En el callejón

Las pruebas

Dormía profundamente cuando mi móvil empezó a vibrar encima de la mesilla de noche. Un nuevo cadáver había sido encontrado. No me dieron más datos, pues ya sabían que no me gustaba hacerme ideas preconcebidas. Prefería basarme únicamente en la información que me proporcionaban las pruebas. Estas nunca mienten.

La escena del crimen era un callejón sin salida, pestilente y húmedo, en el otro extremo de la ciudad. Cuando traspasé el cordón policial, pude ver que al fondo había un muro, no muy alto, de ladrillos rojizos a la vista. “Un buen sitio por donde huir y no ser visto”, pensé. A mano derecha había un grupo de contenedores grandes y metálicos, llenos de sacos de basura negros. Algunos estaban destripados, seguramente por algún gato callejero en busca de alimento. A mano izquierda se amontonaban unas cajas de cartón dispuestas a modo de refugio. Era obvio que allí había malvivido alguien hasta hacía poco.

Justo en medio, entre los contenedores y los cartones, se encontraba el cuerpo retorcido de un joven. No tendría más de treinta años, de estatura media, aunque se le veía bastante escuálido. Pelo moreno desaliñado, barba de unas cuantas semanas y unos tatuajes tribales le asomaban por el cuello de su camisa de cuadros. Completaban su atuendo unos vaqueros raídos y una botas de ante marrón desgastadas.

La policía, que había analizado el escenario antes de mi llegada, encontró un cuchillo de cocina, con una hoja de unos quince cm, con restos de sangre. No sabía si se trataba del arma del crimen, pues a simple vista, no se podía observar ninguna herida o marca en el cuerpo del chico, aunque eso lo comprobaría enseguida en el laboratorio forense.

Una vez con el cuerpo del difunto reposando encima de la mesa metálica, pude observar con detenimiento cada recoveco. En un bolsillo de su pantalón había unas cuantas monedas, una caja de cerillas usada y algo más que llamó mi atención: un trozo de papel, delicadamente doblado, pero sin nada escrito. ¿Por qué guardaría con tanto mimo un pedazo de papel en blanco?

Cuando el cadáver ya estaba desnudo, comprobé que debajo de sus uñas había restos de tejido, así que tomé una muestra para saber la procedencia. Seguí con el examen superficial del cuerpo y encontré una erupción tópica en la cara interna del brazo derecho. ¿Sería fruto de una alergia? ¿una picadura? ¿una intoxicación? No lo sabía con certeza. Tendría que esperar a los resultados del frotis que mandaría a toxicología.

Finalmente, después de analizar el contenido de su estómago, pude obtener otra prueba: un hueso aún no disuelto. Lo mandé a la antropóloga forense para que determinara a qué especie animal pertenecía.

En total disponía de cuatro pruebas:

1- Sangre, procedente del cuchillo.

2- Un papel, aparentemente, en blanco.

3- Tejido, encontrado debajo de sus uñas.

4- Resto óseo, que estaba entre el contenido de su estómago.

Sin olvidar la erupción del brazo, de origen desconocido, que podía también tener relación con la muerte.

Necesitaba encontrar el nexo común entre todas las pruebas. Eso me permitiría resolver el crimen. Pero… ¿por dónde debía empezar?

Los resultados

Estaba desesperado e impaciente por obtener los resultados de las pruebas y la desazón llenaba mis horas. No podía aguantar tal exasperación, así que me dirigí al laboratorio para ver cómo avanzaban las investigaciones.

Sobre el cuchillo, ya habíamos descartado que fuera el arma del crimen, puesto que en el cadáver no había incisión alguna. Aun así, lo hice analizar. El Dr. Philips, el hematólogo, me informó que en el análisis de la muestra, había observado células sanguíneas nucleadas, cosa que evidenciaba que la sangre no era humana.

“Interesante dato”, pensé. Dejé de lado el cuchillo, pues de momento no veía una relación directa con la muerte.

La muestra de tejido que extraje de debajo de las uñas de la víctima estaba en poder de la históloga, la Dra. Franklin. Mujer de carácter fuerte pero de gran corazón. Ella me explicó que había comparado la muestra con su base de datos y podía asegurar que era tejido epitelial cutáneo de tipo humano.

—Así que, piel humana  —musité.

—Sí, pero coincide con la muestra procedente de la erupción cutánea del difunto.

—O sea, que podemos descartar que perteneciera al presunto asesino.

—Así es. Seguramente la víctima se rascó la erupción con tal fuerza, que la piel se le desprendió, quedándose bajo sus uñas.

Con esa información, se desvanecía la hipótesis de que la víctima se defendiera de un hipotético ataque violento.

La siguiente prueba me llevó a ver a la antropóloga forense, la Dra. Brennan. Una persona especial. Rara, más bien. De profundos ojos verdes y una mirada felina que hacía que te sintieras intimidado en su presencia. Ella había comprobado el tamaño y la forma del hueso encontrado entre el contenido del estómago del difunto. Afirmó, con aquella seguridad que la caracteriza, que el hueso pertenecía a un pequeño mamífero roedor.

—¿Un conejo? —pregunté.

—Le mandé la muestra a la Dra. Franklin y confirmó que las células del hueso coincidían con los de una cola de ratón -dijo ella sin levantar la mirada del microscopio.

— ¡¿Un ratón?! Puaj. —Sentí una arcada.

Aún me quedaba el papel aparentemente en blanco. Lo había enviado al departamento químico, quienes estaban muy habituados a descubrir la presencia de mensajes ocultos hechos con tinta invisible. El departamento en cuestión estaba dirigido por dos hermanos gemelos un poco excéntricos. Las malas lenguas decían que los vapores que inhalaban al realizar sus pruebas les perturban el entendimiento.

Los Drs. Smoke realizaron dos pruebas al papel: en la primera, lo rociaron con hidróxido sódico, en busca de algún rastro de fenolftaleína. Pero los resultados fueron negativos. En segundo lugar, creyendo que la víctima había podido escribir algo usando zumo de limón, aplicaron calor al papel, con lo que apareció un mensaje: “Tengo mucha hambre. Estoy harto de los ratones. No me encuentro bien».

Ante aquella misiva tuve una corazonada. Pedí que buscaran en el difunto restos de alguna sustancia tóxica. Mientras, yo mismo fui de nuevo a la escena del crimen. Quería ver si encontraba una cosa. Y, efectivamente, entre los dos contenedores hallé una bolsita de plástico que contenía unas bolitas de color rosado. ¡Lo tenía!

Horas después volví al laboratorio. Con satisfacción pude comprobar que en el organismo del difunto se hallaron restos de rodenticidas anticoagulantes, warfarina y bromadiolona. Que coincidían con las sustancias que componían el matarratas que yo mismo había encontrado en el callejón.

Todo sugería que el difunto, ante la posibilidad de morir por inanición, optó por consumir ratones que encontraba fácilmente en el callejón. La mala fortuna hizo que comiera un ejemplar que había consumido matarratas previamente, con lo que se envenenó a sí mismo. Resultaba que, al final, no había sido un asesinato, sino una muerte accidental.

¡Otro caso resuelto gracias al análisis de las pruebas!

Lídia Castro Navàs

Per què el 8 de març?

El proper dia 8 de març es commemora el 39è Dia internacional de la dona. Molta gent veu cartells o articles de la jornada penjats a la xarxa, assisteix a xerrades, conferències i tallers, veu o participa de concentracions i manifestacions al carrer, però desconeix d’on prové l’elecció d’aquesta data. Si ets una d’aquestes persones, aquí en tens la resposta molt resumida:

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Diuen algunes fonts, que l’incendi no fou fortuït, sinó que el propietari de la fàbrica el va provocar en un intent de fer sortir per la força a les dones que es manifestaven (desgraciadament, se li’n va anar de les mans).

Molt hem avançat i evolucionat des d’aquell fatídic dia 8 de març de 1857 però la societat actual creu que la igualtat de gènere és real perquè políticament s’han posat per escrit moltes lleis que així ho demostren, però realment algú pot garantir que aquesta igualtat sigui efectiva? De veritat creieu que les lleis poden canviar l’inconscient col·lectiu del ciutadans i ciutadanes acostumats a una situació d’injustícia que tenen normalitzada?

Les injustícies instaurades des de fa molt de temps, acaben essent normalitzades. “Tota la vida ha sigut així”. “Sempre s’ha fet d’aquesta manera”. “Això és normal”… Qui no ha sentit afirmacions com aquestes per justificar situacions injustes?

Malauradament, encara tenim molt camí per recórrer:

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És per això que, el proper dia 8 de març, quan sentiu a algú dir que se celebra «tal o qual», rectifiqueu-la i digueu-li: «Res a celebrar, molt per reivindicar!»

@lidiacastro79

En la soledad del laboratorio

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Foto: Pixabay (editada)

El ambiente en el laboratorio estaba bastante cargado, como solía ser habitual. El personal que se ocupaba de la limpieza del edificio anexo a la facultad de ciencias tenía vetada la entrada en él, pues las investigaciones eran demasiado importantes para los estudiantes que se jugaban la nota del final de proyecto. Y, además, eran realmente caras, como para arriesgarse a perderlo todo por un descuido desafortunado.

Las partículas de polvo suspendidas en el aire eran fácilmente visibles gracias a los rayos del sol que se colaban por los porticones entreabiertos de las ventanas. Hacía un día espectacular ahí fuera: el sol resplandecía y el canto de las golondrinas acompañaban esa idílica jornada de domingo. Pero yo, como siempre, prefería enfundarme mi bata blanca y encerrarme en aquel espacio solitario para avanzar mi investigación.

Mis compañeras de residencia debían de estar ya en la piscina del campus, disfrutando del calor recién estrenado. Las podía imaginar sin problemas: tumbadas en sus coloridas toallas, luciendo sus minúsculos bikinis, ante la mirada ávida de los estudiantes de primer año. Pero a mí no me atraía formar parte de ese anodino espectáculo. Ya habían intentado, en balde, convencerme de tomarme el día libre y acompañarlas. Pero había declinado hábilmente su invitación, alegando que llevaba un retraso considerable en la investigación y me apremiaba la fecha límite de la beca que me habían concedido.

En realidad, no llevaba ningún retraso, la investigación iba según el calendario previsto, pero es que realmente no me apetecía tener que salir y socializar con los demás miembros de mi especie. Prefería la compañía de los hongos, que crecían a buen ritmo dentro de las translúcidas cajas petri. Mis callados microorganismos apreciaban el silencio y la calma tanto como yo. No siempre podíamos gozar del silencio a causa del ruido exterior, que se colaba por cualquier resquicio.

Para acallar ese ruido intruso, optaba por la música clásica (bien alta). Pero nada de auriculares, ya lo intenté una vez y llevar el cable colgando por encima de la bata no es muy adecuado; una vez, a punto estuve de tumbar dos probetas con él. Así que, prefería escuchar la música directamente del móvil; y, aunque el sonido no era el óptimo, cubría cualquier ruido ajeno.

Mi investigación se basaba en el estudio y análisis de la diversidad micótica de las islas oceánicas. Disponía de seis meses para tal estudio y ya había consumido cinco de ellos. Me dispuse a observar en el microscopio las nuevas muestras, mientras de fondo disfrutaba del Canon en D de Pachelbel, una de mis melodías preferidas.

Sentada en el alto taburete iba apuntando los resultados en mi bloc de notas, sin levantar la vista del visor. Un estruendo a mi espalda me asustó. Solté el bolígrafo y me levanté. A simple vista no podía verse nada fuera de lugar. El sonido había procedido de uno de los armarios refrigerados donde guardaba las muestras. Mee acerqué con recelo y abrí la puerta con cautela.

Estiré de la palanca que accionaba el mecanismo de la puerta y di un respingo hacia atrás al ver que una de las muestras había multiplicado su tamaño y había roto el recipiente de cristal que lo contenía. El crecimiento anormal de ese organismo era algo insólito. Incluso se había adherido a las paredes del armario y parecía que se estaba alimentando del resto de las muestras. ¡Era inaudito! ¿Estaría frente a una nueva especie sin clasificar?

Lídia Castro Navàs

Entre la luz y la oscuridad

Ante mí se abría un vertiginoso abismo. El aire olía a azufre y mi rostro empezó a arder en el momento en que me incliné para mirar hacia abajo. Mis pies temblorosos se encontraban peligrosamente cerca del filo. Y una sensación de ingravidez me sobrevino súbitamente.

Había llegado hasta allí, con mis errantes pasos, siguiendo una brillante luz. Atraída por su intensidad. Pero esa luz se había desvanecido.

Entonces una lágrima se hizo paso a través de mi mejilla y allanó el camino al resto, que venían tras ella, pues acababa de comprender que tal luz no existía, había sido solo una ilusión, un anhelo creado por mi volátil imaginación, mi ingenuo corazón y mi alma recién recompuesta.

Y, de repente, una niebla espesa lo empezó a cubrir todo. Hasta que ya nada podía verse más allá. El silencio acompañaba a ese fenómeno y solo era interrumpido por algún solitario pájaro migratorio en su largo camino hacia el sur. Estaba rodeada de una inmensa nada.

Y en ese instante me percaté de la vulnerable situación en la que en realidad me encontraba. La ropa ya no envolvía mi cuerpo y llevaba los brazos en posición de ofrenda. En una mano sostenía mi corazón latente y sangrante. En la otra, mi esencia, mi luz.

¿Dónde estaba mi coraza? ¿Esa coraza que solía llevar y me protegía? No recordaba el momento en que había decidido quitármela y quedar expuesta. Había sido un grave error, sin duda.

Eché un trago de mi amarga saliva y di un paso atrás, tambaleándome, insegura, intentando no caer. Pero caí. No era la primera vez. Ya había caído antes. Desde el suelo la perspectiva de las cosas cambia. Eso me ayudó a levantarme de nuevo, aunque el escozor de las heridas que cubrían mi cuerpo desnudo, me recordaban la caída. Y me la recordarían por un tiempo porque lo que toca el alma, cuesta de olvidar.

Lídia Castro Navàs

La hora de la comida

No recuerdo mi nacimiento ni mis primeros años de vida, ni siquiera sé si tengo padres o aparecí de la nada. Es como si mi memoria solo tuviera recuerdos recientes, aunque conservo algunos conocimientos que no sé exactamente de dónde provienen.

Desperté un día con un hambre voraz. Mi cuerpo, aunque ligero, estaba rígido, agarrotado y me costaba caminar, mis músculos no reaccionaban a los impulsos de mi cerebro, era como si fueran víctimas de una atrofia degenerativa, lo que hacía que mis pasos fueran errantes. Mi piel grisácea estaba fría, seca y se podían apreciar sin problemas unas venas moradas, casi negras, a través de ella.

Me encontraba en lo más profundo de una cueva. Una especie de gruta cercana a una playa, pues se podía escuchar el rumor del agua del mar. Me acerqué a la salida, guiada por la luz, pero a medida que la claridad se hacía más evidente tuve que parar, mis ojos no aguantaban tal fulgor. Estaba desorientada y no recordaba cómo había llegado hasta allí. Solo sabía que tenía hambre y quería comer. Lo que fuera. Empecé a escudriñar el suelo a mi alrededor en busca de algo que llevarme a la boca. En los rincones había algunos restos de vegetación mustia y vi correr una cucaracha. Sin pensármelo dos veces, me abalancé sobre ella y la devoré ávidamente. Pero ese minúsculo bocado no sació mi hambre, de hecho sentí que mi cuerpo requería de otro alimento. Tendría que descubrirlo.

Con la luz crepuscular pude aventurarme al exterior de esa cueva. Todo parecía estar en calma y no podía ver a nadie más. Pude fijarme que había otras cuevas, como en la que yo había despertado, situadas a lado y lado. El mar se encontraba a lo lejos, pasado un acantilado, a unos ochenta metros de caída libre.

Toda la extensión de la playa estaba vallada, con alambre de espino en lo alto. Por detrás de las vallas, en todo el perímetro, había un profundo foso y, más allá, un murete con unas pantallas de cristal, u otro material translúcido, a modo de protecciones. ¿Qué era ese lugar? ¿Y para qué tanta seguridad? ¿De qué teníamos que protegernos?

Empecé a caminar por la arena que recubría un terreno irregular, cosa que dificultó aún más mis burdos pasos. Y entonces, pude ver un grupo de personas. Mi boca, como paralizada en una mueca de asco, quiso alzarse para mostrar una sonrisa, pero mi expresión apenas cambió. Me acerqué al grupo sintiendo alegría en mi interior, pero sin poder mostrarla y vi que su aspecto y movimientos se asemejaban a los míos. Fui a hablar para dirigirme a ellos y solo fui capaz de emitir unos ininteligibles gruñidos. Ni yo misma pude entenderme.

Y entonces, empezaron a aparecer más personas, al otro lado de las vallas, por detrás del muro con pantallas protectoras. Pero no eran como nosotros. Caminaban sin dificultad y sus pieles eran tersas y luminosas. Había familias con niños y grupos de adolescentes. Llevaban cámaras de fotos colgadas del cuello, bolsas de palomitas y algunos niños sostenían globos de colores.

De repente, se oyó un sonido de cadenas y piezas metálicas que alertó al grupo que estaba conmigo. Tan deprisa como pudieron, se dirigieron hasta una compuerta por donde se deslizaron unos grandes recipientes llenos con una masa amarillenta.

Solo podía escuchar, los gruñidos de un lado y las ovaciones de otro. Mis nuevos compañeros empezaron a ingerir esa masa gelatinosa con desmesura, ayudándose de las manos y golpeándose los unos a los otros con los codos como animales salvajes. Me acerqué un poco más y un instinto irrefrenable me hizo perder control. Sin darme cuenta me había unido al festín.

Las personas congregadas al otro lado del muro, nos observaban con mucha atención, nos señalaban con el dedo índice y nos echaban fotos sin parar. No entendía qué es lo que pasaba, pero yo solo podía prestar atención a los recipientes con ese delicioso y pegajoso alimento. ¿Acaso formaba parte de un espectáculo enfermizo? No lo sabía. Seguía sin comprender nada en absoluto. Hasta que los recipientes quedaron vacíos y nuestras ansias disminuyeron notablemente. Mis acompañantes se dirigieron a sus cuevas lentamente, tambaleándose, con la mirada perdida. Y yo, que era nueva y no quería quedar mal, no hice más que imitarlos.

Aparecieron dos operarios, al otro lado de la valla, iban vestidos con monos y gorras a juego. Empezaron a dispersar a las personas de tez perfecta al grito de: Es todo por hoy, la hora de la comida ha terminado. Pueden pasar por taquilla a recoger su descuento para el pase de mañana. Gracias por visitar Port Zombie Aventura.

Lídia Castro Navàs

Como a una igual

Tuve la mala suerte de nacer mujer en una época no muy amable para las personas de mi sexo. La que me dio a luz era tendera de día y prostituta de noche. Mi llegada a este mundo oscuro fue más una carga que una bendición y eso condicionó toda mi infancia. Los primeros recuerdos que tengo son del suelo embarrado y húmedo de la plaza donde mi madre vendía hortalizas. Piernas y pies, algunos con zapatos, otros sin. Ropas desgarradas, bajos sucios… Eso era lo único que mi vista alcanzaba a ver, desde el suelo donde me pasaba horas sentada.

Mientras fui pequeña aprendí rápido a sobrevivir en la sociedad hostil en la que me tocó vivir. Mi madre repetía constantemente: “¡los hombres tienen la vida más fácil y los que mejor viven son los marineros!”. Esas palabras se convirtieron en un mantra para mí. Llegué anhelar haber nacido chico y me odiaba a mí misma por el sexo con el que la naturaleza me había dotado.

Una madrugada de finales de invierno, cuando yo contaba con 8 años, mi madre no volvió de su ronda nocturna por el puerto en busca de clientes. La encontraron muerta entre las redes de los pescadores, con restos de pescado putrefactos enganchados en el pelo.

Fue entonces cuando supe que tendría que buscarme la vida para no correr con la misma suerte que ella. Y en ese momento decidí hacerme pasar por un chico y enrolarme en un barco. Mi cuerpo escuálido, mis facciones rudas y mis formas rectas, me facilitaron la tarea. Más adelante ya pensaría en cómo iba a disimular los cambios físicos evidentes de la edad.

En el puerto siempre había patrones de barco buscando jóvenes a quien enseñar el oficio y me fue fácil acceder a uno. La vida en alta mar era más dura de lo que había imaginado pero no me faltaban comida y cobijo. El barco donde trabajaba limpiando la cubierta, cubría una de las rutas más transitadas y a la vez más peligrosas del momento. Trajinábamos mercancías provenientes de oriente, tales como: especias, sedas, perfumes… Y lo descargábamos en los principales y más importantes puertos del viejo mundo.

La peligrosidad de tal tarea residía en que los piratas estaban siempre al acecho. Y fue en uno de esos intentos de abordaje para conseguir botín, que acabé capturada. Al principio creí que sería vendida, al mejor postor, en algún mercado de esclavos. Pero resultó que mi condición física, pequeña y flexible, les era útil en los abordajes. Mientras ellos se encargaban de la faena bruta, yo pasaba desapercibida y podía colarme allí donde se guardaban los cofres con las monedas de oro. Pronto desarrollé una gran habilidad para abrir candados y cerraduras. Eso me convirtió en un elemento imprescindible en mi nueva tripulación.

Mi vida entre esos piratas se convirtió en lo más parecido a tener una familia.

Pasaron los años y las vendas que oprimían mi busto ya no disimulaban mi pecho desarrollado. Las camisas de algodón sin botones que usaba, eran más holgadas para esconder mis curvas. Aunque cada vez me resultaba más difícil hacerme pasar por macho. Hasta que un fatídico día, en que una resaca de ron me dejó semiinconsciente durante buena parte de la mañana, y descuidé mis tareas habituales, el capitán me hizo llamar cuando aún estaba vistiéndome. Fue uno de mis compañeros de tripulación, con quien compartía edad y risas, quien me halló sin camisa mientras me apretaba las vendas del pecho.

La expresión de su cara era una mezcla de asombro y terror a partes iguales. Por un instante, me quedé inmóvil y muda. Acto seguido intenté pedirle que me guardara el secreto, pero no hizo falta. Relajó el rostro, bajó la mirada y me hizo un gesto con la mano para indicar que podía estar tranquila, al tiempo que abandonaba la estancia.

Cuando subí, toda la tripulación estaba reunida en la cubierta. El capitán, de pie tras el timón, mantenía un posado serio. Mi cuerpo se estremeció al sentir todas las miradas puestas en mí.  Pero cuando el capitán empezó a hablar, todos mis miedos se desvanecieron. Hacía tiempo que mi secreto ya no era tal, todos conocían mi condición desde el día en que me raptaron. Pero mi entrega y predisposición enternecieron sus negros corazones y decidieron hacer la vista gorda. El capitán reconoció, que tarde o temprano tendría que hacer frente a esa situación y tomar decisiones duras. En un principio pensó en usar mis habilidades y después abandonarme a mi suerte. Pero llegado el momento, había cambiado de opinión. Me había convertido en “uno” más y ya no imaginaban el barco sin mi presencia. Por eso, dado que se había descubierto por fin el secreto, se habían reunido todos para decirme, que no tendría que fingir nunca más. Ellos me aceptaban tal y como era y se habían comprometido a seguir tratándome como el primer día, como a una igual.

Lídia Castro Navàs

Adéu Vila-seca

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Vista aèria de Vila-seca

Més de 15 anys han passat d’ençà vaig venir per primer cop a visitar-te. Buscava un lloc on viure i em considero molt ‘de poble’, per això vaig triar-te. Tot i la teva extensió actual, encara conserves aquell ambient de pagesia i senzillesa. Només arribar em vas fer sentir molt acollida, sobretot per la teva gent, els vila-secans i vila-secanes de tota la vida, els que et saluden pel carrer mirant-te als ulls o els botiguers i botigueres qui, després de dos cops, ja es dirigeixen a tu pel nom.

Trobaré a faltar les passejades entre els teus carrers i les teves places. El teu casc antic s’havia convertit en la meva llar, tan ple d’història que em feia emocionar. El fet de viure al costat de la cooperativa d’estil noucentista i amb vistes al castell dels Comtes de Sicart era un gran luxe per a una historiadora sensible com jo.

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Castell de Vila-seca

Mai oblidaré les teves festes i tradicions, algunes de les quals no serien possible si no fos per l’esperit emprenedor dels teus veïns i veïnes associats (o no) i pel recolzament del teu Ajuntament, on persones del poble treballen per al poble, amb comprensió i proximitat (com ha de ser).

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Església de Vila-seca

Només volia acomiadar-me de tu, Vila-seca, ara que ja no viuré entre les teves entranyes, i dir-te que sempre restaràs en un lloc especial dins del meu cor, juntament amb el munt de records que conservaré de tu en la meva memòria.

Gràcies i adéu Vila-seca!

@lidiacastro79

Sakura

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Llorando a los pies del túmulo donde yacía su difunto marido pasaba los días. Sumida en el dolor por la pérdida era incapaz de retomar el hilo de su propia vida.

Había sido enterrado meses atrás, sin ostentaciones, como él quería, tal y como establecía el bushidō (el código ético de los samuráis).

En el kofun, junto con el cuerpo sin vida del guerrero, se habían depositado sus más preciados bienes: la armadura, un espejo de bronce, unas estatuillas de barro y, por supuesto, sus espadas: La katana, delicadamente forjada para él. La wakizashi, que siempre llevaba colgada en su cinto. Y el tantō, con la que acabó con su propia vida.

La decisión no debió ser fácil, pero no hay mayor honra para un samurái que dar la vida por su señor. La muerte no es algo temido ni lejano, es parte de la existencia. Él había aprendido eso a muy temprana edad. 

Ante la derrota y la muerte de su amo, llegó el momento de afrontar la situación y prepararse para el seppuku. No iba a permitir que el enemigo le hiciera prisionero.

Resguardado en un rescoldo, en pleno campo de batalla, echó un gran trago de sake y escribió unos últimos versos dedicados a su esposa. Sentado sobre sus rodillas, se abrió las vestiduras y empuñó el tantō, no sin antes envolverlo cuidadosamente con un papel de arroz. Situó el filo de la daga en su abdomen. Con determinación y una fuerza inusual hizo un corte rápido, de izquierda a derecha. Volvió el filo al centro y subió verticalmente hacia el esternón, hasta desentrañarse por completo.

Sufrió una larga y horrible agonía antes de caer finalmente muerto. Pero, de ese modo, consiguió salvaguardar su honra y la de su propia familia.

La desazón y la pena habían convertido a su entregada esposa en un espectro que paseaba su liviano cuerpo, enfundado en un kimono blanco, desde su casa hasta la sepultura, y el camino de vuelta.

El suyo había sido un amor cultivado con tiempo, con paciencia, con respeto… El trato que se profesaban era cortés y amable. Una sola mirada les era suficiente para comunicarse. Él era un hombre discreto en público y de pocas palabras; en cambio, en privado, era un amante muy entregado y a la vez delicado. Apreciaba la poesía, las bellas artes… Y a menudo se refugiaba en la creación de jardines flotantes. Los cuidaba con sumo mimo, como todo lo que hacía.

Y ahora ella rememoraba esos momentos vividos a su lado, mientras observaba con sus llorosos ojos las flores que reposaban sobre el sepulcro. Siempre que podía, llevaba consigo un ramo de sus flores preferidas para colocarlas en la tumba. La flor del cerezo es tan delicada que a las pocas horas de ser cortada ya se ha marchitado; y pensó: “como la vida del samurái: bella, pero breve”.


Una alumna se inspiró en mi relato para hacer esta ilustración 😀 ¡Gracias, Ari!

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Lídia Castro Navàs

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Día de justa

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El camino había sido largo y pesado. Mis pies doloridos ya no aguantaban más pasos. Paré a descansar debajo de una higuera para resguardarme del fuerte sol del mediodía y aproveché para masajearme los pies.

Gracias al campesino, que muy amablemente me llevó en su carreta durante una parte del trayecto, había podido recuperar fuerzas para llegar hasta aquí. En mis ropajes aún habían restos de paja, llevaba las sandalias llenas de polvo. Por suerte mi sombrero, con una larga pluma de ganso, seguía lustroso. Y el rabel, que siempre llevaba conmigo, no había perdido su característico sonido.

Desde donde estaba, ya podía ver las imponentes murallas de la ciudad. Mi destino solo se encontraba a unas cuantas zancadas más. El ir y venir de gentes y mercancías anunciaban el bullicio imperante en la urbe, que se preparaba para el mayor torneo de la temporada. Caballeros de todos los reinos se daban cita para mostrar sus habilidades con las armas y la montura. Era el momento más propicio para dar a conocer mis nuevos poemas y cantares a las personas que allí se reunían. Eso me aseguraría cama y comida para unas cuantas jornadas.

Al cruzar las puertas, no tuve dificultad para llegar al centro de la población. Las estrechas y tortuosas calles llenas de barro se abrieron para dejar paso a la plaza pública porticada más grande que mis ojos habían visto jamás. A mano derecha se alzaban unas gradas de madera, decoradas con exquisitez, donde los nobles y gentes de bien gozaban de las mejores vistas del torneo. En un extremo, a mano izquierda, estaba el espacio preparado para la demostración del uso de la espada. En ese momento, dos hombres, profusamente sudados, se afanaban por demostrar su valía. En el otro extremo, unas grandes dianas redondas, ya estaban preparadas para recibir, nuevamente, las flechas de arcos y ballestas. El gran espacio alargado central, con una división de madera justo en medio, al estilo de espina de un circo romano, era el destinado a la justa. El suelo, que había sido cubierto con tierra fina y seca, aguardaba el momento para ser pisoteada por las herraduras. Finalmente, presidiendo majestuosa todo ese escenario, se encontraba la catedral.

En ese preciso momento resonaron las campanas anunciando el inicio de la justa. Los nervios y la expectación se podían notar en el ambiente. Había llegado justo a tiempo.

Los dos caballeros que se iban a batir en duelo estaban preparados cada uno en un lado de la pista. Frente a frente. Ataviados con sus brillantes armaduras y sosteniendo las pesadas lanzas con una mano, mientras que con la otra llevaban cogidas con fuerza las riendas del caballo, esperaban para clavar las espuelas al agitado animal.

El pañuelo de seda tocó el suelo. Esa era la señal. Una gran nube de polvo se levantó a la vez que cada caballo se puso en marcha. El silencio se hizo en la plaza. La mayoría de los allí congregados mantuvieron la respiración por un instante. Al momento, un fuerte golpe seco acabó con el silencio reinante. Uno de los dos contrincantes recibió el impacto y quedó malherido. ¡Ya había un ganador! ¡En solo una ronda! Era algo casi inaudito.

El trofeo lucía bajo la luz del sol en la grada, donde la hija del conde esperaba para entregarlo al ganador con los nervios a flor de piel.

El caballero, todavía escondido bajo su yelmo, se dirigió triunfador hacia allí, recibiendo vítores a cada paso que daba. A la altura del palco, frenó su caballo y desmontó con brío, al tiempo que colocó las manos bajo su cuello para alzar el casco con penacho. Todos los presentes mostraron su asombro cuando una larga cabellera pelirroja apareció tras la armadura. ¡Se trataba de una hermosa y joven amazona! El alguacil, tras un momento de aturdimiento y vacilación, llamó a la calma de los asistentes y dio la palabra al conde, quien tendría que decidir si la justa había sido válida.

El conde, con cara de desconcierto, se alzó de su silla y no pudo pronunciar palabra, al reconocer en la joven ganadora, a su hija ilegítima.

Lídia Castro Navàs

Sabias palabras

La noche había caído ya. La oscuridad cubría todos los recovecos del valle, a excepción de las zonas cercanas a los tipis, que estaban iluminadas por algunas antorchas clavadas en el suelo.

tipis

Los cazadores principales de la tribu habían vuelto con las presas colgando de sus caballos y la cabeza bien alta de orgullo. Mañana era un día importante. Un nuevo miembro sería iniciado en la “caza del búfalo”. Era una dura prueba y tenía que superarla si quería formar parte de la élite y hacerse un nombre entre los ojeadores más aventajados.

En la tienda común, el fuego central ya estaba encendido. Se escuchaba el crepitar de la leña seca desde varios metros de distancia. El verano hacía varias lunas que había dejado paso al otoño y las noches empezaban a ser frías. No tardarían en caer los primeros copos de nieve de la temporada, que cubrirían todo con un blanco e inmaculado manto. El gélido invierno acabaría por helar las partes menos profundas del río donde pescábamos los deliciosos salmones. Y coincidiría con el recogimiento de los osos pardos, a los que ya no volveríamos a ver hasta la próxima primavera.

fuego

Hoy era día de reunión y todos se encaminaban, cuál gotas de una lluvia muy esperada, hacia la asamblea. Yo también me uní a ellos. Al entrar en la tienda, la calidez del fuego y el olor de la salvia blanca quemándose despacio, me hicieron inspirar profundamente. Como siempre, el jefe del clan y el hechicero presidían la sesión con gran solemnidad y todo el mundo allí congregado aguardaba con respetuoso silencio a la espera del inicio de la ceremonia.

Fue el hechicero el primero en intervenir. Pronunció unas palabras rituales a modo de canto acompañado por la percusión de los tambores. A continuación, habló el gran jefe, sentado en el suelo con las piernas cruzadas y el posado serio. Nadie esperaba lo que iba a decir…

granjefe

El hombre blanco amenaza la paz y la integridad de la madre tierra, la que nos sustenta y nos da cobijo. Trae consigo, muerte y destrucción… Cargado con esas mortíferas armas de fuego que arrebatan la vida de aquellos que se ponen enfrente para defender la naturaleza…

Se hizo un murmullo casi imperceptible que acabó con el silencio reinante.

“...¿cómo puede el hombre blanco querer poseer algo que no tiene dueño? Somos los hombres los que pertenecemos a la tierra y no al revés… ¿Cómo se pueden poseer los rayos del sol, o la luz de la luna, o la fuerza de las corrientes de agua? Debemos defender la seguridad de nuestra tribu y la integridad de nuestra madre, la tierra, de nuestros hermanos, los animales… El misterio se cierne sobre nosotros. El futuro es ahora incierto… La vida ha terminado. Ahora empieza, la supervivencia.”

– El momento de actuar ha llegado -Pensé para mí.

@lidiacastro79