La luz de la mañana se lleva las tinieblas que la noche ha dejado tras de sí. Y las ínfimas gotas de la lluvia caída aguardan como pequeños diamantes efímeros que serán lentamente devorados por el sol naciente.
Lídia.
La luz de la mañana se lleva las tinieblas que la noche ha dejado tras de sí. Y las ínfimas gotas de la lluvia caída aguardan como pequeños diamantes efímeros que serán lentamente devorados por el sol naciente.
Lídia.

Esa sensación de pesadez, opresión en el pecho, frío intenso que recorre la espalda en forma de escalofríos, quemazón en los ojos, dolor de cabeza y de las extremidades. Los párpados parecen querer sucumbir a un sueño involuntario e inevitable. Incapacidad por dar un paso más allá de la cama o el sofá.
Alguien podría afirmar que se trata de un abatimiento emocional, pero no. Así se manifiesta la fiebre invadiendo nuestro organismo y dominándonos desde dentro.
(PS. hacía años que no alcanzaba los 39º)

En letargo.
Así estoy yo.
Esperanto tus caricias.
Anhelando tu calor.
Extrañando tu luz.
La niebla que cubre mi cielo,
me impide verte, sentirte…
¿Dónde estás rey de los astros?
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Cuando desperté, un paisaje singular se reveló ante mí: el cielo lucía un bonito tono naranja, los árboles agitaban sus rosadas hojas al son de un viento que sonaba como el canto de un ángel. Y allí estaba él, con sus brazos fuertes y verdes que mostraban unas venas muy marcadas.
—¿Quién eres? —le pregunté.
—Soy el médico que te acaba de administrar un psicotrópico —me contestó.
Lídia.

Volvía a llover. La temperatura era fresca aún siendo un domingo de agosto; mis entrañas notaban la humedad excesiva en el ambiente. Los campistas habían vuelto, dejando esa furgoneta, azul turquesa con cortinillas, tapando mi visión. ¡Cómo odiaba ese mal gusto para los colores y los complementos; pero odiaba, más aún, que aparcaran ahí, dejando oculta mi belleza natural.
Firmado: una glorieta de madera indignada.
Lídia.

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—Una calabaza, dos calabazas, tres calabazas… —contaba en voz baja en un intento vano por coger el sueño.
Me levanté y fui a deambular por la casa en penumbra mientras todos dormían. El aroma de los boniatos y las castañas asadas me llevó a la cocina; las bolitas dulces de almendra y piñones aún reposaban en la encimera. Estuve tentada de comer una, pero mi madre no me lo permitía desde que tenía aquellos dolores de barriga.
Me fui al salón donde el fuego, que ardía oscilante detrás de una pantalla de cristal, me reconfortó. Encima de una repisa de madera aguardaban un montón de fotos familiares. Ahí estaba yo, el día de mi primera comunión, hacía ya dos primaveras. Los mofletes se me veían llenos, no como ahora; había perdido peso, pero ya lo recuperaría cuando pudiera comer de todo; eso me decía mi abuela.
«¿Quién será ese?», me pregunté al observar una foto de un hombre con barba. Mi padre no era. Se parecía a mi hermano, con esos ojos vivarachos, pero era imposible, solo tenía cuatro años más que yo.
En ese momento, todo cambió a mi alrededor: la estufa de leña desapareció dejando paso a un radiador metálico. Las fotos seguían allí, aunque encima de un mueble de cristal con acabados cromados. Yo continuaba mostrando mi sonrisa de carrillos abultados, en cambio, mi hermano había crecido, se le veía mayor, mucho mayor.
—No puedes volver a tu casa, no está permitido —dijo mi supervisor tirando de mí hasta llevarme de nuevo entre las sombras.
Por un día, sentí nostalgia de mi antigua vida, pero había olvidado que los muertos no podemos estar entre los vivos.
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—Necesito las tenazas —dijo mi padre mientras el sudor le caía por la frente.
Tardé varios segundos en encontrarlas entre toda esa maraña de herramientas que llenaban su mesa de trabajo. Antes de que pudiera tendérselas, vino por detrás de mí y las cogió sin siquiera mirarme.
—¡Estas son tenazas de corte! —dijo enfurruñado—. Necesito las que tienen forma de pinza.
Me sentí inútil. Para una vez que quería ayudarle y no hacía más que entorpecer su trabajo. Llevaba semanas con esta obra y se le veía abatido, cansado, con ganas de terminarla.
—Lo siento —me afané a decir. Pero me ignoró.
La última pieza de metal ya estaba sólida pero aún quemaba, por eso necesitaba ese utensilio para cogerla. Ya quedaba menos para terminar.
Después de todo el día en el taller, por fin acabó su obra de arte: una escultura de un niño de mirada pícara y pelo lacio; vestido con pantalones cortos, camiseta raída y un tirachinas en la mano.
Me sentí reflejado en seguida. En ese momento me di cuenta de todo… no es que mi padre me ignorara, es que ya no podía verme. Entonces me sentí orgulloso de su esfuerzo por esculpir la imagen que reposaría encima de mi lápida.
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Convivía con la niebla. Desde que tenía recuerdos que había estado presente en su vida. Esa niebla que siempre estaba cubriéndola de humedad, impidiendo su visión, dificultando su respiración… ahogándola, pero sin llegar a matarla. Le dijeron que así era la vida a esa altitud, pero ella no se había acostumbrado a ser una montaña.
Lídia Castro Navàs

—Mamá, hace mucho que no vemos al tío Marco.
—Sí, es verdad.
—¿Dónde está?
—¡Vete tú a saber! Ni lo sé, ni me interesa.
—Mamá, ¿por qué no te cae bien el tío?
—Porque es la oveja negra de la familia
—Pero yo creía que era una oveja azul, como nosotras.
—…
Lídia Castro Navàs

Sucedió en lo más profundo del bosque, allí donde los rayos del sol no penetran debido a la espesura de los árboles. Estaba tirado sobre un manto de hojas secas. Por su suerte, el brillo del metal permanecía intacto, eso me permitió verlo en la penumbra. Así fue como encontré mi pendiente perdido.
Lídia Castro Navàs
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