Una calabaza, dos calabazas, tres calabazas…

pumpkins-2735191_1920

pixabay.com

 

—Una calabaza, dos calabazas, tres calabazas… —contaba en voz baja en un intento vano por coger el sueño.

Me levanté y fui a deambular por la casa en penumbra mientras todos dormían. El aroma de los boniatos y las castañas asadas me llevó a la cocina; las bolitas dulces de almendra y piñones aún reposaban en la encimera. Estuve tentada de comer una, pero mi madre no me lo permitía desde que tenía aquellos dolores de barriga.

Me fui al salón donde el fuego, que ardía oscilante detrás de una pantalla de cristal, me reconfortó. Encima de una repisa de madera aguardaban un montón de fotos familiares. Ahí estaba yo, el día de mi primera comunión, hacía ya dos primaveras. Los mofletes se me veían llenos, no como ahora; había perdido peso, pero ya lo recuperaría cuando pudiera comer de todo; eso me decía mi abuela.  

«¿Quién será ese?», me pregunté al observar una foto de un hombre con barba. Mi padre no era. Se parecía a mi hermano, con esos ojos vivarachos, pero era imposible, solo tenía cuatro años más que yo.

En ese momento, todo cambió a mi alrededor: la estufa de leña desapareció dejando paso a un radiador metálico. Las fotos seguían allí, aunque encima de un mueble de cristal con acabados cromados. Yo continuaba mostrando mi sonrisa de carrillos abultados, en cambio, mi hermano había crecido, se le veía mayor, mucho mayor.  

—No puedes volver a tu casa, no está permitido  —dijo mi supervisor tirando de mí hasta llevarme de nuevo entre las sombras.

Por un día, sentí nostalgia de mi antigua vida, pero había olvidado que los muertos no podemos estar entre los vivos.

 

@lidiacastro79

Creative Commons License

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

Un día en el taller

boy-366311_1920

pixabay.com

—Necesito las tenazas —dijo mi padre mientras el sudor le caía por la frente.

Tardé varios segundos en encontrarlas entre toda esa maraña de herramientas que llenaban su mesa de trabajo. Antes de que pudiera tendérselas, vino por detrás de mí y las cogió sin siquiera mirarme.

—¡Estas son tenazas de corte! —dijo enfurruñado—. Necesito las que tienen forma de pinza.

Me sentí inútil. Para una vez que quería ayudarle y no hacía más que entorpecer su trabajo. Llevaba semanas con esta obra y se le veía abatido, cansado, con ganas de terminarla.

—Lo siento —me afané a decir. Pero me ignoró.

La última pieza de metal ya estaba sólida pero aún quemaba, por eso necesitaba ese utensilio para cogerla. Ya quedaba menos para terminar.

Después de todo el día en el taller, por fin acabó su obra de arte: una escultura de un niño de mirada pícara y pelo lacio; vestido con pantalones cortos, camiseta raída y un tirachinas en la mano.

Me sentí reflejado en seguida. En ese momento me di cuenta de todo… no es que mi padre me ignorara, es que ya no podía verme. Entonces me sentí orgulloso de su esfuerzo por esculpir la imagen que reposaría encima de mi lápida.

 

@lidiacastro79

 

Creative Commons License

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

En la bodega

Me encontraba en la gran bodega del navío, rodeado de barriles y otros bultos. No podía salir, al menos, no todavía. Cuando llegó el momento y me asomé por la tronera, el fulgor del sol cegó mi único ojo, pero eso no me impidió escupir la munición que habían recargado en mis entrañas y cumplir con mi deber. Y es que ser un cañón de barco tiene sus responsabilidades.

 

@lidiacastro79

Creative Commons License

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

 

Niebla

Foto propia. Japón, 2019

Convivía con la niebla.  Desde que tenía recuerdos que había estado presente en su vida. Esa niebla que siempre estaba cubriéndola de humedad, impidiendo su visión, dificultando su respiración… ahogándola, pero sin llegar a matarla. Le dijeron que así era la vida a esa altitud, pero ella no se había acostumbrado a ser una montaña.

Lídia Castro Navàs

En lo más profundo del bosque 

Foto propia. Fageda d’en Jordà, 2018

Sucedió en lo más profundo del bosque, allí donde los rayos del sol no penetran debido a la espesura de los árboles. Estaba tirado sobre un manto de hojas secas. Por su suerte, el brillo del metal permanecía intacto, eso me permitió verlo en la penumbra. Así fue como encontré mi pendiente perdido.

Lídia Castro Navàs

Libertad

Foto propia. Barcelona, 2017

Tanto oír hablar de Libertad y es que me cabreo. Que si Libertad por aquí, Libertad por allá. Siempre acaparando todas las conversaciones. Y es que llama mucho la atención, aunque a veces es muy esquiva, también. Por ejemplo, una siempre confía en ella, en que podrá salir, ir al cine o de compras; pero, no. Eso sí, ella siempre espera que le puedas hacer favores o dejarle tu mejor vestido, pero no esperes a que te lo devuelva, no. A mí me lo hizo una vez y no me hizo falta más; desde entonces Libertad ya no es mi amiga. 

Lídia Castro Navàs

Temblores

mt-fuji-2232246_1920

Pixabay

Esta noche el suelo ha vuelto a temblar. Las autoridades han decretado aislamiento, así que no puedo asistir a mi entrenamiento de espada eléctrica; tengo que quedarme en la cápsula por precaución. Esta vez espero no lamentar la pérdida de otro ser querido. Desde que el volcán inició su actividad, han muerto ya treinta personas, entre ellas, mi mejor amigo y mi hermana. Cuando acabe mi instrucción, me enfrentaré a los Parlowks, acabaré con su tiranía y desactivaré el volcán para siempre.

 

@lidiacastro79

Creative Commons License

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

Salir de nuevo

Foto propia. Austria, 2017

Respirar el aire fresco y húmedo de la ciudad me ha resultado gratificante, después de estar días, tal vez semanas, encerrado en la penumbra de ese reducido espacio llamado hogar. He salido por ella, no por voluntad; uno se acostumbra rápido a la inactividad total. Lo peor ha sido el esqueleto entumecido; sales a la calle, te desplegas y te estiras entre algún que otro crujido. Lo mejor, sentir las gotas de lluvia sobre mí, notar cómo resbalan hasta precipitarse en el suelo, sin traspasarme, envolviéndome con una frescura que contrasta con la calidez con que ella me sostiene con su mano.

¡Y es que soy un paraguas con suerte aunque a veces me deprima!

 

Lídia Castro Navàs

Desafío 

El edificio se alzaba como un castillo a ojos de los que, nerviosos, se disponían a atravesar sus puertas. Tenían que superar una prueba para la que se habían preparado durante dos calurosos meses. Debían demostrar su astucia ante tal desafío, pues de ello dependía que pasasen de curso. Y es que los exámenes de septiembre son los más temibles para los estudiantes rezagados.

Lídia Castro Navàs