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Acerca de Lídia Castro Navàs

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¡Cuánta desazón!

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¡Cuánta desazón llenando mis días! Los ratos de lectura en el claustro se habían convertido en el momento preferido de mi aburrida existencia. La prohibición de mi padre de montar a caballo me había alejado de los establos, del campo y de lo único que me proporcionaba la libertad ansiada. Ya solo me quedaba perderme en las historias que jamás protagonizaría.

@lidiacastro79

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El día que me encontré con mi doble

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte… ¿Te imaginas encontrarte con tu doble por casualidad? En la calle, mientras cruzas un paso de peatones  de camino a algún lado y, de repente, ahí está, atravesando la misma calle en sentido contrario. Os miráis. Primero de forma casual, después vuestras miradas se sostienen más allá de lo socialmente permitido; incluso giráis el cuello cuando ya no os es posible seguir mirando de frente.

¿Le diríais algo? Yo, sí. No creo que dejara escapar esa oportunidad única. ¡Es mi doble! Somos iguales físicamente e incluso compartimos algo a nivel psicológico ¿no? En ese caso, me caería bien, seguro. Y no es una cuestión de pedantería, es que creo que os pasaría a todos. Y si hay alguien que no se cae bien así mismo, que vaya pidiendo hora a un terapeuta porque seguro que tiene algún trauma personal por resolver.

Pues resulta, que esto es lo que pensaba hasta hace un par de semanas, cuando me encontré con mi doble en una calle principal y muy concurrida de Madrid. Era mi primera vez en la capital y, por supuesto, aproveché la ocasión para confundirme con el resto de turistas que visitan la ciudad. Fui a la plaza del Sol, paseé por la calle Preciados hasta la plaza Callao, hice una foto al cartel de la Schwe… (ups, no sé si está bien incluir marcas comerciales, mejor lo voy a omitir); la lluvia me acompañó por mi visita al Parque del Retiro, donde me refugié en el delicado Palacio de Cristal; dediqué buena parte de mi tiempo a deleitarme con el arte que se encuentra en el Museo del Prado… En fin, ¡lo más típico!

Cuando iba camino de la Puerta de Alcalá, mientras estaba parada en uno de los numerosos pasos de peatones con semáforo, me fijé en una chica al otro lado de la calle. Llevaba un gorro de lana muy molón. A mí me gustan mucho los gorritos y con el frío que hacía me hubiera ido genial tener uno. Fue por eso que me fijé en ella, por el gorro en forma de boina, de color granate y blanco. Después de admirar el susodicho gorro trasladé mi mirada a su cara y me sorprendió descubrir un parecido asombroso a mí misma: tez morena, grandes ojos pardos, pómulos prominentes, barbilla afilada, pelo castaño y corto, escondido bajo el gorro, solo el flequillo liso quedaba a la vista. Era mi viva imagen.

Ella no pareció percatarse de mi mirada descarada pues seguía hablando animadamente con su acompañante: un joven un tanto rechoncho que cargaba con la funda de un instrumento de música; muy probablemente, una guitarra. Ella llevaba las manos libres y no paraba de gesticular, algo que yo suelo hacer mucho. Solo colgaba de su hombro derecho un bolso de piel oscuro.

Pensé que quizá formaban parte de un mismo grupo musical en el que ella era la vocal. Siempre me ha gustado cantar, aunque solo lo hago en el coche o en la ducha. Pero por cuestión de unas afonías tuve que visitar a una terapeuta de esas que tratan los trastornos en la voz, y me comentó que valdría para cantante. Fue halagador saberlo, pero no me sirvió de nada, pues mi trabajo de analista de datos no tiene mucho que ver con cantar, de hecho casi no uso mi voz en toda mi jornada laboral.

Bien, volvamos a mi doble. En ese momento, todo pasó muy deprisa. Un alud de pensamientos desbordaron mi mente. ¿Sería verdad? ¿Era mi doble o solo lo parecía? ¿Debía hablarle? Tal vez, ¿llamar su atención? ¿Acercarme a ella?

Yo estaba enfrascada en mis pensamientos, que repiqueteaban en mi mente como cientos de martillos, cuando el semáforo se puso en verde y todo aquel que esperaba quieto, empezó a moverse. Aquella chica y su acompañante, también. Venían hacia mí, no exactamente de frente, sino por mi derecha y yo seguía parada. De repente, todo el frío que sentía minutos antes se desvaneció y mis manos empezaron incluso a sudar… ¿Qué debía hacer?

Pues bien, fue tal mi estupefacción, que me quedé petrificada. No pude moverme, ni articular palabra. ¡Todo pasó rapidísimo y no supe reaccionar! Perdí la oportunidad de cerciorarme si era mi doble o solo habían sido imaginaciones mías. No creo que se vuelva a repetir esa situación una segunda vez, así que mi consejo es: ¡Si crees haber encontrado a tu doble, no dejes pasar la oportunidad!

Lídia Castro Navàs

Entrada para participar en el Reto «Móntame una escena» del blog Literautas.

Esperando la sentencia 

Me encontraba encerrada en lo alto de la torre, aguardando mi aciago destino. La sentencia se haría efectiva al atardecer, cuando el sol se hubiera escondido tras el horizonte y sus cálidos rayos dejaran de iluminar hasta los rincones más oscuros de mi alma.

Las primeras nieves del invierno habían empezado a caer y amenazaban con derribar los tejados de paja de las chozas más humildes. El frío se dejaba notar con intensidad y el abrigo que llevaba no era capaz de calmar mis incesantes escalofríos. Ya no sabía si eran a causa de la baja temperatura o por mi alma inquieta que presagiaba la llegada de la Parca.

Alguien gritó desde la calle y me sonsacó de mis pensamientos: «¡Bruja!». Me volví a estremecer…

Lídia Castro Navàs

Cavilaciones vespertinas 

Le gustaba pasear a media tarde y notar cómo la brisa fresca otoñal le rozaba el rostro. Entre otras cosas, solía sentarse a contemplar el movimiento, casi imperceptible, de los barcos varados cerca de la costa; intentar captar con la vista la línea del horizonte que separa el cielo del mar; repasar mentalmente su vida, lo bueno y lo no tan bueno, y hacer balance; observar a los transeúntes totalmente ajenos a sus cavilaciones vespertinas e inventar historias con todo eso.

Lídia Castro Navàs

Un tesoro inesperado 

Se adentraron en la cueva con agitación e impaciencia. La oscuridad los tragó y Sam encendió la linterna deslumbrando a su amigo, que intentaba comprobar de nuevo la posición en el mapa. Ya habían llegado. Detrás de unas rocas en forma piramidal aguardaba el cofre. Lo abrieron y encontraron un montón de paja, como si fueran las entrañas de un espantapájaros. Desde luego no era el tesoro que esperaban. 

Lídia Castro Navàs

Suceso en el cementerio 

Foto propia. Exeter, 2016

Un suceso extraño había acontecido la víspera de todos los santos de 1847. Se dice que el cementerio amaneció alterado. Las autoridades afirmaron que las tumbas habían sido saqueadas y que habían robado todos los objetos de valor. Pero, parece ser, que no solo habían desaparecido las pertenencias de los difuntos. Los aldeanos, temerosos por el incidente, no se atrevieron siquiera a pisar de nuevo el camposanto y quedó abandonado. Aún hoy se pueden ver algunas lápidas caídas y las tumbas siguen vacías, ningún cuerpo aguarda bajo tierra desde aquella noche.

Lídia Castro Navàs

 

Frente a la ventana

La enfermedad rara que padecía, la mantenía alejada de la calle, de la gente, de la vida… Se pasaba los días sentada en una butaca frente a la ventana admirando lo que acontecía unos metros más allá. Tan cerca de ella y a la vez tan lejos de su alcance. Y entonces pensaba qué haría si pudiera salir: iría siempre con una sonrisa en la boca, se detendría a mirar el cambio de coloración de las hojas de los árboles, tocaría la textura de los materiales de las diferentes fachadas, tendría una palabra amable para todo aquel que cruzara una mirada con ella y daría gracias por poder disfrutar de esa ansiada libertad. ¿Por qué no lo hacían los viandantes que ella observaba? 

Lídia Castro Navàs

 

¿Quién sabe? 

Foto propia. Torino, 2016

Todas las mañanas hago el mismo recorrido, voy de casa a la universidad atravesando la plaza. Y, como cada día, ahí está ella. Es una chica de más o menos mi edad que da pan a las palomas. Me pregunto por qué lo hace y, sin darme cuenta, le doy rienda suelta a mi imaginación: quizás lo hace porque empatiza con ellas y siente el rechazo de la mayor parte de la sociedad. O tal vez, es una hipnotizadora de aves, ya que acuden a ella de una forma un tanto extraña. O quizás es médium sensitiva y ha descubierto, en alguna de las aves, el alma reencarnada de un amor de otra vida. ¿Quién sabe?

Lídia Castro Navàs