Perdido en sus recuerdos

El anciano encontró las llaves en la caja metálica donde guardaba las galletas danesas que tanto le gustaban. No recordaba haberlas dejado ahí, no era el sitio habitual, pero últimamente su memoria tenía muchas lagunas.

—¡Qué terribles los estragos de la edad! —suspiró mientras se dejaba caer en su sillón, con cuidado de no forzar demasiado sus frágiles rodillas.

Se avergonzaba al reconocer que no sabía qué había tomado para desayunar ese mismo día. Sin embargo, era capaz de recordar perfectamente el olor del ambiente, el día en que vivió su primer bombardeo. Tan solo tenía diez años cuando estalló la guerra, pero aún tenía presente ese fatídico día cuando los aviones enemigos bombardearon su pueblo.

Las sirenas empezaron a sonar de forma atronadora. Corrí y corrí. No paré hasta llegar al refugio antiaéreo que se encontraba al final de una calle, excavado directamente en la roca. La entrada era pequeña y abovedada, igual que el resto del espacio: un largo pasillo, no muy ancho, bastante bajo de techo y con el suelo de tierra. Yo mismo había colaborado en las tareas de construcción. Con ayuda de una carretilla, transporté las piedras de la voladura de la montaña. Así fue como consiguieron perforar la roca. Luego, se vació de escombros y el espacio resultante se acondicionó mínimamente. Unas banquetas en hilera aguardaban en el lado izquierdo, mientras que en el derecho, colgaban de la pared, de forma improvisada, algunas bombillas que parpadeaban al son de las sirenas.

El polvo suspendido en el aire dificultaba la respiración, aunque allí dentro, la manteníamos contenida. Parecía como si todo el mundo la aguantara, para que el peligro pasara más rápido. Del mismo modo, el silencio era casi sepulcral. Solo se escuchaba el ruido exterior. Y las miradas llenas de pánico, en las caras de la gente, ponían los pelos de punta.

Polvo, humedad y miedo. Ese era el olor del ambiente que se podía respirar en el refugio. Un olor que no era fácil de olvidar por muchos años que pasaran…

El anciano abrió los ojos. Por un momento, había perdido la noción del tiempo. Se sentía un poco aturdido. Estaba sentado en su mullido sillón orejero y en sus manos tenía unas llaves. Desgraciadamente, no recordaba qué abrían, ni qué iba a hacer con ellas. Así que se quedó sentado, mirando a la nada y volvió a perderse en sus recuerdos.

Lídia Castro Navàs


Relato basado en hechos reales vividos por mi abuelo durante la Guerra Civil española.

El Libro

Ante mí se alzaba un edificio de piedra ennegrecida. La portalada, coronada por un arco de medio punto, estaba abierta. Crucé el umbral, expectante. El interior permanecía a oscuras y en silencio. Caminé hasta el altar, que estaba cubierto por un delicado paño de algodón blanco. Encima, reposaba El Libro junto a una vela encendida. En ese momento recordé, con cierta nostalgia, mis clases de introducción a la teología. 

@lidiacastro79

Entrada para el Reto 5 líneas (Junio ’16). Más información.

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La inspiración

Me encontraba frente a la pantalla azulada de mi portátil. En la hoja en blanco del procesador de texto, parpadeaba incansable el cursor negro, recordándome que mis dedos permanecían inmóviles encima del teclado. Mi cuerpo en tensión era incapaz de moverse, en cambio, mi mente no paraba de escudriñar en la oscuridad en busca de la inspiración a una velocidad de vértigo. Miles de palabras inconexas inundaban mi cabeza y era incapaz de poner en orden todo ese alud de pensamientos.

Con la mirada perdida y los labios mordisqueados por mis propios dientes, esperaba la llegada de mi musa. A veces se rezagaba, pero ¿me habría abandonado?

Lídia Castro Navàs

Bilbo: historia, arte y naturaleza

Bilbo (y no me refiero al de “Bolsón Cerrado”) es una ciudad con mucha historia y eso se refleja en sus calles, edificios y monumentos.

La primera impresión de la ciudad fue desde el taxi a la 1:00 de la madrugada, así que solo recuerdo un confuso juego de luces y sombras mezclado con la humedad del ambiente y el cansancio por el retraso.

Ya de día, y después de haber dormido unas prudentes cinco horas, la visión fue mucho mejor. Salí al balcón, donde unos geranios rojos reposaban frondosos, y el murmullo de la ría Nervión me dio los “buenos días”.

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Fachadas de Bilbao. Foto: @lidiacastro79

De mi observación, destacar las fachadas de los edificios antiguos: con sus porticones de madera, balconadas de hierro forjado y tribunas acristaladas. Y la multitud de flores y plantas que decoraban alféizares y barandillas.

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Detalle tribunas. Bilbao. Foto: @lidiacastro79

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Fachadas de Bilbao. Foto: @lidiacastro79

Su pasado industrial es fácilmente reconocible en algunas reminiscencias aún existentes, como alguna chimenea de ladrillo o la conservación de las fachadas de algunas fábricas y almacenes de la época. Lo histórico convive con lo actual, en una armonía envidiable.

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En primer plano «Variante Ovoide» de J. Oteiza (representa una cabeza con chapela). Al fondo, una chimenea de época industrial. Foto: @lidiacastro79

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Mezcla de lo antiguo y lo nuevo. Foto: @lidiacastro79

El Guggenheim es visita obligada. Solo el edificio ya vale la pena, pero no solo su exterior… el interior es igualmente impresionante.

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Museo Guggenheim de Bilbao. Obra de Frank Gehry.  Foto: @lidiacastro79

Lo más original que pude ver, fue el poema de neón que se podía leer (a gran velocidad) en castellano, en euskera y en inglés. Y las gigantescas estructuras metálicas de Richard Serra.

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«Truisms» by Jenny Holzer. Foto: @lidiacastro79

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«La materia del tiempo» de Richard Serra. Foto: @lidiacastro79

Más inquietante fue la visión de las obras de Louise Bourgeois, aunque pude descubrir en ella a una interesante y traumatizada artista de una vida muy longeva.

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Foto sacada antes de que un «chicarrón» del norte me advirtiera de que no se podía. Foto: @lidiacastro79

Menos suerte tuvimos con el Puppy, que estaba rodeado de andamios y cubierto con unas gruesas telas verdes (foto no disponible por indisposición floral canina).

Callejear por el casco antiguo, bordear la ría paseando y subir al monte Artxanda con el funicular son algunas de las cosas de las que disfrutar si el tiempo acompaña (y si no acompaña, también).

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Puente Zubi Zuri sobre la ría Nervión. Foto: @lidiacastro79

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Vistas de Bilbao desde el monte Artxanda. Foto: @lidiacastro79

Lo de ir de pintxos fue toda una experiencia. Vegetarianos, veganos y macrobióticos (este último, mi caso) no lo tienen nada fácil. Con decir que, para los de Bilbao, el jamón de York y el atún son catalogados de verduras. ¡Que a nadie se le ocurra preguntar si un pintxo, donde está todo trinchadito, contiene carne o lácteos! Porque les sale el lado oscuro y te contestan un “¡Yo qué sé!” acompañado de una cara de perros (abstenerse pues, personas con intolerancias y alergias alimentarias). En fin, me hinché a pintxo de bacalao, que se veía lo que era.

Me quedé con las ganas de probar el marmitako. Por lo visto necesitas reserva para comerlo y no me quedó claro si la causa fue que no era temporada o que el bonito se acompaña de sangre de unicornio en vez de con patatas.

Visitar la costa, es una buena opción cuando ya has recorrido toda la ciudad. Por eso fuimos a Bakio, paraíso de los surfers. Muy buenas vistas desde la playa.

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Playa de Bakio. Foto: @lidiacastro79

San Juan de Gaztelugatxe, fantástica excursión de unas dos horas para ascender hasta la ermita y tocar la campana. Mar y montaña a partes iguales. Y como lucía un sol brillante, nariz y pómulos rojos, de regalo.

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Ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Foto: @lidiacastro79

Y, finalmente, Bermeo, típica zona portuaria con un paseo marítimo lleno de bares y terrazas. Pero con un conjunto escultórico que me sorprendió gratamente sobre la cosmogonía vasca (explicación mitológica sobre el origen del mundo).

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Paseo marítimo de Bermeo. Foto: @lidiacastro79

Y así nos pasaron volando los dos días que estuvimos en Bilbo.

¡Aguuuuuur!

Volar un viernes 13

No sabía si sería buena idea coger un avión en viernes 13, pero cuando compré los billetes no pensé en eso… De todas maneras, lo comprobaría enseguida.

Foto propia. Barcelona, 2016

Acababa de llegar al aeropuerto y los nervios me empujaban por los pasillos y, a la vez, tiraban de mi maleta. Eran ese tipo de nervios que te hacen hiperventilar de alegría y sientes un hormigueo constante en el estómago. Volvía a coger un avión después de tres años y algo en mi interior no me dejaba estar quieta. Llevaba los auriculares colgando, como de costumbre, y en aquel momento empezó a sonar “De viaje” de Los Planetas y pensé que no podía ser una canción más adecuada.

La llegada en autobús hasta la Terminal 1 había ido bien: una hora y diez minutos con compañía grata inesperada. Ahora me tocaba buscar a mi prima y la puerta de embarque. Sin problemas. Descalzas por el control de seguridad (no les gustaron nuestras botas). Y ya listas para coger el vuelo. Pero aún quedaba una hora y media, así que paseíto por las tiendas, fotillos y un poco de asiento.

De momento, lo del viernes 13 no nos había afectado… Hasta que fuimos a mirar la puerta de embarque en las pantallas luminosas y una palabra parpadeante destacada en amarillo nos asqueó: Delayed. Lo que parecía un retraso de poca importancia se convirtió en una espera de más de dos horas en la terminal.

Y una vez embarcadas, cuando ya parecía que la cosa avanzaba, nos tuvieron dos horas más sentadas en el avión, cual sardinas enlatadas. ¡Qué desesperación!

A todo esto, nuestra anfitriona nos esperaba en el aeropuerto de destino… ¡Pobrecilla!

Total, teníamos que llegar a las 21:30 y llegamos a la 1:00. Cena a las 2:00, dormir a las 3:00 y desayuno a las 8:00. Pues nah… dormir poco y “turistas mode on”, listo. ¡Egunoooon!

Foto propia. Bilbao, 2016

Lídia Castro Navàs

La fragancia de las flores

Llevaba el cesto de mimbre repleto de flores recién cogidas del campo. El sol aún brillaba, pero se encontraba ya lejos de su zénit y el cielo mostraba una paleta de colores muy variada donde predominaban el rosa y el violeta.

Los bajos de su vestido blanco se habían teñido de verde y sus botines estaban llenos de polvo, pero había valido la pena. Esas maravillosas flores decorarían ahora su hogar y su fragancia la acompañaría durante unos días mientras escribía poesía. 

@lidiacastro79

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Quizás nada, quizás todo

Sentada en el vagón del tren, leía ávidamente la novela romántica que me tenía atrapada. Mi trayecto era largo y me permitía sumergirme en la lectura quedando al margen del mundo. Ni siquiera percibía a los pasajeros que iban y venían por el pasillo… Hasta que ÉL se levantó para bajar.

Había estado ahí todo el tiempo y no me había percatado. Por un instante, mi absorta mente fue arrancada de los brazos del libro y atraída por su brillante esencia. El tiempo se paró, igual que mi respiración. Intentaba retener en mi memoria cada forma, cada detalle, cada sensación… Pero todo fue muy rápido. Me hubiera gustado poder posar mis pupilas sobre las suyas y mirar más allá del color de sus ojos. ¿Qué hubiera visto? Quizás NADA, quizás TODO.

Lídia Castro Navàs

Me gustaría…

Me gustaría ser mariposa,

para experimentar la belleza en un instante.

Me gustaría ser flor,

para llevar conmigo el néctar y el perfume.

Me gustaría ser nube,

para adoptar una forma cambiante.

Me gustaría ser luz,

para iluminar con mi presencia la oscuridad.

@lidiacastro79

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En el museo

Robert estaba haciendo su ronda por el museo. Como de costumbre, intentaba no estarse quieto en el lateral de una sala o sentado en un rincón de una de las galerías. Recorría todo el museo durante su larga jornada. Se conocía cada pieza expuesta, cada cuadro colgado. El museo era su segunda casa.

Por circunstancias de la vida, él no había tenido la posibilidad de estudiar más allá de la educación básica obligatoria, aunque era una persona inquieta y con ganas de aprender. Por suerte, el destino le brindó la oportunidad de trabajar rodeado de cultura y eso satisfacía sus ansias de conocimiento.  

Le gustaba escuchar las explicaciones de los guías que acompañaban a los grupos de turistas o escolares. Y, cuando su tiempo libre se lo permitía, leía acerca de las obras y los autores que más le llamaban la atención.

Lo que más ilusión le hacía era cuando llegaba al museo una exposición itinerante, ya que así ampliaba su horizonte cultural. Y hoy estaba especialmente excitado pues se iba a inaugurar una nueva exhibición temporal de la temática que más le atraía: el antiguo Egipto. Se trataba de una muestra sobre el mundo de la muerte y estaba compuesta por sarcófagos finamente decorados, ricas y diversas piezas de ajuar y momias —¡momias de verdad, con sus vendas y todo!—. Nunca había tenido la oportunidad de ver momias de tan cerca, así que su exaltación era justificada.

Antes de la apertura de las puertas al público, quiso recorrer el espacio, aún vacío de visitantes, y contemplar con tranquilidad todos los objetos exquisitamente dispuestos en las vitrinas. Cada pieza iba acompañada de un cartelito explicativo con su procedencia, antigüedad, uso… Estaba admirando unos ungüentarios de alabastro muy atentamente, cuando notó que sus pies pisaban algo poco habitual en el suelo de mármol del museo. Arena. Su mirada se trasladó al suelo y extrañado pudo ver que una fina capa de arena dorada cubría el pavimento. Instintivamente llevó su mano hasta la arena, que parecía proceder del desierto, y en cuanto las yemas de sus dedos entraron en contacto con ella, todo se desvaneció.

Cuando intentó abrir los ojos, quedó cegado por la intensidad de la luz del mediodía. Se encontraba tumbado en un suelo polvoriento y se sentía aturdido. ¿Acaso se había desmayado? El ambiente que se respiraba era seco y extremadamente cálido. Soplaba un fuerte viento que presagiaba una tormenta de arena.

Con un gran esfuerzo se incorporó y, cuando sus pupilas se acostumbraron a la claridad, empezó a percibir lo que le rodeaba: solo podía ver montones de arena dorada y un inmenso cielo azul presidido por un imponente sol.

¿Dónde estaba? Una idea cruzó su mente como un rayo. ¡No podía ser! Se levantó y pudo ver la entrada a lo que parecía un túmulo. Quiso resguardarse del abrasador sol y del molesto viento, así que descendió por la rampa que daba acceso a una antecámara de paredes de piedra, repletas de inscripciones muy coloridas, como si estuvieran recién hechas. No tenía ninguna duda, los relieves no eran sino, jeroglíficos, y el lugar donde se encontraba, tenía que ser una tumba aún sin usar.

Escuchó ruido de pasos y el pánico se apoderó de él. Se escondió en la cámara anexa, donde un gran sarcófago de piedra ocupaba gran parte del espacio. La tapa del sepulcro reposaba en el suelo y el interior estaba vacío. Desde donde estaba, vio cómo un grupo de hombres, vestidos con taparrabos blancos, y completamente rapados, transportaban objetos de uso cotidiano y los iban depositando en la antesala. Debían ser piezas de un ajuar mortuorio. A Robert le sobrevino un pavor incontrolable y empezó a temblar. ¡Estaba en el antiguo Egipto! Se agachó en una esquina y se quedó paralizado, sin saber qué hacer. Entonces, al posar sus manos sobre el suelo, sin esperarlo, todo se volvió a desvanecer.

Mike, el cartero del museo, lo hizo volver en sí dándole unas palmaditas en la cara.

—¡Despierta, tío! Te has desmayado… —dijo con su particular voz de loro. Su habla se asemejaba a la de un loro de esos que aprenden a hablar. Muy gutural y chillona.

Robert estaba tumbado en el frío suelo del museo. Por suerte, no se encontraba en el antiguo Egipto, pero… ¿había estado realmente allí?

Lídia Castro Navàs

Todas las flores tienen espinas

Y al ver tan bella flor, quise oler su perfume. Con mi mano desnuda me la acerqué al rostro. Pero enseguida pude notar como una gota de caliente sangre carmesí corrió hacia mi muñeca. Una de las espinas me había herido. Saqué el cuchillo del cinto que ceñía mi coraza, corté la flor y la despojé de todas las espinas con ayuda del filo de la hoja de acero. Entonces, me coloqué la flor entre mis rizados cabellos y me fui en busca de nuevas historias que contar.

#FeliçSantJordi2016

@lidiacastro79

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