#NosQueremosVivas

Quan s’acaba l’any comencem a fer balanç gairebé de forma inconscient. Està bé fer repàs de tot allò que hem fet (o no) durant els darrers mesos, per posar en ordre les nostres vides, és un hàbit inclòs saludable.

En aquesta época, a més, acostumen a sortir estadístiques i percentatges de temes diversos, que ens ajuden a crear l’ambient idoni per fer memòria . Per desgràcia, molt sovint aquestes llistes ens mostren una societat que encara ha d’evolucionar molt… L’altre dia vaig rebre una d’aquestes llistes al mòbil i vaig sentir una barreja de tristesa i ràbia continguda que em van deixar l’ànima ferida.  

Volia compartir-la per fer visible, un cop més i sense defallir en la lluita, la tara moral d’arrels patriarcals que pateix la nostra societat.

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💀Nos faltan algunas…

🔪Conchi, acuchillada por su ex en Pontevedra.
🔪Iris, acuchillada por el padre de sus peques en Tenerife, delante de su madre.
🔪Carmen, acuchillada por el hombre con el que compartía su vida en Palencia.
👊Maimouna, asesinada a golpes por el hombre con el que compartía su vida, delante de sus peques, en Murcia.
🌁Silvina, axfisiada por el hombre con el que compartía su vida  en Vigo.
🌁Almudena, asfixiada por su novio en Bizkaia.
🔪Fuensanta, asesinada a golpes y cuchilladas por su marido en Valencia.
👊Divi, asesinada a golpes por el hombre con el que compartía su vida en Vigo.
🔪Toñi, acuchillada por su ex en Jaén.
🔨Otilia, asesinada a hachazos por su marido en Granada.
🔪Olga, asesinada a machetazos por su ex en Barcelona.
🌁Marina y Laura, estranguladas por el ex de Laura en Cuenca.
🔫Maryna, asesinada a tiros por su marido, que también mató antes a sus dos peques, en Barcelona.
🔪G. V, degollada por su ex en Mallorca.
🔪Chari, apuñalada por su ex Málaga.
🔪S.I., apuñalada en Barcelona por el hombre con el que pasaba sus vacaciones.
🔥Laura, quemada con gasolina por su ex en Tenerife.
🔪Anka, degollada por su ex en Madrid.
👊Felicidade, asesinada a golpes por el hombre con el que compartía su vida en Asturies.
🔫Bea, asesinada a tiros por su ex,  junto a su pareja actual.
🌊S.I., tirada al mar por el hombre con el que compartía su vida en Barcelona.
👊R. N, asesinada a golpes por el hombre con el que compartía su vida, delante de su bebé, en Soria.
🔪Mª Ángeles, apuñalada por el hombre con el que compartía su vida en Cantabria.
👊María,  asesinada a golpes en Sevilla por el hombre con el que compartía su vida.
🔪Encarna, apuñalada por el hombre con el que compartía su vida, en Madrid, delante de su peque.
🔪Gema, degollada en Denia por su ex.
🔻Isabel, asesinada en Ourense por el hombre con el que compartía su vida.
🔻Francisca, asesinada en Almería por el hombre con el que compartía su vida.
🔪S.I, apuñalada en Álava por el hombre con el que compartía su vida.
🔫S.I, tiroteada por el hombre con el que compartía su vida en Lleida.
🌁Davinia, axfisiada por el hombre con el que compartía su vida en Málaga.
🚗Tamara, arrojada por su pareja desde el coche en marcha, en Cáceres.
👊Hanane, asesinada a golpes en Denia por el hombre con el que compartía su vida.
🔻Susana, asesinada en Valencia por el padre de sus peques.
🔻Egle, asesinada por el hombre con el que compartía su vida, en el hotel donde se alojaban.
🔻Sandra, asesinada en Terrassa por el hombre con el que compartía su vida, delante de su peque.
🔻Gisela, asesinada en Alicante por el hombre con el que compartía su vida.
🔻Tere y Nati, hermanas asesinadas por el ex de Teresa en Elche.

En la seva memòria i en la de tantes altres que no apareixen en les xifres oficials!!

Lídia Castro Navàs

Cuaderno de bitácora perdido

Diario de abordo:

Día 127 de mi travesía en solitario por aguas abiertas.

El sistema de navegación de mi velero ya no emite señal alguna desde la descomunal tormenta que aconteció hace unas cuantas lunas. He perdido la cuenta del tiempo que llevo navegando sin rumbo, a la deriva.

Agradezco a lo más sagrado haber sobrevivido esa fatídica noche. Lo único que anhelé, en el momento en que luchaba contra la naturaleza en su estado más salvaje, no era ninguna de mis posesiones materiales, sino que me vi sorprendida al recordar la agradable sensación de mis pies calientes (y secos) bien enfundados en unos calcetines de lana, observando cómo el fuego del hogar se consumía lentamente, mientras una buena taza de té calentaba mis manos. ¡Ay, mis pobres manos! Un terrible escalofrío me ha recorrido la espalda al pensar en ellas. Acabaron desgarradas a causa de la fuerza usada para amarrar los cabos sueltos. Las necesité para aferrarme con firmeza a cualquier superficie disponible y evitar caer por la borda.

La comodidad de la cabina, antes tan acogedora y recogida, se había esfumado dejando paso a un remolino de cosas tiradas por doquier. Mis libros están desperdigados por el suelo, algunos incluso han perdido sus hojas y otros se han convertido en acordeones de papel a causa del agua. Muchos enseres están mojados, rotos o simplemente han desaparecido. Entre ellos, mi preciada cámara de fotos, que flota plácidamente en un rincón encharcado.

Mis ojos habían visto muchos paisajes a través del objetivo de la Nikon a lo largo de este viaje iniciático. No sabría decidir cuál de ellos formaría parte de un hipotético titular. Sería una ardua tarea tener que escoger solo uno. Aunque no tengo la certeza de poder salvar ninguna de las imágenes tomadas, pues acabó también remojada, como todo lo demás.

La escasez de alimento, el exceso de sol, la falta de sueño y la ausencia de contacto humano empiezan a perturbar mis exhaustos sentidos. No sé si podré resistir mucho más tiempo. Me encuentro sumida en un pesar que deja mi pecho herido con cada inspiración.

Aún no he encontrado lo que había venido a buscar, pero tengo la sensación de estar más cerca que nunca. ¿Será cierto que, sea lo que sea, está al alcance de mi mano o es mi perdida razón la que me hace creerlo?

***

Diario de abordo:

Día 128 de mi travesía en solitario por aguas abiertas.

Después de la tormenta viene la calma

Y es verdad. Algo que me sobra ahora mismo es calma. Demasiada calma me rodea.

Estoy tumbada boca arriba en la cubierta de lo que queda de mi velero, mirando hacia el cielo inmensamente azul y me siento derrotada. La naturaleza me ha arrebatado todo lo que me permitía seguir el viaje y ahora estoy perdida, dejándome llevar por las corrientes marítimas con rumbo hacia lo desconocido.

La nada me acompaña en esta fase del recorrido y no tengo fuerzas ni para imaginar cuál va a ser mi siguiente paso.

Solo me queda pensar, devanarme los sesos hasta que me ahogue en ellos. Mis pensamientos parecen ser lo único de mí que no está exhausto. No paro de reflexionar sobre el sentido de todo esto. Ni siquiera recuerdo ya el objetivo de esta travesía. Creo que vine en busca de algo, pero ni yo misma sé de qué se trata. Y, justo en este preciso instante, me doy cuenta de que en estos días he superado mis más temibles miedos: la soledad, la oscuridad, la falta de cariño, el silencio. Pero no estoy segura de que fuera eso lo que buscaba.

De repente, un sonido inusual interrumpe mis más profundos pensamientos, rompiendo, a la vez, el monótono murmullo que emite mi barco flotando en el agua. Es una especie de graznido que me resulta muy familiar, demasiado familiar. ¡Es una gaviota!

Ese sonido estridente, llegando incluso a ser molesto, me ha alegrado de forma desmesurada. ¡Si hay una gaviota, hay tierra cerca!

Me incorporo lo más rápido que mi fatigado cuerpo me permite. Con el ceño fruncido, intentando agudizar mis sentidos, vislumbro unas rocas y, a lo lejos, lo que parece una pequeña isla. Esa isla es mi salvación. Mis labios, resecos y agrietados por la salinidad del ambiente, esbozan una tímida sonrisa. Aún hay esperanza.

***

Diario de abordo:

Día 129 de mi travesía en solitario por aguas abiertas.

Con el corazón en un puño e intentando ayudar a mi descompuesto barco a virar con la ayuda de un improvisado remo, me dirijo hacia la misteriosa isla.

¿Qué me deparará el destino? Los latidos de mi corazón fatigado cada vez son más fuertes a medida que voy acercándome a ese deseado e improvisado puerto.

La baja marea provoca que mi velero quede encallado a unas cuantas millas de la orilla. La poca energía que tengo no me permite ni siquiera gritar de frustración cuando eso ocurre. No puedo desperdiciarla (la energía), pues la necesito para nadar hasta la isla. Cojo el trozo de mástil partido, con el que me he ayudado a remar, y lo uso a modo de soporte flotante.

El agua se me antoja más cálida, supongo que debido a que hay poca profundidad, y el tacto de la arena bajo mis pies cansados es como un suave masaje reparador. El hecho de pisar tierra firme me supone un alivio enorme después de tantos días sobreviviendo a flote y tengo la falsa sensación de volver a controlar la situación. Una situación que se me había escapado por completo de las manos, hacía solo 48 horas atrás mi vida estuvo en manos del mismísimo Poseidón.

En cuanto llego a la orilla, después de mucho esfuerzo y sacrificio, casi sin respiración y arrastrando los pies por la arena blanquecina, me derrumbo sobre mis rodillas y dejo caer los brazos a mis costados, como si su peso fuera demasiado para poder soportarlos en alto. No puedo evitar que la emoción me invada y mis ojos se llenen de lágrimas. Lágrimas un tanto amargas, por no conocer qué pasará a continuación, pero también de alegría, ya que sabía que mi salvación ahora era una posibilidad y no un sueño.

Abandono el remo en la playa y me adentro en la espesura de palmeras, arbustos leñosos y otras especies florales como hortensias, camelias y orquídeas profusamente coloridas. Todo a mi alrededor me transmite una sensación de estabilidad, cierro los ojos, inspiro profundamente y una fragancia fresca y muy agradable llena mis pulmones. Y entonces escucho un rumor, entre la multitud de sonidos procedentes de los “habitantes” del lugar. Estoy segura de que hay cerca una fuente natural de agua. Voy avanzando, haciéndome paso con ayuda de mis mutiladas manos y con cuidado de no pisar en falso. Me gusta haber recuperado el equilibrio y no quiero perderlo. El rumor se hace cada vez más audible. Nunca hubiera imaginado lo que me aguarda detrás de las increíblemente grandes hojas de un arbusto verdoso. Un pequeño salto de agua se puede vislumbrar a media distancia, rodeada de más vegetación. ¡Agua dulce! Estoy salvada (al menos, de momento).

***

Diario de abordo:

Día 130 de mi travesía en solitario por aguas abiertas.

Sosteniendo la respiración, como si el salto de agua fuera a desvanecerse con una de mis exhalaciones, continúo mi camino directa hacia la cascada. Cerca de la orilla, no puedo contener las ganas de saciar mi sed y sin pensarlo dos veces, me abalanzo hacia el agua como alma que lleva el diablo. Con las rodillas y las manos sobre el terreno lodoso, hundo mi cara en el refrescante elixir y siento cómo mi boca se llena del preciado líquido, con alguna que otra impureza, pero eso no me importa. Mi cuerpo, al límite de la deshidratación, agradece hasta el extremo cada maravilloso trago.

Y vuelvo a elevar el tronco, con la cabeza hacia atrás, alzándola hacia el cielo y creo renacer. Una agradable sensación de gratitud me llena por completo. Abro los ojos y mientras observo cómo el azul cielo se cuela entre la espesa y salvaje vegetación, creo percibir algo que me acecha desde un arbusto cercano. No soy capaz de mover ni un solo músculo, cuando, de repente, un golpe en la cabeza me hace desvanecer. Solo llego a sentir mi cálida sangre chorreando por la nuca hasta alcanzar mi espalda; y frío, mucho frío. Mis ojos, todavía entreabiertos, solo distinguen sombras borrosas, como si todo estuviera rodeado por una espesa bruma recién aparecida.

Y, casi sin querer, expiro mi último aliento de vida. Una vida que se me escapa sin remedio. A la vez que un montón de imágenes pasan por mi mente a modo de diapositivas: mi feliz infancia, mi rebelde adolescencia, los retos de mi edad adulta… Los juegos, las risas, las lágrimas y esas emociones vividas. Todo llega irremediable a su fin. Un fin poco habitual, un fin inaudito, un fin que nunca hubiera podido predecir. Pero así es la vida, impredecible.

Lídia Castro Navàs

Momentos de evasión

Es una persona normal y corriente, de esas que no destacaría entre una multitud apiñada en un vagón de metro en hora punta; de esas que no sobresaldría por sus graciosas ocurrencias o su inteligente conversación; de esas que nunca sería el centro de atención en una fiesta o en una reunión social…

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Suele pasar sus rutinarios días trabajando, encerrada en su grisáceo zulo recopilando monótonos datos con su ordenador anticuado. Apartada del mundo y de sus compañeros… Lo único que la acompaña, en su afán de recopilar datos sin sentido, es su inseparable café bien cargado y el cansino ruido que emite esa decrépita máquina, más cercana a un tractor viejo que a una computadora de uso profesional.

La desidia invade todos los recovecos de su ser durante la larga jornada laboral, hasta que suena el timbre del cambio de turno y una tímida sonrisa se puede vislumbrar en su apagado y envejecido rostro. El paso de los años ha hecho mella en su piel, borrando todo rastro de juventud y frescura. Pero en ese preciso momento del día, una brillante y esperanzadora luz inunda sus ojos castaños y casi se puede intuir a través de sus grandes gafas de pasta oscura, que usa a modo de antifaz para ocultar su verdadera belleza.

Y llega el momento de salir del edificio que oprime sus sentidos, y convertirse en lo que ella quiera, sin tener en cuenta lo que los demás piensen. Esa reconfortante sensación recorre su cuerpo todos lo días en el preciso instante en que abandona la oficina. Abre la puerta con una energía renovada y la deja cerrar tras de sí, con una despreocupación pasmosa.

En cuanto llega a su casa se convierte en una heroína capaz de salvar al mundo del apocalipsis, capaz de combatir plagas de alienígenas, capaz de matar a zombies sedientos de sangre humana… ¡Llega su momento! ¡Llega el momento de ser lo que ella quiera ser!

Lídia Castro Navàs

El lento devenir de las cosas

Un resquicio de luz todavía viva se colaba por la ventana mientras ella observaba la nada, con la mirada perdida, como si su cuerpo hubiera quedado abandonado por un momento; como si su mente hubiera huido, a escondidas, muy lejos de allí.

El hecho de poner en orden todos sus pensamientos, sentimientos, emociones… era muy necesario, pero no siempre era hábil para meditar de forma consciente. Terminaba por desistir y volver a la rutina, pensando: «Al menos lo he intentado» y dejando en una frágil cajita de cristal todos los conflictos sin resolver y todas aquellas cosas que le causaban tanto malestar.

Lo único que calmaba su alma inquieta y apaciguaba los insistentes latidos de su corazón, era la compañía de su propia soledad y el hecho de perderse dentro (o fuera) de sí misma.
No siempre conseguía acallar los incesantes pensamientos, que incansables daban vueltas en su cabeza, ni alcanzaba a dominar sus ansias de gritar y sollozar hasta desgarrarse la garganta. Pero, la mayoría de las ocasiones, lograba mantener todo eso a buen recaudo en su cajita.

No era consciente de que se había convertido en la Pandora de sus propios males y era totalmente ajena a las consecuencias que eso le podía ocasionar tarde o temprano.

Mientras un mar de emociones se agolpaban en un reducido espacio de cristal, ella seguía su vida, a la espera que, como si de vapor de agua se tratase, aquella cajita quedara vacía y preparada para contener más de aquello que tanto la flagelaba por dentro.

Lídia Castro Navàs

Hastío de una tarde de verano

Los quejidos de las chicharras resuenan en mis oídos como martillos pneumáticos sobre el asfalto y se van mezclando con las notas suaves de la música que sale de mi dispositivo soñoliento.

La abrasante tarde avanza lenta y desidiosa al compás de un metrónomo invisible, mientras un aire sofocante hace que la toalla tendida se agite en una especie de baile desenfrenado, como queriendo escapar de las redes de las pinzas de madera, que no ceden ante nada.

La azulada agua reposa impasible a la espera de que algún pájaro o insecto volador se le acerque y bese su lisa superficie.

Las moscas, mientras tanto, continúan incansables con su misión de hacer que mis piernas no paren quietas ni un instante…  ¡qué calor tan delirante!

Pero el final del día ya se aproxima, momento en que el cielo se teñirá de añil dando un descanso a las molestas cigarras a la vez que a mis pobres sentidos.

 

@lidiacastro79

Lágrimas de lluvia

nublados

El triste y grisáceo cielo llora lágrimas amargas, y yo me siento a contemplar cómo acontece ese desdén a través de mi solitaria ventana.

Las lágrimas del tiempo se derraman encima de la áspera tierra y son absorbidas ávidamente, como si fueran el único elixir de la vida existente.

Las hormigas líquidas recorren el cristal, incesantes; su movimiento, casi hipnótico, me abstraen de mis monotemáticos pensamientos, sin oponer resistencia alguna. Como si el tiempo se detuviera por un instante, y yo me perdiera en la inmensidad del espacio imperturbable.

Y, por un instante, me siento en paz, en calma; esa calma tan necesaria para continuar la lucha, para seguir con los brazos en alto, dientes apretados y piernas tensionadas.

Un penetrante pinchazo, que me traspasa el cráneo, me arranca de la abstracción y me recuerda que está durando demasiado mi desconexión. Tengo que volver a posar los pies sobre el suelo, el suelo de la realidad, a veces luminosa y esplendorosa, y otras tan acerba.

¡Es hora de continuar lidiando!

Lídia Castro Navàs

 Para leer otros microrrelatos (o relatos más largos) visita mi biblioteca.

Qué curioso el paso del tiempo…

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Qué curioso el paso del tiempo, ciñendo irremediable la espada de Democles sobre nuestras temblorosas cabezas.

Cuando aún no nos hemos dado cuenta de la velocidad a la que circula la vida, esta da un respingo justo en frente de nuestras narices para advertirnos de que la cosa va de veras. No hay vuelta atrás…

¡Y yo que pensaba que era tan solo un bulo inventado por aquellos sádicos impasibles que quieren amargar la existencia del resto!

¿Y qué hay de las ilusiones creadas en tiempo de aulas? ¿Y qué pasa con los proyectos en pausa, esperando una ocasión más propicia? ¿Y qué, de todos los buenos momentos vividos, que pasaron inadvertidos, casi susurrantes, con otras cosas ocupando nuestra cabeza, anhelando aquello que no teníamos y esperando que el tiempo lo consiguiese para nosotros?

¡Vaya con la estupidez humana!

Y, de repente, vuelvo sentir esa embriagadora sensación que casi había olvidado, como borrada de mi disco duro interno por un maldito gusano informático creado por un azulado y desidioso hacker en su lúgubre zulo.

La espada sigue ahí, pero su peso se vuelve más liviano, a veces, más fácil de soportar, solo a veces… aunque sigue estando ahí, al acecho, como quien espera paciente la llegada de su presa nocturna.

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Lídia Castro Navàs

Els amulets en la història

La superstició és una creença que va nèixer ja durant la prehistòria, moment en què la humanitat es plantejava preguntes tals com: D’on venim? Per què morim? Què provoca la pluja?

Els amulets són, doncs, l’expressió material d’aquesta superstició, que es nodreix de la por pel desconegut i de la desconfiança cap allò que no s’entèn.

Si fem un repàs cronològic d’alguns dels amulets històrics més coneguts, no podem sinó començar la llista amb les Venus Paleolítiques.

Figuretes de fang o tallades en pedra que representen dones sense rostre amb els pits, el ventre i els malucs molt exagerats. Es creu que representaven deesses de la fertilitat i com a tals, eren l’amulet de la supervivència per excel·lència, ja que es deixava en les seves mans la reproducció de l’espècie.

Venus de Willendorf

En segona posició trobaríem els animals gravats en pedra, os o banya; també prehistòrics i amb una finalitat també relacionada amb la superviviència. Aquests amulets afavorien la caça, activitat que els proporcionava l’aliment.

Bisó de La Madeleine

En nombrosos aixovars prehistòrics s’han trobat petits objectes que acompanyaven els morts. Entre aquests objectes, els més usuals eren els collarets fets amb ossos o petxines. No podem assegurar que fossin un amulet, però sempre he pensat que a més del sentit estètic (una mica dubtòs en l’època) eren més aviat amulets per protecció de malalties, que també desconeixien i temien.

Collaret trobat a La Rioja

Si avancem un mica en el temps, en època mesopotàmica també tenien el costum d’usar amulets. En aquest cas, més adients amb la vida sedentària, trobem uns amulets anomenats «ídols-ull» que eren els protectors de la llar.

Ídol-ull mesopotàmic

En època egípcia els amulets eren variats i molt vistosos. Com, per exemple, l’Escarbat Sagrat, que protegia contra el mal en general i que normalment representava un escarbat piloter alat i amb una esfera solar entre les seves potes.

Escarbat Sagrat egipci

Entre els amulets més freqüents trobats entre les benes de les mòmies hem de destacar l’Ankh o creu ansada. Més que un amulet, era un objecte imprescindible per a la vida desprès de la mort, assegurava l’opertura de la porta del Més Enllà.

Ankh

Un altre dels amulets egipci era l’Ull d’Horus que protegia dels enemics i que era representat arreu.

Ull d’Horus

Si seguim avançant en el temps, els amulets següents, tot i que són d’origen celta, també eren usuals entre els etruscs (els avantpassats dels romans). Es tracta de les banyes i la figa, aquestes figures que representaven els símbols que se solien fer amb els dits d’una mà, es duien a sobre i protegien del «mal d’ull». 

Les banyes i la figa

D’època grega i romana, els amulets més comuns eren les representacions fàl·liques, que representaven el déu Fascinus i que proteigien de les envejes.

Fascinus

I per últim, en aquest repàs cronològic entre els amulets més destacats d’època prehistòrica i antiga, he deixat la Bulla, l’amulet infantil que duien tots els nens i nenes romans des de que naixien i fins als 12 anys (edat en la que se’ls considerava ja adults). La Bulla, els protegia de la mort (no podem oblidar que la mortalitat infantil era exageradament alta).

Bulla romana

Tot i que, avui en dia, tenim una forma molt més científica d’explicar fets que ens semblen misteriosos o que de vegades no entenem, seguim tenint la necessitat (alguns/es) d’aferrar-nos a amulets (digueu-li portar els mitjons de la sort o creuar els dits quan esperem una notícia), sigui com sigui el nostre cervell racional segueix eclipsat per l’instint més primari, la por.

Lídia Castro Navàs

Com deia la iaia

Quanta saviesa s’amaga darrera les tradicionals i populars dites catalanes que tant feia servir la meva iaia. Just avui m’he adonat de quant significat tenien aquestes frases que sempre repetia…

La meva iaia, l’Assumpció, no era una dona de gaires paraules, era més del tipus de persona que escolta i observa, que no pas d’aquelles que xerra pels colzes o monopolitza una conversa. Amb ella, les coses semblaven simples i senzilles, sense complicacions. Algun cop, algú havia trencat algun plat o got, tot traginant per la cuina i ella deia: No hi ha res que duro cent anys! I continuava amb la feina, com si res hagués passat. Què en farien los que en fan! –afegia.

Dona entregada al seu ofici, la cuina; ofici que no requereix de companyia i sí de molta concentració i imaginació… Era capaç de fer un menú amb ben poca cosa. Sempre penso, que les seves receptes es mereixen estar en un llibre, ja que són fruit de l’experimentació durant tota una vida de dedicació.

El seu negoci era només seu, familiar, ja que com bé deia: Les mitges, ni a l’hivern! No haver de passar comptes amb ningú suposo que feia que les coses fossin més fàcils. Tot i que sempre ens recordava la importància de mantenir unes bones relacions amb tothom, no sé sap mai quan pots necessitar un favor, i afegia: Una mà rente l’altra i les dos, la cara!

Era una persona a qui li agradava cuinar, menjar i donar de menjar als altres; i no sempre a canvi de diners… més d’un cop m’havia trobat a un “sense sostre” assegut a la taula de la cuina davant d’un plat ben ple. On mengen dos, mengen tres! – em mirava i deia.

Una dona a qui li agradava fer el bé i respectar tothom, ens ho recordava tot dient: No te’n rigos dels meus dols perquè quan los meus sigon vells, los teus seran nous! De més petita, em semblava més una sentencia, però ara veig el bon consell que ens donava.

Tenia molt clar el valor de les coses, sempre intentava no malgastar més del necessari i va inculcar el mateix als seus fills, amb alguns amb millors resultats que amb d’altres; el meu pare, per exemple, no sempre actuava segons aquesta norma i li deia: Recollidor de cendra, escampador de farina! (Molt bona, aquesta! Sempre he cregut que defineix molt bé al meu pare).

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Aquesta era la meva iaia, sense complexitat, però amb un gran fons. Encara desconec el sentit d’una de les frases que deia. Sempre que algú li donava les gràcies, ella afegia: De la sària!

Lídia Castro Navàs

¿Será la llegada de la nueva estación?

En una tarde de desidia en la que el sol ilumina todo lo que toca con su calidez, observo unos rayos que se cuelan tímidos por mi ventana entreabierta y, que al llegar a la librería repleta de volúmenes impasibles, van deambulando por encima de los lomos polvorientos con sumo cuidado, como dando color a un lienzo invisible.

El tiempo se escapa entre mis manos, igual que la luz del sol, que quiere apagarse como desangrándose a causa de una herida superficial. Las notas de música bailan frenéticas por todo el espacio que me envuelve y me hacen sentir bien.

Oprimo las ganas de saltar de la silla y gritar con todas mis fuerzas, para hacer saber al Universo mis más ansiados pensamientos. En vez de eso, pongo negro sobre blanco para intentar apaciguar mis exaltados sentidos.

Algo llega a mis sienes dejándome sin aliento por un instante, fugaz e incierto. Y no puedo evitar moverme levemente al compás de la música que me acompaña y dejarme sentir… como si una ínfima parte de mi Ser notase el inicio de algo nuevo, diferente.

Y vislumbro la ansiada luz, al final de mi largo y cansino túnel. Por fin la luz gana la dura batalla a la temida oscuridad y la dicha me acaricia con sus gráciles dedos.

¿Será la llegada de la nueva estación?

Lídia Castro Navàs