En el claro del bosque

Foto sacada de la red

Se encontraba en un claro del frondoso bosque. El sol brillaba de forma muy intensa en su cénit. Estaba rodeado de esbeltos árboles y la hierba era tan alta que le llegaba a los tobillos. Se hallaba solo, en pie, mirando al suelo, meditativo. Una media sonrisa se dibujaba en sus carnosos labios y lo envolvía una especie de aureola enigmática.

¿En qué estará pensando? −me pregunté.

Vestía su inseparable camiseta de tirantes naranja, esa que se había comprado en aquel viaje a Hawaii. Un viaje que hizo en solitario, para aprender una técnica que practicaban los indígenas, basada en conseguir la armonía a través de la luz y el amor incondicional. A su edad, y con su aspecto, nadie esperaría que sus intereses fueran tan espirituales. Lucía los tatuajes de sus brazos bien visibles. Muchos de ellos, tribales, en honor al dios Wolfat*, tal y como me había explicado la única vez en que habíamos hablado. Me presenté frente a él y, sin más, le pregunté el significado de sus tattoos. No era en absoluto hablador, pero si le preguntabas te respondía con la cortesía propia de una persona de otra generación. Una coleta recogía su pelo rubio y liso, dejándole el rostro despejado, cosa que le favorecía en desmesura. Lo que más me gustaba, era su carácter reservado, aunque él no parecía darse cuenta de lo atractivo que resultaba.

*Dios hawaiano inventor de los tatuajes, quien enseñó a los humanos el arte de tatuar.

Lídia Castro Navàs

 Para leer otros microrrelatos (o relatos más largos) visita mi biblioteca.

 

En la playa

Es de noche y una joven camina descalza por una playa. Lleva un vaporoso vestido negro y el pelo, algo despeinado por la brisa que sopla casi imperceptible, le cubre el rostro. En sus manos aguanta una bengala encendida y baila de forma relajada. Su danza no se debe al efecto del alcohol, ni de ninguna droga psicotrópica, es algo mucho más sencillo… se siente feliz por primera vez desde hace tiempo. Y su forma de expresarlo es bailando consigo misma. Lo único que rompe con la oscuridad son las centellas que desprende el fósforo y la luz apagada que proyecta una hoguera lejana, donde un grupo de personas charlan animosamente. Por detrás, solo hay una inmensa negrura. Aunque en realidad, tras ese telón negro, hay miles de estrellas brillando en el firmamento. Pero nadie las ve. Lo único perceptible es el rumor del agua del mar en su vaivén incansable, que acompaña a la chica del vestido negro en su baile hipnótico.

Lídia Castro Navàs

Llega la noche

La noche llega a la ciudad y yo salgo con mi cámara colgada del cuello. El cielo, de color azul eléctrico, se va oscureciendo por momentos. Las farolas iluminan la fachada de la antigua estación y, a la vez, proyectan su luz sobre las tranquilas aguas de la ría. A lo lejos se ve uno de los muchos puentes existentes. Un semáforo en verde da paso a los escasos coches que circulan a estas horas y algunos transeúntes caminan por la acera sin inmutarse ante el objetivo de mi cámara. Más allá, una montaña, ondulante y oscura, recorta el horizonte todavía visible, pero no por mucho tiempo…

@lidiacastro79

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Una mañana diferente

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«La lechera» de Johannes Vermeer

Mis mañanas eran anodinas: me levantaba al alba, ordeñaba a las cabras, recogía los huevos, iba a la fuente… Realizaba todas las tareas de forma mecánica, mientras de fondo podía escuchar el repique del martillo del herrero. Lo que menos me gustaba era atropar a los cerdos para darles el forraje. Siempre buscaba alguna excusa para no hacerlo. Cuando mi madre volvía de la aceña, con la harina a punto, preparábamos el desayuno.

Ese día, me sentía con ganas de transgredir mi monotonía, así que añadí limón a mi vaso de leche y el brebaje resultó ser… diferente.

@lidiacastro79

Entrada para participar en el reto semanal del blog: Encuentratuvoz

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Perdido en sus recuerdos

El anciano encontró las llaves en la caja metálica donde guardaba las galletas danesas que tanto le gustaban. No recordaba haberlas dejado ahí, no era el sitio habitual, pero últimamente su memoria tenía muchas lagunas.

—¡Qué terribles los estragos de la edad! —suspiró mientras se dejaba caer en su sillón, con cuidado de no forzar demasiado sus frágiles rodillas.

Se avergonzaba al reconocer que no sabía qué había tomado para desayunar ese mismo día. Sin embargo, era capaz de recordar perfectamente el olor del ambiente, el día en que vivió su primer bombardeo. Tan solo tenía diez años cuando estalló la guerra, pero aún tenía presente ese fatídico día cuando los aviones enemigos bombardearon su pueblo.

Las sirenas empezaron a sonar de forma atronadora. Corrí y corrí. No paré hasta llegar al refugio antiaéreo que se encontraba al final de una calle, excavado directamente en la roca. La entrada era pequeña y abovedada, igual que el resto del espacio: un largo pasillo, no muy ancho, bastante bajo de techo y con el suelo de tierra. Yo mismo había colaborado en las tareas de construcción. Con ayuda de una carretilla, transporté las piedras de la voladura de la montaña. Así fue como consiguieron perforar la roca. Luego, se vació de escombros y el espacio resultante se acondicionó mínimamente. Unas banquetas en hilera aguardaban en el lado izquierdo, mientras que en el derecho, colgaban de la pared, de forma improvisada, algunas bombillas que parpadeaban al son de las sirenas.

El polvo suspendido en el aire dificultaba la respiración, aunque allí dentro, la manteníamos contenida. Parecía como si todo el mundo la aguantara, para que el peligro pasara más rápido. Del mismo modo, el silencio era casi sepulcral. Solo se escuchaba el ruido exterior. Y las miradas llenas de pánico, en las caras de la gente, ponían los pelos de punta.

Polvo, humedad y miedo. Ese era el olor del ambiente que se podía respirar en el refugio. Un olor que no era fácil de olvidar por muchos años que pasaran…

El anciano abrió los ojos. Por un momento, había perdido la noción del tiempo. Se sentía un poco aturdido. Estaba sentado en su mullido sillón orejero y en sus manos tenía unas llaves. Desgraciadamente, no recordaba qué abrían, ni qué iba a hacer con ellas. Así que se quedó sentado, mirando a la nada y volvió a perderse en sus recuerdos.

Lídia Castro Navàs


Relato basado en hechos reales vividos por mi abuelo durante la Guerra Civil española.

El Libro

Ante mí se alzaba un edificio de piedra ennegrecida. La portalada, coronada por un arco de medio punto, estaba abierta. Crucé el umbral, expectante. El interior permanecía a oscuras y en silencio. Caminé hasta el altar, que estaba cubierto por un delicado paño de algodón blanco. Encima, reposaba El Libro junto a una vela encendida. En ese momento recordé, con cierta nostalgia, mis clases de introducción a la teología. 

@lidiacastro79

Entrada para el Reto 5 líneas (Junio ’16). Más información.

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La inspiración

Me encontraba frente a la pantalla azulada de mi portátil. En la hoja en blanco del procesador de texto, parpadeaba incansable el cursor negro, recordándome que mis dedos permanecían inmóviles encima del teclado. Mi cuerpo en tensión era incapaz de moverse, en cambio, mi mente no paraba de escudriñar en la oscuridad en busca de la inspiración a una velocidad de vértigo. Miles de palabras inconexas inundaban mi cabeza y era incapaz de poner en orden todo ese alud de pensamientos.

Con la mirada perdida y los labios mordisqueados por mis propios dientes, esperaba la llegada de mi musa. A veces se rezagaba, pero ¿me habría abandonado?

Lídia Castro Navàs

Jornada sobre la arena

La arena crujía bajo mis sandalias y el abrasador sol me hizo odiar el casco metálico que tantas veces había salvado mi mísera vida. La manga que cubría mi brazo derecho, se me antojó demasiado apretada. Me arrodillé frente al altar, sin soltar la gladius que llevaba fuertemente empuñada, y me encomendé a mi dios. A mi lado, mi adversario hacía lo propio.

Hasta mis oídos llegaban los rugidos de las bestias que aguardaban bajo mis pies y el furor del público congregado en las gradas. Por un momento, vino a mi memoria el día en que fui capturado como prisionero de guerra y vendido como esclavo a mi entrenador. No sabía lo que la vida me depararía a partir de entonces.

Pero años después, me había hecho un lugar en tan ardua dedicación. El reconocimiento y la fama no era lo que me importaba. Por encima de todo, quería sobrevivir. No temía ni al dolor, ni a las heridas, pero no soportaba tener que asistir en su suicidio a algún contrincante, si así lo decidía el público. Odiaba esos inacabables minutos antes del inicio del espectáculo, pues nunca sabía qué acontecería esa jornada sobre la arena.

@lidiacastro79

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Bilbo: historia, arte y naturaleza

Bilbo (y no me refiero al de “Bolsón Cerrado”) es una ciudad con mucha historia y eso se refleja en sus calles, edificios y monumentos.

La primera impresión de la ciudad fue desde el taxi a la 1:00 de la madrugada, así que solo recuerdo un confuso juego de luces y sombras mezclado con la humedad del ambiente y el cansancio por el retraso.

Ya de día, y después de haber dormido unas prudentes cinco horas, la visión fue mucho mejor. Salí al balcón, donde unos geranios rojos reposaban frondosos, y el murmullo de la ría Nervión me dio los “buenos días”.

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Fachadas de Bilbao. Foto: @lidiacastro79

De mi observación, destacar las fachadas de los edificios antiguos: con sus porticones de madera, balconadas de hierro forjado y tribunas acristaladas. Y la multitud de flores y plantas que decoraban alféizares y barandillas.

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Detalle tribunas. Bilbao. Foto: @lidiacastro79

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Fachadas de Bilbao. Foto: @lidiacastro79

Su pasado industrial es fácilmente reconocible en algunas reminiscencias aún existentes, como alguna chimenea de ladrillo o la conservación de las fachadas de algunas fábricas y almacenes de la época. Lo histórico convive con lo actual, en una armonía envidiable.

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En primer plano «Variante Ovoide» de J. Oteiza (representa una cabeza con chapela). Al fondo, una chimenea de época industrial. Foto: @lidiacastro79

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Mezcla de lo antiguo y lo nuevo. Foto: @lidiacastro79

El Guggenheim es visita obligada. Solo el edificio ya vale la pena, pero no solo su exterior… el interior es igualmente impresionante.

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Museo Guggenheim de Bilbao. Obra de Frank Gehry.  Foto: @lidiacastro79

Lo más original que pude ver, fue el poema de neón que se podía leer (a gran velocidad) en castellano, en euskera y en inglés. Y las gigantescas estructuras metálicas de Richard Serra.

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«Truisms» by Jenny Holzer. Foto: @lidiacastro79

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«La materia del tiempo» de Richard Serra. Foto: @lidiacastro79

Más inquietante fue la visión de las obras de Louise Bourgeois, aunque pude descubrir en ella a una interesante y traumatizada artista de una vida muy longeva.

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Foto sacada antes de que un «chicarrón» del norte me advirtiera de que no se podía. Foto: @lidiacastro79

Menos suerte tuvimos con el Puppy, que estaba rodeado de andamios y cubierto con unas gruesas telas verdes (foto no disponible por indisposición floral canina).

Callejear por el casco antiguo, bordear la ría paseando y subir al monte Artxanda con el funicular son algunas de las cosas de las que disfrutar si el tiempo acompaña (y si no acompaña, también).

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Puente Zubi Zuri sobre la ría Nervión. Foto: @lidiacastro79

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Vistas de Bilbao desde el monte Artxanda. Foto: @lidiacastro79

Lo de ir de pintxos fue toda una experiencia. Vegetarianos, veganos y macrobióticos (este último, mi caso) no lo tienen nada fácil. Con decir que, para los de Bilbao, el jamón de York y el atún son catalogados de verduras. ¡Que a nadie se le ocurra preguntar si un pintxo, donde está todo trinchadito, contiene carne o lácteos! Porque les sale el lado oscuro y te contestan un “¡Yo qué sé!” acompañado de una cara de perros (abstenerse pues, personas con intolerancias y alergias alimentarias). En fin, me hinché a pintxo de bacalao, que se veía lo que era.

Me quedé con las ganas de probar el marmitako. Por lo visto necesitas reserva para comerlo y no me quedó claro si la causa fue que no era temporada o que el bonito se acompaña de sangre de unicornio en vez de con patatas.

Visitar la costa, es una buena opción cuando ya has recorrido toda la ciudad. Por eso fuimos a Bakio, paraíso de los surfers. Muy buenas vistas desde la playa.

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Playa de Bakio. Foto: @lidiacastro79

San Juan de Gaztelugatxe, fantástica excursión de unas dos horas para ascender hasta la ermita y tocar la campana. Mar y montaña a partes iguales. Y como lucía un sol brillante, nariz y pómulos rojos, de regalo.

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Ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Foto: @lidiacastro79

Y, finalmente, Bermeo, típica zona portuaria con un paseo marítimo lleno de bares y terrazas. Pero con un conjunto escultórico que me sorprendió gratamente sobre la cosmogonía vasca (explicación mitológica sobre el origen del mundo).

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Paseo marítimo de Bermeo. Foto: @lidiacastro79

Y así nos pasaron volando los dos días que estuvimos en Bilbo.

¡Aguuuuuur!

Volar un viernes 13

No sabía si sería buena idea coger un avión en viernes 13, pero cuando compré los billetes no pensé en eso… De todas maneras, lo comprobaría enseguida.

Foto propia. Barcelona, 2016

Acababa de llegar al aeropuerto y los nervios me empujaban por los pasillos y, a la vez, tiraban de mi maleta. Eran ese tipo de nervios que te hacen hiperventilar de alegría y sientes un hormigueo constante en el estómago. Volvía a coger un avión después de tres años y algo en mi interior no me dejaba estar quieta. Llevaba los auriculares colgando, como de costumbre, y en aquel momento empezó a sonar “De viaje” de Los Planetas y pensé que no podía ser una canción más adecuada.

La llegada en autobús hasta la Terminal 1 había ido bien: una hora y diez minutos con compañía grata inesperada. Ahora me tocaba buscar a mi prima y la puerta de embarque. Sin problemas. Descalzas por el control de seguridad (no les gustaron nuestras botas). Y ya listas para coger el vuelo. Pero aún quedaba una hora y media, así que paseíto por las tiendas, fotillos y un poco de asiento.

De momento, lo del viernes 13 no nos había afectado… Hasta que fuimos a mirar la puerta de embarque en las pantallas luminosas y una palabra parpadeante destacada en amarillo nos asqueó: Delayed. Lo que parecía un retraso de poca importancia se convirtió en una espera de más de dos horas en la terminal.

Y una vez embarcadas, cuando ya parecía que la cosa avanzaba, nos tuvieron dos horas más sentadas en el avión, cual sardinas enlatadas. ¡Qué desesperación!

A todo esto, nuestra anfitriona nos esperaba en el aeropuerto de destino… ¡Pobrecilla!

Total, teníamos que llegar a las 21:30 y llegamos a la 1:00. Cena a las 2:00, dormir a las 3:00 y desayuno a las 8:00. Pues nah… dormir poco y “turistas mode on”, listo. ¡Egunoooon!

Foto propia. Bilbao, 2016

Lídia Castro Navàs