La llegada del príncipe 

Foto propia. Barcelona, 2016

Cuando el príncipe llegó a palacio, el mozo de cuadra se encargó de su montura, mientras él fue directo a asearse. Dos días de lucha encarnizada le habían proporcionado un aspecto tosco y un aroma penetrante. Al llegar a sus aposentos, la luz del día se colaba por las ventanas polilobuladas e iluminaba el suelo a través de los cortinajes. Se sintió aliviado, las campañas nocturnas le dejaban unas secuelas que le durarían unos cuantos días. Pero un buen baño y una ración de la más rica carne, y sería otro. Se sacó la pesada armadura y los calzones, entonces entró su madre, la reina, sobresaltándole.

—¡Mira qué horas de llegar… El próximo fin de semana, no sales! 

—Pero mamá… 

—¡Haz el favor de poner tus deportivas en la ventana, huelen que apestan! Deja de leer tus tebeos y métete en la ducha, la comida está casi lista.

—Sí, mamá, ya voy…

Lídia Castro Navàs

Dolor 

Siento un dolor enorme. No duermo bien, me cuesta comer, ya no sonrío como antes…

Todo el mundo parece que ha vivido la situación y me dice lo mismo: “necesitas tiempo”, “te acostumbrarás“, “intenta no pensar en ello”…

Suena fácil, pero… ¡¿Cómo no voy a pensar en ello si tengo la boca llena de hierros?! ¡Maldito sea el día en que acepté ponerme ortodoncia!

Lídia Castro Navàs

 

Cuando llegan

Foto propia. Flix, 2017

Cuando llegan, lo hacen sin esperarlos, ni buscarlos, de improviso. Puedes estar haciendo tus tareas diarias, en la soledad de tu habitación, en el coche en medio de un atasco… no les importa, ellos no entienden sobre el momento oportuno.

No siempre son claros, acostumbran a estar envueltos en brumas. Y casi nunca se presentan solos, suelen ir acompañados de sonidos, imágenes, aromas, emociones… muchas emociones.

En mi caso: el Canon en D de Pachelbel acompañando una filmación en Beta, pequeñas fotografías familiares en blanco y negro, el aroma del café recién hecho los domingos por la mañana y nostalgia… mucha nostalgia.

Así son los recuerdos.

Lídia Castro Navàs

El compañero Juan Antonio de Tarayuela me ha cedido un espacio en su blog para uno de mis microrrelatos. Tengo que reconocer que, más que uno de mis micros habituales, es una reflexión muy personal. Le estoy muy agradecida a Juan Antonio por pensar en mí. No dejéis de visitar su blog TARAYUELA.

En el palacio 

Mi nacimiento en el palacio pasó bastante desapercibido, pues no era la primogénita y ni siquiera tenía derecho al trono. Pero mi infancia transcurrió feliz: me encantaba corretear por los jardines, me sentía libre en plena naturaleza; esconderme en la cocina, donde siempre encontraba algo que picar; curiosear por las distintas habitaciones, hasta que las sirvientas me echaban a gritos, pues no toleraban mi presencia. 

Era algo de lo que mi madre siempre me había advertido: “Los humanos no nos soportan, hija, aunque seamos ratas de palacio.”

Lídia Castro Navàs 

El informe 

Estaba sentada en el jardín, donde me refugiaba siempre que las tinieblas amenazaban con llevarme. No pude evitar caer en las redes de mis propios recuerdos que, recurrentes, volvían para perturbarme. 

Las primeras imágenes aparecían nítidas en mi mente, pero poco a poco, se iban difuminando y enturbiando hasta desaparecer.

En mi mano sostenía el informe maltrecho. Ya no podía leerlo, pero conocía perfectamente su contenido. Era la sentencia de mi oscuridad eterna… era la confirmación de mi ceguera irreversible. 

Lídia Castro Navàs