
Foto: @lidiacastro79
Como perderse en un bosque oscuro,
o en un tu propia realidad.
Como intentar salir de una prisión,
o de tu propia habitación.
Como respirar debajo del agua,
o ahogarte en tus propias lágrimas.


Foto: @lidiacastro79
Como perderse en un bosque oscuro,
o en un tu propia realidad.
Como intentar salir de una prisión,
o de tu propia habitación.
Como respirar debajo del agua,
o ahogarte en tus propias lágrimas.


Foto: Google images (retocada)
Una flor ennegrecida por el paso del tiempo,
aguarda impasible al soplido del viento,
ese que, sin piedad, de sus pétalos la despojará.
No teme a la muerte, ni siquiera a desaparecer,
porque después del olvido, volverá a renacer.

Había sonado el gong metálico dando inicio a la ceremonia del té. Sentado sobre sus rodillas miraba como ella le enseñaba cada paso del ritual: lavó los utensilios, calentó el agua, vertió una parte de esta en el cuenco donde aguardaban las hojas de matcha, lo removió con el agitador de bambú… Durante todo el proceso ella no había levantado la vista, hasta que le acercó el cuenco. En ese breve cruce de miradas, se enamoraron.
Lídia Castro Navàs
No necesito esperar a la noche para que la oscuridad me lleve.
Todo se tiñe de negro a mi alrededor y mi brillante esencia se esconde en lo más profundo de mí, por temor.
Y, de repente, todo explota. Se abre la veda. Soy incapaz de detener el caudal de emociones que se agolpan en el espacio reducido de mi pecho encogido por la angustia. Y se precipitan a borbotones en forma de lágrimas y sollozos. Vomito gritos, se me desgarra el alma y me domina el dolor por un instante que se me hace eterno.
Pero, del mismo modo que se inicia, llega a su fin. Sin más.
Y aflora de nuevo la luz de mi alma, que me arropa con su calidez y me reconforta. Y así, mi mar emocional se calma, hasta la próxima marea…
Lídia Castro Navàs
¿Por qué es tan terrible la luz de la luna? Eso me pregunto cuando la admiro inquieta desde mi ventana entreabierta. Pero aún me parecen más terribles las sombras que ésta proyecta sobre mí noche tras noche.
Me gustaría alcanzarla con las puntas de mis dedos y acercarla a mí, para acompañar mi soledad. Y con ella iluminaría los rincones más oscuros de mi alma, esos a los que tanto temo y que me roban los sueños y el descanso.
Entonces me acurruco debajo de mi pesada manta y me abrazo fuerte hasta sentirme entera. Y en ese momento me percato que no estoy sola, me tengo a mí.
Lídia Castro Navàs

Después de incontables y sombrías noches, solo iluminada por las estrellas o por la titubeante luz de unas velas, volvía a admirar la muerte del sol en el horizonte. El cielo se iba tiñendo de rojo muy lentamente y provocaba cambios de tonalidades en todo el paisaje circundante. Habían pasado ya dieciocho años desde que nací un soleado día de primavera.
Desde entonces me encontraba encerrada entre esos muros de piedra gris. Con una única ventana que me ofrecía vistas del desconocido exterior. No conocía otra realidad. Me habían hecho creer que ese era mi sino. Y lo acepté al principio, pero llegó un día en que desperté del sueño que me tenía presa.
Estaba sola en mis aposentos, como de costumbre. Un gran espacio ocupado únicamente por una enorme cama con dosel, una mesa de costura, una silla y un armario, todo de roble.
Ocupaba mi desidioso tiempo cosiendo a la luz de las candelas, cuando, cierta noche, un ruido en el exterior captó mi atención. Dejé la aguja clavada en el bastidor circular, donde estaba bordando un pañuelo con una flor de lis, y me acerqué temerosa a la ventana. Posé las manos en la fría y dura repisa y dirigí mi mirada hacia abajo, de donde había procedido el extraño ruido.
Entonces, entre tanta oscuridad, pude ver algo que resplandecía con la fuerza de tres soles. Era un caballo blanco, que inquieto relinchaba bajo mi ventana.
Era tan hermoso y transmitía tanta fuerza, que en seguida ansié poder alcanzarlo y encima de su lomo cabalgar lejos de mi prisión. Fue tal el anhelo, que estiré los brazos todo lo que pude e incliné mi figura hacia adelante para ver si podía siquiera rozarlo. Pero el contrapeso de mi cuerpo, enfundado en un pesado vestido de terciopelo azul con enaguas y faldones, me hizo perder el equilibrio y precipitarme al vacío.
El golpe que me propiné fue seco, aunque no tan fuerte como esperaba, pues en seguida llegué al suelo, como si la caída hubiera sido de unos pocos centímetros. El terreno no estaba cubierto de hierba, ni siquiera pude notar la humedad de la tierra.
Abrí los ojos, que extrañamente sentía legañosos. La alfombra multicolor sobre la que caí se me antojó muy mullida. Me incorporé y llevaba el pijama de franela hecho girones. Acababa de caer de la cama, pero no de una con dosel y con un gran cabezal de roble, sino de una litera metálica que compartía con mi hermana.
—¡Vaya! Es la segunda vez esta semana —reconocí con vergüenza.
Lídia Castro Navàs
Seguíamos en el tren. Ya habíamos dejado atrás la estación de Zaragoza y por las ventanas solo se podía ver oscuridad.
Continuábamos con nuestro repaso mental de todo lo vivido en Madrid, mientras a nuestro alrededor la gente destinaba su tiempo a leer, ver la película (una de animación de Astérix y Obélix), beber o comer algo…
Nos entró hambre y nos pusimos a picotear. Y es que yo siempre llevo provisiones (en esta ocasión, un par de plátanos y unos cacahuetes). Mientras intentaba no llenar mi regazo con las cáscaras de los cacahuetes, recordábamos que nuestro segundo día en Madrid fue igual de intenso que el primero, aunque cogimos más el metro para paliar el cansancio acumulado del día anterior. La primera parada fue en la plaza de España, donde pudimos hacernos unas fotos en la fuente con el edificio con el mismo nombre a nuestras espaldas. Se trata del octavo edificio más alto de la península y a mí me recordó a la fachada de uno de esos hoteles americanos que tantas veces he visto en películas de sobremesa.
Rodeamos toda la plaza hasta llegar a la parte occidental donde descansa Cervantes, que atento vigila las andanzas de Don Quijote y Sancho Panza que avanzan en sus monturas correspondientes.

Hacía mucho frío, que se acentuaba a causa de la gélida brisa que soplaba. Nos dirigimos al templo Debod. Templo egipcio dedicado a Amon y a Isis, que fue un regalo de agradecimiento por la ayuda prestada en el traslado del templo de Abu Simbel a causa de la construcción de la presa de Assuan (¡Si no lo hubieran trasladado, hubiera quedado inundado!). Tuve la sensación de volver a Egipto por tercera vez, aunque solo fuera por unos instantes. La emoción del momento bien se merecía algo más que una foto… Mi prima sugirió hacer un boomerang para colgar en el insta (Boomerang: vídeo muy corto que repite un movimiento. Sí, yo tampoco lo sabía… juas). Total, que el momento boomerang fue de lo más divertido. Además, como no parábamos de saltar para que quedara algo original, pudimos apaciguar un poco el frío, que ya nos vino bien.

Después de eso nos fuimos al Palacio Real, pasando por los jardines de Sabatini. Un sinfín de escaleras hasta llegar a la plaza de Oriente donde pudimos admirar el palacio con todo su esplendor. Espectacular arquitectura de estilo Barroco (Me recordó al Buckingham Palace, pero más grande).

Justo al lado se encuentra la Catedral de la Almudena. Referente a ella… solo comentar que era domingo (pero no un domingo cualquiera… Era domingo de ramos). Y eran las 12:20 (Sí, a eso me refería… estaba llena a rebosar. Y encima nos quedamos sin poder subir al mirador de la cúpula, snif). No contentas con eso, nos aventuramos a entrar de todas formas. Fue un recorrido muy rápido, con la vista puesta en los techos abovedados, admirando arcos apuntados, ventanas polilobuladas y vidrieras coloridas. Cuatro fotos y salida casi sin respirar (buff, había taaanta gente y hacía tanto calor dentro, que presenciamos incluso el desmayo de una señora…).

Lo más curioso fue que, al rodear el edificio por el exterior para poderlo ver des de todos los ángulos, vimos que entre las esculturas de los apóstoles, que se encontraban alrededor de la cúpula, había una que resultaba extrañamente parecida a Batman (Solo fue por una milésima de segundo, pero tuve que parpadear y volver a mirar… ¡que cada cual juzgue!).

Ese día nos habíamos propuesto comernos un bocadillo de calamares (¡No solo hay que visitar los lugares conocidos, también hay que comer cosas “típicas”, oye!). Así que, nos dirigimos al Mercado de San Miguel (Había leído que era el lugar ideal para hacer unas tapas y eso…). Pretendíamos comer allí, pero fue imposible… ¡no se podía ni andar por dentro! Al final acabamos comiendo “delicious bocadillo de calamares in plaza Mayor” (Era inevitable usar una referencia similar, juas). De fábula. Sentadas en una terraza, con una estufa por encima de nuestras cabezas, una mantita en el regazo y disfrutando de tal combinación variopinta. I-D-E-A-L.

Después del descanso, intentamos visitar la casa-museo de Lope de Vega, pero al llegar… chasco. Se necesitaba cita previa (Debimos darles ‘penita’, porque nos dejaron ver el jardín privado).
Así que, nos fuimos a por más arte, pero esta vez, moderno. Al Reina Sofía. De camino al museo, me encantó poder ir ‘pisando’ retazos de la literatura española (¡Qué idea más original para acercar la literatura al ciudadano de a pie!). Además, resultaba que era el día internacional de la poesía, así que aproveché para hacer un tweet con foto de uno de los más que conocidos versos de Bécquer.

En el museo (Entrada gratis para docentes, por cierto): Picasso, flipando con El Guernica (Menos mal que el MoMA de Nueva York se hizo cargo de él en el ‘39, porque seguramente se hubiera ‘perdido’ la obra… tweet), Dalí, Buñuel (Vimos ‘El perro andaluz’. Sí, el corto de la navaja en el ojo… un poquito repugnante, pero si piensas en el año de grabación, ¡chapó por los efectos!), Magrit, Sorolla… ¡No dábamos al abasto! Me encantó (Y mientras, los vigilantes seguían con su serenata: “¡Nooo fotooos!” ¡Y daaaale! ¿Qué se creen que vamos a hacer con las fotos? ¿venderlas? ¿planear un robo? No se me ocurre más. En fin…).
Al salir, había empezado a llover. Bajón y fiasco, porque no habíamos cogido el paraguas (¡La previsión de la app no lo ‘preveía’, jolín!). Una carrerilla hasta la entrada del metro y hacia el hostal a descansar un poco y hacer tiempo para ir a cenar (Tártar de salmón con aguacate y semillas de sésamo negro ¡mmm!) y unas fotillos nocturnas.
Segundo día… ¡superado!
Nuestro último día en la capital fue relajado y corto. De hecho, habíamos tachado todo lo de nuestra lista, así que tocaba improvisar. Por la mañana, subimos al mirador del Corte Inglés para admirar las vistas y echar unas fotos desde las alturas. Después callejeamos en busca de los teatros madrileños más conocidos. Fotos de las entradas y carteles, hasta el mediodía, momento en que debíamos dejar la habitación. Cargadas con todo, hicimos uso del servicio de consigna de la estación de Atocha (Barato y seguro. Un 10).
Ya sin maletas, hicimos una visita improvisada al CaixaForum (Entrada gratis para docentes, de nuevo. Juas, juas): Miró y Le Brun (tweets y ¡fotos! Aquí sí que dejaban…).

Pude admirar los trabajos preparatorios de muchas de las pinturas murales de Versalles (Impresionantes litografías y ¡menudo tamaño!). Mi prima se lamentó cuando se dio cuenta de que había perdido el plástico protector del visor de su cámara… (Se ha quedado en Madrid).
Comida en un ‘japo’ (Makis, sopa de miso y arroz picante) y tiempo de relax para disfrutar de un té sencha.
Una hora antes de la salida del tren fuimos hacia la estación, donde visitamos el jardín botánico y cuando compramos nuestros ‘recuerdos’, nos hicieron un regalo inesperado (“Estrellas del amor” las llamó).

Se nos pasó la hora volando. El tren ya estaba en el andén. Era hora de partir. De vuelta a casa…
¡Hasta siempre, Madrid! (snif, snif).
Lídia Castro Navàs
Y, de nuevo, las bandas sonoras ocupaban mis sentidos. Y, otra vez, las gotas de lluvia volvían a correr horizontales por el cristal. Estábamos de vuelta, pero en esta ocasión sí que podíamos hablar (¡Lo que era un alivio!).
Nos pusimos a repasar todo lo que habíamos hecho en esos días. Con nuestro particular Cuaderno de Bitácora en mano (que en realidad era un archivo de drive que había creado hacía apenas una semana para ir apuntando todo lo que queríamos ver y hacer en Madrid), esbozamos una sonrisa satisfechas al comprobar que, no solo habíamos hecho todo lo previsto, sino que además habíamos tenido tiempo para descubiertas de última hora totalmente improvisadas.
Acabábamos de comprarnos un souvenir: mi prima, un imán muy original (hecho en Barcelona, por cierto. Juas, juas). Y yo, un poco menos tradicional, un anillo con una amatista (y es que tengo un anillo de cada sitio donde he estado. Lo he convertido en una tradición curiosa).
Pero no serían solo esos objetos lo que nos llevaríamos con nosotras. Las experiencias vividas serían las que llenarían nuestros recuerdos para siempre…
Muchas anécdotas nos abordaron en ese preciso momento y empezamos a reír (sí, seguro que todo el mundo nos miraba, pero ¿¡qué nos importaba?! “Un día sin risas, es un día perdido”). Y es que resulta que solo llegar a Madrid, cuando salíamos de la estación, casi me caigo al pisar mal una cinta transportadora de esas (por suerte, nadie se percató… Bueno, solo mi prima, que se había quedado rezagada y casi inmortaliza el momento. ¡Solo hubiera faltado eso!).
Juro que en ese momento pensé que había empezado con mal pie… ¡Pero solo sirvió para generar endorfinas ‘por un tubo’ cada vez que nos acordábamos!
Nuestro hostal se encontraba muy cerca de la plaza del sol, en una callejuela sucia pero con cierto glamour algo rancio (Lo que los hípsters calificarían como kitsch). Llena de bares, lo que la convertía en un lugar con bastante movimiento nocturno.
Descargamos maletas y nos dispusimos a empezar por el Parque del Retiro. El día estaba gris y llovía de forma intermitente. Paraguas y fotos. Mala combinación. Pero eso no frenó nuestro entusiasmo. De camino al Retiro nos topamos con el palacio y la fuente de la Cibeles rodeada de banderas (Me la imaginaba más grande y menos ‘española’, dado que se trata de una diosa frigia equivalente a la Gea griega). Foto.

Un poco más adelante estaba la puerta de Alcalá (mírala, mírala, mírala, míralaaaa… Imposible no cantarlo). Foto selfi para el face.

Llegada a la puerta del Retiro. Emocionadísima al ver una frikada: un símbolo gigante de Batman esperándome para una foto (Yo saltando y mi prima ‘partiéndose’ y seguramente más gente que había por allí, también).

De lo que más nos acordábamos, de nuestra visita al extenso parque (a parte de la lluvia y el consecuente barro) era el precioso Palacio de Cristal. En cuanto pude entrar y observar los altos techos y amplias paredes acristaladas, me transporté a un tiempo pasado, de vestidos largos, moños altos y sombrillas a juego (Muy hermoso. Sin querer me vinieron a la cabeza aquellos cuadros modernistas de Ramon Casas…).

Después de comer (unos noodles picantes en un Thai), al Prado. La emoción empezó en las taquillas. Entrada gratis para docentes (¡Cómo mola ser profeee!).
La visita al Prado es mi mejor recuerdo. Un subidón tras otro, cada vez que doblaba una esquina y descubría obras muy admiradas y estudiadas en mi paso por la universidad (Rendición de Breda, La fragua de Vulcano, Las hilanderas, El rapto de Proserpina, Las tres gracias, El juicio de Paris, Saturno devorando a un hijo…). Como no se podían hacer fotografías (nos lo recordaban continuamente al grito de: “¡Nooo fotooos!”), no paré de hacer tweets para saciar mis ganas de compartir la emoción que sentía con el resto del mundo.

Al salir del museo nos sorprendió el solecito. Había dejado de llover. Subidón de nuevo. Pusimos dirección a la fuente de Neptuno, no sin antes hacer una foto al edificio de la Real Academia de la Lengua Española (¡Qué haría yo sin el diccionario de la RAE!). La fuente dedicada al dios del mar también me resultó pequeña y muy poco accesible, dado que, al igual que la Cibeles, es una rotonda.
Sucesión de semáforos. Escuchamos a diferentes personas decirse “¡verdeeees!” cuando se podía pasar. Nos pareció muy gracioso, así que hasta llegar de nuevo al hostal, no paramos de decirlo y reír como locas (más endorfinas…). Pero estábamos taaaaaan cansadas, que hicimos una parada a medio camino para merendar en un sitio muy chulo. Silloncitos. Un smoothie y un chocolate. Enchufe para cargar los móviles y wifi gratis (¡Bieeen!).
Paseo por la calle Preciados hasta la plaza Callao, para echar unas fotos al conocido cartel de neón de Schweppes (Muy… luminoso. De ese momento solo podíamos acordarnos del frío intenso y del cansancio).
Después de descubrir un restaurante orgánico, donde me comí una veggi burger de garbanzos y espinacas con mostaza artesana (¡¡Deliciosa!!), nos fuimos a dormir prontito (¡Estábamos ‘rotas’!).
Primer día… ¡superado!
Lídia Castro Navàs
Lee Madrid 3
El madrugón no me importó en absoluto, de hecho solo tuve que levantarme un poco antes de lo habitual. Hice mis ejercicios y desayuné plácidamente. A continuación desperté a mi prima y empezó una carrera de obstáculos de treinta minutos en que nos chocábamos por el pasillo como si se tratara del metro de Barcelona un lunes en hora punta.
En mi mente bailaban frenéticamente un sinfín de tareas que no podía olvidar: “Hacer la cama, cepillarme los dientes, coger la basura orgánica (estaba llena y no era buena idea dejarla tres días criando nuevos seres), poner todas las plantas en el comedor y dejar una persiana subida para que no murieran en mi ausencia, revisar el neceser y la maleta antes de poner el candado, comprobar que llevaba la llave del candado… Volver a cerciorarme, dos veces más, de que la dichosa mini llave del candado seguía en mi monedero…”
Los pensamientos de mi prima no podía leerlos, pero sí podía escucharla farfullando mientras se vestía y arreglaba:
−Me tenías que haber despertado antes, yo necesito más tiempo… ¡Oh, dios! Me he olvidado el cable de la cámara en mi casa ¡No me lo puedo creer! No podré pasar las fotos −dijo de forma atropellada.
−Pues ya lo harás al volver… −dije sin dejar de repasar mi lista mental.
Pasados esos minutos de agobio, el resto fue bien. La llegada a la estación, sin incidentes. Muy grande y muy bonita, sí. ¿Pero no la podían poner un poquito más lejos del centro de la ciudad? Ahora entendía el nombre (“Estació del camp”). ¡Claaaaro, era por su localización. En el campo!

Una vez ya acomodadas en el caro y veloz tren nos dimos cuenta de que, dada la hora, no se nos permitía hablar. “Coche en silencio” se podía leer en cada rincón. Pues vaya, con lo que me gusta a mí hablar… Por suerte, un amable señor repartió auriculares. Pero pasaba de usar el spoty y gastar datos, los necesitaría para buscar ubicaciones con el maps. Así que lo enchufé en el asiento. Habían varios canales musicales de diferentes estilos. Seleccioné uno de bandas sonoras y empezó a sonar la de Eduardo Manostijeras y pensé “Esta me va a gustar…”. Mi prima se decantó por una película que acababan de poner. Era sobre piratas. Pero solo comenzar, empezó a reír (lo del silencio se esfumó con la primera carcajada). Yo creía que se reía porque era cómica, pero resultó que era tan sumamente mala que le entraba la risa tonta.
(Rocky) Me sentí motivada a escribir, así que, sin más me puse a ello.
“Próxima parada: Lleida”
−¿En serio? Jolín, qué rápido…
(Memorias de África) Seguí escribiendo y mi prima, viendo la película, que dejaba a todos los filmes de serie B con opciones para los Oscar.
(Lo imposible) Empecé a pensar… “Tendré que crear una etiqueta para clasificar los relatos basados en viajes en mi blog. O, tal vez, debería iniciar una nueva sección. ¿O quizás debería crear otro blog?”
(Tiburón) ¡Me asaltaron un montón de dudas de repente! Al tiempo, mi prima había dejado la película de lado y observaba el paisaje por la ventana. Una gran llanura cubierta de niebla que se sucedía a gran velocidad. Muy inspirador, sí.
(Entrevista con el vampiro) “¡Ay, mola!”. Subidón. No pude reprimir la imagen de Axel Rose (de Guns and Roses) con su largo pelo dorado y su pañuelo en la frente.
“Próxima parada: Zaragoza”
−Vaya, lo de la alta velocidad iba en serio…
(La lista de Schindler) Bajón. Mi inspiración se detuvo en seco… Los cómodos y anchos asientos ya no me parecían ni tan cómodos, ni tan anchos… Como pude, me desentumecí, sin estirarme en exceso. Hay que guardar la compostura en público.
(Parque Jurásico). Ya era una hora decente, así que decidí avisar a los de casa que estábamos bien y en camino. Foto selfi para acompañar un “Buenos días” y unos emoticonos sonrientes lanzando besitos.
(El regreso de la momia) Mi prima había empezado a hacer fotos y vídeos por la ventanilla.
−Quiero aprovechar la alta velocidad para conseguir una ráfaga y hacer un vídeo para el insta −me dijo emocionada.
−¡Ah guay!… −dije sin más. Cada loca con su tema…
(Gladiator) Definitivamente mi musa me había abandonado. Me limité a escuchar la música y a pensar en… ¿bombones?
(Piratas del caribe) Subidón de nuevo. La temperatura en el exterior iba bajando exponencialmente al aumento de mi emoción.
“Próxima estación: Guadalajara”
−Guadalajaraaaa, guadalajaraaaa… −caturreé.
(El silencio de los corderos) Mi prima ya había hecho su vídeo y lo había colgado. Muy chulo, sí. Y la canción que lo acompañaba es la que escucho cuando voy andando al trabajo. Me marca el ritmo.
(Platoon) Llueve y las gotas corren en horizontal por el cristal. Curioso efecto.
“Próxima parada: Madrid Atocha”
−¡Uy, pues ya estamos!
Lídia Castro Navàs
Lee Madrid 2
Me encontraba dormitando dentro del acogedor tronco del árbol que me daba cobijo. Se trataba de un roble robusto y viejo. Más vetusto que mi propia y longeva existencia. Era mi hogar desde hacía tanto, que ya no podía acordarme de la primera vez que lo habité. Nos cuidábamos y protegíamos mutuamente. Como dríade, me deleitaba con esa función que me había tocado asumir y ya no podía imaginar mi vida realizando otra tarea que no fuera esa. Mi historia en particular no era merecedora de mención, pero, en cambio, las memorias de mis antepasadas eran dignas de llenar las crónicas más célebres. Algunas de mis antecesoras vivieron en el Jardín de las Hespérides, y una de ellas era la encargada de proteger y cuidar del manzano de frutos dorados. Me enorgullecía enormemente poder afirmar que mi existencia estaba ligada a aquella dríade en particular.

Dríade, Evelyn de Morgan
Y volvía a sonar la música a lo lejos. Ese tipo de música animada que hace que los pies se muevan solos y el corazón dé saltos de alegría. La melodía interrumpió mis pensamientos. Poco a poco, se fue aproximando y haciéndose cada vez más audible. Salí del tronco lentamente, desperezándome, para ver a qué se debía tanta algarabía; aunque ya imaginaba quién podía ser…
Era Apolo, que se acercaba con su séquito de ninfas danzarinas revoloteando a su alrededor. Apolo siempre hacía honor a su cargo como dios de la música y de la belleza y de forma constante iba acompañado de ambas.
Iban danzando y en sus manos sostenían copas que contenían un elixir de tonalidad borgoña. Se trataba de vino que Dionisos repartía entre sus más allegados y que tenía unos efectos desinhibidores en cualquiera que se lo llevaba a la boca. Los vaporosos vestidos de las ninfas se mantenían como suspendidos en el aire al compás de sus gráciles movimientos. Y sus risas, contagiosas en desmesura, me obligaron a unirme a su júbilo de forma irremediable.
Entre el séquito que acompañaba al dios había muy buenas amigas mías, ninfas como yo, aunque con ocupaciones muy diversas. Algunas habitaban en fuentes de agua dulce, donde procuraban que los sedientos caminantes saciaran su sed. Otras residían en las montañas y grutas cerca del mar, lugares que custodiaban con complacencia, a la espera de poder refugiar a algún marinero extraviado. También solían acompañar a Apolo las nueve hermanas musas, ninfas de la inspiración. Cada una de ellas infundía la motivación necesaria a artistas en muy diversos ámbitos como la poesía, el teatro, la pintura o la historia.

Hylas y las ninfas, John William Waterhouse
Todas ellas descuidaban por un tiempo sus labores para poder disfrutar de la compañía del dios y dejar fluir todos sus sentidos a través de la danza y la música. Esa mañana soleada de abril me uní a ellas. La primavera empezaba a despuntar y el bosque se estaba llenando de vida. En los nidos, que se sostenían en las copas de algunos árboles, ya asomaban los picos de hambrientos polluelos que reclamaban alimento. Los capullos comenzaban a abrirse y a llenar de colores y perfume las zonas bajas gracias a la influencia de Flora, la diosa de las flores. Incluso se podían intuir los preciados frutos que pronto llenarían las ramas de los árboles frutales.

Flora y los céfiros, John William Waterhouse
Me dejé fluir por el ritmo de la música y por el cálido tacto del sol sobre mi blanquecina piel. Saboree el delicioso aroma de la ambrosía que llenaba mi copa dorada y dancé como si no existiera un mañana…
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