Greguería (3)

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Las faltas de ortografía son como las chinchetas, no matan, pero hieren igual. Cada vez que cometes una, haces llorar a una musa.

 

Lídia Castro Navàs

 

A la tercera va la vencida. Esta es mi última greguería del reto del compañero Francisco. Y como decimos en catalán «Feina feta no fa destorb» que significa «faena hecha no hace estorbo» 😉

Greguería (2)

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Nuestro cuerpo es como un hotel para el alma. Esta se aloja a pensión completa y cuando quiere se va.

 

Lídia Castro Navàs

 

Segunda greguería para el reto del malandrín Francisco. ¿Qué?¿Que no lo conocéis? Pues este es su blog, donde, además de retar 😛 , hace micros y relatos molones.

Greguería (1)

El compañero de letras (y supuesto amigo 😛 ), Francisco, del blog Historias malditas, malditas historias me retó a escribir tres greguerías en tres días consecutivos.

Aquí va la primera:

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Lo mejor para iluminar la noche es una bombilla nueva o una luna vieja

Lídia Castro Navàs

 

Me tomo la libertad de retar a toda persona que vea esto y quiera ser retada 😉 Quien lo acepte y agregue mención, se le agradecerá con una ración de abrazos virtuales. Gracias 🙂

Reto: Solo una etapa

No soy muy amante de seguir cadenas de nominaciones entre blogs, más que nada por falta de tiempo.

Ayer Úrsula, de El blog de Úrsula me nominó para un reto un tanto diferente. Al principio pensé en ignorarlo, pero la historia privada que ella misma nos desvela me hizo empatizar, pues yo misma pasé por una separación traumática. El tiempo pasa y, aunque las heridas no curan, ya no duelen.

Toda etapa de la vida difícil nos enseña algo y de todo se puede sacar un fruto; mi fruto fue abrir un blog y ponerme a escribir como una posesa; y, con vuestros ánimos, acabé por publicar mi primer libro: Mis historias y otros devaneos, un recopilatorio de 101 microrrelatos. Pero no me quedé ahí, sino que estoy apunto de publicar mi cuarto libro en dos años.

Esto que os he contado ya sería suficiente como reto, pues se trata de explicar algo que nos haya marcado en la vida, pero quiero compartir otra cosa que me marcó y me llevó a plasmarlo en un micro que se llama Recuerdo indeleble.

Todos los procesos de duelo son emocionalmente difíciles, ya sean por separación o muerte. Pues bien, ese micro contiene lo que yo sentí por una muerte cercana y a una edad sensible, durante mi adolescencia.

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La de la foto soy yo en el Guggenheim de Bilbao. Foto hecha por @setah.bastet

«A veces la vida nos conduce a callejones sin salida. Hay quien se queda anclado ahí toda su vida, y hay quien se da la vuelta y busca una salida. Yo busqué una salida».

Espero que me perdonen Úrsula y los organizadores del reto, pero no voy a nominar a nadie. De las personas que me siguen y lean esto pueden hacerlo como si las hubiera nominado. 

Lídia Castro Navàs

 

Reto: Una gran historia 

En cuanto llegué a Marsella el Chef Castelle me esperaba en la estación. Su aspecto decrépito y desaliñado me impactó. Nada tenía que ver con las fotos que antaño llenaran las primeras planas de las revistas gastronómicas más prestigiosas. 

Aparté ese pensamiento de mi cabeza, pues por fin averiguaría el propósito de su demanda. Era algo que me inquietaba bastante, pues no entendía qué querría un gran chef venido a menos de mí, un humilde zapatero.

Lídia Castro Navàs

Esta entrada es la continuación de una historia a la que mi compañera Ana Centellas me ha retado a continuar. Para más información mirad en su blog: AQUÍ 

Por mi parte, reto a mi apreciado amigo Carlos a continuarla. 

Robo en el tiempo

Ya tenía la máquina lista y la misión, planeada: entraría de noche en su estudio, localizaría el libro y me lo llevaría conmigo. Sabía que haciéndolo, alteraría la historia y solo contaba con una oportunidad. Viajé a 1605 y robé la primera edición de El Quijote. El problema es que solo era la primera parte. La segunda no se publicaría hasta diez años más tarde. Si hubiera estado más atento en mis clases de literatura…

Lídia Castro Navàs

 

En urgencias

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Font: pixabay

En Nochebuena un señor irrumpió en urgencias con dolor de pecho. Le aparté la barba blanca para auscultarlo y su prominente barriga me hizo presagiar una desgracia. Podría tratarse de un infarto. Aunque dudé cuando empezó a decir que unos renos mágicos le esperaban fuera, que tenía mucho trabajo aquella noche y que había consumido demasiado chocolate. Lo derivé a psiquiatría, pero desapareció.

@lidiacastro79

 

Entrada para participar en el Reto 5 líneas del blog de Adella Brac

 

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Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

El día que me encontré con mi doble

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte… ¿Te imaginas encontrarte con tu doble por casualidad? En la calle, mientras cruzas un paso de peatones  de camino a algún lado y, de repente, ahí está, atravesando la misma calle en sentido contrario. Os miráis. Primero de forma casual, después vuestras miradas se sostienen más allá de lo socialmente permitido; incluso giráis el cuello cuando ya no os es posible seguir mirando de frente.

¿Le diríais algo? Yo, sí. No creo que dejara escapar esa oportunidad única. ¡Es mi doble! Somos iguales físicamente e incluso compartimos algo a nivel psicológico ¿no? En ese caso, me caería bien, seguro. Y no es una cuestión de pedantería, es que creo que os pasaría a todos. Y si hay alguien que no se cae bien así mismo, que vaya pidiendo hora a un terapeuta porque seguro que tiene algún trauma personal por resolver.

Pues resulta, que esto es lo que pensaba hasta hace un par de semanas, cuando me encontré con mi doble en una calle principal y muy concurrida de Madrid. Era mi primera vez en la capital y, por supuesto, aproveché la ocasión para confundirme con el resto de turistas que visitan la ciudad. Fui a la plaza del Sol, paseé por la calle Preciados hasta la plaza Callao, hice una foto al cartel de la Schwe… (ups, no sé si está bien incluir marcas comerciales, mejor lo voy a omitir); la lluvia me acompañó por mi visita al Parque del Retiro, donde me refugié en el delicado Palacio de Cristal; dediqué buena parte de mi tiempo a deleitarme con el arte que se encuentra en el Museo del Prado… En fin, ¡lo más típico!

Cuando iba camino de la Puerta de Alcalá, mientras estaba parada en uno de los numerosos pasos de peatones con semáforo, me fijé en una chica al otro lado de la calle. Llevaba un gorro de lana muy molón. A mí me gustan mucho los gorritos y con el frío que hacía me hubiera ido genial tener uno. Fue por eso que me fijé en ella, por el gorro en forma de boina, de color granate y blanco. Después de admirar el susodicho gorro trasladé mi mirada a su cara y me sorprendió descubrir un parecido asombroso a mí misma: tez morena, grandes ojos pardos, pómulos prominentes, barbilla afilada, pelo castaño y corto, escondido bajo el gorro, solo el flequillo liso quedaba a la vista. Era mi viva imagen.

Ella no pareció percatarse de mi mirada descarada pues seguía hablando animadamente con su acompañante: un joven un tanto rechoncho que cargaba con la funda de un instrumento de música; muy probablemente, una guitarra. Ella llevaba las manos libres y no paraba de gesticular, algo que yo suelo hacer mucho. Solo colgaba de su hombro derecho un bolso de piel oscuro.

Pensé que quizá formaban parte de un mismo grupo musical en el que ella era la vocal. Siempre me ha gustado cantar, aunque solo lo hago en el coche o en la ducha. Pero por cuestión de unas afonías tuve que visitar a una terapeuta de esas que tratan los trastornos en la voz, y me comentó que valdría para cantante. Fue halagador saberlo, pero no me sirvió de nada, pues mi trabajo de analista de datos no tiene mucho que ver con cantar, de hecho casi no uso mi voz en toda mi jornada laboral.

Bien, volvamos a mi doble. En ese momento, todo pasó muy deprisa. Un alud de pensamientos desbordaron mi mente. ¿Sería verdad? ¿Era mi doble o solo lo parecía? ¿Debía hablarle? Tal vez, ¿llamar su atención? ¿Acercarme a ella?

Yo estaba enfrascada en mis pensamientos, que repiqueteaban en mi mente como cientos de martillos, cuando el semáforo se puso en verde y todo aquel que esperaba quieto, empezó a moverse. Aquella chica y su acompañante, también. Venían hacia mí, no exactamente de frente, sino por mi derecha y yo seguía parada. De repente, todo el frío que sentía minutos antes se desvaneció y mis manos empezaron incluso a sudar… ¿Qué debía hacer?

Pues bien, fue tal mi estupefacción, que me quedé petrificada. No pude moverme, ni articular palabra. ¡Todo pasó rapidísimo y no supe reaccionar! Perdí la oportunidad de cerciorarme si era mi doble o solo habían sido imaginaciones mías. No creo que se vuelva a repetir esa situación una segunda vez, así que mi consejo es: ¡Si crees haber encontrado a tu doble, no dejes pasar la oportunidad!

Lídia Castro Navàs

Entrada para participar en el Reto «Móntame una escena» del blog Literautas.

Un tesoro inesperado 

Se adentraron en la cueva con agitación e impaciencia. La oscuridad los tragó y Sam encendió la linterna deslumbrando a su amigo, que intentaba comprobar de nuevo la posición en el mapa. Ya habían llegado. Detrás de unas rocas en forma piramidal aguardaba el cofre. Lo abrieron y encontraron un montón de paja, como si fueran las entrañas de un espantapájaros. Desde luego no era el tesoro que esperaban. 

Lídia Castro Navàs

Desvelada 

Se había desvelado, como todas las noches, y estaba paseando por el claustro con la única compañía de un hermoso amanecer. El frío viento matinal le rozó su pálido rostro y se estremeció. Se abrazó a sí misma arropándose con el manto de lana que cubría su camisón. Estaba nerviosa, por eso le costaba conciliar el sueño. No tenía elección, debía casarse con un hombre que le causaba repulsión porque así lo había decidido su padre.

Lídia Castro Navàs