La cura

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Ante mis ojos se alzaba un frondoso bosque donde nadie se atrevía a entrar por la presencia de una magia ancestral. Soplaba una leve brisa que hacía que el follaje susurrara mensajes enigmáticos que no alcanzaba a comprender. Y, aunque temerosa, me adentré en ese insólito paraje, pues allí residía la Señora de los árboles, la única capaz de curar mi enfermedad: mis raíces se habían convertido en piernas.

Lídia Castro Navàs

Esta es mi participación en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac.

Stella

Me sumo a la iniciativa El viaje de la Blog-T-ella y aporto un microrrelato para acompañar tan delicada ilustración en su peregrinar por el mundo de las letras.

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Stella

Cada noche llenaba el cielo de estrellas; estrellas que ella misma creaba mientras soñaba. Los humanos adoraban observarlas, a solas o en compañía; creían que siempre estaban ahí y podían verlas a causa de la ausencia de sol, pero lo que no sabían es que eran los sueños de Stella, un minúsculo ser que habitaba en una botella, viajaba por la inmensidad del océano y tenía ese preciado don: sus sueños se transformaban en pequeños puntos de luz que escapaban de su cuerpo, se colaban por el cuello de la botella y se esparcían por el universo. Gracias a ella, los humanos tenían estrellas que admirar por las noches.

Lídia Castro Navàs

Tu voz

Recuerdo cuando me hablabas al oído. Era sorprendente cómo tu voz me estimulaba sin remedio. Tú, al otro lado, no podías verme y eras ajeno a tal reacción. Cuando te despedías me quedaba inquieta, anhelando nuestro próximo encuentro. Menos mal que tu programa de radio era diario, si llega a ser semanal hubiera desesperado.

(Por esas voces radiofónicas que estimulan y no se olvidan).

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Foto: Pixabay

Entrada para participar en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac.

 

Lídia Castro Navàs

Observar estrellas

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Observar estrellas en el puerto… eso es lo que hacíamos juntos.

—¿Te acuerdas? —le pregunté sin esperar una respuesta.

Anhelo aquellos días en que todo vibraba a nuestro alrededor; la vida vibraba, la misma vida que te abandonó.

—¡Maldito destino! —exclamé arrodillada frente a tu tumba—. Ahora solo me quedan tus recuerdos latiendo en mi memoria.

 

Lídia Castro Navàs

 

Va de música (2)

Tal y como he dicho en diferentes ocasiones, la música es una parte muy importante en mi proceso creativo.

Durante la escritura de La bruja, la espada y la hija del herrero, que está en proceso de revisión y en primavera verá la luz, escuché un montón de música muy variada. En la entrada anterior:  «Va de música (1)» compartí tres canciones que mezclaban la rumba y el funk; esta vez, el estilo es indie pop  y los grupos que he escogido son: Izal, Dorian, Vetusta Morla y Supersubmarina (me he limitado, pues me faltaría Love of Lesbian, Sidonie y Los Planetas, pero no quiero agobiar al personal jajaja).

Y para que disfrutéis todavía más de la música, ahí va una PRIMICIA sobre la nueva novela: ¡Incluirá ilustraciones en el interior! 🙂 Realizadas por Andrea Obregón.

 

¿Os han gustado las canciones? ¿Y la primicia? 😉

Lídia Castro Navàs

Que

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Cielos que parecen océanos,

ramas que semejan ser telarañas,

días que son oscuros y

sueños que quieren trasnochar.

 

Lídia Castro Navàs

Recuerdo mortecino

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No puedo retener tu recuerdo por más tiempo,

se me cuela entre los dedos como fina arena del desierto.

Tu voz, que calmaba mi alma y estimulaba mi cuerpo,

se diluye ahora en mi memoria; solo escucho su último eco.

Las palabras pronunciadas se desvanecen lentamente,

aunque de forma irremediable,

dejando tras de sí un sabor agridulce de un recuerdo mortecino.

Y los momentos con tanto anhelo compartidos

no son más que nubes rotas después de una tormenta.

 

Lídia Castro Navàs

Un día en el taller

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pixabay.com

—Necesito las tenazas —dijo mi padre mientras el sudor le caía por la frente.

Tardé varios segundos en encontrarlas entre toda esa maraña de herramientas que llenaban su mesa de trabajo. Antes de que pudiera tendérselas, vino por detrás de mí y las cogió sin siquiera mirarme.

—¡Estas son tenazas de corte! —dijo enfurruñado—. Necesito las que tienen forma de pinza.

Me sentí inútil. Para una vez que quería ayudarle y no hacía más que entorpecer su trabajo. Llevaba semanas con esta obra y se le veía abatido, cansado, con ganas de terminarla.

—Lo siento —me afané a decir. Pero me ignoró.

La última pieza de metal ya estaba sólida pero aún quemaba, por eso necesitaba ese utensilio para cogerla. Ya quedaba menos para terminar.

Después de todo el día en el taller, por fin acabó su obra de arte: una escultura de un niño de mirada pícara y pelo lacio; vestido con pantalones cortos, camiseta raída y un tirachinas en la mano.

Me sentí reflejado en seguida. En ese momento me di cuenta de todo… no es que mi padre me ignorara, es que ya no podía verme. Entonces me sentí orgulloso de su esfuerzo por esculpir la imagen que reposaría encima de mi lápida.

 

@lidiacastro79

 

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Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

Clonc, clonc, zas

“Clonc, clonc, zas”

El sol empieza a asomarse por el horizonte dando inicio a un nuevo día.

“Clonc, clonc, zas”

Sus rayos tiñen de rojo los campos dormidos.

“Clonc, clonc, zas”

El silencio de la noche ya olvidada, deja paso al piar de los pájaros, el relinchar de los caballos y los golpes en los postigos que van abriéndose.

“Clonc, clonc, zas”

La brisa que acompaña al alba va amainando y se intercambia por ese calor acuciante del mes de julio.

“Clonc, clonc, zas”

Y yo sigo con mi labor: cortar leña. Aunque no lo haría sin la ayuda de unas manos fuertes que me impulsan sobre los maderos.

“Clonc, clonc, zas”

Firmado: una hacha

Foto propia. Vila-seca, 2017

Lídia Castro Navàs