Husmeando en la cocina 

Foto propia. Torino, 2016

Me encantaba colarme en la cocina mientras ella preparaba los postres. El dulce aroma embriagador del lugar cautivaba mis sentidos y me guiaba hasta allí. Encima del mostrador metálico se agolpaban un sinfín de cosas: ingredientes (harina, huevos, azúcar, vainas de vainilla, canela en rama…), recipientes (boles de cristal de diferentes tamaños, vasos medidores, jarras…) y utensilios variados (manga pastelera, rodillo de madera, lenguas de gato…).

Aprendía muchísimo observando sus gráciles movimientos. Era capaz de controlar varios procesos a la vez: removía la leche que estaba a fuego lento aromatizada con cáscara de limón y canela, batía las claras a punto de nieve, calentaba el horno a la temperatura óptima… Su sincronización era magistral. 

Siempre me quedaba con las ganas de ayudarla, al final me acaba echando de allí.

−¡Fuera! −me dijo haciendo un gesto con la mano−. ¡Juaaaan, se ha vuelto a colar el gato! 

 Lídia Castro Navàs

¿Dónde estás?

Foto propia. Torino, 2016

−¿Por qué me has abandonado? −grité a los cuatro vientos.

Me pareció verla por los jardines colindantes al castillo, así que me fui tras ella. Salí por la puerta de la cocina que daba a las cuadras. Me escabullí entre todo el personal ocupado en sus quehaceres matutinos y nadie se percató de mi marcha. Recorrí el camino de tierra que separa el edificio principal, de los jardines; crucé la gran explanada cubierta de hierba y estampada de amarillas y diminutas flores; atravesé unos espesos arbustos hasta llegar a la fuente, pero no pude dar con ella.

−¿Dónde te has metido, inspiración?

Lídia Castro Navàs

¡Cuánta desazón!

captura

¡Cuánta desazón llenando mis días! Los ratos de lectura en el claustro se habían convertido en el momento preferido de mi aburrida existencia. La prohibición de mi padre de montar a caballo me había alejado de los establos, del campo y de lo único que me proporcionaba la libertad ansiada. Ya solo me quedaba perderme en las historias que jamás protagonizaría.

@lidiacastro79

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Esperando la sentencia 

Me encontraba encerrada en lo alto de la torre, aguardando mi aciago destino. La sentencia se haría efectiva al atardecer, cuando el sol se hubiera escondido tras el horizonte y sus cálidos rayos dejaran de iluminar hasta los rincones más oscuros de mi alma.

Las primeras nieves del invierno habían empezado a caer y amenazaban con derribar los tejados de paja de las chozas más humildes. El frío se dejaba notar con intensidad y el abrigo que llevaba no era capaz de calmar mis incesantes escalofríos. Ya no sabía si eran a causa de la baja temperatura o por mi alma inquieta que presagiaba la llegada de la Parca.

Alguien gritó desde la calle y me sonsacó de mis pensamientos: «¡Bruja!». Me volví a estremecer…

Lídia Castro Navàs

Cavilaciones vespertinas 

Le gustaba pasear a media tarde y notar cómo la brisa fresca otoñal le rozaba el rostro. Entre otras cosas, solía sentarse a contemplar el movimiento, casi imperceptible, de los barcos varados cerca de la costa; intentar captar con la vista la línea del horizonte que separa el cielo del mar; repasar mentalmente su vida, lo bueno y lo no tan bueno, y hacer balance; observar a los transeúntes totalmente ajenos a sus cavilaciones vespertinas e inventar historias con todo eso.

Lídia Castro Navàs

Suceso en el cementerio 

Foto propia. Exeter, 2016

Un suceso extraño había acontecido la víspera de todos los santos de 1847. Se dice que el cementerio amaneció alterado. Las autoridades afirmaron que las tumbas habían sido saqueadas y que habían robado todos los objetos de valor. Pero, parece ser, que no solo habían desaparecido las pertenencias de los difuntos. Los aldeanos, temerosos por el incidente, no se atrevieron siquiera a pisar de nuevo el camposanto y quedó abandonado. Aún hoy se pueden ver algunas lápidas caídas y las tumbas siguen vacías, ningún cuerpo aguarda bajo tierra desde aquella noche.

Lídia Castro Navàs