Jornada sobre la arena

La arena crujía bajo mis sandalias y el abrasador sol me hizo odiar el casco metálico que tantas veces había salvado mi mísera vida. La manga que cubría mi brazo derecho, se me antojó demasiado apretada. Me arrodillé frente al altar, sin soltar la gladius que llevaba fuertemente empuñada, y me encomendé a mi dios. A mi lado, mi adversario hacía lo propio.

Hasta mis oídos llegaban los rugidos de las bestias que aguardaban bajo mis pies y el furor del público congregado en las gradas. Por un momento, vino a mi memoria el día en que fui capturado como prisionero de guerra y vendido como esclavo a mi entrenador. No sabía lo que la vida me depararía a partir de entonces.

Pero años después, me había hecho un lugar en tan ardua dedicación. El reconocimiento y la fama no era lo que me importaba. Por encima de todo, quería sobrevivir. No temía ni al dolor, ni a las heridas, pero no soportaba tener que asistir en su suicidio a algún contrincante, si así lo decidía el público. Odiaba esos inacabables minutos antes del inicio del espectáculo, pues nunca sabía qué acontecería esa jornada sobre la arena.

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Mitología vasca

En una fugaz visita a Bermeo pude descubrir un conjunto escultórico, obra de Néstor Basterretxea, que representa la cosmogonía vasca. Son un total de 18 piezas de bronce situadas alrededor de un pequeño parque circular.

Fue mi gran interés por la mitología y la energía que me transmitieron dichas esculturas, lo que me animó a investigar un poco más y a escribir este post.

Como en toda mitología antigua, en la vasca podemos encontrar un panteón de divinidades muy diverso. Todas ellas muy arraigadas a la naturaleza y con claras influencias de la mitología celta.

Entre las divinidades, destacar a la principal, relacionada con lo femenino:

  • MARI. Diosa más importante y se asocia con la madre naturaleza. Habitaba en las cuevas de las montañas de la región. Su principal morada era la cara este del monte Anboto, de aquí que se la conozca también con el nombre de “Dama de Anboto”.
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Diosa Mari. Foto: @lidiacastro79

Vemos pues, que la mitología vasca da mucha importancia a la fertilidad y al hecho de crear vida propio del elemento femenino. Pocas mitología antiguas tienen como figura principal a una diosa.

Como elemento masculino, me quedo con el siguiente dios:

  • AKER BELTZ. Dios protector de los animales de la casa. También conocido como “Macho cabrío negro”. Estaba presente en los akelarres. Durante la tradición cristiana, en un intento más de desprestigiar los ritos paganos, este dios fue asociado con el demonio.
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Dios Aker Beltz. Foto: @lidiacastro79

Del mismo modo que los dioses pueden crear vida, también pueden traer muerte y destrucción. Es el caso de:

  • EATE. Dios de la tempestad, del rayo, de la riada y del huracán. Muy temido por las consecuencias de sus actos. También conocido como “El que arrasa con las cosechas”.
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Dios Eate. Foto: @lidiacastro79

  • GAUEKO. Dios de la tinieblas y de la noche. Se le representa como un lobo negro, aunque es zoomórfico, puede adoptar distintas formas. Se dice que devoraba a ovejas y pastores. Como le temían tanto, Mari regaló a los humanos la luz de su primera hija ILARGI (Diosa de la luna). Pero no era suficiente, así que les obsequió con la luz de su segunda hija EGUZKI (Diosa del sol).
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Dios Gaueko. Foto: @lidiacastro79

El hecho de que muchos dioses representen elementos de la naturaleza no es por casualidad. No podemos olvidar que las mitologías no son más que el reflejo de la sociedad que las crea, por tanto, no es de extrañar que los dioses vascos tengan tanto que ver con la tierra, pues dependían de ella para su supervivencia.

Lo que sí que me pareció curioso es la existencia de un dios del arco iris, seguramente debido al clima atlántico predominante en la región, donde las lluvias son constantes y no son nada extraños estos fenómenos naturales. El dios en cuestión es llamado:

  • OSTADAR. Dios del arco iris. Se cree que era un puente que unía el dios cielo (ORTZI) con la diosa tierra (LUR).
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Dios Ostadar. Foto: @lidiacastro79

Esta es mi visión inexperta sobre la mitología vasca. No es más que una pequeña aproximación a la cosmogonía según los antiguos vascones, pues como he podido comprobar es muy compleja y dificultosa, puesto que un mismo dios puede ser llamado de diversas maneras y existen diferentes versiones de un mismo mito.

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Bilbo: historia, arte y naturaleza

Bilbo (y no me refiero al de “Bolsón Cerrado”) es una ciudad con mucha historia y eso se refleja en sus calles, edificios y monumentos.

La primera impresión de la ciudad fue desde el taxi a la 1:00 de la madrugada, así que solo recuerdo un confuso juego de luces y sombras mezclado con la humedad del ambiente y el cansancio por el retraso.

Ya de día, y después de haber dormido unas prudentes cinco horas, la visión fue mucho mejor. Salí al balcón, donde unos geranios rojos reposaban frondosos, y el murmullo de la ría Nervión me dio los “buenos días”.

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Fachadas de Bilbao. Foto: @lidiacastro79

De mi observación, destacar las fachadas de los edificios antiguos: con sus porticones de madera, balconadas de hierro forjado y tribunas acristaladas. Y la multitud de flores y plantas que decoraban alféizares y barandillas.

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Detalle tribunas. Bilbao. Foto: @lidiacastro79

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Fachadas de Bilbao. Foto: @lidiacastro79

Su pasado industrial es fácilmente reconocible en algunas reminiscencias aún existentes, como alguna chimenea de ladrillo o la conservación de las fachadas de algunas fábricas y almacenes de la época. Lo histórico convive con lo actual, en una armonía envidiable.

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En primer plano «Variante Ovoide» de J. Oteiza (representa una cabeza con chapela). Al fondo, una chimenea de época industrial. Foto: @lidiacastro79

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Mezcla de lo antiguo y lo nuevo. Foto: @lidiacastro79

El Guggenheim es visita obligada. Solo el edificio ya vale la pena, pero no solo su exterior… el interior es igualmente impresionante.

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Museo Guggenheim de Bilbao. Obra de Frank Gehry.  Foto: @lidiacastro79

Lo más original que pude ver, fue el poema de neón que se podía leer (a gran velocidad) en castellano, en euskera y en inglés. Y las gigantescas estructuras metálicas de Richard Serra.

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«Truisms» by Jenny Holzer. Foto: @lidiacastro79

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«La materia del tiempo» de Richard Serra. Foto: @lidiacastro79

Más inquietante fue la visión de las obras de Louise Bourgeois, aunque pude descubrir en ella a una interesante y traumatizada artista de una vida muy longeva.

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Foto sacada antes de que un «chicarrón» del norte me advirtiera de que no se podía. Foto: @lidiacastro79

Menos suerte tuvimos con el Puppy, que estaba rodeado de andamios y cubierto con unas gruesas telas verdes (foto no disponible por indisposición floral canina).

Callejear por el casco antiguo, bordear la ría paseando y subir al monte Artxanda con el funicular son algunas de las cosas de las que disfrutar si el tiempo acompaña (y si no acompaña, también).

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Puente Zubi Zuri sobre la ría Nervión. Foto: @lidiacastro79

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Vistas de Bilbao desde el monte Artxanda. Foto: @lidiacastro79

Lo de ir de pintxos fue toda una experiencia. Vegetarianos, veganos y macrobióticos (este último, mi caso) no lo tienen nada fácil. Con decir que, para los de Bilbao, el jamón de York y el atún son catalogados de verduras. ¡Que a nadie se le ocurra preguntar si un pintxo, donde está todo trinchadito, contiene carne o lácteos! Porque les sale el lado oscuro y te contestan un “¡Yo qué sé!” acompañado de una cara de perros (abstenerse pues, personas con intolerancias y alergias alimentarias). En fin, me hinché a pintxo de bacalao, que se veía lo que era.

Me quedé con las ganas de probar el marmitako. Por lo visto necesitas reserva para comerlo y no me quedó claro si la causa fue que no era temporada o que el bonito se acompaña de sangre de unicornio en vez de con patatas.

Visitar la costa, es una buena opción cuando ya has recorrido toda la ciudad. Por eso fuimos a Bakio, paraíso de los surfers. Muy buenas vistas desde la playa.

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Playa de Bakio. Foto: @lidiacastro79

San Juan de Gaztelugatxe, fantástica excursión de unas dos horas para ascender hasta la ermita y tocar la campana. Mar y montaña a partes iguales. Y como lucía un sol brillante, nariz y pómulos rojos, de regalo.

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Ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Foto: @lidiacastro79

Y, finalmente, Bermeo, típica zona portuaria con un paseo marítimo lleno de bares y terrazas. Pero con un conjunto escultórico que me sorprendió gratamente sobre la cosmogonía vasca (explicación mitológica sobre el origen del mundo).

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Paseo marítimo de Bermeo. Foto: @lidiacastro79

Y así nos pasaron volando los dos días que estuvimos en Bilbo.

¡Aguuuuuur!

Volar un viernes 13

No sabía si sería buena idea coger un avión en viernes 13, pero cuando compré los billetes no pensé en eso… De todas maneras, lo comprobaría enseguida.

Foto propia. Barcelona, 2016

Acababa de llegar al aeropuerto y los nervios me empujaban por los pasillos y, a la vez, tiraban de mi maleta. Eran ese tipo de nervios que te hacen hiperventilar de alegría y sientes un hormigueo constante en el estómago. Volvía a coger un avión después de tres años y algo en mi interior no me dejaba estar quieta. Llevaba los auriculares colgando, como de costumbre, y en aquel momento empezó a sonar “De viaje” de Los Planetas y pensé que no podía ser una canción más adecuada.

La llegada en autobús hasta la Terminal 1 había ido bien: una hora y diez minutos con compañía grata inesperada. Ahora me tocaba buscar a mi prima y la puerta de embarque. Sin problemas. Descalzas por el control de seguridad (no les gustaron nuestras botas). Y ya listas para coger el vuelo. Pero aún quedaba una hora y media, así que paseíto por las tiendas, fotillos y un poco de asiento.

De momento, lo del viernes 13 no nos había afectado… Hasta que fuimos a mirar la puerta de embarque en las pantallas luminosas y una palabra parpadeante destacada en amarillo nos asqueó: Delayed. Lo que parecía un retraso de poca importancia se convirtió en una espera de más de dos horas en la terminal.

Y una vez embarcadas, cuando ya parecía que la cosa avanzaba, nos tuvieron dos horas más sentadas en el avión, cual sardinas enlatadas. ¡Qué desesperación!

A todo esto, nuestra anfitriona nos esperaba en el aeropuerto de destino… ¡Pobrecilla!

Total, teníamos que llegar a las 21:30 y llegamos a la 1:00. Cena a las 2:00, dormir a las 3:00 y desayuno a las 8:00. Pues nah… dormir poco y “turistas mode on”, listo. ¡Egunoooon!

Foto propia. Bilbao, 2016

Lídia Castro Navàs

La fragancia de las flores

Llevaba el cesto de mimbre repleto de flores recién cogidas del campo. El sol aún brillaba, pero se encontraba ya lejos de su zénit y el cielo mostraba una paleta de colores muy variada donde predominaban el rosa y el violeta.

Los bajos de su vestido blanco se habían teñido de verde y sus botines estaban llenos de polvo, pero había valido la pena. Esas maravillosas flores decorarían ahora su hogar y su fragancia la acompañaría durante unos días mientras escribía poesía. 

@lidiacastro79

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Quizás nada, quizás todo

Sentada en el vagón del tren, leía ávidamente la novela romántica que me tenía atrapada. Mi trayecto era largo y me permitía sumergirme en la lectura quedando al margen del mundo. Ni siquiera percibía a los pasajeros que iban y venían por el pasillo… Hasta que ÉL se levantó para bajar.

Había estado ahí todo el tiempo y no me había percatado. Por un instante, mi absorta mente fue arrancada de los brazos del libro y atraída por su brillante esencia. El tiempo se paró, igual que mi respiración. Intentaba retener en mi memoria cada forma, cada detalle, cada sensación… Pero todo fue muy rápido. Me hubiera gustado poder posar mis pupilas sobre las suyas y mirar más allá del color de sus ojos. ¿Qué hubiera visto? Quizás NADA, quizás TODO.

Lídia Castro Navàs

El sentir de los recuerdos

Los recuerdos pernoctados se despiertan entre sueños y espabilan el dolor anestesiado de mis entrañas.
Esa realidad onírica marca en mi piel las heridas como si fueran tatuajes y reviven los sentidos, dormidos en lo más profundo del inconsciente, donde estaban ignorados, pero no olvidados… Ya no duelen como antes y mi corazón diseña nuevas estrategias de escape, que son un refrescante bálsamo para mis llagas casi curadas.
Y levanto la mirada al cielo, que se descubre azul y despejado, y vuelvo a ver el sol; aunque brilla diferente… igual que yo.

@lidiacastro79

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Me gustaría…

Me gustaría ser mariposa,

para experimentar la belleza en un instante.

Me gustaría ser flor,

para llevar conmigo el néctar y el perfume.

Me gustaría ser nube,

para adoptar una forma cambiante.

Me gustaría ser luz,

para iluminar con mi presencia la oscuridad.

@lidiacastro79

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En el museo

Robert estaba haciendo su ronda por el museo. Como de costumbre, intentaba no estarse quieto en el lateral de una sala o sentado en un rincón de una de las galerías. Recorría todo el museo durante su larga jornada. Se conocía cada pieza expuesta, cada cuadro colgado. El museo era su segunda casa.

Por circunstancias de la vida, él no había tenido la posibilidad de estudiar más allá de la educación básica obligatoria, aunque era una persona inquieta y con ganas de aprender. Por suerte, el destino le brindó la oportunidad de trabajar rodeado de cultura y eso satisfacía sus ansias de conocimiento.  

Le gustaba escuchar las explicaciones de los guías que acompañaban a los grupos de turistas o escolares. Y, cuando su tiempo libre se lo permitía, leía acerca de las obras y los autores que más le llamaban la atención.

Lo que más ilusión le hacía era cuando llegaba al museo una exposición itinerante, ya que así ampliaba su horizonte cultural. Y hoy estaba especialmente excitado pues se iba a inaugurar una nueva exhibición temporal de la temática que más le atraía: el antiguo Egipto. Se trataba de una muestra sobre el mundo de la muerte y estaba compuesta por sarcófagos finamente decorados, ricas y diversas piezas de ajuar y momias —¡momias de verdad, con sus vendas y todo!—. Nunca había tenido la oportunidad de ver momias de tan cerca, así que su exaltación era justificada.

Antes de la apertura de las puertas al público, quiso recorrer el espacio, aún vacío de visitantes, y contemplar con tranquilidad todos los objetos exquisitamente dispuestos en las vitrinas. Cada pieza iba acompañada de un cartelito explicativo con su procedencia, antigüedad, uso… Estaba admirando unos ungüentarios de alabastro muy atentamente, cuando notó que sus pies pisaban algo poco habitual en el suelo de mármol del museo. Arena. Su mirada se trasladó al suelo y extrañado pudo ver que una fina capa de arena dorada cubría el pavimento. Instintivamente llevó su mano hasta la arena, que parecía proceder del desierto, y en cuanto las yemas de sus dedos entraron en contacto con ella, todo se desvaneció.

Cuando intentó abrir los ojos, quedó cegado por la intensidad de la luz del mediodía. Se encontraba tumbado en un suelo polvoriento y se sentía aturdido. ¿Acaso se había desmayado? El ambiente que se respiraba era seco y extremadamente cálido. Soplaba un fuerte viento que presagiaba una tormenta de arena.

Con un gran esfuerzo se incorporó y, cuando sus pupilas se acostumbraron a la claridad, empezó a percibir lo que le rodeaba: solo podía ver montones de arena dorada y un inmenso cielo azul presidido por un imponente sol.

¿Dónde estaba? Una idea cruzó su mente como un rayo. ¡No podía ser! Se levantó y pudo ver la entrada a lo que parecía un túmulo. Quiso resguardarse del abrasador sol y del molesto viento, así que descendió por la rampa que daba acceso a una antecámara de paredes de piedra, repletas de inscripciones muy coloridas, como si estuvieran recién hechas. No tenía ninguna duda, los relieves no eran sino, jeroglíficos, y el lugar donde se encontraba, tenía que ser una tumba aún sin usar.

Escuchó ruido de pasos y el pánico se apoderó de él. Se escondió en la cámara anexa, donde un gran sarcófago de piedra ocupaba gran parte del espacio. La tapa del sepulcro reposaba en el suelo y el interior estaba vacío. Desde donde estaba, vio cómo un grupo de hombres, vestidos con taparrabos blancos, y completamente rapados, transportaban objetos de uso cotidiano y los iban depositando en la antesala. Debían ser piezas de un ajuar mortuorio. A Robert le sobrevino un pavor incontrolable y empezó a temblar. ¡Estaba en el antiguo Egipto! Se agachó en una esquina y se quedó paralizado, sin saber qué hacer. Entonces, al posar sus manos sobre el suelo, sin esperarlo, todo se volvió a desvanecer.

Mike, el cartero del museo, lo hizo volver en sí dándole unas palmaditas en la cara.

—¡Despierta, tío! Te has desmayado… —dijo con su particular voz de loro. Su habla se asemejaba a la de un loro de esos que aprenden a hablar. Muy gutural y chillona.

Robert estaba tumbado en el frío suelo del museo. Por suerte, no se encontraba en el antiguo Egipto, pero… ¿había estado realmente allí?

Lídia Castro Navàs

Todas las flores tienen espinas

Y al ver tan bella flor, quise oler su perfume. Con mi mano desnuda me la acerqué al rostro. Pero enseguida pude notar como una gota de caliente sangre carmesí corrió hacia mi muñeca. Una de las espinas me había herido. Saqué el cuchillo del cinto que ceñía mi coraza, corté la flor y la despojé de todas las espinas con ayuda del filo de la hoja de acero. Entonces, me coloqué la flor entre mis rizados cabellos y me fui en busca de nuevas historias que contar.

#FeliçSantJordi2016

@lidiacastro79

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