horas en la misma posición. El resto del tiempo lo paso en el fondo de la tienda, rodeada de ropa, a oscuras. No es muy alentador, pero no sé por qué razón, me siento en paz, calmada y en equilibrio.

Lídia Castro Navàs

Ensimismada 

Desde la ventana de mi habitación observaba ensimismada la nada. Me había perdido en mis pensamientos, otra vez, mientras escribía la carta. El húmedo y pegajoso tacto de la tinta sobre mi piel me devolvió a la realidad. El resultado fue la inevitable mancha negro azulada en mis dedos y sobre la cuartilla.

Lídia Castro Navàs

Escondida en la herrería

Foto propia. Tarragona, 2016

La espada reposaba sobre las llamas centelleantes y yo miraba fascinada cómo el metal adquiría un color carmesí. Mi expectación aumentó cuando el herrero la alzó al aire con la hoja al rojo vivo y la puso sobre el yunque. Después cogió el pesado martillo y empezó a atizarle con todas sus fuerzas. Se le tensaron los músculos de los brazos, al igual que las venas del cuello, que parecían a punto de explotar. Me encantaba esconderme tras las pacas de heno que estaban dispuestas entre la herrería y la cuadra. No perdía ni un detalle de todo el proceso, siempre con la esperanza de poder empuñar una de esas espadas algún día.

Lídia Castro Navàs

 

Sin aliento

Salgo de allí corriendo. No podía aguantar más su tono de voz. Mi respiración es entrecortada y el sudor está empapando mi espalda cuando alcanzo la puerta giratoria; nunca me había percatado de lo lento que va el dichoso mecanismo. Apoyo las manos en el cristal para hacer presión y que gire más rápido, pero desisto en cuanto veo al de seguridad mirándome con cara de pocos amigos.

Cruzo la avenida a toda prisa y sin mirar atrás. Necesito recuperar el aliento, así que me refugio en un callejón. Saco mi móvil del bolsillo, tengo una llamada perdida de hace poco. En plena discusión acalorada ni siquiera he escuchado el sonido. Aunque era imposible que escuchara otra cosa que no fueran los gritos que vertía sobre mí el cretino de mi jefe. Yo tampoco me he quedado corta. Le he dicho todo lo que llevaba dentro y lo había estado guardando durante largo tiempo, así que me ha salido todo a borbotones y sin freno.

Todo se remonta a hace dos meses, cuando me encargó que cubriera la noticia sobre un asesinato que tuvo mucho revuelo mediático. Seguí el curso de la investigación a conciencia e invirtiendo más horas de las debidas, entrevisté a todas las personas relacionadas con el asunto e incluso me hice con información privilegiada sobre el caso, gracias a que el investigador al mando de la operación está coladito por mí y con un poco de coqueteo no me fue difícil sonsacarle cierta información clasificada. El caso quedó sin resolver: se encontró el cuerpo, se halló el arma homicida, se determinó la causa de la muerte,… pero no dieron con el culpable. Aun así, mi artículo quedó perfecto y ese día nuestro periódico fue el más leído de la ciudad.

Entonces, ayer se encontró otro cuerpo y mi “informador predilecto” (a quien, por cierto, he decidido dar una oportunidad dejando que me invite a cenar el sábado), me dijo que la forma de la muerte era sospechosamente similar que en el caso anterior. Todo apunta a que se trata de un asesino en serie. La noticia tenía que ser mía, era lo más obvio. ¡Pues, no! Resulta que mi jefe cree que estoy demasiado implicada con el caso y que además, ha escuchado rumores sobre que tengo un lío con un detective y eso da mala imagen para el periódico. “La reputación del periódico es lo primero”. No ha parado de repetir hace un momento. ¿Qué? ¿Y él se incluye en esa reputación? Porque resulta que está felizmente casado, pero tuvo una aventura con su secretaria que fue un escándalo. Y hace apenas tres semanas me hizo proposiciones indecentes, que yo rechacé, claro. ¿O es que él no cuenta a la hora de salvaguardar la honra del periódico?

En fin, no se debió tomar bien que le rechazara entonces y ha aprovechado la ocasión para vengarse y echarme. Pero yo le he querido dejar un recuerdo… Antes de irme corriendo de allí, le he partido la ceja con el libro de recetas de mi difunta abuela que tenía guardado en la oficina. Es lo único que me he llevado con las prisas. Creo que ahora voy a tener más tiempo para cocinar.

Lídia Castro Navàs

 

El crepitar del fuego

Ataviada con mi mejor armadura, y una capa de piel de oso encima, me dispuse a hacer frente a mi mayor enemigo. Mi montura estaba lista, monté a horcajadas y me dirigí hacia el norte. El galope veloz del caballo me hacía notar el peso de la espada que llevaba colgada. Eso me permitía sentirme fuerte y segura.

Pude atisbar algo en el horizonte. Era una hueste hostil. Sostuve las riendas con más fuerza, espoleé al animal y apreté los dientes para enfrentarme a ellos. Cuando estuve cerca vi que eran al menos veinte hombres; desenvainé la espada y grité con todas mis fuerzas.

El crepitar de la leña del fuego me sonsacó de mi abstracción. Tenía que acabar mis labores, así que me deshice de mi ensoñación y continué bordando.

Lídia Castro Navàs

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De piedra

Foto propia. Barcelona, 2016

¿Por qué no me puedo mover? Pero ¿qué ha pasado? Me siento rígido como una piedra ¡Oh, Dios! Me voy a precipitar. ¡Ah, no! Estoy clavado en la fachada. ¿Cómo me he convertido en una gárgola? Yo era un frutero pacífico, lo recuerdo: mi frutería con la mejor fruta de proximidad, mis clientes habituales, los del barrio de toda la vida, mi adorable familia… ¿Qué ha pasado con todo eso? Tendrá algo que ver ese sueño en que se me aparecía Dios, me encomendaba una misión y yo aceptaba sin saber… ¿o no fue un sueño?

Lídia Castro Navàs

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Las vueltas de la vida

Foto propia. Torino, 2016

La vida da muchas vueltas, como las ruedas de una bicicleta. Esa tarde la ciudad estaba inusualmente tranquila, el sol de otoño era aún cálido y pasear en bici era una buena manera de despejar mi mente embotada. Y funcionó. Los pensamientos que me preocupaban se desvanecieron y la energía rellenó todos mis músculos. En cuestión de minutos me sentía genial, hasta que me arroyó el camión. Topó conmigo de frente. No pude esquivarlo. Ahí, se acabó todo.

Lídia Castro Navàs

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Letras olvidadas 

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Letras olvidadas en papel amarillento,

guardadas entre cubiertas a la merced del viento.

Detenido el tiempo ante sus súplicas sordas,

prefieren esperar, para ser descubiertas,

un mejor momento.

@lidiacastro79

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Desvelada 

Se había desvelado, como todas las noches, y estaba paseando por el claustro con la única compañía de un hermoso amanecer. El frío viento matinal le rozó su pálido rostro y se estremeció. Se abrazó a sí misma arropándose con el manto de lana que cubría su camisón. Estaba nerviosa, por eso le costaba conciliar el sueño. No tenía elección, debía casarse con un hombre que le causaba repulsión porque así lo había decidido su padre.

Lídia Castro Navàs

Descifrando la vida

Foto propia. Torino, 2016

Era una persona decidida, inquieta y activa, de esas que cuando acaban de comprar un aparato tecnológico, lo usan sin leer las instrucciones. No le gustaban nada esos libritos endemoniados, llenos de minúsculas letras en los que nunca encontraba el idioma que buscaba… ¡los odiaba! Pero justo en ese momento, la vida la había puesto en una encrucijada y deseaba tener un manual para saber qué hacer a continuación.

Lídia Castro Navàs

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