Reunidas

—¿Estamos todas? —pregunté—. Bienvenidas a la reunión previa a la Navidad. Único punto del orden del día: votación para cambiar las incandescentes por leds.

Un murmullo rompió el silencio.

—Calma, luces —interrumpí—. Nos fundimos, nos cuesta llevar el ritmo de la intermitencia y no somos de exterior; es el momento de dejar el sitio a las nuevas generaciones.

Las contrarias a la jubilación anticipada no se calmaron, y es que las luces de Navidad disfrutan brillando una vez al año.

Lídia.

Un día en el taller

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pixabay.com

—Necesito las tenazas —dijo mi padre mientras el sudor le caía por la frente.

Tardé varios segundos en encontrarlas entre toda esa maraña de herramientas que llenaban su mesa de trabajo. Antes de que pudiera tendérselas, vino por detrás de mí y las cogió sin siquiera mirarme.

—¡Estas son tenazas de corte! —dijo enfurruñado—. Necesito las que tienen forma de pinza.

Me sentí inútil. Para una vez que quería ayudarle y no hacía más que entorpecer su trabajo. Llevaba semanas con esta obra y se le veía abatido, cansado, con ganas de terminarla.

—Lo siento —me afané a decir. Pero me ignoró.

La última pieza de metal ya estaba sólida pero aún quemaba, por eso necesitaba ese utensilio para cogerla. Ya quedaba menos para terminar.

Después de todo el día en el taller, por fin acabó su obra de arte: una escultura de un niño de mirada pícara y pelo lacio; vestido con pantalones cortos, camiseta raída y un tirachinas en la mano.

Me sentí reflejado en seguida. En ese momento me di cuenta de todo… no es que mi padre me ignorara, es que ya no podía verme. Entonces me sentí orgulloso de su esfuerzo por esculpir la imagen que reposaría encima de mi lápida.

 

@lidiacastro79

 

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Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

Reto: Una gran historia 

En cuanto llegué a Marsella el Chef Castelle me esperaba en la estación. Su aspecto decrépito y desaliñado me impactó. Nada tenía que ver con las fotos que antaño llenaran las primeras planas de las revistas gastronómicas más prestigiosas. 

Aparté ese pensamiento de mi cabeza, pues por fin averiguaría el propósito de su demanda. Era algo que me inquietaba bastante, pues no entendía qué querría un gran chef venido a menos de mí, un humilde zapatero.

Lídia Castro Navàs

Esta entrada es la continuación de una historia a la que mi compañera Ana Centellas me ha retado a continuar. Para más información mirad en su blog: AQUÍ 

Por mi parte, reto a mi apreciado amigo Carlos a continuarla. 

Viaje espacial

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Fuente: google imágenes

Mis asistentes me ayudan a ponerme el traje. Esta vez el compromiso es muy alto, pero llevo mis calzoncillos de la suerte y tengo el presentimiento de que la expedición a Júpiter será un éxito. ¡Vamos a ganar a esos malditos alienígenas!

— Doctor, el paciente ya tiene puesta la camisa de fuerza.

— Bien, llévenlo a la cámara de aislamiento.

@lidiacastro79

Entrada para paticipar en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac

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Recuerdo indeleble

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Entré en la habitación y todos estaban reunidos. Unos, en pequeños grupos, hablaban en voz muy baja; otros, más apartados, tenían la mirada perdida y se mantenían en silencio. El sol de mayo se colaba por los balcones, pero su calidez apenas era perceptible. Y, entonces, la vi a ella: su tez pálida y la inexpresión de su rostro me impactaron. Estaba claro que ese cuerpo hinchado e inerte ya nada tenía que ver con mi abuela.

Lídia Castro Navàs

Robo en el tiempo

Ya tenía la máquina lista y la misión, planeada: entraría de noche en su estudio, localizaría el libro y me lo llevaría conmigo. Sabía que haciéndolo, alteraría la historia y solo contaba con una oportunidad. Viajé a 1605 y robé la primera edición de El Quijote. El problema es que solo era la primera parte. La segunda no se publicaría hasta diez años más tarde. Si hubiera estado más atento en mis clases de literatura…

Lídia Castro Navàs

 

Salir del armario 

No es fácil dar el paso. Que si las plumas, que si las lentejuelas… No es que me gusten, es lo que soy. ¡Qué sensación de libertad poderse mostrar como uno es! ¿No sé cómo he podido estar tanto tiempo encerrado en el armario? La música, las luces, los colores… Me fascina todo a mi alrededor. Sé que habrá quien lo desapruebe, pero me da igual. Ya no aguantaba más en ese maldito armario, entre plástico y naftalina. Solo espero que el año pase rápido para volver a salir en el próximo carnaval.

Firmado: Un disfraz.

Lídia Castro Navàs

La llegada del príncipe 

Foto propia. Barcelona, 2016

Cuando el príncipe llegó a palacio, el mozo de cuadra se encargó de su montura, mientras él fue directo a asearse. Dos días de lucha encarnizada le habían proporcionado un aspecto tosco y un aroma penetrante. Al llegar a sus aposentos, la luz del día se colaba por las ventanas polilobuladas e iluminaba el suelo a través de los cortinajes. Se sintió aliviado, las campañas nocturnas le dejaban unas secuelas que le durarían unos cuantos días. Pero un buen baño y una ración de la más rica carne, y sería otro. Se sacó la pesada armadura y los calzones, entonces entró su madre, la reina, sobresaltándole.

—¡Mira qué horas de llegar… El próximo fin de semana, no sales! 

—Pero mamá… 

—¡Haz el favor de poner tus deportivas en la ventana, huelen que apestan! Deja de leer tus tebeos y métete en la ducha, la comida está casi lista.

—Sí, mamá, ya voy…

Lídia Castro Navàs