Guardia nocturna

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Justo acabo de llegar de mi jornada nocturna y me voy a dormir un rato. Mientras todo el mundo se divierte en Nochevieja, yo tengo que estar de guardia; es injusto, pero alguien tiene que hacer el trabajo. Hoy me ha tocado asistir a un accidente de coche, un atraco con resultado de muerte y una pelea con un herido de arma blanca. Cada vez es más dura mi faena, pero es lo que tiene ser diablo.

Lídia Castro Navàs

 

Este microrrelato es mi participación en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac, en el que he ganado una medalla de oro por mi constancia. ¡Aquí está!

¡Muchas gracias, Adella!

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Cambio generacional

En estas fechas tan entrañables se suelen juntar en una misma mesa varias generaciones de la misma familia, dando lugar a conversaciones que destacan por el llamado cambio generacional.

—Los tejidos de antes duraban más —afirmó la voz de la experiencia.

—Pero se arrugaban más fácilmente, en cambio las fibras sintéticas actuales necesitan menos cuidados —dijo la otra.

—¿Qué quieres que te diga? Yo prefería planchar esas sábanas de algodón tan recias. ¡Eso sí que eran unas buenas sábanas que te arropaban por las noches!

—¡Quita, quita! —exclamó la más moderna—, yo las sábanas ni las veo, van directas del tendedero a la cama.

La voz de la experiencia la miró sin decir nada, pero con ese silencio mostró su clara desaprobación.

—Además, —continuó la más joven— yo soy muy ligera y con un golpe de vapor lo tengo listo en poco tiempo; en cambio antes… tenías que pasar tres veces por la misma arruga para que cediera y con el peso… ¡qué dolor de brazo!

—Pero el peso fortalecía los músculos, jovencita. ¿Qué sabrás tú que todavía gozas de la libertad y de la vida activa? —dijo la mayor indignada—. Espera a que llegues a mi edad y te releven por una más joven y nueva. Ya me lo dirás cuando te quedes relegada en un armario.

—Eso falta mucho para que pase —dijo con cierto deje de orgullo.

—Yo no estaría tan segura, he escuchado que para Reyes se ha pedido una de esas de vapor vertical. En unos días te veo conmigo, en el fondo del armario.

—¡Qué vas a oír, tú! Si la cal te tiene los orificios taponados.

Alguien entró en el cuarto de la plancha, interrumpiendo la conversación que había subido de tono. Llevaba una caja en las manos donde se podía leer: “Plancha de vapor vertical”. Y la estaba envolviendo de regalo. A la joven se le escapó una gota de agua de su depósito, sus días estaban contados.

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Aquí están las dos planchas que han ganado respectivamente Carlos y Junior. A ellos les dedico esta entrada por amenizar mi votación de relatos navideños jajaja 😉

¡Gracias por inspirarme!

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El debut

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Había llegado el día, el día de mi debut. Estaba nerviosa, como no podía ser de otra manera. «Lo harás bien», me animaban unos. «Has nacido para brillar», me decían otros. Pero los nervios iban por dentro. Siempre había sido muy inquieta, perfeccionista y responsable; el compromiso que suponía ese nuevo trabajo me desvelaba. ¿Y si llegado el momento no soy capaz de brillar como todos esperan?, ¿y si nadie se percata de mi presencia?, ¿y si por mi culpa no encuentran el portal donde ha nacido el dichoso niño?

 

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Aprovecho para desearos unas FELICES FIESTAS a todos y todas. Que disfrutéis en familia de estos días de Navidad 🎄✨💖

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Esa sensación

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Esa sensación de pesadez, opresión en el pecho, frío intenso que recorre la espalda en forma de escalofríos, quemazón en los ojos, dolor de cabeza y de las extremidades. Los párpados parecen querer sucumbir a un sueño involuntario e inevitable. Incapacidad por dar un paso más allá de la cama o el sofá.

Alguien podría afirmar que se trata de un abatimiento emocional, pero no. Así se manifiesta la fiebre invadiendo nuestro organismo y dominándonos desde dentro.

 

(PS. hacía años que no alcanzaba los 39º)

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Artemisa y Orión

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Se tumbó a su lado en lo alto del cobertizo a contemplar el cielo nocturno. Él señaló una constelación y le explicó la historia de amor, de fatídico final, que escondía esa agrupación de estrellas. Al terminar el mito de Artemisa y Orión, dejó caer el brazo y sus manos se tocaron; sintió una corriente eléctrica que ascendió por su extremidad y se expandió en su pecho. Esa fue la primera vez que creyó en la magia.

***

¿Te interesa saber el mito de Artemisa y Orión? Pues no te vayas todavía, que te lo explico en el siguiente vídeo.

Un paisaje singular

Cuando desperté, un paisaje singular se reveló ante mí: el cielo lucía un bonito tono naranja, los árboles agitaban sus rosadas hojas al son de un viento que sonaba como el canto de un ángel. Y allí estaba él, con sus brazos fuertes y verdes que mostraban unas venas muy marcadas.

—¿Quién eres? —le pregunté.

—Soy el médico que te acaba de administrar un psicotrópico —me contestó.

Lídia.

Un domingo de agosto

Foto propia. Austria, 2017

Volvía a llover. La temperatura era fresca aún siendo un domingo de agosto; mis entrañas notaban la humedad excesiva en el ambiente. Los campistas habían vuelto, dejando esa furgoneta, azul turquesa con cortinillas, tapando mi visión. ¡Cómo odiaba ese mal gusto para los colores y los complementos; pero odiaba, más aún, que aparcaran ahí, dejando oculta mi belleza natural.

Firmado: una glorieta de madera indignada.

Lídia.

Reunidas

—¿Estamos todas? —pregunté—. Bienvenidas a la reunión previa a la Navidad. Único punto del orden del día: votación para cambiar las incandescentes por leds.

Un murmullo rompió el silencio.

—Calma, luces —interrumpí—. Nos fundimos, nos cuesta llevar el ritmo de la intermitencia y no somos de exterior; es el momento de dejar el sitio a las nuevas generaciones.

Las contrarias a la jubilación anticipada no se calmaron, y es que las luces de Navidad disfrutan brillando una vez al año.

Lídia.

Una calabaza, dos calabazas, tres calabazas…

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pixabay.com

 

—Una calabaza, dos calabazas, tres calabazas… —contaba en voz baja en un intento vano por coger el sueño.

Me levanté y fui a deambular por la casa en penumbra mientras todos dormían. El aroma de los boniatos y las castañas asadas me llevó a la cocina; las bolitas dulces de almendra y piñones aún reposaban en la encimera. Estuve tentada de comer una, pero mi madre no me lo permitía desde que tenía aquellos dolores de barriga.

Me fui al salón donde el fuego, que ardía oscilante detrás de una pantalla de cristal, me reconfortó. Encima de una repisa de madera aguardaban un montón de fotos familiares. Ahí estaba yo, el día de mi primera comunión, hacía ya dos primaveras. Los mofletes se me veían llenos, no como ahora; había perdido peso, pero ya lo recuperaría cuando pudiera comer de todo; eso me decía mi abuela.  

«¿Quién será ese?», me pregunté al observar una foto de un hombre con barba. Mi padre no era. Se parecía a mi hermano, con esos ojos vivarachos, pero era imposible, solo tenía cuatro años más que yo.

En ese momento, todo cambió a mi alrededor: la estufa de leña desapareció dejando paso a un radiador metálico. Las fotos seguían allí, aunque encima de un mueble de cristal con acabados cromados. Yo continuaba mostrando mi sonrisa de carrillos abultados, en cambio, mi hermano había crecido, se le veía mayor, mucho mayor.  

—No puedes volver a tu casa, no está permitido  —dijo mi supervisor tirando de mí hasta llevarme de nuevo entre las sombras.

Por un día, sentí nostalgia de mi antigua vida, pero había olvidado que los muertos no podemos estar entre los vivos.

 

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Un día en el taller

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pixabay.com

—Necesito las tenazas —dijo mi padre mientras el sudor le caía por la frente.

Tardé varios segundos en encontrarlas entre toda esa maraña de herramientas que llenaban su mesa de trabajo. Antes de que pudiera tendérselas, vino por detrás de mí y las cogió sin siquiera mirarme.

—¡Estas son tenazas de corte! —dijo enfurruñado—. Necesito las que tienen forma de pinza.

Me sentí inútil. Para una vez que quería ayudarle y no hacía más que entorpecer su trabajo. Llevaba semanas con esta obra y se le veía abatido, cansado, con ganas de terminarla.

—Lo siento —me afané a decir. Pero me ignoró.

La última pieza de metal ya estaba sólida pero aún quemaba, por eso necesitaba ese utensilio para cogerla. Ya quedaba menos para terminar.

Después de todo el día en el taller, por fin acabó su obra de arte: una escultura de un niño de mirada pícara y pelo lacio; vestido con pantalones cortos, camiseta raída y un tirachinas en la mano.

Me sentí reflejado en seguida. En ese momento me di cuenta de todo… no es que mi padre me ignorara, es que ya no podía verme. Entonces me sentí orgulloso de su esfuerzo por esculpir la imagen que reposaría encima de mi lápida.

 

@lidiacastro79

 

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