Reto: Una gran historia 

En cuanto llegué a Marsella el Chef Castelle me esperaba en la estación. Su aspecto decrépito y desaliñado me impactó. Nada tenía que ver con las fotos que antaño llenaran las primeras planas de las revistas gastronómicas más prestigiosas. 

Aparté ese pensamiento de mi cabeza, pues por fin averiguaría el propósito de su demanda. Era algo que me inquietaba bastante, pues no entendía qué querría un gran chef venido a menos de mí, un humilde zapatero.

Lídia Castro Navàs

Esta entrada es la continuación de una historia a la que mi compañera Ana Centellas me ha retado a continuar. Para más información mirad en su blog: AQUÍ 

Por mi parte, reto a mi apreciado amigo Carlos a continuarla. 

Perspectivas

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En cuanto me vio en el suelo vino directo hacia mí. Me observó desde arriba unos segundos y se agachó hasta quedar a mi altura. Se acercó tanto, que pude ver incluso los pelos que le asomaban por la nariz. Entonces me alzó con todas sus fuerzas; sentí sus manos cálidas pero ásperas cogiendo mi frágil cuerpo. Con ese gesto me estaba condenando a morir y es que las flores no sobrevivimos mucho después de ser arrancadas.

@lidiacastro79

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Viaje espacial

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Fuente: google imágenes

Mis asistentes me ayudan a ponerme el traje. Esta vez el compromiso es muy alto, pero llevo mis calzoncillos de la suerte y tengo el presentimiento de que la expedición a Júpiter será un éxito. ¡Vamos a ganar a esos malditos alienígenas!

— Doctor, el paciente ya tiene puesta la camisa de fuerza.

— Bien, llévenlo a la cámara de aislamiento.

@lidiacastro79

Entrada para paticipar en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac

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Recuerdo indeleble

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Entré en la habitación y todos estaban reunidos. Unos, en pequeños grupos, hablaban en voz muy baja; otros, más apartados, tenían la mirada perdida y se mantenían en silencio. El sol de mayo se colaba por los balcones, pero su calidez apenas era perceptible. Y, entonces, la vi a ella: su tez pálida y la inexpresión de su rostro me impactaron. Estaba claro que ese cuerpo hinchado e inerte ya nada tenía que ver con mi abuela.

Lídia Castro Navàs

Dulces de leche

Foto propia. Polperro, 2016

De pequeña le encantaba comer dulces de esos de leche y caramelo. Por su peso y anatomía no lo tenía permitido, pero ella los comía igual, a escondidas. Como era muy observadora, aprendió a prepararlos según la receta tradicional de la granja donde nació. Su familia no era la dueña de esas tierras, solo estaba al servicio de los amos. Ella sentía que no encajaba allí y su gran sueño era montar su propia tienda de dulces de leche, pero sus más allegados le decían que lo olvidara, que no lo conseguiría, que nadie le compraría dulces a una vaca. Resulta que no sabía que las personas suelen desconfiar de los animales que hacen cosas fuera de lo común.

Lídia Castro Navàs

La luz del atardecer 

Foto propia. rodas, 2009

La luz del atardecer bañaba los sillares de la muralla dejándolos dorados. Esos muros que me protegían y a la vez me hacían prisionero… No creí que acabaría mis días en esta isla sin ver mundo. Siempre quise embarcar y surcar los mares a lomos de un navío. Pero mis deseos se han convertido en sueños. Sueños rotos por la realidad que me ha tocado vivir. El único consuelo que me queda es el gozo de observar todos los atardeceres desde mi posición privilegiada. Y es que ser un cañón de muralla me permite tener unas vistas únicas del horizonte. 

Lídia Castro Navàs

Robo en el tiempo

Ya tenía la máquina lista y la misión, planeada: entraría de noche en su estudio, localizaría el libro y me lo llevaría conmigo. Sabía que haciéndolo, alteraría la historia y solo contaba con una oportunidad. Viajé a 1605 y robé la primera edición de El Quijote. El problema es que solo era la primera parte. La segunda no se publicaría hasta diez años más tarde. Si hubiera estado más atento en mis clases de literatura…

Lídia Castro Navàs