Aroma de coco

Cuando despertó, todavía estaba allí. Tenía los ojos aún cerrados pero percibió el inconfundible aroma de su piel. Yacían desnudos, cubiertos solo en parte, por una sábana de lino blanca. Dormían de lado y él tenía su rostro casi rozando la sensual espalda de su compañera. Inspiró profundamente: olía a coco. Ese era el aroma que desprendía su morena y tersa piel. Normalmente, su dermis era más bien rosada, aunque en verano adquiría ese tono bronceado que tanto le atraía. Alargó los dedos con sumo cuidado y la acarició suavemente. Su tacto se le antojó ardiente y por un momento tuvo el impulso de abrazarla entera, pero se frenó para dejarla descansar y así admirarla mientras dormía. Era la primera vez que podía hacerlo y lo estaba deseando.

Las curvas de su cuerpo se veían pronunciadas dada la posición. Su brazo derecho reposaba en el costado y la mano le caía hacia adelante en la zona de la cadera. La línea de la columna se le marcaba ligeramente a lo largo del dorso. Él la ascendió con la mirada, hasta toparse con un pequeño tatuaje que se mostraba en su hombro derecho. Sus rizos rojizos caían por su cuello de forma desordenada. Le encantaba juguetear con ellos cuando tenía ocasión, por eso puso el dedo índice en el interior de un bucle, sin llegar siquiera a tocarla. Ella no siempre se lo permitía. De hecho, no le gustaba demasiado que le palparan el cabello. Del carnoso lóbulo de su oreja colgaba una libélula plateada. Eran sus pendientes especiales, decía ella.

Esa noche había sido, sin duda, especial.

Encima de la mesilla todavía estaban la botella de cava vacía y el bol que había contenido unas exquisitas fresas. De debajo del bol asomaba el billete de avión que él había cogido sin pensarlo dos veces, para darle una sorpresa.

¡Y vaya si la había sorprendido!

Mientras rememoraba esos instantes, de repente, ella inspiró profundamente y, a la vez que exhalaba, se giró hacia él. Pudo observar cómo sus perfiladas pestañas se entreabrían y dejaban al descubierto esos ojos castaños, con matices dorados, que tanto le gustaban.

−Buenos días −dijo ella al tiempo que una adorable sonrisa se dibujaba en sus labios.

Estiró los brazos hacia él, hundió el sonrojado rostro en su pecho y se fundieron en un abrazo cálido y tierno. Se quedaron así, entrelazados, en silencio, disfrutando de su primer despertar juntos.

Lídia Castro Navàs

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Todo llega a su fin

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Palazzo de Stupinigi (Turín, Italia). Foto: @lidiacastro79

Caminaba por los pasillos del palacio con nostalgia, arrastrando las enaguas de mi vestido de gala y admirando todo a mi alrededor: cortinas, molduras, tapices, pinturas, muebles, candelabros… Cuando llegué al salón de baile no pude sino rememorar los ecos de las canciones que una vez sonaron desde la galería donde se situaba la orquesta. No podía creerme que toda esa vida se estaba muriendo. Mi estatus llegaba a su fin.

@lidiacastro79

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La espera

Entro en la habitación y me dispongo a esperar su llegada. Las puertas de la ventana están abiertas de par en par. Me acerco y apoyo los codos en el alféizar para contemplar el paisaje. Justo en frente, hay dos grandes macetas de barro con geranios colorados que reposan encima de una balaustrada. Su aroma llega hasta mí haciéndome cerrar los ojos e inspirar profundamente. Cuando vuelvo a abrirlos, se detienen en el lago que se extiende más allá de lo que mi vista alcanza. A lo lejos, hay un islote que rompe con las líneas rectas del horizonte y, por encima, la inmensidad del cielo azul teñido de algodones blancos.

Toc-toc

Llaman a la puerta. Ya está aquí.

 @lidiacastro79

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En la calle

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Foto del instagramer: @mglenriquez

Es una calle estrecha, oscura y tortuosa. De las fachadas desconchadas cuelgan cables y ropa tendida. Encima de una puerta, un cartel rojo con letras negras indica la entrada a una taberna.  Y, al fondo, justo en medio del paso están ellos: él está de pie y viste un vaquero y una camiseta negra; ella, un vestido corto de color turquesa y está sentada en el sillín de su bicicleta. Están charlando a corta distancia ajenos a lo que sucede a su alrededor.

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Un golpe afortunado

Caminaba por la angosta calle empedrada. Mis pies, enfundados en unas botas, luchaban por no resbalar. Eran casi las cuatro de la tarde pero la luz del día ya se apagaba, además una cortina de lluvia perturbaba mi visión. Sin poder evitarlo, me golpeé la pierna con un saliente. Me desestabilicé y mi tobillo se dobló por completo.

Las costuras de mi impermeable cedieron y dejaron mi espalda empapada. Por suerte, ya llegaba a casa. Abrí la puerta del zaguán y me despojé de todo lo que me cubría. Entré en casa y me estremecí al sentir la calidez del fuego. Acerqué mis ajadas manos a la chimenea y observé con atención la pierna dañada. Un morado asomaba en mi espinilla. Y en el tobillo había aparecido un bulto del tamaño de un huevo. Fui a por unos cubitos de hielo para bajar la inflamación, pero no tenía. Olvidaba que la casa carecía de congelador, solo tenía una nevera de pequeño tamaño. Con el clima del lugar, se conservaba todo perfectamente sin necesidad siquiera de refrigeración.

Empezaba a sentir un dolor agudo, así que busqué un analgésico.

-—¡Maldición! —bramé.

Solo encontré un blíster vacío dentro de su caja de cartón. No era muy partidaria de tomar medicinas, pero en ese momento hubiera pagado cualquier cosa por un ibuprofeno —o por una bolsa de guisantes congelados—. El dolor era tal, que ya no podía apoyar siquiera las puntas de los dedos en el suelo.

Vivía en ese pueblecito pesquero, aislado de la civilización, desde hacía tres meses, cuando decidí cambiar mi vida por completo. En ese momento, me pareció una mala decisión. Afortunadamente, mi vecina, la que remendaba las redes en el puerto, me había dicho que el boticario solía hacer visitas a domicilio si era necesario. A falta de un médico cercano, era una buena alternativa. Lo llamé. Una cándida voz de anciano me respondió y me dijo que en seguida mandaba a su aprendiz a traerme una pomada, que seguro aliviaría mi torcedura.

Al cabo de unos treinta minutos, que se me antojaron eternos, alguien llamó a la puerta. Ya vestida con mis mejores ropas de franela, abrí y me topé con un joven empapado que sostenía una bolsa. Por su altura y robustez deduje que era o había sido militar. Le hice pasar y le presté una toalla. Se ofreció a reconocerme el tobillo; había estudiado primeros auxilios en su paso por la marina. Sus grandes manos cogieron con extrema delicadeza mi tobillo. Su tacto era cálido y agradable. Me estremecí y aparté la mirada avergonzada, esperando que no se diera cuenta. Me untó la pomada y se puso en pie con la intención vacilante de marcharse.

Era la primera vez en mucho tiempo que agradecí la compañía de alguien. Deseaba que se quedara más, pero era incapaz de pedírselo.

Cuando se dirigía a la puerta, la tetera empezó a pitar.

¿Te apetece un té? —dije sin pensar.

—Claro —respondió con una sonrisa.

Lídia Castro Navàs

La cala

En cuanto salí de entre las rocas, una pequeña cala se abrió ante mí. Huía del bullicio de la ciudad y de la dichosa mudanza, que por fin había terminado. Fruncí el ceño en cuanto el sol me cegó al abandonar la penumbra. El calor del mediodía era abrasador, había sido una buena idea acarrear la sombrilla hasta allí. Estaba resuelta a tumbarme y no pensar en el centenar de cajas que me quedaban por abrir.

Lídia Castro Navàs

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En el claro del bosque

Foto sacada de la red

Se encontraba en un claro del frondoso bosque. El sol brillaba de forma muy intensa en su cénit. Estaba rodeado de esbeltos árboles y la hierba era tan alta que le llegaba a los tobillos. Se hallaba solo, en pie, mirando al suelo, meditativo. Una media sonrisa se dibujaba en sus carnosos labios y lo envolvía una especie de aureola enigmática.

¿En qué estará pensando? −me pregunté.

Vestía su inseparable camiseta de tirantes naranja, esa que se había comprado en aquel viaje a Hawaii. Un viaje que hizo en solitario, para aprender una técnica que practicaban los indígenas, basada en conseguir la armonía a través de la luz y el amor incondicional. A su edad, y con su aspecto, nadie esperaría que sus intereses fueran tan espirituales. Lucía los tatuajes de sus brazos bien visibles. Muchos de ellos, tribales, en honor al dios Wolfat*, tal y como me había explicado la única vez en que habíamos hablado. Me presenté frente a él y, sin más, le pregunté el significado de sus tattoos. No era en absoluto hablador, pero si le preguntabas te respondía con la cortesía propia de una persona de otra generación. Una coleta recogía su pelo rubio y liso, dejándole el rostro despejado, cosa que le favorecía en desmesura. Lo que más me gustaba, era su carácter reservado, aunque él no parecía darse cuenta de lo atractivo que resultaba.

*Dios hawaiano inventor de los tatuajes, quien enseñó a los humanos el arte de tatuar.

Lídia Castro Navàs

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En la playa

Es de noche y una joven camina descalza por una playa. Lleva un vaporoso vestido negro y el pelo, algo despeinado por la brisa que sopla casi imperceptible, le cubre el rostro. En sus manos aguanta una bengala encendida y baila de forma relajada. Su danza no se debe al efecto del alcohol, ni de ninguna droga psicotrópica, es algo mucho más sencillo… se siente feliz por primera vez desde hace tiempo. Y su forma de expresarlo es bailando consigo misma. Lo único que rompe con la oscuridad son las centellas que desprende el fósforo y la luz apagada que proyecta una hoguera lejana, donde un grupo de personas charlan animosamente. Por detrás, solo hay una inmensa negrura. Aunque en realidad, tras ese telón negro, hay miles de estrellas brillando en el firmamento. Pero nadie las ve. Lo único perceptible es el rumor del agua del mar en su vaivén incansable, que acompaña a la chica del vestido negro en su baile hipnótico.

Lídia Castro Navàs

La mansión

Frente a mí, una puerta de hierro forjado da paso a una mansión rodeada de vegetación. En lo alto de la verja, coronando la cancela, hay unas iniciales y un año: M R y 1888 moldeados en el mismo metal que el resto. Dos macizos pilares, con ornamentos romboidales entre el fuste y el capitel en forma de campana, flanquean el portón. El sol ha desteñido el color granate que antaño cubría la superficie. Los muros encierran un jardín desolado. Las hierbas crecen libres por doquier y las ramas de los árboles, que necesitarían ser podadas, invaden las zonas bajas. Una capa de pinocha seca cubre todo el suelo, a modo de alfombra. Y sobre ella, destacan algunas piñas de un tono más pardo.
Me acerco con la intención de adentrarme e investigar un poco más pero… la puerta está cerrada.

@lidiacastro79

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Una mañana diferente

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«La lechera» de Johannes Vermeer

Mis mañanas eran anodinas: me levantaba al alba, ordeñaba a las cabras, recogía los huevos, iba a la fuente… Realizaba todas las tareas de forma mecánica, mientras de fondo podía escuchar el repique del martillo del herrero. Lo que menos me gustaba era atropar a los cerdos para darles el forraje. Siempre buscaba alguna excusa para no hacerlo. Cuando mi madre volvía de la aceña, con la harina a punto, preparábamos el desayuno.

Ese día, me sentía con ganas de transgredir mi monotonía, así que añadí limón a mi vaso de leche y el brebaje resultó ser… diferente.

@lidiacastro79

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