En la soledad del laboratorio

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Foto: Pixabay (editada)

El ambiente en el laboratorio estaba bastante cargado, como solía ser habitual. El personal que se ocupaba de la limpieza del edificio anexo a la facultad de ciencias tenía vetada la entrada en él, pues las investigaciones eran demasiado importantes para los estudiantes que se jugaban la nota del final de proyecto. Y, además, eran realmente caras, como para arriesgarse a perderlo todo por un descuido desafortunado.

Las partículas de polvo suspendidas en el aire eran fácilmente visibles gracias a los rayos del sol que se colaban por los porticones entreabiertos de las ventanas. Hacía un día espectacular ahí fuera: el sol resplandecía y el canto de las golondrinas acompañaban esa idílica jornada de domingo. Pero yo, como siempre, prefería enfundarme mi bata blanca y encerrarme en aquel espacio solitario para avanzar mi investigación.

Mis compañeras de residencia debían de estar ya en la piscina del campus, disfrutando del calor recién estrenado. Las podía imaginar sin problemas: tumbadas en sus coloridas toallas, luciendo sus minúsculos bikinis, ante la mirada ávida de los estudiantes de primer año. Pero a mí no me atraía formar parte de ese anodino espectáculo. Ya habían intentado, en balde, convencerme de tomarme el día libre y acompañarlas. Pero había declinado hábilmente su invitación, alegando que llevaba un retraso considerable en la investigación y me apremiaba la fecha límite de la beca que me habían concedido.

En realidad, no llevaba ningún retraso, la investigación iba según el calendario previsto, pero es que realmente no me apetecía tener que salir y socializar con los demás miembros de mi especie. Prefería la compañía de los hongos, que crecían a buen ritmo dentro de las translúcidas cajas petri. Mis callados microorganismos apreciaban el silencio y la calma tanto como yo. No siempre podíamos gozar del silencio a causa del ruido exterior, que se colaba por cualquier resquicio.

Para acallar ese ruido intruso, optaba por la música clásica (bien alta). Pero nada de auriculares, ya lo intenté una vez y llevar el cable colgando por encima de la bata no es muy adecuado; una vez, a punto estuve de tumbar dos probetas con él. Así que, prefería escuchar la música directamente del móvil; y, aunque el sonido no era el óptimo, cubría cualquier ruido ajeno.

Mi investigación se basaba en el estudio y análisis de la diversidad micótica de las islas oceánicas. Disponía de seis meses para tal estudio y ya había consumido cinco de ellos. Me dispuse a observar en el microscopio las nuevas muestras, mientras de fondo disfrutaba del Canon en D de Pachelbel, una de mis melodías preferidas.

Sentada en el alto taburete iba apuntando los resultados en mi bloc de notas, sin levantar la vista del visor. Un estruendo a mi espalda me asustó. Solté el bolígrafo y me levanté. A simple vista no podía verse nada fuera de lugar. El sonido había procedido de uno de los armarios refrigerados donde guardaba las muestras. Mee acerqué con recelo y abrí la puerta con cautela.

Estiré de la palanca que accionaba el mecanismo de la puerta y di un respingo hacia atrás al ver que una de las muestras había multiplicado su tamaño y había roto el recipiente de cristal que lo contenía. El crecimiento anormal de ese organismo era algo insólito. Incluso se había adherido a las paredes del armario y parecía que se estaba alimentando del resto de las muestras. ¡Era inaudito! ¿Estaría frente a una nueva especie sin clasificar?

Lídia Castro Navàs

Entre la luz y la oscuridad

Ante mí se abría un vertiginoso abismo. El aire olía a azufre y mi rostro empezó a arder en el momento en que me incliné para mirar hacia abajo. Mis pies temblorosos se encontraban peligrosamente cerca del filo. Y una sensación de ingravidez me sobrevino súbitamente.

Había llegado hasta allí, con mis errantes pasos, siguiendo una brillante luz. Atraída por su intensidad. Pero esa luz se había desvanecido.

Entonces una lágrima se hizo paso a través de mi mejilla y allanó el camino al resto, que venían tras ella, pues acababa de comprender que tal luz no existía, había sido solo una ilusión, un anhelo creado por mi volátil imaginación, mi ingenuo corazón y mi alma recién recompuesta.

Y, de repente, una niebla espesa lo empezó a cubrir todo. Hasta que ya nada podía verse más allá. El silencio acompañaba a ese fenómeno y solo era interrumpido por algún solitario pájaro migratorio en su largo camino hacia el sur. Estaba rodeada de una inmensa nada.

Y en ese instante me percaté de la vulnerable situación en la que en realidad me encontraba. La ropa ya no envolvía mi cuerpo y llevaba los brazos en posición de ofrenda. En una mano sostenía mi corazón latente y sangrante. En la otra, mi esencia, mi luz.

¿Dónde estaba mi coraza? ¿Esa coraza que solía llevar y me protegía? No recordaba el momento en que había decidido quitármela y quedar expuesta. Había sido un grave error, sin duda.

Eché un trago de mi amarga saliva y di un paso atrás, tambaleándome, insegura, intentando no caer. Pero caí. No era la primera vez. Ya había caído antes. Desde el suelo la perspectiva de las cosas cambia. Eso me ayudó a levantarme de nuevo, aunque el escozor de las heridas que cubrían mi cuerpo desnudo, me recordaban la caída. Y me la recordarían por un tiempo porque lo que toca el alma, cuesta de olvidar.

Lídia Castro Navàs

La hora de la comida

No recuerdo mi nacimiento ni mis primeros años de vida, ni siquiera sé si tengo padres o aparecí de la nada. Es como si mi memoria solo tuviera recuerdos recientes, aunque conservo algunos conocimientos que no sé exactamente de dónde provienen.

Desperté un día con un hambre voraz. Mi cuerpo, aunque ligero, estaba rígido, agarrotado y me costaba caminar, mis músculos no reaccionaban a los impulsos de mi cerebro, era como si fueran víctimas de una atrofia degenerativa, lo que hacía que mis pasos fueran errantes. Mi piel grisácea estaba fría, seca y se podían apreciar sin problemas unas venas moradas, casi negras, a través de ella.

Me encontraba en lo más profundo de una cueva. Una especie de gruta cercana a una playa, pues se podía escuchar el rumor del agua del mar. Me acerqué a la salida, guiada por la luz, pero a medida que la claridad se hacía más evidente tuve que parar, mis ojos no aguantaban tal fulgor. Estaba desorientada y no recordaba cómo había llegado hasta allí. Solo sabía que tenía hambre y quería comer. Lo que fuera. Empecé a escudriñar el suelo a mi alrededor en busca de algo que llevarme a la boca. En los rincones había algunos restos de vegetación mustia y vi correr una cucaracha. Sin pensármelo dos veces, me abalancé sobre ella y la devoré ávidamente. Pero ese minúsculo bocado no sació mi hambre, de hecho sentí que mi cuerpo requería de otro alimento. Tendría que descubrirlo.

Con la luz crepuscular pude aventurarme al exterior de esa cueva. Todo parecía estar en calma y no podía ver a nadie más. Pude fijarme que había otras cuevas, como en la que yo había despertado, situadas a lado y lado. El mar se encontraba a lo lejos, pasado un acantilado, a unos ochenta metros de caída libre.

Toda la extensión de la playa estaba vallada, con alambre de espino en lo alto. Por detrás de las vallas, en todo el perímetro, había un profundo foso y, más allá, un murete con unas pantallas de cristal, u otro material translúcido, a modo de protecciones. ¿Qué era ese lugar? ¿Y para qué tanta seguridad? ¿De qué teníamos que protegernos?

Empecé a caminar por la arena que recubría un terreno irregular, cosa que dificultó aún más mis burdos pasos. Y entonces, pude ver un grupo de personas. Mi boca, como paralizada en una mueca de asco, quiso alzarse para mostrar una sonrisa, pero mi expresión apenas cambió. Me acerqué al grupo sintiendo alegría en mi interior, pero sin poder mostrarla y vi que su aspecto y movimientos se asemejaban a los míos. Fui a hablar para dirigirme a ellos y solo fui capaz de emitir unos ininteligibles gruñidos. Ni yo misma pude entenderme.

Y entonces, empezaron a aparecer más personas, al otro lado de las vallas, por detrás del muro con pantallas protectoras. Pero no eran como nosotros. Caminaban sin dificultad y sus pieles eran tersas y luminosas. Había familias con niños y grupos de adolescentes. Llevaban cámaras de fotos colgadas del cuello, bolsas de palomitas y algunos niños sostenían globos de colores.

De repente, se oyó un sonido de cadenas y piezas metálicas que alertó al grupo que estaba conmigo. Tan deprisa como pudieron, se dirigieron hasta una compuerta por donde se deslizaron unos grandes recipientes llenos con una masa amarillenta.

Solo podía escuchar, los gruñidos de un lado y las ovaciones de otro. Mis nuevos compañeros empezaron a ingerir esa masa gelatinosa con desmesura, ayudándose de las manos y golpeándose los unos a los otros con los codos como animales salvajes. Me acerqué un poco más y un instinto irrefrenable me hizo perder control. Sin darme cuenta me había unido al festín.

Las personas congregadas al otro lado del muro, nos observaban con mucha atención, nos señalaban con el dedo índice y nos echaban fotos sin parar. No entendía qué es lo que pasaba, pero yo solo podía prestar atención a los recipientes con ese delicioso y pegajoso alimento. ¿Acaso formaba parte de un espectáculo enfermizo? No lo sabía. Seguía sin comprender nada en absoluto. Hasta que los recipientes quedaron vacíos y nuestras ansias disminuyeron notablemente. Mis acompañantes se dirigieron a sus cuevas lentamente, tambaleándose, con la mirada perdida. Y yo, que era nueva y no quería quedar mal, no hice más que imitarlos.

Aparecieron dos operarios, al otro lado de la valla, iban vestidos con monos y gorras a juego. Empezaron a dispersar a las personas de tez perfecta al grito de: Es todo por hoy, la hora de la comida ha terminado. Pueden pasar por taquilla a recoger su descuento para el pase de mañana. Gracias por visitar Port Zombie Aventura.

Lídia Castro Navàs

Como a una igual

Tuve la mala suerte de nacer mujer en una época no muy amable para las personas de mi sexo. La que me dio a luz era tendera de día y prostituta de noche. Mi llegada a este mundo oscuro fue más una carga que una bendición y eso condicionó toda mi infancia. Los primeros recuerdos que tengo son del suelo embarrado y húmedo de la plaza donde mi madre vendía hortalizas. Piernas y pies, algunos con zapatos, otros sin. Ropas desgarradas, bajos sucios… Eso era lo único que mi vista alcanzaba a ver, desde el suelo donde me pasaba horas sentada.

Mientras fui pequeña aprendí rápido a sobrevivir en la sociedad hostil en la que me tocó vivir. Mi madre repetía constantemente: “¡los hombres tienen la vida más fácil y los que mejor viven son los marineros!”. Esas palabras se convirtieron en un mantra para mí. Llegué anhelar haber nacido chico y me odiaba a mí misma por el sexo con el que la naturaleza me había dotado.

Una madrugada de finales de invierno, cuando yo contaba con 8 años, mi madre no volvió de su ronda nocturna por el puerto en busca de clientes. La encontraron muerta entre las redes de los pescadores, con restos de pescado putrefactos enganchados en el pelo.

Fue entonces cuando supe que tendría que buscarme la vida para no correr con la misma suerte que ella. Y en ese momento decidí hacerme pasar por un chico y enrolarme en un barco. Mi cuerpo escuálido, mis facciones rudas y mis formas rectas, me facilitaron la tarea. Más adelante ya pensaría en cómo iba a disimular los cambios físicos evidentes de la edad.

En el puerto siempre había patrones de barco buscando jóvenes a quien enseñar el oficio y me fue fácil acceder a uno. La vida en alta mar era más dura de lo que había imaginado pero no me faltaban comida y cobijo. El barco donde trabajaba limpiando la cubierta, cubría una de las rutas más transitadas y a la vez más peligrosas del momento. Trajinábamos mercancías provenientes de oriente, tales como: especias, sedas, perfumes… Y lo descargábamos en los principales y más importantes puertos del viejo mundo.

La peligrosidad de tal tarea residía en que los piratas estaban siempre al acecho. Y fue en uno de esos intentos de abordaje para conseguir botín, que acabé capturada. Al principio creí que sería vendida, al mejor postor, en algún mercado de esclavos. Pero resultó que mi condición física, pequeña y flexible, les era útil en los abordajes. Mientras ellos se encargaban de la faena bruta, yo pasaba desapercibida y podía colarme allí donde se guardaban los cofres con las monedas de oro. Pronto desarrollé una gran habilidad para abrir candados y cerraduras. Eso me convirtió en un elemento imprescindible en mi nueva tripulación.

Mi vida entre esos piratas se convirtió en lo más parecido a tener una familia.

Pasaron los años y las vendas que oprimían mi busto ya no disimulaban mi pecho desarrollado. Las camisas de algodón sin botones que usaba, eran más holgadas para esconder mis curvas. Aunque cada vez me resultaba más difícil hacerme pasar por macho. Hasta que un fatídico día, en que una resaca de ron me dejó semiinconsciente durante buena parte de la mañana, y descuidé mis tareas habituales, el capitán me hizo llamar cuando aún estaba vistiéndome. Fue uno de mis compañeros de tripulación, con quien compartía edad y risas, quien me halló sin camisa mientras me apretaba las vendas del pecho.

La expresión de su cara era una mezcla de asombro y terror a partes iguales. Por un instante, me quedé inmóvil y muda. Acto seguido intenté pedirle que me guardara el secreto, pero no hizo falta. Relajó el rostro, bajó la mirada y me hizo un gesto con la mano para indicar que podía estar tranquila, al tiempo que abandonaba la estancia.

Cuando subí, toda la tripulación estaba reunida en la cubierta. El capitán, de pie tras el timón, mantenía un posado serio. Mi cuerpo se estremeció al sentir todas las miradas puestas en mí.  Pero cuando el capitán empezó a hablar, todos mis miedos se desvanecieron. Hacía tiempo que mi secreto ya no era tal, todos conocían mi condición desde el día en que me raptaron. Pero mi entrega y predisposición enternecieron sus negros corazones y decidieron hacer la vista gorda. El capitán reconoció, que tarde o temprano tendría que hacer frente a esa situación y tomar decisiones duras. En un principio pensó en usar mis habilidades y después abandonarme a mi suerte. Pero llegado el momento, había cambiado de opinión. Me había convertido en “uno” más y ya no imaginaban el barco sin mi presencia. Por eso, dado que se había descubierto por fin el secreto, se habían reunido todos para decirme, que no tendría que fingir nunca más. Ellos me aceptaban tal y como era y se habían comprometido a seguir tratándome como el primer día, como a una igual.

Lídia Castro Navàs

Sakura

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Llorando a los pies del túmulo donde yacía su difunto marido pasaba los días. Sumida en el dolor por la pérdida era incapaz de retomar el hilo de su propia vida.

Había sido enterrado meses atrás, sin ostentaciones, como él quería, tal y como establecía el bushidō (el código ético de los samuráis).

En el kofun, junto con el cuerpo sin vida del guerrero, se habían depositado sus más preciados bienes: la armadura, un espejo de bronce, unas estatuillas de barro y, por supuesto, sus espadas: La katana, delicadamente forjada para él. La wakizashi, que siempre llevaba colgada en su cinto. Y el tantō, con la que acabó con su propia vida.

La decisión no debió ser fácil, pero no hay mayor honra para un samurái que dar la vida por su señor. La muerte no es algo temido ni lejano, es parte de la existencia. Él había aprendido eso a muy temprana edad. 

Ante la derrota y la muerte de su amo, llegó el momento de afrontar la situación y prepararse para el seppuku. No iba a permitir que el enemigo le hiciera prisionero.

Resguardado en un rescoldo, en pleno campo de batalla, echó un gran trago de sake y escribió unos últimos versos dedicados a su esposa. Sentado sobre sus rodillas, se abrió las vestiduras y empuñó el tantō, no sin antes envolverlo cuidadosamente con un papel de arroz. Situó el filo de la daga en su abdomen. Con determinación y una fuerza inusual hizo un corte rápido, de izquierda a derecha. Volvió el filo al centro y subió verticalmente hacia el esternón, hasta desentrañarse por completo.

Sufrió una larga y horrible agonía antes de caer finalmente muerto. Pero, de ese modo, consiguió salvaguardar su honra y la de su propia familia.

La desazón y la pena habían convertido a su entregada esposa en un espectro que paseaba su liviano cuerpo, enfundado en un kimono blanco, desde su casa hasta la sepultura, y el camino de vuelta.

El suyo había sido un amor cultivado con tiempo, con paciencia, con respeto… El trato que se profesaban era cortés y amable. Una sola mirada les era suficiente para comunicarse. Él era un hombre discreto en público y de pocas palabras; en cambio, en privado, era un amante muy entregado y a la vez delicado. Apreciaba la poesía, las bellas artes… Y a menudo se refugiaba en la creación de jardines flotantes. Los cuidaba con sumo mimo, como todo lo que hacía.

Y ahora ella rememoraba esos momentos vividos a su lado, mientras observaba con sus llorosos ojos las flores que reposaban sobre el sepulcro. Siempre que podía, llevaba consigo un ramo de sus flores preferidas para colocarlas en la tumba. La flor del cerezo es tan delicada que a las pocas horas de ser cortada ya se ha marchitado; y pensó: “como la vida del samurái: bella, pero breve”.


Una alumna se inspiró en mi relato para hacer esta ilustración 😀 ¡Gracias, Ari!

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Lídia Castro Navàs

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Día de justa

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El camino había sido largo y pesado. Mis pies doloridos ya no aguantaban más pasos. Paré a descansar debajo de una higuera para resguardarme del fuerte sol del mediodía y aproveché para masajearme los pies.

Gracias al campesino, que muy amablemente me llevó en su carreta durante una parte del trayecto, había podido recuperar fuerzas para llegar hasta aquí. En mis ropajes aún habían restos de paja, llevaba las sandalias llenas de polvo. Por suerte mi sombrero, con una larga pluma de ganso, seguía lustroso. Y el rabel, que siempre llevaba conmigo, no había perdido su característico sonido.

Desde donde estaba, ya podía ver las imponentes murallas de la ciudad. Mi destino solo se encontraba a unas cuantas zancadas más. El ir y venir de gentes y mercancías anunciaban el bullicio imperante en la urbe, que se preparaba para el mayor torneo de la temporada. Caballeros de todos los reinos se daban cita para mostrar sus habilidades con las armas y la montura. Era el momento más propicio para dar a conocer mis nuevos poemas y cantares a las personas que allí se reunían. Eso me aseguraría cama y comida para unas cuantas jornadas.

Al cruzar las puertas, no tuve dificultad para llegar al centro de la población. Las estrechas y tortuosas calles llenas de barro se abrieron para dejar paso a la plaza pública porticada más grande que mis ojos habían visto jamás. A mano derecha se alzaban unas gradas de madera, decoradas con exquisitez, donde los nobles y gentes de bien gozaban de las mejores vistas del torneo. En un extremo, a mano izquierda, estaba el espacio preparado para la demostración del uso de la espada. En ese momento, dos hombres, profusamente sudados, se afanaban por demostrar su valía. En el otro extremo, unas grandes dianas redondas, ya estaban preparadas para recibir, nuevamente, las flechas de arcos y ballestas. El gran espacio alargado central, con una división de madera justo en medio, al estilo de espina de un circo romano, era el destinado a la justa. El suelo, que había sido cubierto con tierra fina y seca, aguardaba el momento para ser pisoteada por las herraduras. Finalmente, presidiendo majestuosa todo ese escenario, se encontraba la catedral.

En ese preciso momento resonaron las campanas anunciando el inicio de la justa. Los nervios y la expectación se podían notar en el ambiente. Había llegado justo a tiempo.

Los dos caballeros que se iban a batir en duelo estaban preparados cada uno en un lado de la pista. Frente a frente. Ataviados con sus brillantes armaduras y sosteniendo las pesadas lanzas con una mano, mientras que con la otra llevaban cogidas con fuerza las riendas del caballo, esperaban para clavar las espuelas al agitado animal.

El pañuelo de seda tocó el suelo. Esa era la señal. Una gran nube de polvo se levantó a la vez que cada caballo se puso en marcha. El silencio se hizo en la plaza. La mayoría de los allí congregados mantuvieron la respiración por un instante. Al momento, un fuerte golpe seco acabó con el silencio reinante. Uno de los dos contrincantes recibió el impacto y quedó malherido. ¡Ya había un ganador! ¡En solo una ronda! Era algo casi inaudito.

El trofeo lucía bajo la luz del sol en la grada, donde la hija del conde esperaba para entregarlo al ganador con los nervios a flor de piel.

El caballero, todavía escondido bajo su yelmo, se dirigió triunfador hacia allí, recibiendo vítores a cada paso que daba. A la altura del palco, frenó su caballo y desmontó con brío, al tiempo que colocó las manos bajo su cuello para alzar el casco con penacho. Todos los presentes mostraron su asombro cuando una larga cabellera pelirroja apareció tras la armadura. ¡Se trataba de una hermosa y joven amazona! El alguacil, tras un momento de aturdimiento y vacilación, llamó a la calma de los asistentes y dio la palabra al conde, quien tendría que decidir si la justa había sido válida.

El conde, con cara de desconcierto, se alzó de su silla y no pudo pronunciar palabra, al reconocer en la joven ganadora, a su hija ilegítima.

Lídia Castro Navàs

Sabias palabras

La noche había caído ya. La oscuridad cubría todos los recovecos del valle, a excepción de las zonas cercanas a los tipis, que estaban iluminadas por algunas antorchas clavadas en el suelo.

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Los cazadores principales de la tribu habían vuelto con las presas colgando de sus caballos y la cabeza bien alta de orgullo. Mañana era un día importante. Un nuevo miembro sería iniciado en la “caza del búfalo”. Era una dura prueba y tenía que superarla si quería formar parte de la élite y hacerse un nombre entre los ojeadores más aventajados.

En la tienda común, el fuego central ya estaba encendido. Se escuchaba el crepitar de la leña seca desde varios metros de distancia. El verano hacía varias lunas que había dejado paso al otoño y las noches empezaban a ser frías. No tardarían en caer los primeros copos de nieve de la temporada, que cubrirían todo con un blanco e inmaculado manto. El gélido invierno acabaría por helar las partes menos profundas del río donde pescábamos los deliciosos salmones. Y coincidiría con el recogimiento de los osos pardos, a los que ya no volveríamos a ver hasta la próxima primavera.

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Hoy era día de reunión y todos se encaminaban, cuál gotas de una lluvia muy esperada, hacia la asamblea. Yo también me uní a ellos. Al entrar en la tienda, la calidez del fuego y el olor de la salvia blanca quemándose despacio, me hicieron inspirar profundamente. Como siempre, el jefe del clan y el hechicero presidían la sesión con gran solemnidad y todo el mundo allí congregado aguardaba con respetuoso silencio a la espera del inicio de la ceremonia.

Fue el hechicero el primero en intervenir. Pronunció unas palabras rituales a modo de canto acompañado por la percusión de los tambores. A continuación, habló el gran jefe, sentado en el suelo con las piernas cruzadas y el posado serio. Nadie esperaba lo que iba a decir…

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El hombre blanco amenaza la paz y la integridad de la madre tierra, la que nos sustenta y nos da cobijo. Trae consigo, muerte y destrucción… Cargado con esas mortíferas armas de fuego que arrebatan la vida de aquellos que se ponen enfrente para defender la naturaleza…

Se hizo un murmullo casi imperceptible que acabó con el silencio reinante.

“...¿cómo puede el hombre blanco querer poseer algo que no tiene dueño? Somos los hombres los que pertenecemos a la tierra y no al revés… ¿Cómo se pueden poseer los rayos del sol, o la luz de la luna, o la fuerza de las corrientes de agua? Debemos defender la seguridad de nuestra tribu y la integridad de nuestra madre, la tierra, de nuestros hermanos, los animales… El misterio se cierne sobre nosotros. El futuro es ahora incierto… La vida ha terminado. Ahora empieza, la supervivencia.”

– El momento de actuar ha llegado -Pensé para mí.

@lidiacastro79

Entre estrellas

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Foto: @SetahBastet

Habíamos ido a observar las estrellas. Llevábamos preparando nuestra escapada astronómica más de tres semanas. Lo teníamos todo previsto: la tienda de campaña y los sacos de dormir listos, el telescopio preparado, la nevera llena de provisiones. Sin olvidar el termo de té, indispensable para hacer pasar el frío y aguantar hasta altas horas de la noche sin bostezar. Una gran emoción nos invadía el pecho haciéndose paso a través de nuestras almas.

El lugar escogido era inhóspito y a la vez ideal. Un bosque solitario y apartado, lejos de la civilización y sin contaminación lumínica que estropease nuestro más ansiado propósito: observar las estrellas en calma y trasladarnos hasta el cielo a través del objetivo del telescopio.

Al llegar a nuestro destino, el sol ya se estaba poniendo y los árboles mortecinos proyectaban unas inquietantes sombras espectrales. El suelo húmedo estaba lleno de hojas recién caídas y algunas ramas secas crepitaban bajo mis botas.

La superficie del lago, junto al que nos disponíamos a acampar, reposaba imperturbable. Una fina capa de vegetación muerta recubría toda su superficie, dándole un aspecto de manto orgánico en proceso de descomposición.

Con la caída de la noche, acompañada de toda clase de sonidos turbadores, llegó el momento esperado. Apagamos la luz de gas y acercamos nuestros ojos al cielo, en silencio, disfrutando del instante irrepetible.

Un sonido casi terrorífico heló nuestra sangre, a la vez que perturbó nuestra paz…. Los dos levantamos las cabezas al unísono y con incredulidad pudimos observar un espectáculo inefable. Una cegadora luz surgía de las oscuras y profundas aguas del lago, a la vez que iluminaba todo a su alrededor de forma inevitable. La incertidumbre por el origen de tan extraño fenómeno nos abordó súbitamente. La luz ascendía lenta e irremediablemente, como un espíritu que intenta alcanzar la eternidad. Hacia al cielo. Cada vez más lejos. Nuestro asombro no cesó hasta que, la cada vez más pequeña luz, llegó al cielo y se reunió con la multitud de estrellas.

Acabábamos de presenciar algo inexplicablemente bello.

Lídia Castro Navàs

Con sus propios ojos

El pequeño Timmy estaba asomado a la ventana de su habitación. Los copos de nieve habían empezado a caer hacía rato y una capa blanquecina cubría todas las superficies visibles. Iba descalzo, pero la emoción del momento no le dejaba notar el frío. Llevaba su pijama de franela preferido, estampado con unos graciosos renos de rojas y grandes narices. Se aguantaba de puntillas en el quicio de la ventana, mientras su rostro, pegado en el gélido cristal, dejaba marcado el vaho de su respiración agitada.

Debajo de su cama ya revuelta, se podían intuir algunos envoltorios vacíos de chocolatinas, junto con unos cuantos juguetes esparcidos por doquier. Su osito de peluche, al que dormía abrazado todas las noches, reposaba boca abajo al lado de su almohada. Y en los pies de la cama, encima de la colcha tipo patchwork que había tejido la abuela para él, se acurrucaba Remus, su gato blanco perlado.

Era la víspera de Navidad y Santa Claus no podía tardar mucho en llegar… Y aunque le habían dicho que los niños debían estar durmiendo cuando Él llegara, sino no les dejaría regalos, Timmy iba a arriesgarse a quedarse sin presentes, pues quería ver a ‘Santa’ con sus propios ojos.

Durante la cena había dejado escapar, de forma premeditada, algún bostezo más exagerado de lo normal. Había pensado que, si demostraba que tenía mucho sueño, no levantaría sospecha alguna. Después cenar, Timmy ayudó a su padre a preparar un gran vaso de leche y unas cuantas galletas para obsequiar a ‘Santa’ por su esfuerzo. Y comprobaron que los largos y coloridos calcetines, que colgaban de la chimenea, lucían el nombre bordado de sus propietarios de forma bien visible.

Cuando por fin su madre lo arropó en la cama y le leyó un fragmento de su libro preferido, él no tardó en hacer ver que se dormía de forma plácida. Antes de eso, su madre se apresuró a recordarle que esa noche debería dormir más profundamente que nunca, puesto que no quería que se quedara sin regalos. Timmy asintió a la vez que dijo “Tranquila, mami, que hoy tengo mucho sueño”. Pero sus intenciones eran otras…

Su ‘plan’ era sencillo: permanecería en su cuarto hasta que todos estuvieran dormidos y bajaría al salón a esconderse a la espera de su mágico ídolo. Después de echar un vistazo por la ventana, para comprobar si veía algún movimiento o sombra no habitual, se dirigió con sigilo a la escalera que le llevaría al piso de abajo. La moqueta granate que cubría las escaleras le calentaron momentáneamente los pies desnudos. Lo que no esperaba, es que la madera vieja sonara tan fuerte a causa de su peso. Durante el día no era consciente de que las escaleras emitieran ese quejido cuando alguien las pisaba. Se paró en seco, y escuchó atentamente el silencio, para comprobar que nadie se había despertado. Unos segundos después, retomó su descenso. Y en cuanto llegó al salón, se encontró con su segundo contratiempo: la abuela estaba dormida en la mecedora de enfrente de la chimenea. En un primer momento pensó en “abortar la misión”, pero recordó que a su madre siempre le costaba mucho despertarla por las mañanas, porque la abuela usaba audífonos y por la noche se los quitaba. Así que no sería un problema.

El escondite en el que había pensado, era justo debajo de la mesa que estaba al lado del sofá. Disponía de unos faldones que podría levantar para pillar a ‘Santa’ in fraganti. Así que, se coló debajo y se sentó con las piernas cruzadas a esperar el gran momento. Pasados unos minutos, que se le antojaron eternos, se dio cuenta de que iba a ser una ardua tarea, pues el sueño empezaba a hacer mella en él y sus párpados parecían incapaces de quedarse alzados.

Un ruido lo sacó de su ensoñación, era Remus que se acurrucaba en su regazo mientras ronroneaba. Timmy levantó el faldón para comprobar que todo seguía igual, pero se percató de que la leche y las galletas ya no estaban, y los calcetines se veían extrañamente abultados. ¿Cómo era posible? ¡Solo había cerrado los ojos un instante! ¡Realmente ‘Santa’ era muy bueno haciendo su trabajo… no se había enterado de nada! Ahora tendría que esperar todo un año para volver a poner en práctica su plan de ver a Santa Claus con sus propios ojos.

Lídia Castro Navàs

Cual ave Fénix

Y me levanté de entre mis cenizas cual ave Fénix renacida. Y volví a extender mis alas con toda su magnitud, para alzar de nuevo el vuelo por el firmamento.

Solo poner los pies en el suelo, pude sentir como una energía renovada corría por mis venas a gran velocidad, nutriendo cada célula de mi organismo, fortaleciendo y, a la vez, acariciando cada recoveco de mi ser.

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Y con esa sensación tan armoniosa me dispuse a enfrentarme de nuevo a la realidad que me esperaba ahí fuera. No tan agradable como me gustaría y para nada armoniosa, incluso a veces desagradable y desapacible. Pero desde que salí de la academia, con la especialidad en criminología bajo el brazo, me había tocado jugar ese papel de persona resistente a todo y sensible a nada. Aunque así no era, en absoluto, como yo me sentía en realidad. Pero el paso de los años, las heridas infringidas por terceros y las cicatrices obtenidas a posteriori me habían ayudado a construir esa terca coraza que recubría mi verdadera sensibilidad.

Mi infancia no había sido muy corriente. Fui criada por mis tíos maternos, profundamente cristianos. Mi madre murió al darme a luz y mi padre, aún hoy, es un total desconocido para mí. La convivencia con mis nueve primos no fue sencilla. Todos ellos varones y todos ellos con edades diferentes a la mía. Aprendí mucho gracias a sus “bromas”. La lección que me dieron esas malas pasadas fue que no podía confiar en la versión de nadie y que todo el mundo, hasta el más cuidadoso de los mortales, deja un rastro tras de sí. Esa fue una habilidad que desarrollé ya desde muy tierna edad, para poder “resolver” quién me quitaba mis caramelos, escondía mis juguetes o hurgaba entre mis cosas más personales. Hoy en día, puedo enorgullecerme de salir airosa de esa etapa tan crucial de mi vida.

Sabía que la mañana no iba a ser plácida. Muchos casos, aún por resolver, aguardaban apilados encima de mi escritorio en la central. Y seguro que algún suceso nuevo se uniría a ese montón tarde o temprano. Siempre afrontaba de forma estoica todos y cada uno de los retos que la vida me iba colocando en el camino. Pero nunca tenía la certeza de hacer lo correcto en cada uno de los momentos. Esa incertidumbre me recomía por dentro, hasta el punto de venirme abajo. Como me había pasado la noche anterior, a causa de un caso que se nos presentó, bastante complejo y macabro. Y aunque durante la formación me habían preparado para cualquier cosa, creo que nunca llegaré a estar lo suficientemente preparada. Resultó que la víctima, de corta edad, fue hallada en un contenedor de pescado en un muelle del puerto. Maniatada, con el pelo revuelto y una venda que cubría sus ojos. Vestía un camisón de algodón blanco, de esos de manga larga y con bordados. Tenía un aspecto antiguo, de época. Me recordó a uno que había tenido yo de pequeña. Y eso me hizo estremecer. El camisón estaba hecho jirones y el color blanco, solo se intuía debajo de muchas capas de suciedad y algo de barro. Había llovido, como de costumbre, y era evidente que habían arrastrado el cuerpo en un momento u otro.

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La sola imagen del cuerpo sin vida me había causado gran conmoción, pero como siempre mi coraza me había protegido de expresar esas emociones frente al resto del equipo de investigación. La noche había sido larga y dura, siguiendo pistas falsas que no llevaban a ninguna parte y recopilando pruebas escasas con las que acababas topando con una pared. Y como siempre, llegaba derrotada a casa, con la moral por los suelos, frustrada y sin un ápice de energía en el cuerpo. El hecho de soportar el peso de mi coraza no era gratuito. Ello me costaba la pérdida de parte de mi luz interior. Y sabía que no podía permitirme eso. Las víctimas necesitaban mi luz para rescatarlas de la oscuridad.

Por suerte, durante el descanso, entre el sueño y la vigilia, conseguía recobrar todo el ímpetu perdido y resurgir de mis propias cenizas, cual ave Fénix.

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Lídia Castro Navàs