Aroma de regaliz

Empezaba el curso en un nuevo centro, en una nueva ciudad. Había aprobado las oposiciones de docente y me sentía feliz, aunque tantas novedades me inquietaban dada mi extrema sensibilidad.

La búsqueda de alojamiento fue toda una odisea; y pensar que a mi edad tendría que volver a compartir piso… Era como volver a mis tiempos en la facultad.

La mudanza, la convivencia con mis compañeras de piso, trabajar con el equipo docente… todo eso fue más fácil de lo que imaginé, solo me quedaba conocer a mi nuevo alumnado.

Al entrar en el aula todavía vacía, un inesperado aroma de regaliz me acarició el rostro. Cerré los ojos y alcé el mentón con la intención de retener el recuerdo que me evocaba. Ese aroma me transportó muy lejos de allí, atrás en el tiempo; un tiempo en el que yo me situaba detrás de uno de esos pupitres alineados y no frente a ellos. Un curso concreto en el que todo fue nuevo: el paso de primaria a secundaria, la llegada a un centro diferente, el volver a hacer amigas. Un año especial, en el que descubrí que esa sensibilidad que me caracterizaba no era una debilidad, y eso cambió mi vida para siempre. 

*** 

Se aproximaba el final del primer trimestre, justo antes de las vacaciones de Navidad, y en mi nuevo instituto se hacía una especie de juego llamado «amigo invisible». A cada uno nos tocaba un compañero o compañera a quien tendríamos que hacer un regalo el último día de clase. Pero, en los días previos, debíamos dejar pistas sobre quiénes éramos, sin ser demasiado evidentes, para causar expectación. Me pareció algo muy divertido, aunque me advirtieron de que no todo el mundo perdía su tiempo en hacer esas pistas.

Llegué a clase frotándome los ojos, en un intento por sacudirme el sueño de encima. Además, me tocaba matemáticas a primera hora y odiaba esa asignatura con todas mis fuerzas. No entendía nada, era como si mi mente no fuera capaz de traducir los números y su relación entre ellos. Era agotador. 

Me senté con desdén en mi sitio y al meter las manos en el cajón para sacar el libro, algo inusual captó mi atención: ¡Era una nota! Un pedacito de papel cuadriculado, manuscrito y muy bien doblado. Lo abrí como quien manipula una bomba a punto de estallar y lo leí con más atención de la que nunca pondría en los problemas de mates.

«Hola, soy tu amigo invisible y esta es la primera pista: Soy muy tímido. Espero que esta chuche te anime el día».

Volví a hurgar en el cajón y encontré un regaliz rojo, de los que van enrollados en sí  mismos formando una especie de espiral deliciosa. Esbocé una sonrisa tonta y me comí el dulce antes de que llegara la profe.

Al día siguiente, volví a encontrarme con otra nota y, de nuevo, iba acompañada de un regaliz rojo. La pista decía:

«Odio las mates y mi asignatura preferida son las ciencias sociales».

¡¿Y quién no odia las mates?!, me dije confirmando lo que yo misma pensaba. 

Cada mañana me levantaba con gran entusiasmo para leer las pistas de mi amigo invisible y comerme la chuche que nunca faltaba. Los pedacitos de papel olían a regaliz rojo y ese aroma había empezado a anidar en mi cajón y en todas las libretas y libros que estaban en él. 

Un día la nota llevaba un mensaje que se contradecía con el dulce aroma del regaliz rojo:

«No tengo amigos y siempre juego solo a la hora del recreo».

Esa confesión me hizo entristecer. 

¿Cómo una persona tan detallista podía no tener amigos? 

Entonces decidí romper las normas del juego y responder a su nota. 

Le escribí que yo sería su amiga. Si me decía dónde estaba a la hora del recreo iría y jugaría con él.

Ese mismo día, después de la agotadora clase de educación física y antes del descanso, me encontré con una respuesta:

«Siempre estoy en el ático del ala norte. Allí hay muy buenas vistas del recreo».

¿Qué demonios hacía en el ático? No nos dejaban subir allí. Y, además, ¿cómo había podido responderme si estábamos en el gimnasio?

Aparté esos pensamientos de mi mente, las ganas de saber quién era fueron más fuertes que las dudas. Así que cogí el bocata, el abrigo y me dirigí al ático. 

Subí todos los peldaños casi sin respirar —cuatro pisos—, era como si tuviera miedo incluso de pensar en lo que estaba haciendo, pues muy probablemente me acobardaría y daría media vuelta si me lo planteaba dos veces. Pero seguí adelante. Así llegué al último piso, hasta toparme con una puerta de madera muy envejecida que estaba medio abierta. La empujé con temor, sabiendo que estaba incumpliendo las normas, pero a la vez con una curiosidad demasiado tentadora para dejarla pasar. ¿Quién sería mi «amigo invisible»?

El ático hacía a sus veces de almacén, con lo que estaba lleno de cajas y trastos viejos. Al fondo había unas ventanas con los cristales muy sucios, me acerqué a ellas y, efectivamente, daban al patio. Mientras estaba asomada mirando hacia abajo, una voz a mi espalda me sobresaltó.

—Gracias por venir —me dijo él con vergüenza.

De forma instintiva me giré, pero no había nadie. 

—¿Por qué te escondes?

—No sé… Es que nadie excepto tú me había hecho caso.

—No seas tonto. Quiero verte.

—¿Me prometes no salir corriendo?

—¿Por qué tendría que salir corriendo? 

Al tiempo que decía eso, una figura apareció frente a los pupitres antiguos que se apilaban en un rincón. Desde luego, no era un compañero de mi clase. Se trataba de un niño muy delgado y el color morado de sus ojeras destacaba sobre su tez grisácea. Su vestimenta me recordó a los uniformes que antaño habían llevado los alumnos de los colegios privados. Además, su perfil estaba difuminado, como si una fina niebla lo envolviese, como si no fuera tangible, real.

Solo entonces fui consciente de lo que estaba ocurriendo: mi «amigo invisible» era un espíritu y yo tenía un don.

Lídia Castro Navàs.

El día que me encontré con mi doble

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte… ¿Te imaginas encontrarte con tu doble por casualidad? En la calle, mientras cruzas un paso de peatones  de camino a algún lado y, de repente, ahí está, atravesando la misma calle en sentido contrario. Os miráis. Primero de forma casual, después vuestras miradas se sostienen más allá de lo socialmente permitido; incluso giráis el cuello cuando ya no os es posible seguir mirando de frente.

¿Le diríais algo? Yo, sí. No creo que dejara escapar esa oportunidad única. ¡Es mi doble! Somos iguales físicamente e incluso compartimos algo a nivel psicológico ¿no? En ese caso, me caería bien, seguro. Y no es una cuestión de pedantería, es que creo que os pasaría a todos. Y si hay alguien que no se cae bien así mismo, que vaya pidiendo hora a un terapeuta porque seguro que tiene algún trauma personal por resolver.

Pues resulta, que esto es lo que pensaba hasta hace un par de semanas, cuando me encontré con mi doble en una calle principal y muy concurrida de Madrid. Era mi primera vez en la capital y, por supuesto, aproveché la ocasión para confundirme con el resto de turistas que visitan la ciudad. Fui a la plaza del Sol, paseé por la calle Preciados hasta la plaza Callao, hice una foto al cartel de la Schwe… (ups, no sé si está bien incluir marcas comerciales, mejor lo voy a omitir); la lluvia me acompañó por mi visita al Parque del Retiro, donde me refugié en el delicado Palacio de Cristal; dediqué buena parte de mi tiempo a deleitarme con el arte que se encuentra en el Museo del Prado… En fin, ¡lo más típico!

Cuando iba camino de la Puerta de Alcalá, mientras estaba parada en uno de los numerosos pasos de peatones con semáforo, me fijé en una chica al otro lado de la calle. Llevaba un gorro de lana muy molón. A mí me gustan mucho los gorritos y con el frío que hacía me hubiera ido genial tener uno. Fue por eso que me fijé en ella, por el gorro en forma de boina, de color granate y blanco. Después de admirar el susodicho gorro trasladé mi mirada a su cara y me sorprendió descubrir un parecido asombroso a mí misma: tez morena, grandes ojos pardos, pómulos prominentes, barbilla afilada, pelo castaño y corto, escondido bajo el gorro, solo el flequillo liso quedaba a la vista. Era mi viva imagen.

Ella no pareció percatarse de mi mirada descarada pues seguía hablando animadamente con su acompañante: un joven un tanto rechoncho que cargaba con la funda de un instrumento de música; muy probablemente, una guitarra. Ella llevaba las manos libres y no paraba de gesticular, algo que yo suelo hacer mucho. Solo colgaba de su hombro derecho un bolso de piel oscuro.

Pensé que quizá formaban parte de un mismo grupo musical en el que ella era la vocal. Siempre me ha gustado cantar, aunque solo lo hago en el coche o en la ducha. Pero por cuestión de unas afonías tuve que visitar a una terapeuta de esas que tratan los trastornos en la voz, y me comentó que valdría para cantante. Fue halagador saberlo, pero no me sirvió de nada, pues mi trabajo de analista de datos no tiene mucho que ver con cantar, de hecho casi no uso mi voz en toda mi jornada laboral.

Bien, volvamos a mi doble. En ese momento, todo pasó muy deprisa. Un alud de pensamientos desbordaron mi mente. ¿Sería verdad? ¿Era mi doble o solo lo parecía? ¿Debía hablarle? Tal vez, ¿llamar su atención? ¿Acercarme a ella?

Yo estaba enfrascada en mis pensamientos, que repiqueteaban en mi mente como cientos de martillos, cuando el semáforo se puso en verde y todo aquel que esperaba quieto, empezó a moverse. Aquella chica y su acompañante, también. Venían hacia mí, no exactamente de frente, sino por mi derecha y yo seguía parada. De repente, todo el frío que sentía minutos antes se desvaneció y mis manos empezaron incluso a sudar… ¿Qué debía hacer?

Pues bien, fue tal mi estupefacción, que me quedé petrificada. No pude moverme, ni articular palabra. ¡Todo pasó rapidísimo y no supe reaccionar! Perdí la oportunidad de cerciorarme si era mi doble o solo habían sido imaginaciones mías. No creo que se vuelva a repetir esa situación una segunda vez, así que mi consejo es: ¡Si crees haber encontrado a tu doble, no dejes pasar la oportunidad!

Lídia Castro Navàs

Entrada para participar en el Reto «Móntame una escena» del blog Literautas.

Sin aliento

Salgo de allí corriendo. No podía aguantar más su tono de voz. Mi respiración es entrecortada y el sudor está empapando mi espalda cuando alcanzo la puerta giratoria; nunca me había percatado de lo lento que va el dichoso mecanismo. Apoyo las manos en el cristal para hacer presión y que gire más rápido, pero desisto en cuanto veo al de seguridad mirándome con cara de pocos amigos.

Cruzo la avenida a toda prisa y sin mirar atrás. Necesito recuperar el aliento, así que me refugio en un callejón. Saco mi móvil del bolsillo, tengo una llamada perdida de hace poco. En plena discusión acalorada ni siquiera he escuchado el sonido. Aunque era imposible que escuchara otra cosa que no fueran los gritos que vertía sobre mí el cretino de mi jefe. Yo tampoco me he quedado corta. Le he dicho todo lo que llevaba dentro y lo había estado guardando durante largo tiempo, así que me ha salido todo a borbotones y sin freno.

Todo se remonta a hace dos meses, cuando me encargó que cubriera la noticia sobre un asesinato que tuvo mucho revuelo mediático. Seguí el curso de la investigación a conciencia e invirtiendo más horas de las debidas, entrevisté a todas las personas relacionadas con el asunto e incluso me hice con información privilegiada sobre el caso, gracias a que el investigador al mando de la operación está coladito por mí y con un poco de coqueteo no me fue difícil sonsacarle cierta información clasificada. El caso quedó sin resolver: se encontró el cuerpo, se halló el arma homicida, se determinó la causa de la muerte,… pero no dieron con el culpable. Aun así, mi artículo quedó perfecto y ese día nuestro periódico fue el más leído de la ciudad.

Entonces, ayer se encontró otro cuerpo y mi “informador predilecto” (a quien, por cierto, he decidido dar una oportunidad dejando que me invite a cenar el sábado), me dijo que la forma de la muerte era sospechosamente similar que en el caso anterior. Todo apunta a que se trata de un asesino en serie. La noticia tenía que ser mía, era lo más obvio. ¡Pues, no! Resulta que mi jefe cree que estoy demasiado implicada con el caso y que además, ha escuchado rumores sobre que tengo un lío con un detective y eso da mala imagen para el periódico. “La reputación del periódico es lo primero”. No ha parado de repetir hace un momento. ¿Qué? ¿Y él se incluye en esa reputación? Porque resulta que está felizmente casado, pero tuvo una aventura con su secretaria que fue un escándalo. Y hace apenas tres semanas me hizo proposiciones indecentes, que yo rechacé, claro. ¿O es que él no cuenta a la hora de salvaguardar la honra del periódico?

En fin, no se debió tomar bien que le rechazara entonces y ha aprovechado la ocasión para vengarse y echarme. Pero yo le he querido dejar un recuerdo… Antes de irme corriendo de allí, le he partido la ceja con el libro de recetas de mi difunta abuela que tenía guardado en la oficina. Es lo único que me he llevado con las prisas. Creo que ahora voy a tener más tiempo para cocinar.

Lídia Castro Navàs

 

Aroma de coco

Cuando despertó, todavía estaba allí. Tenía los ojos aún cerrados pero percibió el inconfundible aroma de su piel. Yacían desnudos, cubiertos solo en parte, por una sábana de lino blanca. Dormían de lado y él tenía su rostro casi rozando la sensual espalda de su compañera. Inspiró profundamente: olía a coco. Ese era el aroma que desprendía su morena y tersa piel. Normalmente, su dermis era más bien rosada, aunque en verano adquiría ese tono bronceado que tanto le atraía. Alargó los dedos con sumo cuidado y la acarició suavemente. Su tacto se le antojó ardiente y por un momento tuvo el impulso de abrazarla entera, pero se frenó para dejarla descansar y así admirarla mientras dormía. Era la primera vez que podía hacerlo y lo estaba deseando.

Las curvas de su cuerpo se veían pronunciadas dada la posición. Su brazo derecho reposaba en el costado y la mano le caía hacia adelante en la zona de la cadera. La línea de la columna se le marcaba ligeramente a lo largo del dorso. Él la ascendió con la mirada, hasta toparse con un pequeño tatuaje que se mostraba en su hombro derecho. Sus rizos rojizos caían por su cuello de forma desordenada. Le encantaba juguetear con ellos cuando tenía ocasión, por eso puso el dedo índice en el interior de un bucle, sin llegar siquiera a tocarla. Ella no siempre se lo permitía. De hecho, no le gustaba demasiado que le palparan el cabello. Del carnoso lóbulo de su oreja colgaba una libélula plateada. Eran sus pendientes especiales, decía ella.

Esa noche había sido, sin duda, especial.

Encima de la mesilla todavía estaban la botella de cava vacía y el bol que había contenido unas exquisitas fresas. De debajo del bol asomaba el billete de avión que él había cogido sin pensarlo dos veces, para darle una sorpresa.

¡Y vaya si la había sorprendido!

Mientras rememoraba esos instantes, de repente, ella inspiró profundamente y, a la vez que exhalaba, se giró hacia él. Pudo observar cómo sus perfiladas pestañas se entreabrían y dejaban al descubierto esos ojos castaños, con matices dorados, que tanto le gustaban.

−Buenos días −dijo ella al tiempo que una adorable sonrisa se dibujaba en sus labios.

Estiró los brazos hacia él, hundió el sonrojado rostro en su pecho y se fundieron en un abrazo cálido y tierno. Se quedaron así, entrelazados, en silencio, disfrutando de su primer despertar juntos.

Lídia Castro Navàs

Entrada para participar en el reto Inventízate del blog: El libro del escritor.

Un golpe afortunado

Caminaba por la angosta calle empedrada. Mis pies, enfundados en unas botas, luchaban por no resbalar. Eran casi las cuatro de la tarde pero la luz del día ya se apagaba, además una cortina de lluvia perturbaba mi visión. Sin poder evitarlo, me golpeé la pierna con un saliente. Me desestabilicé y mi tobillo se dobló por completo.

Las costuras de mi impermeable cedieron y dejaron mi espalda empapada. Por suerte, ya llegaba a casa. Abrí la puerta del zaguán y me despojé de todo lo que me cubría. Entré en casa y me estremecí al sentir la calidez del fuego. Acerqué mis ajadas manos a la chimenea y observé con atención la pierna dañada. Un morado asomaba en mi espinilla. Y en el tobillo había aparecido un bulto del tamaño de un huevo. Fui a por unos cubitos de hielo para bajar la inflamación, pero no tenía. Olvidaba que la casa carecía de congelador, solo tenía una nevera de pequeño tamaño. Con el clima del lugar, se conservaba todo perfectamente sin necesidad siquiera de refrigeración.

Empezaba a sentir un dolor agudo, así que busqué un analgésico.

-—¡Maldición! —bramé.

Solo encontré un blíster vacío dentro de su caja de cartón. No era muy partidaria de tomar medicinas, pero en ese momento hubiera pagado cualquier cosa por un ibuprofeno —o por una bolsa de guisantes congelados—. El dolor era tal, que ya no podía apoyar siquiera las puntas de los dedos en el suelo.

Vivía en ese pueblecito pesquero, aislado de la civilización, desde hacía tres meses, cuando decidí cambiar mi vida por completo. En ese momento, me pareció una mala decisión. Afortunadamente, mi vecina, la que remendaba las redes en el puerto, me había dicho que el boticario solía hacer visitas a domicilio si era necesario. A falta de un médico cercano, era una buena alternativa. Lo llamé. Una cándida voz de anciano me respondió y me dijo que en seguida mandaba a su aprendiz a traerme una pomada, que seguro aliviaría mi torcedura.

Al cabo de unos treinta minutos, que se me antojaron eternos, alguien llamó a la puerta. Ya vestida con mis mejores ropas de franela, abrí y me topé con un joven empapado que sostenía una bolsa. Por su altura y robustez deduje que era o había sido militar. Le hice pasar y le presté una toalla. Se ofreció a reconocerme el tobillo; había estudiado primeros auxilios en su paso por la marina. Sus grandes manos cogieron con extrema delicadeza mi tobillo. Su tacto era cálido y agradable. Me estremecí y aparté la mirada avergonzada, esperando que no se diera cuenta. Me untó la pomada y se puso en pie con la intención vacilante de marcharse.

Era la primera vez en mucho tiempo que agradecí la compañía de alguien. Deseaba que se quedara más, pero era incapaz de pedírselo.

Cuando se dirigía a la puerta, la tetera empezó a pitar.

¿Te apetece un té? —dije sin pensar.

—Claro —respondió con una sonrisa.

Lídia Castro Navàs

Perdido en sus recuerdos

El anciano encontró las llaves en la caja metálica donde guardaba las galletas danesas que tanto le gustaban. No recordaba haberlas dejado ahí, no era el sitio habitual, pero últimamente su memoria tenía muchas lagunas.

—¡Qué terribles los estragos de la edad! —suspiró mientras se dejaba caer en su sillón, con cuidado de no forzar demasiado sus frágiles rodillas.

Se avergonzaba al reconocer que no sabía qué había tomado para desayunar ese mismo día. Sin embargo, era capaz de recordar perfectamente el olor del ambiente, el día en que vivió su primer bombardeo. Tan solo tenía diez años cuando estalló la guerra, pero aún tenía presente ese fatídico día cuando los aviones enemigos bombardearon su pueblo.

Las sirenas empezaron a sonar de forma atronadora. Corrí y corrí. No paré hasta llegar al refugio antiaéreo que se encontraba al final de una calle, excavado directamente en la roca. La entrada era pequeña y abovedada, igual que el resto del espacio: un largo pasillo, no muy ancho, bastante bajo de techo y con el suelo de tierra. Yo mismo había colaborado en las tareas de construcción. Con ayuda de una carretilla, transporté las piedras de la voladura de la montaña. Así fue como consiguieron perforar la roca. Luego, se vació de escombros y el espacio resultante se acondicionó mínimamente. Unas banquetas en hilera aguardaban en el lado izquierdo, mientras que en el derecho, colgaban de la pared, de forma improvisada, algunas bombillas que parpadeaban al son de las sirenas.

El polvo suspendido en el aire dificultaba la respiración, aunque allí dentro, la manteníamos contenida. Parecía como si todo el mundo la aguantara, para que el peligro pasara más rápido. Del mismo modo, el silencio era casi sepulcral. Solo se escuchaba el ruido exterior. Y las miradas llenas de pánico, en las caras de la gente, ponían los pelos de punta.

Polvo, humedad y miedo. Ese era el olor del ambiente que se podía respirar en el refugio. Un olor que no era fácil de olvidar por muchos años que pasaran…

El anciano abrió los ojos. Por un momento, había perdido la noción del tiempo. Se sentía un poco aturdido. Estaba sentado en su mullido sillón orejero y en sus manos tenía unas llaves. Desgraciadamente, no recordaba qué abrían, ni qué iba a hacer con ellas. Así que se quedó sentado, mirando a la nada y volvió a perderse en sus recuerdos.

Lídia Castro Navàs


Relato basado en hechos reales vividos por mi abuelo durante la Guerra Civil española.

En el museo

Robert estaba haciendo su ronda por el museo. Como de costumbre, intentaba no estarse quieto en el lateral de una sala o sentado en un rincón de una de las galerías. Recorría todo el museo durante su larga jornada. Se conocía cada pieza expuesta, cada cuadro colgado. El museo era su segunda casa.

Por circunstancias de la vida, él no había tenido la posibilidad de estudiar más allá de la educación básica obligatoria, aunque era una persona inquieta y con ganas de aprender. Por suerte, el destino le brindó la oportunidad de trabajar rodeado de cultura y eso satisfacía sus ansias de conocimiento.  

Le gustaba escuchar las explicaciones de los guías que acompañaban a los grupos de turistas o escolares. Y, cuando su tiempo libre se lo permitía, leía acerca de las obras y los autores que más le llamaban la atención.

Lo que más ilusión le hacía era cuando llegaba al museo una exposición itinerante, ya que así ampliaba su horizonte cultural. Y hoy estaba especialmente excitado pues se iba a inaugurar una nueva exhibición temporal de la temática que más le atraía: el antiguo Egipto. Se trataba de una muestra sobre el mundo de la muerte y estaba compuesta por sarcófagos finamente decorados, ricas y diversas piezas de ajuar y momias —¡momias de verdad, con sus vendas y todo!—. Nunca había tenido la oportunidad de ver momias de tan cerca, así que su exaltación era justificada.

Antes de la apertura de las puertas al público, quiso recorrer el espacio, aún vacío de visitantes, y contemplar con tranquilidad todos los objetos exquisitamente dispuestos en las vitrinas. Cada pieza iba acompañada de un cartelito explicativo con su procedencia, antigüedad, uso… Estaba admirando unos ungüentarios de alabastro muy atentamente, cuando notó que sus pies pisaban algo poco habitual en el suelo de mármol del museo. Arena. Su mirada se trasladó al suelo y extrañado pudo ver que una fina capa de arena dorada cubría el pavimento. Instintivamente llevó su mano hasta la arena, que parecía proceder del desierto, y en cuanto las yemas de sus dedos entraron en contacto con ella, todo se desvaneció.

Cuando intentó abrir los ojos, quedó cegado por la intensidad de la luz del mediodía. Se encontraba tumbado en un suelo polvoriento y se sentía aturdido. ¿Acaso se había desmayado? El ambiente que se respiraba era seco y extremadamente cálido. Soplaba un fuerte viento que presagiaba una tormenta de arena.

Con un gran esfuerzo se incorporó y, cuando sus pupilas se acostumbraron a la claridad, empezó a percibir lo que le rodeaba: solo podía ver montones de arena dorada y un inmenso cielo azul presidido por un imponente sol.

¿Dónde estaba? Una idea cruzó su mente como un rayo. ¡No podía ser! Se levantó y pudo ver la entrada a lo que parecía un túmulo. Quiso resguardarse del abrasador sol y del molesto viento, así que descendió por la rampa que daba acceso a una antecámara de paredes de piedra, repletas de inscripciones muy coloridas, como si estuvieran recién hechas. No tenía ninguna duda, los relieves no eran sino, jeroglíficos, y el lugar donde se encontraba, tenía que ser una tumba aún sin usar.

Escuchó ruido de pasos y el pánico se apoderó de él. Se escondió en la cámara anexa, donde un gran sarcófago de piedra ocupaba gran parte del espacio. La tapa del sepulcro reposaba en el suelo y el interior estaba vacío. Desde donde estaba, vio cómo un grupo de hombres, vestidos con taparrabos blancos, y completamente rapados, transportaban objetos de uso cotidiano y los iban depositando en la antesala. Debían ser piezas de un ajuar mortuorio. A Robert le sobrevino un pavor incontrolable y empezó a temblar. ¡Estaba en el antiguo Egipto! Se agachó en una esquina y se quedó paralizado, sin saber qué hacer. Entonces, al posar sus manos sobre el suelo, sin esperarlo, todo se volvió a desvanecer.

Mike, el cartero del museo, lo hizo volver en sí dándole unas palmaditas en la cara.

—¡Despierta, tío! Te has desmayado… —dijo con su particular voz de loro. Su habla se asemejaba a la de un loro de esos que aprenden a hablar. Muy gutural y chillona.

Robert estaba tumbado en el frío suelo del museo. Por suerte, no se encontraba en el antiguo Egipto, pero… ¿había estado realmente allí?

Lídia Castro Navàs

No es otro cuento

Después de incontables y sombrías noches, solo iluminada por las estrellas o por la titubeante luz de unas velas, volvía a admirar la muerte del sol en el horizonte. El cielo se iba tiñendo de rojo muy lentamente y provocaba cambios de tonalidades en todo el paisaje circundante. Habían pasado ya dieciocho años desde que nací un soleado día de primavera.

Desde entonces me encontraba encerrada entre esos muros de piedra gris. Con una única ventana que me ofrecía vistas del desconocido exterior. No conocía otra realidad. Me habían hecho creer que ese era mi sino. Y lo acepté al principio, pero llegó un día en que desperté del sueño que me tenía presa.

Estaba sola en mis aposentos, como de costumbre. Un gran espacio ocupado únicamente por una enorme cama con dosel, una mesa de costura, una silla y un armario, todo de roble.

Ocupaba mi desidioso tiempo cosiendo a la luz de las candelas, cuando, cierta noche, un ruido en el exterior captó mi atención. Dejé la aguja clavada en el bastidor circular, donde estaba bordando un pañuelo con una flor de lis, y me acerqué temerosa a la ventana. Posé las manos en la fría y dura repisa y dirigí mi mirada hacia abajo, de donde había procedido el extraño ruido.

Entonces, entre tanta oscuridad, pude ver algo que resplandecía con la fuerza de tres soles. Era un caballo blanco, que inquieto relinchaba bajo mi ventana.

Era tan hermoso y transmitía tanta fuerza, que en seguida ansié poder alcanzarlo y encima de su lomo cabalgar lejos de mi prisión. Fue tal el anhelo, que estiré los brazos todo lo que pude e incliné mi figura hacia adelante para ver si podía siquiera rozarlo. Pero el contrapeso de mi cuerpo, enfundado en un pesado vestido de terciopelo azul con enaguas y faldones, me hizo perder el equilibrio y precipitarme al vacío.

El golpe que me propiné fue seco, aunque no tan fuerte como esperaba, pues en seguida llegué al suelo, como si la caída hubiera sido de unos pocos centímetros. El terreno no estaba cubierto de hierba, ni siquiera pude notar la humedad de la tierra.

Abrí los ojos, que extrañamente sentía legañosos. La alfombra multicolor sobre la que caí se me antojó muy mullida. Me incorporé y llevaba el pijama de franela hecho girones. Acababa de caer de la cama, pero no de una con dosel y con un gran cabezal de roble, sino de una litera metálica que compartía con mi hermana.

—¡Vaya! Es la segunda vez esta semana —reconocí con vergüenza.

Lídia Castro Navàs

En un día primaveral

Me encontraba dormitando dentro del acogedor tronco del árbol que me daba cobijo. Se trataba de un roble robusto y viejo. Más vetusto que mi propia y longeva existencia. Era mi hogar desde hacía tanto, que ya no podía acordarme de la primera vez que lo habité. Nos cuidábamos y protegíamos mutuamente. Como dríade, me deleitaba con esa función que me había tocado asumir y ya no podía imaginar mi vida realizando otra tarea que no fuera esa. Mi historia en particular no era merecedora de mención, pero, en cambio, las memorias de mis antepasadas eran dignas de llenar las crónicas más célebres. Algunas de mis antecesoras vivieron en el Jardín de las Hespérides, y una de ellas era la encargada de proteger y cuidar del manzano de frutos dorados. Me enorgullecía enormemente poder afirmar que mi existencia estaba ligada a aquella dríade en particular.

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Dríade, Evelyn de Morgan

Y volvía a sonar la música a lo lejos. Ese tipo de música animada que hace que los pies se muevan solos y el corazón dé saltos de alegría. La melodía interrumpió mis pensamientos. Poco a poco, se fue aproximando y haciéndose cada vez más audible. Salí del tronco lentamente, desperezándome, para ver a qué se debía tanta algarabía; aunque ya imaginaba quién podía ser…

Era Apolo, que se acercaba con su séquito de ninfas danzarinas revoloteando a su alrededor. Apolo siempre hacía honor a su cargo como dios de la música y de la belleza y de forma constante iba acompañado de ambas.

Iban danzando y en sus manos sostenían copas que contenían un elixir de tonalidad borgoña. Se trataba de vino que Dionisos repartía entre sus más allegados y que tenía unos efectos desinhibidores en cualquiera que se lo llevaba a la boca. Los vaporosos vestidos de las ninfas se mantenían como suspendidos en el aire al compás de sus gráciles movimientos. Y sus risas, contagiosas en desmesura, me obligaron a unirme a su júbilo de forma irremediable.

Entre el séquito que acompañaba al dios había muy buenas amigas mías, ninfas como yo, aunque con ocupaciones muy diversas. Algunas habitaban en fuentes de agua dulce, donde procuraban que los sedientos caminantes saciaran su sed. Otras residían en las montañas y grutas cerca del mar, lugares que custodiaban con complacencia, a la espera de poder refugiar a algún marinero extraviado. También solían acompañar a Apolo las nueve hermanas musas, ninfas de la inspiración. Cada una de ellas infundía la motivación necesaria a artistas en muy diversos ámbitos como la poesía, el teatro, la pintura o la historia.

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Hylas y las ninfas, John William Waterhouse

Todas ellas descuidaban por un tiempo sus labores para poder disfrutar de la compañía del dios y dejar fluir todos sus sentidos a través de la danza y la música. Esa mañana soleada de abril me uní a ellas. La primavera empezaba a despuntar y el bosque se estaba llenando de vida. En los nidos, que se sostenían en las copas de algunos árboles, ya asomaban los picos de hambrientos polluelos que reclamaban alimento. Los capullos comenzaban a abrirse y a llenar de colores y perfume las zonas bajas gracias a la influencia de Flora, la diosa de las flores. Incluso se podían intuir los preciados frutos que pronto llenarían las ramas de los árboles frutales.

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Flora y los céfiros, John William Waterhouse

Me dejé fluir por el ritmo de la música y por el cálido tacto del sol sobre mi blanquecina piel. Saboree el delicioso aroma de la ambrosía que llenaba mi copa dorada y dancé como si no existiera un mañana…

@lidiacastro79

En el callejón

Las pruebas

Dormía profundamente cuando mi móvil empezó a vibrar encima de la mesilla de noche. Un nuevo cadáver había sido encontrado. No me dieron más datos, pues ya sabían que no me gustaba hacerme ideas preconcebidas. Prefería basarme únicamente en la información que me proporcionaban las pruebas. Estas nunca mienten.

La escena del crimen era un callejón sin salida, pestilente y húmedo, en el otro extremo de la ciudad. Cuando traspasé el cordón policial, pude ver que al fondo había un muro, no muy alto, de ladrillos rojizos a la vista. “Un buen sitio por donde huir y no ser visto”, pensé. A mano derecha había un grupo de contenedores grandes y metálicos, llenos de sacos de basura negros. Algunos estaban destripados, seguramente por algún gato callejero en busca de alimento. A mano izquierda se amontonaban unas cajas de cartón dispuestas a modo de refugio. Era obvio que allí había malvivido alguien hasta hacía poco.

Justo en medio, entre los contenedores y los cartones, se encontraba el cuerpo retorcido de un joven. No tendría más de treinta años, de estatura media, aunque se le veía bastante escuálido. Pelo moreno desaliñado, barba de unas cuantas semanas y unos tatuajes tribales le asomaban por el cuello de su camisa de cuadros. Completaban su atuendo unos vaqueros raídos y una botas de ante marrón desgastadas.

La policía, que había analizado el escenario antes de mi llegada, encontró un cuchillo de cocina, con una hoja de unos quince cm, con restos de sangre. No sabía si se trataba del arma del crimen, pues a simple vista, no se podía observar ninguna herida o marca en el cuerpo del chico, aunque eso lo comprobaría enseguida en el laboratorio forense.

Una vez con el cuerpo del difunto reposando encima de la mesa metálica, pude observar con detenimiento cada recoveco. En un bolsillo de su pantalón había unas cuantas monedas, una caja de cerillas usada y algo más que llamó mi atención: un trozo de papel, delicadamente doblado, pero sin nada escrito. ¿Por qué guardaría con tanto mimo un pedazo de papel en blanco?

Cuando el cadáver ya estaba desnudo, comprobé que debajo de sus uñas había restos de tejido, así que tomé una muestra para saber la procedencia. Seguí con el examen superficial del cuerpo y encontré una erupción tópica en la cara interna del brazo derecho. ¿Sería fruto de una alergia? ¿una picadura? ¿una intoxicación? No lo sabía con certeza. Tendría que esperar a los resultados del frotis que mandaría a toxicología.

Finalmente, después de analizar el contenido de su estómago, pude obtener otra prueba: un hueso aún no disuelto. Lo mandé a la antropóloga forense para que determinara a qué especie animal pertenecía.

En total disponía de cuatro pruebas:

1- Sangre, procedente del cuchillo.

2- Un papel, aparentemente, en blanco.

3- Tejido, encontrado debajo de sus uñas.

4- Resto óseo, que estaba entre el contenido de su estómago.

Sin olvidar la erupción del brazo, de origen desconocido, que podía también tener relación con la muerte.

Necesitaba encontrar el nexo común entre todas las pruebas. Eso me permitiría resolver el crimen. Pero… ¿por dónde debía empezar?

Los resultados

Estaba desesperado e impaciente por obtener los resultados de las pruebas y la desazón llenaba mis horas. No podía aguantar tal exasperación, así que me dirigí al laboratorio para ver cómo avanzaban las investigaciones.

Sobre el cuchillo, ya habíamos descartado que fuera el arma del crimen, puesto que en el cadáver no había incisión alguna. Aun así, lo hice analizar. El Dr. Philips, el hematólogo, me informó que en el análisis de la muestra, había observado células sanguíneas nucleadas, cosa que evidenciaba que la sangre no era humana.

“Interesante dato”, pensé. Dejé de lado el cuchillo, pues de momento no veía una relación directa con la muerte.

La muestra de tejido que extraje de debajo de las uñas de la víctima estaba en poder de la históloga, la Dra. Franklin. Mujer de carácter fuerte pero de gran corazón. Ella me explicó que había comparado la muestra con su base de datos y podía asegurar que era tejido epitelial cutáneo de tipo humano.

—Así que, piel humana  —musité.

—Sí, pero coincide con la muestra procedente de la erupción cutánea del difunto.

—O sea, que podemos descartar que perteneciera al presunto asesino.

—Así es. Seguramente la víctima se rascó la erupción con tal fuerza, que la piel se le desprendió, quedándose bajo sus uñas.

Con esa información, se desvanecía la hipótesis de que la víctima se defendiera de un hipotético ataque violento.

La siguiente prueba me llevó a ver a la antropóloga forense, la Dra. Brennan. Una persona especial. Rara, más bien. De profundos ojos verdes y una mirada felina que hacía que te sintieras intimidado en su presencia. Ella había comprobado el tamaño y la forma del hueso encontrado entre el contenido del estómago del difunto. Afirmó, con aquella seguridad que la caracteriza, que el hueso pertenecía a un pequeño mamífero roedor.

—¿Un conejo? —pregunté.

—Le mandé la muestra a la Dra. Franklin y confirmó que las células del hueso coincidían con los de una cola de ratón -dijo ella sin levantar la mirada del microscopio.

— ¡¿Un ratón?! Puaj. —Sentí una arcada.

Aún me quedaba el papel aparentemente en blanco. Lo había enviado al departamento químico, quienes estaban muy habituados a descubrir la presencia de mensajes ocultos hechos con tinta invisible. El departamento en cuestión estaba dirigido por dos hermanos gemelos un poco excéntricos. Las malas lenguas decían que los vapores que inhalaban al realizar sus pruebas les perturban el entendimiento.

Los Drs. Smoke realizaron dos pruebas al papel: en la primera, lo rociaron con hidróxido sódico, en busca de algún rastro de fenolftaleína. Pero los resultados fueron negativos. En segundo lugar, creyendo que la víctima había podido escribir algo usando zumo de limón, aplicaron calor al papel, con lo que apareció un mensaje: “Tengo mucha hambre. Estoy harto de los ratones. No me encuentro bien».

Ante aquella misiva tuve una corazonada. Pedí que buscaran en el difunto restos de alguna sustancia tóxica. Mientras, yo mismo fui de nuevo a la escena del crimen. Quería ver si encontraba una cosa. Y, efectivamente, entre los dos contenedores hallé una bolsita de plástico que contenía unas bolitas de color rosado. ¡Lo tenía!

Horas después volví al laboratorio. Con satisfacción pude comprobar que en el organismo del difunto se hallaron restos de rodenticidas anticoagulantes, warfarina y bromadiolona. Que coincidían con las sustancias que componían el matarratas que yo mismo había encontrado en el callejón.

Todo sugería que el difunto, ante la posibilidad de morir por inanición, optó por consumir ratones que encontraba fácilmente en el callejón. La mala fortuna hizo que comiera un ejemplar que había consumido matarratas previamente, con lo que se envenenó a sí mismo. Resultaba que, al final, no había sido un asesinato, sino una muerte accidental.

¡Otro caso resuelto gracias al análisis de las pruebas!

Lídia Castro Navàs