En letargo

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En letargo.

Así estoy yo.

Esperanto tus caricias.

Anhelando tu calor.

Extrañando tu luz.

La niebla que cubre mi cielo,

me impide verte, sentirte…

¿Dónde estás rey de los astros?

 

@lidiacastro79

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Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

 

Un paisaje singular

Cuando desperté, un paisaje singular se reveló ante mí: el cielo lucía un bonito tono naranja, los árboles agitaban sus rosadas hojas al son de un viento que sonaba como el canto de un ángel. Y allí estaba él, con sus brazos fuertes y verdes que mostraban unas venas muy marcadas.

—¿Quién eres? —le pregunté.

—Soy el médico que te acaba de administrar un psicotrópico —me contestó.

Lídia.

Un domingo de agosto

Foto propia. Austria, 2017

Volvía a llover. La temperatura era fresca aún siendo un domingo de agosto; mis entrañas notaban la humedad excesiva en el ambiente. Los campistas habían vuelto, dejando esa furgoneta, azul turquesa con cortinillas, tapando mi visión. ¡Cómo odiaba ese mal gusto para los colores y los complementos; pero odiaba, más aún, que aparcaran ahí, dejando oculta mi belleza natural.

Firmado: una glorieta de madera indignada.

Lídia.

Mi visión de… Las vidas que pudimos vivir

Las vidas que pudimos vivir es la primera novela de Mayte Blasco, escritora y bloguera a la que muchos seguro que conocéis ya. Para quien no la conozca, os invito a visitar su blog, donde nos obsequia con relatos y microrrelatos muy ingeniosos.

Lo que me sorprendió fue que es una historia con cinco coprotagonistas: Susana, Violeta, Diana, Paola y Soledad. Cinco mujeres, cinco edades, cinco personalidades, cinco aspectos radicalmente diferentes… en definitiva, cinco historias con un punto de conexión: la Fundación del pintor Alonso Núñez de Prada donde todas trabajan y entrelazan, sin querer, sus vidas.

Encontraréis una narrativa cuidada, que engancha desde la primera palabra; una esmerada corrección ortográfica, que hace las delicias de cualquier persona a la que le guste la pulcritud en la escritura (como a mí jeje); cinco (no, una) historias a cada cual más original que la anterior. Te hará suspirar de amor, reír por situaciones jocosas, llorar por desengaños, apretar los dientes de rabia por situaciones injustas, enternecerte por momentos dulces y sentirás muchas ganas de partirle la cara a más de uno y de una, por detalles en los que no voy a entrar por no hacer spoiler.

Lo que quiero destacar es la maestría con la que Mayte entrelaza las vidas de estas cinco mujeres, con una sensibilidad exquisita para exponer situaciones delicadas, íntimas, personales y que tan en vigencia están en nuestros días. Aborda temas tan dispares como: la homosexualidad, la anorexia, el sexo, el matrimonio, el maltrato infantil, la violación, la corrupción, la baja autoestima… entre otros y que quedan integrados perfectamente en la historia.

¡Mi más sincera enhorabuena desde aquí por un trabajo tan bien hecho!

Por cierto, no intentéis googlear el nombre del importante pintor del siglo XIX Alonso Núñez de Prada, porque, aunque Mayte nos da detalles de su legado y de sus obras de una forma tan verosímil, no existe (ya lo he buscado yo por vosotros jajaja).

Podéis adquirir la novela en Amazon.

Lídia Castro Navàs

Reunidas

—¿Estamos todas? —pregunté—. Bienvenidas a la reunión previa a la Navidad. Único punto del orden del día: votación para cambiar las incandescentes por leds.

Un murmullo rompió el silencio.

—Calma, luces —interrumpí—. Nos fundimos, nos cuesta llevar el ritmo de la intermitencia y no somos de exterior; es el momento de dejar el sitio a las nuevas generaciones.

Las contrarias a la jubilación anticipada no se calmaron, y es que las luces de Navidad disfrutan brillando una vez al año.

Lídia.

El nacimiento de una guardiana

— ¡Guardiana, despierta!

Me encontraba semiinconsciente sobre un suelo duro y árido. Una voz metálica me hizo volver en mí. No podía levantar los párpados, el fulgor de la luz del sol no me lo permitía. Con los ojos medio cerrados pude atisbar que me encontraba rodeada de coches abandonados. Esos automóviles hacía ya mucho tiempo que permanecían fuera de circulación. Sus chapas estaban oxidadas, las lunas habían desaparecido y sus interiores sin entrañas, eran pasto de las malas hierbas. Todo ello les otorgaba un aspecto fantasmal.

Más allá del cementerio de chatarra se podía ver lo que parecían los límites amurallados de una gran ciudad. Los edificios y muros cercanos estaban en ruinas, pero era fácil intuir que antaño había sido una importante metrópolis. En el suelo solo había tierra y la única vegetación existente eran unos cuantos matojos rodantes, típicos de una zona desértica donde no llueve desde hace largo tiempo. Aún con los ojos casi cerrados, empecé a tomar conciencia de mi cuerpo y a mover las manos para recuperar la flexibilidad de mis articulaciones.

— ¡Guardiana, despierta! Aquí no estamos a salvo.

Y de nuevo volví a escuchar la voz metálica. Esta vez, intenté reconocer con la mirada de dónde provenía. Estaba cerca, pero no era capaz de ver ninguna figura que la acompañase. Abrí los ojos por completo y un extraño objeto volador, del tamaño de un pomelo y con cuatro aristas, orbitaba alrededor de mi cabeza. Emitía una brillante luz desde el centro de su exoesqueleto mecánico. ¿Era eso lo que me hablaba?

— ¡Levanta, guardiana! Tenemos que buscar refugio —dijo con impaciencia.

— Pero… ¿Qué eres? ¿Dónde estoy? —Estaba desconcertada.

— Las preguntas luego, ahora levántate y corre. Los caídos nos vigilan.

¿Había dicho caídos? ¿Y qué se suponía que era eso? Dada su diligencia al hablar, le hice caso y no quise discutir, no me sentía en plenas facultades para ello. Me levanté con dificultad y empecé a moverme siguiendo a esa cosa en dirección a la muralla en ruinas. A lo lejos, oí unos gruñidos y dos siluetas se dibujaron de repente en el horizonte a mi izquierda. Eran dos seres aparentemente humanos en la forma, pero con rasgos propios de insectos mutantes. Uno de ellos tenía cuatro brazos y la cabeza en forma de mantis religiosa, con varios ojos laterales y unas antenas a modo de cornamenta. Sus vestiduras eran propias de combate, con armaduras y capas que colgaban de su espalda. Uno de ellos, el de mayor tamaño y altura, levantó dos de sus cuatro brazos en alto mientras que con los otros dos nos señalaba. ¿Era un arma eso que blandía entre sus manos? De pronto, una energía desconocida me hizo correr con más premura. Sin duda, era la adrenalina generada por el miedo lo que impulsó mis piernas.

Una vez a buen recaudo en el interior de la muralla, el objeto volador empezó a hablar:

— Soy tu espectro —dijo sin más.

— ¿Mi qué? —Necesitaba más información.

— Has sido elegida como guardiana de la luz. A partir de ahora seré tu guía en la lucha contra la oscuridad que se cierne sobre el sistema solar.

No sabía qué decir. Estaba atónita, así que dejé que continuara.

— Te llevaré ante el Orador, él aclarará tus dudas. Pero necesitamos una nave para salir a la órbita. Coge esta arma y dispara a todo lo que veas moverse. Sígueme —dijo para terminar.

Una vez más hice lo que me pedía sin rechistar. Supongo que el estar en peligro no me permitía pensar demasiado. El espectro me guio con su luz por unos túneles muy oscuros que parecían alcantarillas. Corríamos por encima de unas estructuras metálicas a modo de pasarelas. Yo sostenía entre mis manos el arma. Se trataba de un fusil de explorador, rígido, pesado y con un cargador bastante limitado. Aún no conocía el alcance de este, pero debería apuntar bien si no quería quedarme sin munición a las primeras de cambio.

— Apunta a la cabeza —dijo como si estuviera escuchando mis pensamientos.

— De acuerdo —respondí con decisión. Estaba preparada para enfrentarme a mi destino.

Lídia Castro Navàs


Relato basado en el inicio del videojuego Destiny.

Una calabaza, dos calabazas, tres calabazas…

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pixabay.com

 

—Una calabaza, dos calabazas, tres calabazas… —contaba en voz baja en un intento vano por coger el sueño.

Me levanté y fui a deambular por la casa en penumbra mientras todos dormían. El aroma de los boniatos y las castañas asadas me llevó a la cocina; las bolitas dulces de almendra y piñones aún reposaban en la encimera. Estuve tentada de comer una, pero mi madre no me lo permitía desde que tenía aquellos dolores de barriga.

Me fui al salón donde el fuego, que ardía oscilante detrás de una pantalla de cristal, me reconfortó. Encima de una repisa de madera aguardaban un montón de fotos familiares. Ahí estaba yo, el día de mi primera comunión, hacía ya dos primaveras. Los mofletes se me veían llenos, no como ahora; había perdido peso, pero ya lo recuperaría cuando pudiera comer de todo; eso me decía mi abuela.  

«¿Quién será ese?», me pregunté al observar una foto de un hombre con barba. Mi padre no era. Se parecía a mi hermano, con esos ojos vivarachos, pero era imposible, solo tenía cuatro años más que yo.

En ese momento, todo cambió a mi alrededor: la estufa de leña desapareció dejando paso a un radiador metálico. Las fotos seguían allí, aunque encima de un mueble de cristal con acabados cromados. Yo continuaba mostrando mi sonrisa de carrillos abultados, en cambio, mi hermano había crecido, se le veía mayor, mucho mayor.  

—No puedes volver a tu casa, no está permitido  —dijo mi supervisor tirando de mí hasta llevarme de nuevo entre las sombras.

Por un día, sentí nostalgia de mi antigua vida, pero había olvidado que los muertos no podemos estar entre los vivos.

 

@lidiacastro79

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Un día en el taller

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—Necesito las tenazas —dijo mi padre mientras el sudor le caía por la frente.

Tardé varios segundos en encontrarlas entre toda esa maraña de herramientas que llenaban su mesa de trabajo. Antes de que pudiera tendérselas, vino por detrás de mí y las cogió sin siquiera mirarme.

—¡Estas son tenazas de corte! —dijo enfurruñado—. Necesito las que tienen forma de pinza.

Me sentí inútil. Para una vez que quería ayudarle y no hacía más que entorpecer su trabajo. Llevaba semanas con esta obra y se le veía abatido, cansado, con ganas de terminarla.

—Lo siento —me afané a decir. Pero me ignoró.

La última pieza de metal ya estaba sólida pero aún quemaba, por eso necesitaba ese utensilio para cogerla. Ya quedaba menos para terminar.

Después de todo el día en el taller, por fin acabó su obra de arte: una escultura de un niño de mirada pícara y pelo lacio; vestido con pantalones cortos, camiseta raída y un tirachinas en la mano.

Me sentí reflejado en seguida. En ese momento me di cuenta de todo… no es que mi padre me ignorara, es que ya no podía verme. Entonces me sentí orgulloso de su esfuerzo por esculpir la imagen que reposaría encima de mi lápida.

 

@lidiacastro79

 

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Mi visión de… A este lado del estrecho

Esta es la primera novela que publicó Ana Centellas, a la que muchos ya conoceréis pues, además de escritora es una de las blogueras más prolíficas a las que sigo. Os dejo su blog.

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A la venta en Amazon

Leí este libro hace ya algún tiempo, cuando aún no había inaugurado esta sección de no-reseñas (jeje). Así que, he esperado a este mes de octubre para hacerle un homenaje, no solo Ana, sino también a todas las escritoras en general (me refiero a la iniciativa #LeoAutorasOct. Dale al link si no sabes de qué va).

Lo más me sorprendió es la cercanía de la protagonista y de la historia de la novela, pues cualquiera puede empatizar con ella y sentirse plenamente identificada. Todo ello combinado con un estilo narrativo sencillo y llano que hacen que sea una lectura ligera y rápida.

Encontraréis amor y desamor a partes iguales. Situaciones divertidas, tristeza, secretos familiares, descubrimientos personales… Toda la lectura está empapada de emociones, muchas emociones que nos acercan a una historia realista y cotidiana.

Lo que quiero destacar es que la protagonista, aunque emprende una aventura sola,  cuenta con el apoyo de un grupo de amigas al más puro estilo de las chicas de «Sexo en NY». Las situaciones que viven juntas son muy entretenidas y os harán envidiar esa complicidad que existe entre ellas, o eso es, al menos, lo que me pasó a mí (jeje).

Lídia Castro Navàs

En la bodega

Me encontraba en la gran bodega del navío, rodeado de barriles y otros bultos. No podía salir, al menos, no todavía. Cuando llegó el momento y me asomé por la tronera, el fulgor del sol cegó mi único ojo, pero eso no me impidió escupir la munición que habían recargado en mis entrañas y cumplir con mi deber. Y es que ser un cañón de barco tiene sus responsabilidades.

 

@lidiacastro79

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