La feria llega a la ciudad

Foto propia. Plymouth, 2016

Era domingo, pero no un domingo cualquiera, era un día especial. La feria había llegado a la ciudad, por fin. Cuando eso ocurría, las calles se llenaban de música, de paradas y de gente alegre.

La feria para mí significaba muchas cosas, algunas divertidas y otras dulces: atracciones, casetas de puntería, ositos de peluche, algodón de azúcar, manzanas caramelizadas… pero nada tan dulce como un primer beso en lo alto de la noria al atardecer.

Lídia Castro Navàs

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La fortaleza

Allí estaba yo, sola, de pie frente al umbral.

Tenía todo mi cuerpo en tensión: la mandíbula apretada, la sangre circulando rauda por mis venas inflamadas, las pupilas dilatadas y el sudor empapando mi camiseta de fibra sobre la que descansaba una cota de malla extremadamente ligera.

Mi mano derecha apretaba con fuerza la empuñadura de la espada eléctrica, que chisporroteaba lista para sesgar la vida de aquel que intentara atentar contra la mía.

El portal que se hallaba ante mí daba acceso a una fortaleza. Una vez dentro, la oscuridad total me engulló, pero, incluso sin ver nada, era capaz de sentir el mal que habitaba entre sus macizos muros.

Estaba dispuesta a hacerle frente y acabar con él de una vez por todas. Nunca me había sentido tan preparada.

Lídia Castro Navàs

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El barco pesquero

Un pequeño barco pesquero navega en alta mar. Su casco blanco destaca sobre la superficie calmada del océano. Los rayos del sol van a ras del agua, cosa que indica que está empezando un nuevo día.  En la cubierta faenan dos de sus tripulantes. Llevan monos de tirantes con el torso descubierto. Están fuertes y muy morenos. Uno de ellos tiene los brazos en tensión a causa del esfuerzo que está realizando al tirar de un cabo. Al fondo, el color del cielo se funde con el del agua, haciendo desaparecer el horizonte. Y mientras yo sigo aquí «amarrada» en el puerto, a la espera de su llegada. ¿Dónde estará? La incertidumbre me derrota…

Foto: @manelferrando

Lídia Castro Navàs

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El castillo

Bajé del carruaje con expectación y a la vez con reservas. Los arcos apuntados de las ventanas enmarcaban unos coloridos cristales. El tejado, cubierto de tejas azuladas, estaba salpicado de torreones con la misma cubierta. La puerta principal era un robusto portón de madera y engranajes de hierro forjado. Dos leones, en posición rampante, flanqueaban la entrada alertando al visitante. Paralizada ante tal expresividad esculpida en piedra, tragué saliva y crucé el umbral, apretando con fuerza la empuñadura del puñal que escondía bajo mi vestido de terciopelo azul.

Lídia Castro Navàs

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La perseida

Foto sacada de la red.

Una estrella fugaz atravesó mi cielo dejando una brillante estela a su paso. Cerré los ojos con fuerza y pedí un deseo. El solo recuerdo de su intensidad todavía ilumina mis días más oscuros. Entonces, esperando mi deseo, me di cuenta de que ya se había cumplido. Esbocé una sonrisa: esa luz estaría siempre conmigo.

¡Feliz lluvia de estrellas! 🌠🌠

Lídia Castro Navàs

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Todo llega a su fin

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Palazzo de Stupinigi (Turín, Italia). Foto: @lidiacastro79

Caminaba por los pasillos del palacio con nostalgia, arrastrando las enaguas de mi vestido de gala y admirando todo a mi alrededor: cortinas, molduras, tapices, pinturas, muebles, candelabros… Cuando llegué al salón de baile no pude sino rememorar los ecos de las canciones que una vez sonaron desde la galería donde se situaba la orquesta. No podía creerme que toda esa vida se estaba muriendo. Mi estatus llegaba a su fin.

@lidiacastro79

Entrada para participar en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac: «Las palabras soñadas»

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Buscando respuestas

Foto propia. Exeter, 2016

La investigación sobre su pasado la llevó hasta el cementerio.

El lugar era solitario y se hallaba en calma. La hierba estaba excesivamente alta y los cipreses proyectaban sus alargadas sombras sobre ella. Algunas losas estaban caídas o se mantenían en un difícil equilibrio. Unas eran ovaladas, otras estaban coronadas con una cruz y, frente a la mayoría, habían flores secas que reposaban inertes. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido en los aledaños del campo santo. Ese sosiego no tranquilizó en absoluto su alma inquieta. Quería respuestas y sabía que podía encontrarlas en las lápidas. Así que, sacó su bloc de notas y se arrodilló ante la primera tumba que vio.

Lídia Castro Navàs

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La chica

La chica iba andando por la calle con paso decidido. Su aspecto era juvenil, desenfadado. Vestía unos shorts vaqueros y una camiseta lila. El cabello, recogido en una coleta alta, se movía de lado a lado al compás de sus zancadas.

Cargaba con una bolsa de tela en un hombro, en la que se podía leer “ Be positive! ”, y de la cual sobresalía una toalla de playa. Unas grandes gafas de sol cubrían buena parte del rostro. Como único complemento, llevaba colgando unos auriculares por donde escuchaba música procedente de su móvil.

Al observarla, cualquiera podría pensar que era una chica más, normal y corriente. Pero, no. Ella no era como las demás. Ella era especial. Pero eso solo podría captarlo alguien con un alma afín a la suya.

Lídia Castro Navàs

La espera

Entro en la habitación y me dispongo a esperar su llegada. Las puertas de la ventana están abiertas de par en par. Me acerco y apoyo los codos en el alféizar para contemplar el paisaje. Justo en frente, hay dos grandes macetas de barro con geranios colorados que reposan encima de una balaustrada. Su aroma llega hasta mí haciéndome cerrar los ojos e inspirar profundamente. Cuando vuelvo a abrirlos, se detienen en el lago que se extiende más allá de lo que mi vista alcanza. A lo lejos, hay un islote que rompe con las líneas rectas del horizonte y, por encima, la inmensidad del cielo azul teñido de algodones blancos.

Toc-toc

Llaman a la puerta. Ya está aquí.

 @lidiacastro79

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El vestido rojo

Hoy se sentía genial, se había puesto ese vestido rojo que tanto le gustaba y se había ido a pasear. Era su primer día de vacaciones y había aplazado su próximo viaje para poder disfrutar del calor del verano, antes de encaminarse a Reikiavik. Así que, esa tarde, tomó el sol, se comió un helado, paseó con su liviano vestido… Hizo todo aquello que ella consideraba propio del verano. Y cuando llegó a la fuente, bañada con esa luz dorada del sol que empieza a esconderse, pudo sentir la humedad del agua salpicándole en los pies solo cubiertos por unas sandalias. ¡Fue la mejor sensación del día!

Lídia Castro Navàs

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