Avatar de Desconocido

Acerca de Lídia Castro Navàs

Te espero en Mi Blog, espacio de mis historias y otros devaneos

El secreto de la aldea

Me desperté en el bosque. Mi ropa estaba por completo ajada y me costó un buen rato recuperar la movilidad de mis articulaciones. La humedad de la noche lo estaba cubriendo todo y amenazaba por calar mi cuerpo entumecido, pero al contrario de lo que pudiera parecer, no sentía frío. Intenté ponerme en pie con mucha dificultad pero no fui capaz de alzarme. Mis piernas no respondían como de costumbre, así que después de múltiples intentos fallidos, decidí gatear.

 La oscuridad era total en la espesura del bosque, pero a pesar de eso, podía ver bastante bien. Supongo que mi vista se había acostumbrado a la negrura. Pero dudaba hacia dónde dirigirme. Por desgracia, estaba en una zona desconocida del bosque, no sabía cómo había llegado hasta allí, ni cuánto tiempo había transcurrido desde mi último recuerdo:

Era mediodía, mi madre me había mandado a por leña para la lumbre, pero me entretuve recogiendo unas bayas, tan dulces que hubiera sido un pecado dejarlas en la zarza.

 ¿Me habrían sentado mal las bayas? Mi abuela siempre me advertía de lo peligroso de consumir alimentos desconocidos en el bosque, como setas y otros hongos, pero había comido esas bayas otras veces, estaba seguro de ello, así que descarté esa idea.  

 Continué gateando sin rumbo. Me dolía la espalda una barbaridad. Intenté guiarme con las estrellas, tal y como mi padre me había enseñado en mi niñez, pero la espesura de los árboles me impedía ver bien el cielo. Necesitaba encontrar un claro para ubicarme y decidir mi dirección. Me costaba mirar hacia arriba, mi cuello me resultaba ajeno. Tenía una sensación cada vez más extraña.

 En ese momento, otro recuerdo me golpeó como un mazo en la cabeza. Recordaba haber visto un resplandor a lo lejos, que llegaba hasta mí a ras de suelo. Era una luz brillante y dorada, pero no procedía del sol, que estaba en su cénit a esa hora. Eso me desconcertó a la par que llamó mi atención. Quise averiguar de dónde venía y qué provocaba esa misteriosa luz. Pero a partir de ahí… no recordaba más.

 Seguí gateando con temor y me percaté de que mi olfato estaba muy sensible, era capaz de percibir cualquier olor que antes ignoraba: la tierra mojada, el rastro que unos ciervos habían dejado a su paso, el plumaje de un búho que dormitaba en su escondite. ¿Cómo era capaz de captar todo eso? Entonces, algo llamó mi atención. Un par de jabalís, haciendo gala de sus hábitos nocturnos, pastaban con tranquilidad. Otras veces había visto cochinos salvajes y sabía que podían ser peligrosos, pues no dudaban en hacer frente a los humanos e incluso habían matado a los perros de un cazador de mi aldea. Pero en cuanto cruzaron sus miradas con la mía, se fueron despavoridos. Eso sí que fue raro.

 Después de un largo trayecto sin rumbo, algo me pareció familiar. Eran las zarzas donde había recogido las bayas. Detrás de unos matorrales cercanos, vislumbré el destello de las antorchas de mi aldea. Me sentí aliviado.

 Vi a Samuel, el propietario del molino, haciendo guardia en lo alto de la improvisada almena que habíamos construido desde los últimos acontecimientos. Una bestia salvaje amenazaba a la población. Se decía que era un oso, pero no lo sabíamos con seguridad, pues nadie lo había visto nunca. Solo encontrábamos el rastro de muerte que dejaba a su paso. Había acabado con la vida de algunas ovejas y cabras. Su última víctima, un anciano que se vio sorprendido por la espalda, tal y como atestiguaban las marcas en su espinazo.

 La verdad es que había tenido suerte en mi odisea nocturna por el bosque. Seguro que mi madre estaría aterrada con mi desaparición.

 Cuando estuve a una distancia cercana a la almena quise avisar a Samuel de mi llegada. Pero de mi boca no salió nada inteligible, solo gruñidos. Unos gruñidos que atrajeron su mirada espantada hacia mí. Al instante, dio la voz de alarma. Empezó a tocar la campana de aviso con una fuerza inusitada.

 Todos los vecinos fueron apareciendo armados con hoces, horcas y antorchas. Entre ellos estaba mi padre. Sin mediar palabra, se abalanzaron hacia a mí y me atacaron cruelmente. Sentí tal perplejidad que ni siquiera intenté defenderme.

 Justo antes de exhalar mi último aliento de vida, se me reveló, como una epifanía, lo acontecido en el bosque en las horas previas:

 Había seguido la extraña luz dorada hasta toparme con una bestia salvaje: mitad oso, mitad humana, que había intentado matarme. Pero en el contacto de nuestros cuerpos, durante el forcejeo, mi alma, que se aferraba a la vida con la fuerza de un huracán, se había intercambiado por el alma de aquel monstruo que consiguió arrebatarme la vida. Recordaba perfectamente haber observado mi cuerpo inerte y mutilado tirado en el suelo. Entonces, impactado por encontrarme atrapado en el cuerpo de un ser monstruoso, me desvanecí.

Supongo que mi mente había olvidado esa parte del suceso, en un intento de protegerme, pero no pudo evitar mi fatídico final. 

Lídia Castro.

Si quieres escuchar este relato de la voz de Javier Matesanz, puedes hacerlo en su podcast «Páginas oscuras»:

Mi gran hazaña

Allí estaba yo, sintiendo la ingravidez y a punto de pasar por un aro gigante. Me encontraba rodeada de un silencio sepulcral. Todo el mundo estaba expectante a mis movimientos, conteniendo la respiración. Me sentía como una estrella brillando con luz propia, orgullosa de intentar una hazaña única.

Y así es como conseguí adentrarme por el anillo de Saturno por primera vez en la historia de una sonda espacial.

Lídia Castro Navàs

Hoy se cumplen veinte años del lanzamiento de la sonda Cassini para explorar la órbita de Saturno

Phlox salvaje 

Imagen sacada de la red.

Nací una noche de abril cerca de un frondoso bosque. En el cielo brillaban una multitud de estrellas que acompañaban a la luna en su máxima plenitud. La aureola rosada que envolvía el astro nocturno me otorgó el color. Pero no fue hasta el alba, con las primeras gotas de rocío sobre mis pétalos, cuando mi belleza fue visible en todo su esplendor.

Lídia Castro Navàs

Reto: Una gran historia 

En cuanto llegué a Marsella el Chef Castelle me esperaba en la estación. Su aspecto decrépito y desaliñado me impactó. Nada tenía que ver con las fotos que antaño llenaran las primeras planas de las revistas gastronómicas más prestigiosas. 

Aparté ese pensamiento de mi cabeza, pues por fin averiguaría el propósito de su demanda. Era algo que me inquietaba bastante, pues no entendía qué querría un gran chef venido a menos de mí, un humilde zapatero.

Lídia Castro Navàs

Esta entrada es la continuación de una historia a la que mi compañera Ana Centellas me ha retado a continuar. Para más información mirad en su blog: AQUÍ 

Por mi parte, reto a mi apreciado amigo Carlos a continuarla. 

Perspectivas

blog

En cuanto me vio en el suelo vino directo hacia mí. Me observó desde arriba unos segundos y se agachó hasta quedar a mi altura. Se acercó tanto, que pude ver incluso los pelos que le asomaban por la nariz. Entonces me alzó con todas sus fuerzas; sentí sus manos cálidas pero ásperas cogiendo mi frágil cuerpo. Con ese gesto me estaba condenando a morir y es que las flores no sobrevivimos mucho después de ser arrancadas.

@lidiacastro79

Licencia de Creative Commons

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

Viaje espacial

Screenshot_2016-03-15-21-39-56

Fuente: google imágenes

Mis asistentes me ayudan a ponerme el traje. Esta vez el compromiso es muy alto, pero llevo mis calzoncillos de la suerte y tengo el presentimiento de que la expedición a Júpiter será un éxito. ¡Vamos a ganar a esos malditos alienígenas!

— Doctor, el paciente ya tiene puesta la camisa de fuerza.

— Bien, llévenlo a la cámara de aislamiento.

@lidiacastro79

Entrada para paticipar en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac

Creative Commons License

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

Recuerdo indeleble

26994821_10214156266287863_252277079_n

Entré en la habitación y todos estaban reunidos. Unos, en pequeños grupos, hablaban en voz muy baja; otros, más apartados, tenían la mirada perdida y se mantenían en silencio. El sol de mayo se colaba por los balcones, pero su calidez apenas era perceptible. Y, entonces, la vi a ella: su tez pálida y la inexpresión de su rostro me impactaron. Estaba claro que ese cuerpo hinchado e inerte ya nada tenía que ver con mi abuela.

Lídia Castro Navàs