La casa de los olmos

Foto propia. Plymouth, 2016

Paseando por la ciudad acabé frente a la casa de los olmos. Estaba a la venta y sus puertas se encontraban abiertas. Quise curiosear. Se decía que algo horrible había sucedido en ese lugar. Yo desconocía la historia, pero en cuanto crucé el umbral, una desagradable sensación erizó el vello de mi nuca.

Lídia Castro Navàs

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Planificando un allanamiento

Foto propia. Plymouth, 2016

La idea de colarme por esa ventana entreabierta era muy tentadora. De esa manera, podría ver de cerca cómo viven los humanos. Quizá tengan comida de esa tan deliciosa que suelen tirar en la calle. Incluso puede que les guste y me adopten como a esos gatos o perros que tienen a veces. Ya no tendría que buscar sobras de pescado enganchado en las redes del puerto.

Lídia Castro Navàs

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Confesiones

Esa mañana me había ido a confesar. Llevaba varios días sin poder dormir. Los mismos pensamientos volvían a mi cabeza, una y otra vez, sin poder evitarlos.

¿Cómo podía ser pecado algo que me hacía sentir tan bien? Era una contradicción. No sé cómo me atrevía siquiera a dudar de las normas, pero es que no lo comprendía. ¿Quién era yo para poner en entredicho siglos de enseñanzas?

Lídia Castro Navàs

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Pensamientos de una rueda

Foto propia. Plymouth, 2016

Estaba sola y abandonada en medio de ninguna parte. Durante el invierno pasé frío y soporté lluvia. En verano, el asfixiante sol me abrumaba con su intensidad. Mis entrañas de metal habían empezado a aparecer a través de mi agrietada piel de goma. Estaba a la espera de que alguien me recogiera, me reciclara y pudiera acabar mis días convertida en una superficie mullida de un parque infantil, donde niños y niñas jugaran sin lastimarse.

Lídia Castro Navàs

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Tumbada junto a ti

Abres los ojos y te encuentras conmigo, tumbada junto a ti, mirándote fijamente. Una sonrisa de satisfacción se dibuja al instante en tu cara. Yo me ruborizo al ser descubierta  y tapo mi rostro con las sábanas, pues aún siento esa vergüenza pueril a tu lado.

Quiero despertarme siempre así —me dices apartando la sábana y dándome un beso inesperado en los labios.

Lídia Castro Navàs

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Las cartas

Foto propia. Polperro, 2016

La sensación de frío me despertó. La humedad característica del lugar traspasaba hasta el más mullido de los nórdicos. En la tienda me aseguraron que el relleno de plumas de ganso me aislaría completamente, pero lo que no sabía la dependienta es que mi región de origen fue denominada por los antiguos romanos como el lugar de «la eterna primavera». No creo que nunca llegue a acostumbrarme a este clima.

La niebla volvía a cubrirlo todo dificultando la visión. Incluso mi cabeza estaba algo nublada, ya que había pasado la noche en vela pensando en esas cartas manuscritas pertenecientes a mi bisabuela. Leyéndolas y volviéndolas a leer, intentando atar todos los cabos, pero todavía hay muchos sueltos.

Lídia Castro Navàs

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La feria llega a la ciudad

Foto propia. Plymouth, 2016

Era domingo, pero no un domingo cualquiera, era un día especial. La feria había llegado a la ciudad, por fin. Cuando eso ocurría, las calles se llenaban de música, de paradas y de gente alegre.

La feria para mí significaba muchas cosas, algunas divertidas y otras dulces: atracciones, casetas de puntería, ositos de peluche, algodón de azúcar, manzanas caramelizadas… pero nada tan dulce como un primer beso en lo alto de la noria al atardecer.

Lídia Castro Navàs

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La fortaleza

Allí estaba yo, sola, de pie frente al umbral.

Tenía todo mi cuerpo en tensión: la mandíbula apretada, la sangre circulando rauda por mis venas inflamadas, las pupilas dilatadas y el sudor empapando mi camiseta de fibra sobre la que descansaba una cota de malla extremadamente ligera.

Mi mano derecha apretaba con fuerza la empuñadura de la espada eléctrica, que chisporroteaba lista para sesgar la vida de aquel que intentara atentar contra la mía.

El portal que se hallaba ante mí daba acceso a una fortaleza. Una vez dentro, la oscuridad total me engulló, pero, incluso sin ver nada, era capaz de sentir el mal que habitaba entre sus macizos muros.

Estaba dispuesta a hacerle frente y acabar con él de una vez por todas. Nunca me había sentido tan preparada.

Lídia Castro Navàs

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El barco pesquero

Un pequeño barco pesquero navega en alta mar. Su casco blanco destaca sobre la superficie calmada del océano. Los rayos del sol van a ras del agua, cosa que indica que está empezando un nuevo día.  En la cubierta faenan dos de sus tripulantes. Llevan monos de tirantes con el torso descubierto. Están fuertes y muy morenos. Uno de ellos tiene los brazos en tensión a causa del esfuerzo que está realizando al tirar de un cabo. Al fondo, el color del cielo se funde con el del agua, haciendo desaparecer el horizonte. Y mientras yo sigo aquí «amarrada» en el puerto, a la espera de su llegada. ¿Dónde estará? La incertidumbre me derrota…

Foto: @manelferrando

Lídia Castro Navàs

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El castillo

Bajé del carruaje con expectación y a la vez con reservas. Los arcos apuntados de las ventanas enmarcaban unos coloridos cristales. El tejado, cubierto de tejas azuladas, estaba salpicado de torreones con la misma cubierta. La puerta principal era un robusto portón de madera y engranajes de hierro forjado. Dos leones, en posición rampante, flanqueaban la entrada alertando al visitante. Paralizada ante tal expresividad esculpida en piedra, tragué saliva y crucé el umbral, apretando con fuerza la empuñadura del puñal que escondía bajo mi vestido de terciopelo azul.

Lídia Castro Navàs

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