En el museo

Robert estaba haciendo su ronda por el museo. Como de costumbre, intentaba no estarse quieto en el lateral de una sala o sentado en un rincón de una de las galerías. Recorría todo el museo durante su larga jornada. Se conocía cada pieza expuesta, cada cuadro colgado. El museo era su segunda casa.

Por circunstancias de la vida, él no había tenido la posibilidad de estudiar más allá de la educación básica obligatoria, aunque era una persona inquieta y con ganas de aprender. Por suerte, el destino le brindó la oportunidad de trabajar rodeado de cultura y eso satisfacía sus ansias de conocimiento.  

Le gustaba escuchar las explicaciones de los guías que acompañaban a los grupos de turistas o escolares. Y, cuando su tiempo libre se lo permitía, leía acerca de las obras y los autores que más le llamaban la atención.

Lo que más ilusión le hacía era cuando llegaba al museo una exposición itinerante, ya que así ampliaba su horizonte cultural. Y hoy estaba especialmente excitado pues se iba a inaugurar una nueva exhibición temporal de la temática que más le atraía: el antiguo Egipto. Se trataba de una muestra sobre el mundo de la muerte y estaba compuesta por sarcófagos finamente decorados, ricas y diversas piezas de ajuar y momias —¡momias de verdad, con sus vendas y todo!—. Nunca había tenido la oportunidad de ver momias de tan cerca, así que su exaltación era justificada.

Antes de la apertura de las puertas al público, quiso recorrer el espacio, aún vacío de visitantes, y contemplar con tranquilidad todos los objetos exquisitamente dispuestos en las vitrinas. Cada pieza iba acompañada de un cartelito explicativo con su procedencia, antigüedad, uso… Estaba admirando unos ungüentarios de alabastro muy atentamente, cuando notó que sus pies pisaban algo poco habitual en el suelo de mármol del museo. Arena. Su mirada se trasladó al suelo y extrañado pudo ver que una fina capa de arena dorada cubría el pavimento. Instintivamente llevó su mano hasta la arena, que parecía proceder del desierto, y en cuanto las yemas de sus dedos entraron en contacto con ella, todo se desvaneció.

Cuando intentó abrir los ojos, quedó cegado por la intensidad de la luz del mediodía. Se encontraba tumbado en un suelo polvoriento y se sentía aturdido. ¿Acaso se había desmayado? El ambiente que se respiraba era seco y extremadamente cálido. Soplaba un fuerte viento que presagiaba una tormenta de arena.

Con un gran esfuerzo se incorporó y, cuando sus pupilas se acostumbraron a la claridad, empezó a percibir lo que le rodeaba: solo podía ver montones de arena dorada y un inmenso cielo azul presidido por un imponente sol.

¿Dónde estaba? Una idea cruzó su mente como un rayo. ¡No podía ser! Se levantó y pudo ver la entrada a lo que parecía un túmulo. Quiso resguardarse del abrasador sol y del molesto viento, así que descendió por la rampa que daba acceso a una antecámara de paredes de piedra, repletas de inscripciones muy coloridas, como si estuvieran recién hechas. No tenía ninguna duda, los relieves no eran sino, jeroglíficos, y el lugar donde se encontraba, tenía que ser una tumba aún sin usar.

Escuchó ruido de pasos y el pánico se apoderó de él. Se escondió en la cámara anexa, donde un gran sarcófago de piedra ocupaba gran parte del espacio. La tapa del sepulcro reposaba en el suelo y el interior estaba vacío. Desde donde estaba, vio cómo un grupo de hombres, vestidos con taparrabos blancos, y completamente rapados, transportaban objetos de uso cotidiano y los iban depositando en la antesala. Debían ser piezas de un ajuar mortuorio. A Robert le sobrevino un pavor incontrolable y empezó a temblar. ¡Estaba en el antiguo Egipto! Se agachó en una esquina y se quedó paralizado, sin saber qué hacer. Entonces, al posar sus manos sobre el suelo, sin esperarlo, todo se volvió a desvanecer.

Mike, el cartero del museo, lo hizo volver en sí dándole unas palmaditas en la cara.

—¡Despierta, tío! Te has desmayado… —dijo con su particular voz de loro. Su habla se asemejaba a la de un loro de esos que aprenden a hablar. Muy gutural y chillona.

Robert estaba tumbado en el frío suelo del museo. Por suerte, no se encontraba en el antiguo Egipto, pero… ¿había estado realmente allí?

Lídia Castro Navàs

Viajar con adolescentes

Viajar con adolescentes siempre es una aventura… No tienes tiempo para aburrirte.

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Foto: @lidiacastro79

La peripecia empieza ya en el autobús. Momento del recuento antes de partir: 1, 2, 3,… 28, 29… 36, 37,… Y siempre está el gracioso de turno que te hace descontar y vuelta a empezar (esta vez: 58… de 13 años).

Aún no hemos salido de la ciudad y ya empiezan los: “¿Cuánto falta?” ¡Por dios, si se puede ver el colegio todavía!

Y luego tienes que ir repitiendo una retahíla cansina y anodina llena de:

  • “Poneros el cinturón”
  • “Culo en el asiento”
  • “Pies en el suelo”
  • “No comáis”

(Buf me canso a mí misma de oírme…)

Lo peor: los mareos y los vómitos (algo desagradable, cuanto menos, y que puede desencadenar un efecto dominó). Yo siempre rezo para que los que saben que se marean, no hayan desayunado leche y se hayan tomado la “biodramina” antes de salir.

Lo mejor: el micro y las canciones de bus. Esto parece no tener caducidad. Me siento una estrella con el micro en la mano. Hasta que digo: “Una sardina…” y nadie repite (snif).

Puede que las canciones hayan cambiado, pero el espíritu sigue siendo el mismo.

Los años pasan y no te das cuenta… hasta que llegas a una casa de colonias con adolescentes rebosantes de energía que están deseando no dormir. Esa es la verdadera prueba de fuego…

El “correr por los pasillos” y el “reír/gritar” cual gallinas silvestres en celo, adquieren otra dimensión. Te sientes como una segurata nocturna en una guardería de hormonas. Y cuando por fin, parece que todo se calma y decides enfundarte el pijama y meterte en la cama… vuelve a empezar la “guerra”. Eso es si todo va bien y no hay incidentes. Me refiero a alumnos accidentados, cosas rotas o enfermos. Por suerte, son excepcionales los casos de accidentes graves y desperfectos. Lo que es más común son los resfriados, fiebres y dolores de barriga que, por arte de magia, aparecen siempre durante la noche. En el mejor de los casos, el ibuprofeno lo soluciona todo y duermen del tirón. En el peor, la posibilidad de dormir se esfuma y tienes que hacer de enfermera de guardia en cuidados intensivos.

Esta vez me tocó compartir la litera con una alumna con fiebre alta y delirios (en serio…). Si no es una cosa, es otra, pero dormir, lo que se dice, dormir, no duermes mucho.

Y por la mañana, de excursión por la montaña. Menos mal que con el espectacular entorno se te olvida el cansancio.

El momento de las comidas son de lo más entretenidas. Organizar las mesas, la limpieza, procuras que todo el mundo tenga lo que necesita, atiendes las alergias e intolerancias, vigilas que todos coman cuanto deben y no menos (ya sabemos las ideas estereotipadas que les mete en la cabeza la publicidad)… Y cuando tú te sientas y empiezas a comer, ellos ya han terminado y tu plato ya está frío. Además, tienen el don del ‘inoportunismo’. Es tomar el primer bocado y ya están ahí, echándote el aliento en tu cogote, preguntándote qué toca hacer después o cualquier cosa que les pase por la cabeza… En fin, que las comidas son rápidas e interrumpidas constantemente.

Y por fin, llega la última noche, con fiesta de despedida, lo que ellos llaman “hacer discoteca”. Durante las semanas previas a la salida no tienen otra cosa en mente:

−¿Haremos discoteca? −no paran de preguntarte.

Y tú, te haces la loca y les dices que depende,.. que si la casa de colonias nos lo permite,… que si se portan bien,… Pero acabas sucumbiendo a sus deseos. Y es que piensas en lo que sentías tú a su edad y te morías por hacer lo mismo: quedarte en un lado de la sala, mientras los chicos están en el otro lado y va sonando música alta. ¡Esto no cambia!

Hasta que finalmente alguien, sin vergüenza y mucha moral, estrena la “pista” y todos se acaban animando. Después, no hay quien los mande a dormir… Y mientras tú ahí, aguantando el cansancio con buena cara y pensando en que mañana ya estarás en casa y te ducharás en tu baño y dormirás en tu cama…

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Foto: @lidiacastro79

La última mañana ya no se levantan por voluntad propia, y tienes que ir, habitación por habitación, abriendo luces y ventanas al grito de: “¡Bueeeenos díaaaas!” (Qué mala soy…). Arrastran los pies todo el día, hasta que volvemos al autobús y solo se escucha el silencio… Y es que el cansancio ha hecho estragos en sus energías (por suerte, tienen un límite). Cuatro horas de bus sin incidentes (a parte de dos vómitos y muchos “¿Cuánto falta?”).

¡Por fin en casa! (Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho).

Lídia Castro Navàs

De noche en la oficina

Inicio de la historia:
Eran las 11 de la noche de un viernes y todavía estaba en la oficina, entre montañas de papeles y llamadas desagradables de hombres enfadados. Sus compañeros de redacción ya hacía horas que se habían marchado. Ninguno de ellos le había prestado su ayuda, vaya novedad. Y Raquel, sola con sus remordimientos por haber plantado, una noche más, a su pareja en el restaurante era incapaz de encajar las piezas del tema que le había tocado redactar. El tic tac del reloj se alternaba con el sonido del teclado al escribir, mientras sus nervios no hacían más que aumentar…

Mi continuación:
Tener que redactar un artículo sobre una truculenta historia de amor siempre era complicado, pero esta vez lo era aún más, pues ella era parte implicada. Nadie lo sabía y ella lo había obviado cuando el jefe le encargó la tarea. ¿Pero cómo iba a escribir sobre algo que tanto dolor y vergüenza le causaba? De repente, la bombilla de su lámpara parpadeó y la sacó de sus cavilaciones. Sin esperarlo, le sobrevino la inspiración y las yemas de sus dedos empezaron a deslizarse por el teclado, como guiados por una musa invisible.

@lidiacastro79

Entrada para participar en un sorteo de tres libros (Más información: El placer de la lectura)

Oh primavera

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Foto: @SetahBastet

Danzando al son de una melodía etérea,

se le escapaba el tiempo por las comisuras.

Anhelando esa sensación de primavera,

para arrancarse las opresoras vestiduras.

Y al fin llegado el momento:

disfrute, gozo y embeleso.

¡Sentidos extasiados,

emociones afloradas,

represiones liberadas!

Oh primavera ansiada,

por fin colmas de luz mis recodos,

anestesias mis suplicios más hondos

y despiertas mi esencia invernada.

@lidiacastro79

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La tristeza

Como perderse en un bosque oscuro,

o en un tu propia realidad.

Como intentar salir de una prisión,

o de tu propia habitación.

Como respirar debajo del agua,

o ahogarte en tus propias lágrimas.

@lidiacastro79

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Una flor

flor marchita

Foto: Google images (retocada)

Una flor ennegrecida por el paso del tiempo,

aguarda impasible al soplido del viento,

ese que, sin piedad, de sus pétalos la despojará.

No teme a la muerte, ni siquiera a desaparecer,

porque después del olvido, volverá a renacer.

@lidiacastro79

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La ceremonia del té

Había sonado el gong metálico dando inicio a la ceremonia del té. Sentado sobre sus rodillas miraba como ella le enseñaba cada paso del ritual: lavó los utensilios, calentó el agua, vertió una parte de esta en el cuenco donde aguardaban las hojas de matcha, lo removió con el agitador de bambú… Durante todo el proceso ella no había levantado la vista, hasta que le acercó el cuenco. En ese breve cruce de miradas, se enamoraron.

Lídia Castro Navàs

Mis mareas

No necesito esperar a la noche para que la oscuridad me lleve.

Todo se tiñe de negro a mi alrededor y mi brillante esencia se esconde en lo más profundo de mí, por temor.

Y, de repente, todo explota. Se abre la veda. Soy incapaz de detener el caudal de emociones que se agolpan en el espacio reducido de mi pecho encogido por la angustia. Y se precipitan a borbotones en forma de lágrimas y sollozos. Vomito gritos, se me desgarra el alma y me domina el dolor por un instante que se me hace eterno.

Pero, del mismo modo que se inicia, llega a su fin. Sin más.

Y aflora de nuevo la luz de mi alma, que me arropa con su calidez y me reconforta. Y así, mi mar emocional se calma, hasta la próxima marea…

Lídia Castro Navàs

Me tengo a mí

¿Por qué es tan terrible la luz de la luna? Eso me pregunto cuando la admiro inquieta desde mi ventana entreabierta. Pero aún me parecen más terribles las sombras que ésta proyecta sobre mí noche tras noche.

Me gustaría alcanzarla con las puntas de mis dedos y acercarla a mí, para acompañar mi soledad. Y con ella iluminaría los rincones más oscuros de mi alma, esos a los que tanto temo y que me roban los sueños y el descanso.

Entonces me acurruco debajo de mi pesada manta y me abrazo fuerte hasta sentirme entera. Y en ese momento me percato que no estoy sola, me tengo a mí.

Lídia Castro Navàs

No es otro cuento

Después de incontables y sombrías noches, solo iluminada por las estrellas o por la titubeante luz de unas velas, volvía a admirar la muerte del sol en el horizonte. El cielo se iba tiñendo de rojo muy lentamente y provocaba cambios de tonalidades en todo el paisaje circundante. Habían pasado ya dieciocho años desde que nací un soleado día de primavera.

Desde entonces me encontraba encerrada entre esos muros de piedra gris. Con una única ventana que me ofrecía vistas del desconocido exterior. No conocía otra realidad. Me habían hecho creer que ese era mi sino. Y lo acepté al principio, pero llegó un día en que desperté del sueño que me tenía presa.

Estaba sola en mis aposentos, como de costumbre. Un gran espacio ocupado únicamente por una enorme cama con dosel, una mesa de costura, una silla y un armario, todo de roble.

Ocupaba mi desidioso tiempo cosiendo a la luz de las candelas, cuando, cierta noche, un ruido en el exterior captó mi atención. Dejé la aguja clavada en el bastidor circular, donde estaba bordando un pañuelo con una flor de lis, y me acerqué temerosa a la ventana. Posé las manos en la fría y dura repisa y dirigí mi mirada hacia abajo, de donde había procedido el extraño ruido.

Entonces, entre tanta oscuridad, pude ver algo que resplandecía con la fuerza de tres soles. Era un caballo blanco, que inquieto relinchaba bajo mi ventana.

Era tan hermoso y transmitía tanta fuerza, que en seguida ansié poder alcanzarlo y encima de su lomo cabalgar lejos de mi prisión. Fue tal el anhelo, que estiré los brazos todo lo que pude e incliné mi figura hacia adelante para ver si podía siquiera rozarlo. Pero el contrapeso de mi cuerpo, enfundado en un pesado vestido de terciopelo azul con enaguas y faldones, me hizo perder el equilibrio y precipitarme al vacío.

El golpe que me propiné fue seco, aunque no tan fuerte como esperaba, pues en seguida llegué al suelo, como si la caída hubiera sido de unos pocos centímetros. El terreno no estaba cubierto de hierba, ni siquiera pude notar la humedad de la tierra.

Abrí los ojos, que extrañamente sentía legañosos. La alfombra multicolor sobre la que caí se me antojó muy mullida. Me incorporé y llevaba el pijama de franela hecho girones. Acababa de caer de la cama, pero no de una con dosel y con un gran cabezal de roble, sino de una litera metálica que compartía con mi hermana.

—¡Vaya! Es la segunda vez esta semana —reconocí con vergüenza.

Lídia Castro Navàs