La ceremonia del té

Había sonado el gong metálico dando inicio a la ceremonia del té. Sentado sobre sus rodillas miraba como ella le enseñaba cada paso del ritual: lavó los utensilios, calentó el agua, vertió una parte de esta en el cuenco donde aguardaban las hojas de matcha, lo removió con el agitador de bambú… Durante todo el proceso ella no había levantado la vista, hasta que le acercó el cuenco. En ese breve cruce de miradas, se enamoraron.

Lídia Castro Navàs

Mis mareas

No necesito esperar a la noche para que la oscuridad me lleve.

Todo se tiñe de negro a mi alrededor y mi brillante esencia se esconde en lo más profundo de mí, por temor.

Y, de repente, todo explota. Se abre la veda. Soy incapaz de detener el caudal de emociones que se agolpan en el espacio reducido de mi pecho encogido por la angustia. Y se precipitan a borbotones en forma de lágrimas y sollozos. Vomito gritos, se me desgarra el alma y me domina el dolor por un instante que se me hace eterno.

Pero, del mismo modo que se inicia, llega a su fin. Sin más.

Y aflora de nuevo la luz de mi alma, que me arropa con su calidez y me reconforta. Y así, mi mar emocional se calma, hasta la próxima marea…

Lídia Castro Navàs

Me tengo a mí

¿Por qué es tan terrible la luz de la luna? Eso me pregunto cuando la admiro inquieta desde mi ventana entreabierta. Pero aún me parecen más terribles las sombras que ésta proyecta sobre mí noche tras noche.

Me gustaría alcanzarla con las puntas de mis dedos y acercarla a mí, para acompañar mi soledad. Y con ella iluminaría los rincones más oscuros de mi alma, esos a los que tanto temo y que me roban los sueños y el descanso.

Entonces me acurruco debajo de mi pesada manta y me abrazo fuerte hasta sentirme entera. Y en ese momento me percato que no estoy sola, me tengo a mí.

Lídia Castro Navàs

No es otro cuento

Después de incontables y sombrías noches, solo iluminada por las estrellas o por la titubeante luz de unas velas, volvía a admirar la muerte del sol en el horizonte. El cielo se iba tiñendo de rojo muy lentamente y provocaba cambios de tonalidades en todo el paisaje circundante. Habían pasado ya dieciocho años desde que nací un soleado día de primavera.

Desde entonces me encontraba encerrada entre esos muros de piedra gris. Con una única ventana que me ofrecía vistas del desconocido exterior. No conocía otra realidad. Me habían hecho creer que ese era mi sino. Y lo acepté al principio, pero llegó un día en que desperté del sueño que me tenía presa.

Estaba sola en mis aposentos, como de costumbre. Un gran espacio ocupado únicamente por una enorme cama con dosel, una mesa de costura, una silla y un armario, todo de roble.

Ocupaba mi desidioso tiempo cosiendo a la luz de las candelas, cuando, cierta noche, un ruido en el exterior captó mi atención. Dejé la aguja clavada en el bastidor circular, donde estaba bordando un pañuelo con una flor de lis, y me acerqué temerosa a la ventana. Posé las manos en la fría y dura repisa y dirigí mi mirada hacia abajo, de donde había procedido el extraño ruido.

Entonces, entre tanta oscuridad, pude ver algo que resplandecía con la fuerza de tres soles. Era un caballo blanco, que inquieto relinchaba bajo mi ventana.

Era tan hermoso y transmitía tanta fuerza, que en seguida ansié poder alcanzarlo y encima de su lomo cabalgar lejos de mi prisión. Fue tal el anhelo, que estiré los brazos todo lo que pude e incliné mi figura hacia adelante para ver si podía siquiera rozarlo. Pero el contrapeso de mi cuerpo, enfundado en un pesado vestido de terciopelo azul con enaguas y faldones, me hizo perder el equilibrio y precipitarme al vacío.

El golpe que me propiné fue seco, aunque no tan fuerte como esperaba, pues en seguida llegué al suelo, como si la caída hubiera sido de unos pocos centímetros. El terreno no estaba cubierto de hierba, ni siquiera pude notar la humedad de la tierra.

Abrí los ojos, que extrañamente sentía legañosos. La alfombra multicolor sobre la que caí se me antojó muy mullida. Me incorporé y llevaba el pijama de franela hecho girones. Acababa de caer de la cama, pero no de una con dosel y con un gran cabezal de roble, sino de una litera metálica que compartía con mi hermana.

—¡Vaya! Es la segunda vez esta semana —reconocí con vergüenza.

Lídia Castro Navàs

Madrid 3: ¡Hasta siempre!

Seguíamos en el tren. Ya habíamos dejado atrás la estación de Zaragoza y por las ventanas solo se podía ver oscuridad.

Continuábamos con nuestro repaso mental de todo lo vivido en Madrid, mientras a nuestro alrededor la gente destinaba su tiempo a leer, ver la película (una de animación de Astérix y Obélix), beber o comer algo…

Nos entró hambre y nos pusimos a picotear. Y es que yo siempre llevo provisiones (en esta ocasión, un par de plátanos y unos cacahuetes). Mientras intentaba no llenar mi regazo con las cáscaras de los cacahuetes, recordábamos que nuestro segundo día en Madrid fue igual de intenso que el primero, aunque cogimos más el metro para paliar el cansancio acumulado del día anterior. La primera parada fue en la plaza de España, donde pudimos hacernos unas fotos en la fuente con el edificio con el mismo nombre a nuestras espaldas. Se trata del octavo edificio más alto de la península y a mí me recordó a la fachada de uno de esos hoteles americanos que tantas veces he visto en películas de sobremesa.

Rodeamos toda la plaza hasta llegar a la parte occidental donde descansa Cervantes, que atento vigila las andanzas de Don Quijote y Sancho Panza que avanzan en sus monturas correspondientes.

Foto propia. Madrid, 2016

Hacía mucho frío, que se acentuaba a causa de la gélida brisa que soplaba. Nos dirigimos al templo Debod. Templo egipcio dedicado a Amon y a Isis, que fue un regalo de agradecimiento por la ayuda prestada en el traslado del templo de Abu Simbel a causa de la construcción de la presa de Assuan (¡Si no lo hubieran trasladado, hubiera quedado inundado!). Tuve la sensación de volver a Egipto por tercera vez, aunque solo fuera por unos instantes. La emoción del momento bien se merecía algo más que una foto… Mi prima sugirió hacer un boomerang para colgar en el insta (Boomerang: vídeo muy corto que repite un movimiento. Sí, yo tampoco lo sabía… juas). Total, que el momento boomerang fue de lo más divertido. Además, como no parábamos de saltar para que quedara algo original, pudimos apaciguar un poco el frío, que ya nos vino bien.

Foto propia. Madrid, 2016

Después de eso nos fuimos al Palacio Real, pasando por los jardines de Sabatini. Un sinfín de escaleras hasta llegar a la plaza de Oriente donde pudimos admirar el palacio con todo su esplendor. Espectacular arquitectura de estilo Barroco (Me recordó al Buckingham Palace, pero más grande).

Foto propia. Madrid, 2016

Justo al lado se encuentra la Catedral de la Almudena. Referente a ella… solo comentar que era domingo (pero no un domingo cualquiera… Era domingo de ramos). Y eran las 12:20 (Sí, a eso me refería… estaba llena a rebosar. Y encima nos quedamos sin poder subir al mirador de la cúpula, snif). No contentas con eso, nos aventuramos a entrar de todas formas. Fue un recorrido muy rápido, con la vista puesta en los techos abovedados, admirando arcos apuntados, ventanas polilobuladas y vidrieras coloridas. Cuatro fotos y salida casi sin respirar (buff, había taaanta gente y hacía tanto calor dentro, que presenciamos incluso el desmayo de una señora…).

Foto propia, Madrid, 2016

Lo más curioso fue que, al rodear el edificio por el exterior para poderlo ver des de todos los ángulos, vimos que entre las esculturas de los apóstoles,  que se encontraban alrededor de la cúpula, había una que resultaba extrañamente parecida a Batman (Solo fue por una milésima de segundo, pero tuve que parpadear y volver a mirar… ¡que cada cual juzgue!).

Foto propia. Madrid, 2016

Ese día nos habíamos propuesto comernos un bocadillo de calamares (¡No solo hay que visitar los lugares conocidos, también hay que comer cosas “típicas”, oye!). Así que, nos dirigimos al Mercado de San Miguel (Había leído que era el lugar ideal para hacer unas tapas y eso…). Pretendíamos comer allí, pero fue imposible… ¡no se podía ni andar por dentro! Al final acabamos comiendo “delicious bocadillo de calamares in plaza Mayor” (Era inevitable usar una referencia similar, juas). De fábula. Sentadas en una terraza, con una estufa por encima de nuestras cabezas, una mantita en el regazo y disfrutando de tal combinación variopinta. I-D-E-A-L.

Foto propia. Madrid, 2016

Después del descanso, intentamos visitar la casa-museo de Lope de Vega, pero al llegar… chasco. Se necesitaba cita previa (Debimos darles ‘penita’, porque nos dejaron ver el jardín privado).

Así que, nos fuimos a por más arte, pero esta vez, moderno. Al Reina Sofía. De camino al museo, me encantó poder ir ‘pisando’ retazos de la literatura española (¡Qué idea más original para acercar la literatura al ciudadano de a pie!). Además, resultaba que era el día internacional de la poesía, así que aproveché para hacer un tweet con foto de uno de los más que conocidos versos de Bécquer.

Foto propia. Madrid, 2016

En el museo (Entrada gratis para docentes, por cierto): Picasso, flipando con El Guernica (Menos mal que el MoMA de Nueva York se hizo cargo de él en el ‘39, porque seguramente se hubiera ‘perdido’ la obra… tweet), Dalí, Buñuel (Vimos ‘El perro andaluz’. Sí, el corto de la navaja en el ojo… un poquito repugnante, pero si piensas en el año de grabación, ¡chapó por los efectos!), Magrit, Sorolla… ¡No dábamos al abasto! Me encantó (Y mientras, los vigilantes seguían con su serenata: “¡Nooo fotooos!” ¡Y daaaale! ¿Qué se creen que vamos a hacer con las fotos? ¿venderlas? ¿planear un robo? No se me ocurre más. En fin…).

Al salir, había empezado a llover. Bajón y fiasco, porque no habíamos cogido el paraguas (¡La previsión de la app no lo ‘preveía’, jolín!). Una carrerilla hasta la entrada del metro y hacia el hostal a descansar un poco y hacer tiempo para ir a cenar (Tártar de salmón con aguacate y semillas de sésamo negro ¡mmm!) y unas fotillos nocturnas.

Segundo día… ¡superado!

Nuestro último día en la capital fue relajado y corto. De hecho, habíamos tachado todo lo de nuestra lista, así que tocaba improvisar. Por la mañana, subimos al mirador del Corte Inglés para admirar las vistas y echar unas fotos desde las alturas. Después callejeamos en busca de los teatros madrileños más conocidos. Fotos de las entradas y carteles, hasta el mediodía, momento en que debíamos dejar la habitación. Cargadas con todo, hicimos uso del servicio de consigna de la estación de Atocha (Barato y seguro. Un 10).

Ya sin maletas, hicimos una visita improvisada al CaixaForum (Entrada gratis para docentes, de nuevo. Juas, juas): Miró y Le Brun (tweets y ¡fotos! Aquí sí que dejaban…).

Foto propia. Madrid, 2016

Pude admirar los trabajos preparatorios de muchas de las pinturas murales de Versalles (Impresionantes litografías y ¡menudo tamaño!). Mi prima se lamentó cuando se dio cuenta de que había perdido el plástico protector del visor de su cámara… (Se ha quedado en Madrid).

Comida en un ‘japo’ (Makis, sopa de miso y arroz picante) y tiempo de relax para disfrutar de un té sencha.

Una hora antes de la salida del tren fuimos hacia la estación, donde visitamos el jardín botánico y cuando compramos nuestros ‘recuerdos’, nos hicieron un regalo inesperado (“Estrellas del amor” las llamó).

Foto propia

Se nos pasó la hora volando. El tren ya estaba en el andén. Era hora de partir. De vuelta a casa…

¡Hasta siempre, Madrid! (snif, snif).

Lídia Castro Navàs

Lee Madrid 1 y Madrid 2

Madrid 1: Coche en silencio y bandas sonoras

El madrugón no me importó en absoluto, de hecho solo tuve que levantarme un poco antes de lo habitual. Hice mis ejercicios y desayuné plácidamente. A continuación desperté a mi prima y empezó una carrera de obstáculos de treinta minutos en que nos chocábamos por el pasillo como si se tratara del metro de Barcelona un lunes en hora punta.

En mi mente bailaban frenéticamente un sinfín de tareas que no podía olvidar: “Hacer la cama, cepillarme los dientes, coger la basura orgánica (estaba llena y no era buena idea dejarla tres días criando nuevos seres), poner todas las plantas en el comedor y dejar una persiana subida para que no murieran en mi ausencia, revisar el neceser y la maleta antes de poner el candado, comprobar que llevaba la llave del candado… Volver a cerciorarme, dos veces más, de que la dichosa mini llave del candado seguía en mi monedero…”

Los pensamientos de mi prima no podía leerlos, pero sí podía escucharla farfullando mientras se vestía y arreglaba:

−Me tenías que haber despertado antes, yo necesito más tiempo… ¡Oh, dios! Me he olvidado el cable de la cámara en mi casa ¡No me lo puedo creer! No podré pasar las fotos −dijo de forma atropellada.

−Pues ya lo harás al volver… −dije sin dejar de repasar mi lista mental.

Pasados esos minutos de agobio, el resto fue bien. La llegada a la estación, sin incidentes. Muy grande y muy bonita, sí. ¿Pero no la podían poner un poquito más lejos del centro de la ciudad? Ahora entendía el nombre (“Estació del camp”). ¡Claaaaro, era por su localización. En el campo!

Foto propia. Tarragona, 2016

Una vez ya acomodadas en el caro y veloz tren nos dimos cuenta de que, dada la hora, no se nos permitía hablar. “Coche en silencio” se podía leer en cada rincón. Pues vaya, con lo que me gusta a mí hablar… Por suerte, un amable señor repartió auriculares. Pero pasaba de usar el spoty y gastar datos, los necesitaría para buscar ubicaciones con el maps. Así que lo enchufé en el asiento. Habían varios canales musicales de diferentes estilos. Seleccioné uno de bandas sonoras y empezó a sonar la de Eduardo Manostijeras y pensé “Esta me va a gustar…”. Mi prima se decantó por una película que acababan de poner. Era sobre piratas. Pero solo comenzar, empezó a reír (lo del silencio se esfumó con la primera carcajada). Yo creía que se reía porque era cómica, pero resultó que era tan sumamente mala que le entraba la risa tonta.

(Rocky) Me sentí motivada a escribir, así que, sin más me puse a ello.

“Próxima parada: Lleida”

−¿En serio? Jolín, qué rápido…

(Memorias de África) Seguí escribiendo y mi prima, viendo la película, que dejaba a todos los filmes de serie B con opciones para los Oscar.

(Lo imposible) Empecé a pensar… “Tendré que crear una etiqueta para clasificar los relatos basados en viajes en mi blog. O, tal vez, debería iniciar una nueva sección. ¿O quizás debería crear otro blog?”

(Tiburón) ¡Me asaltaron un montón de dudas de repente! Al tiempo, mi prima había dejado la película de lado y observaba el paisaje por la ventana. Una gran llanura cubierta de niebla que se sucedía a gran velocidad. Muy inspirador, sí.

(Entrevista con el vampiro) “¡Ay, mola!”. Subidón. No pude reprimir la imagen de Axel Rose (de Guns and Roses) con su largo pelo dorado y su pañuelo en la frente.

“Próxima parada: Zaragoza”

−Vaya, lo de la alta velocidad iba en serio…

(La lista de Schindler) Bajón. Mi inspiración se detuvo en seco… Los cómodos y anchos asientos ya no me parecían ni tan cómodos, ni tan anchos… Como pude, me desentumecí, sin estirarme en exceso. Hay que guardar la compostura en público.

(Parque Jurásico). Ya era una hora decente, así que decidí avisar a los de casa que estábamos bien y en camino. Foto selfi para acompañar un “Buenos días” y unos emoticonos sonrientes lanzando besitos.

(El regreso de la momia) Mi prima había empezado a hacer fotos y vídeos por la ventanilla.

−Quiero aprovechar la alta velocidad para conseguir una ráfaga y hacer un vídeo para el insta −me dijo emocionada.

−¡Ah guay!… −dije sin más. Cada loca con su tema…

(Gladiator) Definitivamente mi musa me había abandonado. Me limité a escuchar la música y a pensar en… ¿bombones?

(Piratas del caribe) Subidón de nuevo. La temperatura en el exterior iba bajando exponencialmente al aumento de mi emoción.

“Próxima estación: Guadalajara”

−Guadalajaraaaa, guadalajaraaaa… −caturreé.

(El silencio de los corderos) Mi prima ya había hecho su vídeo y lo había colgado. Muy chulo, sí. Y la canción que lo acompañaba es la que escucho cuando voy andando al trabajo. Me marca el ritmo.

(Platoon) Llueve y las gotas corren en horizontal por el cristal. Curioso efecto.

“Próxima parada: Madrid Atocha”

−¡Uy, pues ya estamos!

Lídia Castro Navàs

Lee Madrid 2

En un día primaveral

Me encontraba dormitando dentro del acogedor tronco del árbol que me daba cobijo. Se trataba de un roble robusto y viejo. Más vetusto que mi propia y longeva existencia. Era mi hogar desde hacía tanto, que ya no podía acordarme de la primera vez que lo habité. Nos cuidábamos y protegíamos mutuamente. Como dríade, me deleitaba con esa función que me había tocado asumir y ya no podía imaginar mi vida realizando otra tarea que no fuera esa. Mi historia en particular no era merecedora de mención, pero, en cambio, las memorias de mis antepasadas eran dignas de llenar las crónicas más célebres. Algunas de mis antecesoras vivieron en el Jardín de las Hespérides, y una de ellas era la encargada de proteger y cuidar del manzano de frutos dorados. Me enorgullecía enormemente poder afirmar que mi existencia estaba ligada a aquella dríade en particular.

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Dríade, Evelyn de Morgan

Y volvía a sonar la música a lo lejos. Ese tipo de música animada que hace que los pies se muevan solos y el corazón dé saltos de alegría. La melodía interrumpió mis pensamientos. Poco a poco, se fue aproximando y haciéndose cada vez más audible. Salí del tronco lentamente, desperezándome, para ver a qué se debía tanta algarabía; aunque ya imaginaba quién podía ser…

Era Apolo, que se acercaba con su séquito de ninfas danzarinas revoloteando a su alrededor. Apolo siempre hacía honor a su cargo como dios de la música y de la belleza y de forma constante iba acompañado de ambas.

Iban danzando y en sus manos sostenían copas que contenían un elixir de tonalidad borgoña. Se trataba de vino que Dionisos repartía entre sus más allegados y que tenía unos efectos desinhibidores en cualquiera que se lo llevaba a la boca. Los vaporosos vestidos de las ninfas se mantenían como suspendidos en el aire al compás de sus gráciles movimientos. Y sus risas, contagiosas en desmesura, me obligaron a unirme a su júbilo de forma irremediable.

Entre el séquito que acompañaba al dios había muy buenas amigas mías, ninfas como yo, aunque con ocupaciones muy diversas. Algunas habitaban en fuentes de agua dulce, donde procuraban que los sedientos caminantes saciaran su sed. Otras residían en las montañas y grutas cerca del mar, lugares que custodiaban con complacencia, a la espera de poder refugiar a algún marinero extraviado. También solían acompañar a Apolo las nueve hermanas musas, ninfas de la inspiración. Cada una de ellas infundía la motivación necesaria a artistas en muy diversos ámbitos como la poesía, el teatro, la pintura o la historia.

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Hylas y las ninfas, John William Waterhouse

Todas ellas descuidaban por un tiempo sus labores para poder disfrutar de la compañía del dios y dejar fluir todos sus sentidos a través de la danza y la música. Esa mañana soleada de abril me uní a ellas. La primavera empezaba a despuntar y el bosque se estaba llenando de vida. En los nidos, que se sostenían en las copas de algunos árboles, ya asomaban los picos de hambrientos polluelos que reclamaban alimento. Los capullos comenzaban a abrirse y a llenar de colores y perfume las zonas bajas gracias a la influencia de Flora, la diosa de las flores. Incluso se podían intuir los preciados frutos que pronto llenarían las ramas de los árboles frutales.

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Flora y los céfiros, John William Waterhouse

Me dejé fluir por el ritmo de la música y por el cálido tacto del sol sobre mi blanquecina piel. Saboree el delicioso aroma de la ambrosía que llenaba mi copa dorada y dancé como si no existiera un mañana…

@lidiacastro79

En el callejón

Las pruebas

Dormía profundamente cuando mi móvil empezó a vibrar encima de la mesilla de noche. Un nuevo cadáver había sido encontrado. No me dieron más datos, pues ya sabían que no me gustaba hacerme ideas preconcebidas. Prefería basarme únicamente en la información que me proporcionaban las pruebas. Estas nunca mienten.

La escena del crimen era un callejón sin salida, pestilente y húmedo, en el otro extremo de la ciudad. Cuando traspasé el cordón policial, pude ver que al fondo había un muro, no muy alto, de ladrillos rojizos a la vista. “Un buen sitio por donde huir y no ser visto”, pensé. A mano derecha había un grupo de contenedores grandes y metálicos, llenos de sacos de basura negros. Algunos estaban destripados, seguramente por algún gato callejero en busca de alimento. A mano izquierda se amontonaban unas cajas de cartón dispuestas a modo de refugio. Era obvio que allí había malvivido alguien hasta hacía poco.

Justo en medio, entre los contenedores y los cartones, se encontraba el cuerpo retorcido de un joven. No tendría más de treinta años, de estatura media, aunque se le veía bastante escuálido. Pelo moreno desaliñado, barba de unas cuantas semanas y unos tatuajes tribales le asomaban por el cuello de su camisa de cuadros. Completaban su atuendo unos vaqueros raídos y una botas de ante marrón desgastadas.

La policía, que había analizado el escenario antes de mi llegada, encontró un cuchillo de cocina, con una hoja de unos quince cm, con restos de sangre. No sabía si se trataba del arma del crimen, pues a simple vista, no se podía observar ninguna herida o marca en el cuerpo del chico, aunque eso lo comprobaría enseguida en el laboratorio forense.

Una vez con el cuerpo del difunto reposando encima de la mesa metálica, pude observar con detenimiento cada recoveco. En un bolsillo de su pantalón había unas cuantas monedas, una caja de cerillas usada y algo más que llamó mi atención: un trozo de papel, delicadamente doblado, pero sin nada escrito. ¿Por qué guardaría con tanto mimo un pedazo de papel en blanco?

Cuando el cadáver ya estaba desnudo, comprobé que debajo de sus uñas había restos de tejido, así que tomé una muestra para saber la procedencia. Seguí con el examen superficial del cuerpo y encontré una erupción tópica en la cara interna del brazo derecho. ¿Sería fruto de una alergia? ¿una picadura? ¿una intoxicación? No lo sabía con certeza. Tendría que esperar a los resultados del frotis que mandaría a toxicología.

Finalmente, después de analizar el contenido de su estómago, pude obtener otra prueba: un hueso aún no disuelto. Lo mandé a la antropóloga forense para que determinara a qué especie animal pertenecía.

En total disponía de cuatro pruebas:

1- Sangre, procedente del cuchillo.

2- Un papel, aparentemente, en blanco.

3- Tejido, encontrado debajo de sus uñas.

4- Resto óseo, que estaba entre el contenido de su estómago.

Sin olvidar la erupción del brazo, de origen desconocido, que podía también tener relación con la muerte.

Necesitaba encontrar el nexo común entre todas las pruebas. Eso me permitiría resolver el crimen. Pero… ¿por dónde debía empezar?

Los resultados

Estaba desesperado e impaciente por obtener los resultados de las pruebas y la desazón llenaba mis horas. No podía aguantar tal exasperación, así que me dirigí al laboratorio para ver cómo avanzaban las investigaciones.

Sobre el cuchillo, ya habíamos descartado que fuera el arma del crimen, puesto que en el cadáver no había incisión alguna. Aun así, lo hice analizar. El Dr. Philips, el hematólogo, me informó que en el análisis de la muestra, había observado células sanguíneas nucleadas, cosa que evidenciaba que la sangre no era humana.

“Interesante dato”, pensé. Dejé de lado el cuchillo, pues de momento no veía una relación directa con la muerte.

La muestra de tejido que extraje de debajo de las uñas de la víctima estaba en poder de la históloga, la Dra. Franklin. Mujer de carácter fuerte pero de gran corazón. Ella me explicó que había comparado la muestra con su base de datos y podía asegurar que era tejido epitelial cutáneo de tipo humano.

—Así que, piel humana  —musité.

—Sí, pero coincide con la muestra procedente de la erupción cutánea del difunto.

—O sea, que podemos descartar que perteneciera al presunto asesino.

—Así es. Seguramente la víctima se rascó la erupción con tal fuerza, que la piel se le desprendió, quedándose bajo sus uñas.

Con esa información, se desvanecía la hipótesis de que la víctima se defendiera de un hipotético ataque violento.

La siguiente prueba me llevó a ver a la antropóloga forense, la Dra. Brennan. Una persona especial. Rara, más bien. De profundos ojos verdes y una mirada felina que hacía que te sintieras intimidado en su presencia. Ella había comprobado el tamaño y la forma del hueso encontrado entre el contenido del estómago del difunto. Afirmó, con aquella seguridad que la caracteriza, que el hueso pertenecía a un pequeño mamífero roedor.

—¿Un conejo? —pregunté.

—Le mandé la muestra a la Dra. Franklin y confirmó que las células del hueso coincidían con los de una cola de ratón -dijo ella sin levantar la mirada del microscopio.

— ¡¿Un ratón?! Puaj. —Sentí una arcada.

Aún me quedaba el papel aparentemente en blanco. Lo había enviado al departamento químico, quienes estaban muy habituados a descubrir la presencia de mensajes ocultos hechos con tinta invisible. El departamento en cuestión estaba dirigido por dos hermanos gemelos un poco excéntricos. Las malas lenguas decían que los vapores que inhalaban al realizar sus pruebas les perturban el entendimiento.

Los Drs. Smoke realizaron dos pruebas al papel: en la primera, lo rociaron con hidróxido sódico, en busca de algún rastro de fenolftaleína. Pero los resultados fueron negativos. En segundo lugar, creyendo que la víctima había podido escribir algo usando zumo de limón, aplicaron calor al papel, con lo que apareció un mensaje: “Tengo mucha hambre. Estoy harto de los ratones. No me encuentro bien».

Ante aquella misiva tuve una corazonada. Pedí que buscaran en el difunto restos de alguna sustancia tóxica. Mientras, yo mismo fui de nuevo a la escena del crimen. Quería ver si encontraba una cosa. Y, efectivamente, entre los dos contenedores hallé una bolsita de plástico que contenía unas bolitas de color rosado. ¡Lo tenía!

Horas después volví al laboratorio. Con satisfacción pude comprobar que en el organismo del difunto se hallaron restos de rodenticidas anticoagulantes, warfarina y bromadiolona. Que coincidían con las sustancias que componían el matarratas que yo mismo había encontrado en el callejón.

Todo sugería que el difunto, ante la posibilidad de morir por inanición, optó por consumir ratones que encontraba fácilmente en el callejón. La mala fortuna hizo que comiera un ejemplar que había consumido matarratas previamente, con lo que se envenenó a sí mismo. Resultaba que, al final, no había sido un asesinato, sino una muerte accidental.

¡Otro caso resuelto gracias al análisis de las pruebas!

Lídia Castro Navàs

En la soledad del laboratorio

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Foto: Pixabay (editada)

El ambiente en el laboratorio estaba bastante cargado, como solía ser habitual. El personal que se ocupaba de la limpieza del edificio anexo a la facultad de ciencias tenía vetada la entrada en él, pues las investigaciones eran demasiado importantes para los estudiantes que se jugaban la nota del final de proyecto. Y, además, eran realmente caras, como para arriesgarse a perderlo todo por un descuido desafortunado.

Las partículas de polvo suspendidas en el aire eran fácilmente visibles gracias a los rayos del sol que se colaban por los porticones entreabiertos de las ventanas. Hacía un día espectacular ahí fuera: el sol resplandecía y el canto de las golondrinas acompañaban esa idílica jornada de domingo. Pero yo, como siempre, prefería enfundarme mi bata blanca y encerrarme en aquel espacio solitario para avanzar mi investigación.

Mis compañeras de residencia debían de estar ya en la piscina del campus, disfrutando del calor recién estrenado. Las podía imaginar sin problemas: tumbadas en sus coloridas toallas, luciendo sus minúsculos bikinis, ante la mirada ávida de los estudiantes de primer año. Pero a mí no me atraía formar parte de ese anodino espectáculo. Ya habían intentado, en balde, convencerme de tomarme el día libre y acompañarlas. Pero había declinado hábilmente su invitación, alegando que llevaba un retraso considerable en la investigación y me apremiaba la fecha límite de la beca que me habían concedido.

En realidad, no llevaba ningún retraso, la investigación iba según el calendario previsto, pero es que realmente no me apetecía tener que salir y socializar con los demás miembros de mi especie. Prefería la compañía de los hongos, que crecían a buen ritmo dentro de las translúcidas cajas petri. Mis callados microorganismos apreciaban el silencio y la calma tanto como yo. No siempre podíamos gozar del silencio a causa del ruido exterior, que se colaba por cualquier resquicio.

Para acallar ese ruido intruso, optaba por la música clásica (bien alta). Pero nada de auriculares, ya lo intenté una vez y llevar el cable colgando por encima de la bata no es muy adecuado; una vez, a punto estuve de tumbar dos probetas con él. Así que, prefería escuchar la música directamente del móvil; y, aunque el sonido no era el óptimo, cubría cualquier ruido ajeno.

Mi investigación se basaba en el estudio y análisis de la diversidad micótica de las islas oceánicas. Disponía de seis meses para tal estudio y ya había consumido cinco de ellos. Me dispuse a observar en el microscopio las nuevas muestras, mientras de fondo disfrutaba del Canon en D de Pachelbel, una de mis melodías preferidas.

Sentada en el alto taburete iba apuntando los resultados en mi bloc de notas, sin levantar la vista del visor. Un estruendo a mi espalda me asustó. Solté el bolígrafo y me levanté. A simple vista no podía verse nada fuera de lugar. El sonido había procedido de uno de los armarios refrigerados donde guardaba las muestras. Mee acerqué con recelo y abrí la puerta con cautela.

Estiré de la palanca que accionaba el mecanismo de la puerta y di un respingo hacia atrás al ver que una de las muestras había multiplicado su tamaño y había roto el recipiente de cristal que lo contenía. El crecimiento anormal de ese organismo era algo insólito. Incluso se había adherido a las paredes del armario y parecía que se estaba alimentando del resto de las muestras. ¡Era inaudito! ¿Estaría frente a una nueva especie sin clasificar?

Lídia Castro Navàs

Entre la luz y la oscuridad

Ante mí se abría un vertiginoso abismo. El aire olía a azufre y mi rostro empezó a arder en el momento en que me incliné para mirar hacia abajo. Mis pies temblorosos se encontraban peligrosamente cerca del filo. Y una sensación de ingravidez me sobrevino súbitamente.

Había llegado hasta allí, con mis errantes pasos, siguiendo una brillante luz. Atraída por su intensidad. Pero esa luz se había desvanecido.

Entonces una lágrima se hizo paso a través de mi mejilla y allanó el camino al resto, que venían tras ella, pues acababa de comprender que tal luz no existía, había sido solo una ilusión, un anhelo creado por mi volátil imaginación, mi ingenuo corazón y mi alma recién recompuesta.

Y, de repente, una niebla espesa lo empezó a cubrir todo. Hasta que ya nada podía verse más allá. El silencio acompañaba a ese fenómeno y solo era interrumpido por algún solitario pájaro migratorio en su largo camino hacia el sur. Estaba rodeada de una inmensa nada.

Y en ese instante me percaté de la vulnerable situación en la que en realidad me encontraba. La ropa ya no envolvía mi cuerpo y llevaba los brazos en posición de ofrenda. En una mano sostenía mi corazón latente y sangrante. En la otra, mi esencia, mi luz.

¿Dónde estaba mi coraza? ¿Esa coraza que solía llevar y me protegía? No recordaba el momento en que había decidido quitármela y quedar expuesta. Había sido un grave error, sin duda.

Eché un trago de mi amarga saliva y di un paso atrás, tambaleándome, insegura, intentando no caer. Pero caí. No era la primera vez. Ya había caído antes. Desde el suelo la perspectiva de las cosas cambia. Eso me ayudó a levantarme de nuevo, aunque el escozor de las heridas que cubrían mi cuerpo desnudo, me recordaban la caída. Y me la recordarían por un tiempo porque lo que toca el alma, cuesta de olvidar.

Lídia Castro Navàs